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Fuera de ruta

Cúpulas de azur en la Ruta de la Seda

Cuando cae la tarde en las ciudades uzbekas de la Ruta de la Seda, nada mejor que subir a fortalezas y minaretes para sentir la magia de Asia Central

La puerta oeste de acceso a Jiva. Ampliar foto
La puerta oeste de acceso a Jiva.

Samarcanda forma, junto con Bujara y Jiva, un mítico triángulo en la antigua Ruta de la Seda. Estas tres ciudades que tan bien describió Colin Thubron en su obra En el corazón perdido de Asia, situadas en lo que hoy día es Uzbekistán, están rodeadas de un territorio duro, de frías estepas y desiertos implacables, alejado de cualquier océano más que ningún otro lugar de la tierra y poblado por la más diversa combinación de etnias: uzbekos, turcomanos, tayikos, rusos, kazajos, turanios, kirguises, afganos…, de los más variados rasgos: mongoloides, chinos, eslavos, indios, persas, turcos.

A lo largo de casi 2.000 años y 8.000 kilómetros que separaban la antigua Xian de Roma, viajaron, en un sentido la seda, el jade, la porcelana, las especias, la laca, la pólvora y el papel, y en el otro el ámbar, la miel, las pieles, el cristal, el marfil, las piedras, los metales preciosos y los perfumes. Y las ideas y el conocimiento.

Jiva

Cúpulas verdeazuladas flanqueadas por paredes de adobe y piedra. Viejas mezquitas y antiguas madrasas rodeadas por agujas de ladrillo apuntando al cielo. Perfiles de Las mil y una noches. Deambular por el laberinto de las calles de Jiva nos descubrirá el que fue el oasis más deseado por las caravanas en ruta. La Jiva más evidente es la de los siglos XVII y XVIII, a la que pertenecen buena parte de las construcciones. El recorrido por esta enigmática ciudadela desvela sorprendentes maravillas arquitectónicas, como el inacabado y desconcertante minarete de Kalta Minor, que iba a ser el más alto de Asia Central y que se quedó en un majestuoso y deslumbrante cono truncado de reflejos tornasolados. Otras maravillas a descubrir son la fortaleza de Kuhna Ark, el palacio de Tash Jauli o la mezquita Juna (de los viernes), con su asombroso interior de columnas de madera talladas.

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Bujara

Bujara está separada de Jiva por 450 kilómetros de puro desierto, y de Samarcanda por 300 en un terreno menos hostil. Durante el siglo X fue capital de la ciencia y de la literatura musulmana. En aquella Bujara dejaron su genio Avicena, origen de la moderna medicina, y algunos de los mejores astrónomos y poetas persas. La nómina de lugares de interés es amplia, desde el precioso mausoleo de Ismail Samani, un emir que vivió en el siglo X y cambió sus primeras creencias zoroástricas por la fe musulmana, hasta la fortaleza de Ark, compacta ciudadela del siglo VII que conserva entre sus murallas un sugerente conglomerado de mezquitas, palacios y jardines interiores.

Callejeando por la parte vieja de Bujara pueden verse antiguas casas de baños, bazares artesanos, caravasares (lugares donde hacían noche los viajeros y camellos de las caravanas) y mezquitas, pero lo que seguramente más llama la atención es el formidable conjunto arquitectónico formado por la mezquita y el colosal minarete de Kalon, levantado en el siglo XII, y las madrasas anexas de Miz-i-Arab y Amiz Ali Khan. El minarete, que casi alcanza los 50 metros de altura, sirvió durante siglos para llamar a la oración y escrutar el horizonte para localizar las caravanas que se aproximaban a la ciudad.

 La mezquita de Kalon, reconstruida mucho después de ser casi arrasada por Gengis Kan, es uno de los mayores y más hermosos templos musulmanes del Asia Central. Su fachada y sus maravillosos patios, decorados con mosaicos en todos los azules del cielo, crean una atmósfera de serena intimidad. Las escuelas coránicas que completan este singular grupo de construcciones están igualmente recubiertas por vistosos azulejos y coronadas por cúpulas turquesa. Siguiendo el paseo descubrimos, frente a los populosos bazares del oro y las alfombras, las madrasas de Ulugh Beg y Amir Ali Khan. Esa misma calle, llena de cafetines, tiendas de especias y locales de lo más diverso, nos conduce a la fortaleza de Ark. Si se deja para la caída de la tarde la subida y visita a la fortaleza, tendremos una de las mejores vistas. En la parte más alta de la ciudadela, y rebasando ya los límites del itinerario destinado a los visitantes, accedemos al perímetro superior de los grandes lienzos de la muralla. Esta parte derruida de la ciudadela vieja es como una gran escombrera de ladrillos y esmaltes triturados, una orografía arqueológica que hace pensar en las suaves ondulaciones de la cercana cordillera del Pamir.

Presenciar la caída de la tarde desde alguno de los ciclópeos salientes del fortín es asistir a un fabuloso espectáculo de fantasía oriental. Mientras al otro lado del horizonte el sol rojizo comienza a tocar los confines de la Ruta de la Seda, el conjunto de cúpulas, almenas y perfiles de las madrasas y mezquitas de la Bujara vieja devuelve los últimos rayos de sol convertidos en maravillosos reflejos  anaranjados y dorados.

Cúpula en la plaza de Registan, en Samarcanda. ampliar foto
Cúpula en la plaza de Registan, en Samarcanda.

 Samarcanda

“…delante había un árbol de oro tan alto como un hombre. Las frutas que colgaban de sus ramas eran brillantes, esmeraldas, turquesas, zafiros, rubíes. En el árbol había muchos pájaros de oro con alas esmaltadas en los más variados colores”.

Así describe Ruy González de Clavijo una de las piezas que vio en uno de los palacios del Gran Tamerlán.

La grandeza y suntuosidad de aquella joya desproporcionada estimula la imaginación y nos hace fantasear sobre la Samarcanda de la época. Ruy González de Clavijo consiguió hacia 1404 lo que ni siquiera pudo lograr Marco Polo, visitar la corte del Gran Tamerlán, cuyo imperio se extendía desde la lejana Turquía a la remota India.

Samarcanda es una población que atesora una de las más seductoras trayectorias de la historia de las ciudades. Fue el epicentro de la gran Ruta de la Seda y vivió y se enriqueció durante 2.000 años con la influencia de grandes culturas: persas, indios, árabes, chinos, turcos y mongoles.

Desde los restos de lo que un día fue la muralla construida por Alejandro Magno, todavía hoy puede verse cómo las redondeadas y turquesas cúpulas y los afilados minaretes dan carácter y dominan la línea del horizonte urbano de Samarcanda.

Samarcanda fue asolada por Genghis Khan en 1220, y volvió a recuperar su pasada grandeza en el último tercio del siglo XIV con el Gran Tamerlán y, sobre todo, con su erudito y sensible nieto Ulugh Beg, quien además de restituir toda la belleza y suntuosidad arquitectónica a la ciudad, la convirtió en el corazón cultural de la época. Un referente mundial en matemáticas, medicina, filosofía, y astronomía. Ulugh Beg creó, en su día, entre otras muchas cosas, el más avanzado observatorio astronómico conocido, cuyas ruinas todavía hoy pueden verse en una de las colinas cercanas. La oferta monumental, hoy escondida en una moderna y anodina urbe, es aún rica y variada: la mezquita de Bibi Khanum, el mausoleo de Gur-Emir , el de Shah-i-Zinda… Aunque si hubiera que resumir en una única imagen todo el esplendor, embrujo y poder evocador de Samarkanda, esa imagen sería la de la Plaza de Registan, una ilusión oriental que se puede ver y tocar. Al fondo de una enorme explanada pavimentada con azulejos multicolores, y salpicada de pequeñas fuentes y minúsculos jardines, aparecen formando una espectacular U tres edificios revestidos de mosaicos azules, verdes y dorados. Son las viejas escuelas coránicas de Ulugh Beg, Sher Dor y Tilla-Kari.

El edificio del fondo de este decorado irreal es la antigua madrasa de Ulugh Beg, levantada en el siglo XIV. Las otras dos madrasas que la flanquean son del siglo XVII. Las tres construcciones, casi simétricas en sus fachadas, se abren a la plaza a través de sendos y gigantescos pórticos en arco apuntado. El conjunto exhibe deslumbrantes cúpulas turquesas, algunas lisas y otras lobuladas. Cada una de las madrasas laterales está flanqueada por dos preciosos y esbeltos almenares. Estas exquisitas columnas de oración, primorosamente decoradas, se rematan en bellos capiteles.

Por unos cuantos sumes, el vigilante del monumento nos permite subir a lo alto de uno de los minaretes para ver amanecer. Durante siglos, un muecín subió cada día a esta misma hora por este estrecho tubo para llamar a la oración. Después de ascender una empinada y angosta espiral de escalones, llegamos por fin a la boca de este curioso balcón. Con las primeras luces del día, desde la atalaya en la que estoy, dominando la plaza, las madrasas y toda la ciudad, es fácil transportarse siglos atrás y comprendemos, con el poeta James Elroy Flecker y su famoso verso, por qué hemos emprendido "el camino dorado a Samarcanda".

 

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