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Mongolia y otros cinco descubrimientos en Asia Central

Desde vivir junto a tribus nómadas durmiendo en una yurta a visitar las ciudades de la Ruta de la Seda, las mejores experiencias viajeras en el corazón del continente asiático

VIsta del lago Iskanderkul, en el extremo suroriental de los montes Fan, en Tayikistán. Ampliar foto
VIsta del lago Iskanderkul, en el extremo suroriental de los montes Fan, en Tayikistán.

El corazón de Asia es uno de los rincones menos turísticos del mundo. Y no hablamos de diminutos y remotos valles, sino de países que ocupan buena parte del mapa de Asia, aunque atrapados entre estados gigantes como India, China o Rusia. En estos lugares de difícil acceso y a muchos, muchos kilómetros del mar más cercano, todavía se puede encontrar autenticidad, formas de vida en vías de desaparición, paisajes salvajes que nos hacen insignificantes y esa sensación, casi imposible, de sentirse un viajero.

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Cuando hablamos de Asia Central nos referimos, concretamente, a las antiguas repúblicas soviéticas de Kirguistán, Kazajistán, Tayikistán, Uzbekistán y Turkmenistán, estados marcados históricamente por la Ruta de la Seda, que es su reclamo más popular. Sin embargo, geográficamente incluimos también a Mongolia, el gran país de este corazón del continente asiático, y también el menos habitado y el más aislado (al menos, hasta hace bien poco). Son países en su mayoría inmensos, con carreteras en altura que descubren hermosos valles y pasos de montaña casi imposibles. Despliegan grandes posibilidades para el senderismo y el alpinismo, descubren hermosos lagos en altura y paisajes que no se olvidan. Pero también una original arquitectura, como las mezquitas de Uzbekistán y sus cúpulas azules, o las humildes ger (yurtas) de las praderas de Kirguistán.

Un territorio que ofrece experiencias únicas, como vivir junto a nómadas en Mongolia o seguir los pasos de los grandes emperadores –Alejandro Magno, Gengis Kan– y viajeros legendarios –Marco Polo– a través de la Ruta de la Seda, pero que al mismo tiempo está en rápida transformación, requiere de ciertas claves especiales para moverse, descubrirlos y disfrutarlos, y que dentro de poco ya no será posible ver.

Un valle montañoso cerca de Karakol, en Kirguistán. ampliar foto
Un valle montañoso cerca de Karakol, en Kirguistán. Getty

1 El paraíso de los corazones nómadas

KIRGUISTÁN

Mucha gente no lograría localizar correctamente Kirguistán en un mapa, pero gracias a su belleza natural, a un estupendo programa de alojamiento en casas particulares y a que no se requiere visado, se está convirtiendo en la puerta de entrada de los occidentales que visitan Asia Central. Paisajes de montañas vírgenes, inhóspitas, altísimas, y praderas estivales (jailoos) que cobran vida gracias a los pastores seminómadas que viven en yurtas. Debido a la altitud, solo se puede recorrer en verano, cuando carreteras y sendas son accesibles; de octubre a mayo, buena parte de los alojamientos rurales cierran y las yurtas, donde se alojan la mayor parte de los visitantes, se guardan.

En Kirguistán podremos ensillar un caballo –las oficinas de Turismo de todo país gestionan el alquiler de monturas por días e incluso horas– y unirnos a los nómadas en la alta montaña, o contemplar la campiña kirguisa en pleno apogeo. Entre los paisajes imprescindibles se encuentran el lago Song-Kul, con amaneceres espectaculares, o el imponente cañón del parque natural de Ala-Archá (de pago para los extranjeros). También podremos disfrutar de la naturaleza en el oasis de Arslanbob, poblado por uzbecos, con las montañas de Babash-Ata como telón de fondo.

La gran atracción de Kirguistán son sus lagos, como el de Issyk-Kul, de 170 kilómetros de largo y 70 de ancho, y aguas cálidas rodeadas de montañas. Su gran profundidad y su actividad geotermal garantizan que nunca se congele, y su efecto moderador sobre el clima, unido a precipitaciones abundantes, lo han convertido en un oasis durante siglos. También espectacular y de aguas calientes es el lago Ala-Kul, rodeado de algunas localidades balneario, como Altyn Arashan (Balneario Dorado), asentada en un valle a 3.000 metros de altitud con el Pik Palatka (4.260 metros) asomando al sur, dentro de la reserva natural Arashan, área de investigación botánica donde habitan osos y una veintena de leopardos de las nieves. Bisket, capital del país, está cuajada de árboles y surcada por sonoros arroyos de deshielo procedentes de los cercanos montes Ala-Too. Osh, segunda ciudad en importancia, fue parada de la Ruta de la Seda y la referencia de la enorme y poblada provincia del valle de Ferganá. Su bazar diario sigue siendo uno de los mejores de Asia Central, donde uzbecos, kirguisos y tayikos venden de todo, desde sombreros tradicionales y cuchillos hasta música pirateada y herraduras.

Carretera de montaña en el valle de Wakhan, en la cordillera del Pamir (Tayikistán). ampliar foto
Carretera de montaña en el valle de Wakhan, en la cordillera del Pamir (Tayikistán). Getty

2 En las faldas del Pamir

TAYIKISTÁN

El principal reclamo de Tayikistán es la cordillera del Pamir, una meseta alpina repleta de lagos de azul intenso, yurtas kirguisas y valles ondulados que han impresionado a cuantos los han contemplados, desde Marco Polo hasta Francis Younghusband; un reto para montañeros y amantes de la aventura. Enclavado en el rincón más apartado de la antigua URSS –todavía se habla persa–, los turistas aún son vistos aquí como algo novedoso en el país; no es fácil llegar hasta aquí. Sus gentes son hospitalarias, aunque apenas hablan inglés; el transporte rural es muy irregular (mejor alquilar un todoterreno); sus inviernos muy largos y los cierres de su frontera exasperantes. Pero las maravillas del corredor de Wakhan, la belleza descarnada del Pamir y los impresionantes lagos y cumbre de los montes Fan lo convierten en el destino más estimulante de Asia central.

La carretera del Pamir es una de las mayores aventuras del mundo. El tramo Khorog-Osh, construido por ingenieros del Ejército soviético entre 1931 y 1934 y de acceso prohibido a los viajeros hasta hace poco, discurre por un paisaje de altiplano con reminiscencias tibetanas, solo interrumpido por yurtas y yaks. Los Montes Fan están salpicados por decenas de lagos turquesa y son uno de los destinos de senderismo y escalada más populares del continente. El acceso es desde Panjakent o Samarcanda, pero si no hay tiempo para grandes caminatas, se puede hacer excursión de un día (o con pernoctación) desde Panjakent a los lagos Marguzor. En el extremo suroriental de los Fan, está el lago Iskanderkul, un antiguo campamento soviético de veraneo, hoy venido a menos, pero perfecto para relajarse o hacer una ruta senderista.

Istaravshan es otra parada obligada, con su fascinante, pequeño y bien conservado laberinto de callejuelas que oculta un puñado de mezquitas y madrazas, mientras que su inmenso y vistoso bazar central es una ciudad en sí mismo. Un aire muy diferente aguarda en la capital, Dusambé, con tranquilas avenidas jalonadas de árboles y edificios neoclásicos en tonos pastel que nos hacen sentir más en San Petersburgo que en Asia Central. Y siguiendo esta ruta básica, dos inevitables parajes más: el valle de Jizeu, con estampas idílicas en torno a lagos bordeados de árboles, y el corredor de Wakham, un valle remoto y frontera natural con Afganistán que conserva fuertes de la Ruta de Seda, ruinas budistas y vistas espectaculares desde lo alto de sus paredes hacia las cumbres nevadas del Hindu Kush.

Atardecer en la mezquita de Kalan, en Bujará (Uzbekistán), vista desde su minarete. ampliar foto
Atardecer en la mezquita de Kalan, en Bujará (Uzbekistán), vista desde su minarete. Getty

3 Bazares y mezquitas en la Ruta de la Seda

UZBEKISTÁN

Todos los viajeros románticos han fantaseado alguna vez con llegar Samarcanda y, de paso, recorrer los caminos del desierto hasta Bujara o Jiva, en Uzbekistán, cuna cultural de Asia Central desde hace más de dos milenios, con muestras fascinantes de arquitectura, ciudades ancestrales y una apasionante historia hilada a través de la Ruta de la Seda. Samarcanda, para muchos la ciudad más bella del país y todavía envuelta en un aire romántico, tiene a sus espaldas siglos de historia y una increíble arquitectura islámica de flotantes cúpulas color turquesa y altos minaretes. Entre ellos, la vida no se detiene. El eje de todo es el impresionante Registán, una plaza rodeada de colosales perlas arquitectónicas timúridas: Gur-e-Amir, la mezquita Bibi-Khanym y Shah-i-Zinda.

La segunda joya uzbeka es Bujara, la ciudad más sagrada de Asia Central y exquisitamente conservada, con bellas madrazas del siglo XV y una historia fascinante. Su casco antiguo ha permanecido prácticamente intacto durante siglos. Lyabi- Hauz, la plaza construida en torno a un estanque en 1620, es el lugar más apacible e interesante.

Jiva, el último kanato independiente, parece congelado en el tiempo en pleno desierto. Durante el siglo XIX, su nombre, evocador de caravanas de esclavos, crueldad brutal y temibles viajes por áridas arenas plagadas de tribus salvajes, infundía temor a todos los viajeros. A solo 35 kilómetros de Urgench, su centro histórico está tan bien conservado en la actualidad que a menudo se la tacha de ciudad museo; eso sí, un museo sensacional.

Deberíamos reservar algo de tiempo para adentrarnos al rico valle de Fergana, en cuyos bazares todavía se conservan en funcionamiento telares tradicionales de seda (amén de muchas leyendas en torno a su cultivo y comercio), y para visitar la Tashkent, la capital, de aire soviético, un caos de contradicciones al que merece la pena dedicar unos días. Descubriremos que puede ser divertida e interesante, con buenos restaurantes, vida nocturna y museos realmente interesantes como el de Historia del Pueblo de Uzbekistán, que nos descubre la historia de Turquestán desde la antigüedad a la época actual.

Paisaje de montaña cerca de la ciudad de Almaty, en Kazajistán. ampliar foto
Paisaje de montaña cerca de la ciudad de Almaty, en Kazajistán. Getty

4 La frontera de la estepa

KAZAJISTÁN

En plena estepa eurasiática, Kazajistán es el noveno país más grande del mundo y una de sus últimas fronteras por descubrir (aunque con comodidades modernas). Rico en reservas de petróleo y de valiosos minerales, encontraremos mejores alojamientos, restaurantes y transportes que en el resto de los países centroasiáticos. Astana, la capital, ha sido transformada con una audaz arquitectura futurista y Almaty, su mayor ciudad, recuerda a Europa: frondosas avenidas, elegantes cafés, centros comerciales, placentera vida nocturna, con el nevado Zailiysky Alatau de fondo. Pero más allá de sus ciudades, en Kazajistán aguardan aventuras en las altas montañas y verdes valles del Tian Shan, rastreando fauna y flora en la estepa salpicada de lagos, y disfrutando de la sencilla hospitalidad de las pensiones rurales.

Hay que escaparse a Aksu-Zhabagyly, la reserva natural más antigua del país (1926), un bello conjunto de valles y montes donde se pueden avistar íbices, argalíes, marmotas rojas, águilas, buitres y osos, sobre todo en primavera. También resultan interesantes los pedregosos desiertos de Mangistau, región cuya capital es Aktau, un laberinto de espectaculares cañones, multicolores afloramientos rocosos extrañamente erosionados, sorprendentes lagos, misteriosas mezquitas subterráneas y antiguas necrópolis. Y los amantes de la aventura tienen su horizonte en los montes Altai, en el extremo oriental del país (algunos de ellos, fronterizos, requieren de permiso previo). Ondulantes praderas, cumbres nevadas, boscosas laderas, glaciares, impolutos lagos y ríos, y pueblos con jinetes kazajos componen un paisaje de proporciones épicas.

Para finalizar el recorrido, dos curiosos enclaves. Aralsk, un antiguo puerto pesquero en medio de un desierto salpicado de barcos abandonados a 60 kilómetros del actual litoral del mar de Aral, desaparecido en gran parte por los planes de riego soviéticos, que desviaron sus fuentes de agua. Aralsk es más accesible que otros puertos en desuso de Uzbekistán, donde contemplar este desastre medioambiental de cerca, aunque los esfuerzos por salvar parte del mar están dando frutos. Por último, el cosmódromo de Baikonur, una zona de 6.717 kilómetros cuadrados de semidesierto al noroeste de Kyzylorda, es el punto de lanzamiento de todos los vuelos espaciales tripulados de Rusia desde que Yuri Gagarin se convirtiera, en plena era soviética (1961), en el primer astronauta en viajar al espacio. Tras la caída de la URSS, Kazajistán alquila el cosmódromo y la ciudad a Rusia hasta el 2050. Baikonur dispone hoy de nueve complejos de lanzamiento y lleva al espacio a astronautas de numerosos países.

Mausoleo del sultán Sanjar en Merv (Turkmenistán), ciudad patrimonio mundial enclavada en la mítica Ruta de la Seda. ampliar foto
Mausoleo del sultán Sanjar en Merv (Turkmenistán), ciudad patrimonio mundial enclavada en la mítica Ruta de la Seda. Getty

5 La república del desierto

TURKMENISTÁN

Aislada y gobernada largo tiempo por un presidente excéntrico, Saparmyrat Niyazov, esta república desértica y poco explorada acoge lugares insólitos y curiosos restos históricos, pero es mucho más que un parque temático del totalitarismo. Entre lagos subterráneos y huellas de dinosaurio, en este país casi todo es inesperado.

Las míticas ciudades de Merv y Konye-Urgench evocan imágenes de caravanas en la antigua Ruta de la Seda. Culturalmente, lo más famoso son los antiguos alminares, mausoleos y palacios de Konye-Urgench, testigos de glorias pasadas del imperio Khorezmshah. El mausoleo de Nejameddin Kubra, cerca del centro de la ciudad, es su parte más sagrada.

Resultan especialmente curiosos los cráteres de gas de Darvaza, que componen una visión infernal en medio de los paisajes lunares del desierto de Karakum. Tres cráteres artificiales que probablemente, son el resultado de las prospecciones de gas realizadas por los soviéticos en la década de 1950. A uno de ellos se le ha prendido fuego y arde con potentes llamaradas visibles desde kilómetros; los otros dos contienen barro y agua burbujeantes.

En Turkmenistán resulta extraña hasta la capital, Asjabad (ciudad del amor en árabe), repleta de palacios de mármol, estatuas doradas y fuentes, y con el maravilloso y caótico bazar de Tolkuchka. Con sus fastuosos palacios marmóreos, resplandecientes cúpulas doradas y grandes extensiones de cuidadas zonas verdes, Ashgabat se ha reinventado a sí misma como ciudad escaparate de esta joven república independiente.

Yurtas ante las dunas de Khongoryn Els, en el parque nacional del Gobi, en Mongolia. ampliar foto
Yurtas ante las dunas de Khongoryn Els, en el parque nacional del Gobi, en Mongolia. Getty

6 Cabalgando entre nómadas

MONGOLIA

El nombre de este país evoca, automáticamente, imágenes de pastores nómadas, caballos y, por supuesto, al legendario emperador Gengis Kan, con el que los mongoles conquistaron la mitad del mundo conocido en el siglo XIII. Mongolia es una maravilla intacta a la que llegan cada vez más visitantes, aunque hasta hace bien poco, apenas tenía contacto con el resto del mundo.

Aquí se viaja sin itinerario, porque el gran atractivo para los viajeros es vivir su cultura nómada, durmiendo en una yurta, ayudando con el ganado y ordeñando una vaca, regresando a la más completa sencillez, gracias a la hospitalidad de los mongoles. El hito más importante del año es el Festival del Naadam: dos o tres días repletos de lucha, carreras de caballos y tiro con arco, y otras muchas cosas además de juegos tradicionales. La celebración es una excusa para di­vertirse, reunirse con amigos y parientes, darse un atracón de khuushuur (empanadas de cordero) y brindar con vodka. Los juegos suelen ser más tradicionales en las pequeñas poblaciones, donde todo el mundo participa, mientras que el Naa­dam de Ulán Bator, la capital, con gran asistencia, se parece más a un acontecimiento deportivo que a un festival del pueblo.

De las experiencias que pueden vivirse en Mongolia la que todos recuerdan es la visita (y pernocta) en las yurtas, que parecen simples tiendas de campaña pero que al entrar alberga la cantidad de muebles y aparatos modernos que las familias nómadas llegan a poseer. Camas, mesas, sillas, vestidores, una estufa y, a menudo, televisor y radio. El país está salpicado de campamentos de yurtas para turistas, también cerca de Ulán Bator, en la zona de Terelj, una región fresca –está a 1.600 metros de altura– con un imponente paisaje alpino.

En pocos países existe tanta diferencia entre las poblaciones rural y urbana. Mientras que los nómadas viven modestamente, los habitantes de Ulán Bator está entrando en el futuro rápidamente y su paisaje urbano está cambiando a ritmo vertiginoso. La capital, más allá de su vida nocturna, sus elegantes cafés y sus Hummers, la ciudad también tiene un lado tranquilo. Basta con hacer girar una rueda de plegaria en Gandan Khiid, pasear por Sükhbaatar o subir al monu­mento conmemorativo de Zaisan para darse un respiro.

El mayor reclamo natural de Mongolia es el Khövsgöl Nuur, un lago de 136 kilómetros de largo en el límite meridional del país que para los mongoles es profun­damente espiritual, hogar de los poderosos nagas (espíritus del agua) y fuente de inspiración para los chamanes. Para los extranjeros es, además, un destino de aventura con innumera­bles posibilidades: paseos a caballo, pesca, kayak, senderismo y ciclismo de montaña. Y, por supuesto, hay que asomarse al desierto de Gobi, inhós­pito territorio en tiempos de Marco Polo que actualmente se puede visitar de forma razonablemente cómoda y entretenida: se puede montar a lomos de un camello y ex­cavar en busca de fósiles de dinosaurio, pero la atracción estelar es Khongoryn Els, las dunas de arena que silban cuando el fuerte viento las azota. La espiritualidad del país se termina de comprender en Erdene Zuu Khiid (Cien Tesoros), monasterio budista fundado en 1586 por Altai Khaan (es el más antiguo de Mongolia), en el que lamas de todas las edades se sientan silenciosamente en bancos, perpetuando el legado de una religión que llegó hace siglos desde el Tíbet.

Muchos viajeros se sienten atraídos también por la experiencia de atravesar el país en tren a bordo del Transmongoliano, un segmento de la inmensa red ferroviaria que une Pekín y Moscú. La idea de tender una ruta férrea entre Moscú y Vladivostok se gestó a mediados del siglo XIX, pero la sección que cruza Mon­golia no se completó hasta 1956. Para viajar, hay que hacer como los lugareños: ir bien provisto de salami, pan y encur­tidos, y no olvidarse de llevar una baraja de cartas o un tablero de ajedrez. También conviene tener a mano una guía de con­versación para hablar con los compañeros de viaje.

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