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Por Eslovaquia, Moldavia y Bielorrusia, el territorio menos explorado de Europa del Este

Arquitectura brutalista en ciudades marcadas por su pasado soviético, fortalezas medievales de nobles poderosos, rutas enológicas por bodegas centenarias y parques naturales de naturaleza inalterada

Viajar por Europa del Este
El castillo de Bojnice, en la región central de Eslovaquia, con sus torres almenadas de piedra rosada, es la fortificación más visitada del país. getty images

A pesar del avance vertiginoso de las comunicaciones globales, que permiten viajar con relativa facilidad a casi cualquier rincón del mundo, sorprende encontrar todavía sobre el mapa europeo países en los que los turistas son una rareza. Moldavia, Bielorrusia y, en menor medida, Eslovaquia, figuran entre los destinos menos turísticos y menos conocidos de los antes llamados países del Este, antiguos satélites ideológicos de la extinta Unión Soviética, de la que aún perduran huellas en sus ciudades y monumentos. Motivos para descubrirlos hay muchos.

Bisontes y aires soviéticos en Bielorrusia

Son pocos los que eligen este antiguo territorio de la Unión Soviética como destino viajero. A lo sumo, incluyen Bielorrusia como etapa en un viaje más largo con final en Rusia. El tamaño de su gigante vecino (17 millones de kilómetros cuadrados) empequeñece este país cuya superficie es casi la mitad de la península Ibérica: 207.600 kilómetros cuadrados. Esta nación es probablemente la que más y mejor ha conservado su pasado comunista. Llegar a Bielorrusia es como viajar en el tiempo, ya que conserva un marcado aroma estalinista en muchos de sus rincones.

Panorámica aérea de Minsk y la bahía de Svisloch, en Bielorrusia.
Panorámica aérea de Minsk y la bahía de Svisloch, en Bielorrusia. getty images

Minsk: museos grandiosos, arte urbano y un retorno al pasado

Aunque tiene fama de triste y gris, Minsk ha sufrido una importante transformación en los últimos años, abriéndose poco a poco al modo de vida occidental. Ahora presume de una animada vida nocturna (hasta la llegada de la pandemia), buenos museos y oxigenantes parques que combina con una impresionante y rotunda arquitectura estalinista. La capital bielorrusa exhibe con orgullo su cara moderna, con cafés de moda, restaurantes siempre llenos, barras de sushi y galerías de arte que se han instalado en un centro urbano que en su día fue remodelado al gusto del dictador soviético Josef Stalin (1878-1953).

Y, por supuesto, también tiene su casco antiguo, bastante acogedor y agradable: Verkhni Horad (ciudad alta), que en su día fue un próspero barrio judío pero quedó muy destruido durante la Segunda Guerra Mundial. De antes de esta fecha apenas quedan unos pocos edificios, que junto con el reconstruido ratusha (Ayuntamiento), en la plaza Svabody, le dan al conjunto un aroma a historia.

Los que prefieran buscar vestigios del periodo soviético, los edificios más impactantes de esta época están fuera del centro, sobre todo al noreste, hacia el recinto deportivo del Minsk Arena. Uno de estos barrios, bautizado como Oktyabrskaya en tiempos de la URSS, hoy se ha convertido en Vul Kastrychnitskaya, el barrio de las artes “no oficial” de Minsk. Grafiteros brasileños han pintado murales en las enormes fachadas de los grises bloques de viviendas, almacenes y fábricas, que en muchos casos albergan ahora espacios para eventos culturales, galerías y cafés a la última. El barrio, en definitiva, rezuma un refrescante espíritu contracultural, que aquí está permitido mientras no se extienda a otras partes de la capital y del país, gobernado por el cuestionado presidente Aleksandr Lukashenko. Este particular distrito es de los pocos sitios de Minsk donde se puede oír hablar de política. Aquí también se ubica la Galería de Arte Contemporáneo, con enormes espacios postindustriales de exposición y una deliciosa cafetería.

Pero la avenida principal de la ciudad es la de la Independencia (Nezalezhnastsi), el lugar óptimo para tomar el pulso a Minsk y que recorre de punta a punta la ciudad moderna, desde la muy austera y extensa plaza Nezalezhnastsi hasta llegar al colmo de la desmesura, la Biblioteca Nacional de Bielorrusia, una faraónica construcción aprobada por el polémico Lukashensko, con forma de cubo romboidal octaédrico y que pasa por ser la tercera biblioteca del mundo por libros en idioma ruso.

La avenida de la Independencia es el mejor ejemplo del estilo imperial estalinista surgido tras la Segunda Guerra Mundial, con sus extensas plazas, parques de utopía y grandiosas joyas arquitectónicas como la Oficina Central de Correos. Paseando por ella es imposible no ver la imponente Casa de Gobierno, con una estatua de Lenin delante. Es uno de los bellos ejemplos de la arquitectura constructivista —movimiento surgido en Rusia en 1914 y que se hizo especialmente presente después de la Revolución de Octubre— de antes de la guerra. Si nos dirigimos hacia el norte pasaremos junto al inquietante cuartel general de la antigua KGB y por la también intimidante plaza Kastrychnitskaya, antes de cruzar el río Svislach que bordea los dos principales parques de la ciudad.

El mejor museo de Minsk está dedicado a la Gran Guerra Patria, en un llamativo edificio nuevo, y es todo un despliegue expositivo sobre el sufrimiento y el heroísmo de Bielorrusia durante la ocupación nazi. De obligada visita. Un lugar más amable, y menos cargado de dramatismo, es el barrio de la Trinidad, que en realidad es una recreación de edificios de la Minsk anterior a la guerra, en una curva del río al norte del centro, con pequeños cafés, restaurantes y tiendas.

La guardia de hornor bielorrusa, en la Fortaleza de Brest, un complejo ceremonial en homenaje a los caídos durante la invasión nazi de la Unión Soviética.
La guardia de hornor bielorrusa, en la Fortaleza de Brest, un complejo ceremonial en homenaje a los caídos durante la invasión nazi de la Unión Soviética. ALAMY

Brest y Grodno, las ciudades que miran al Oeste

La otra capital de Bielorrusia es Brest, una ciudad fronteriza con Polonia, próspera y cosmopolita, que mira mucho más a la vecina Unión Europea que a Minsk. Casi todos los puntos de interés están en el interior o en los alrededores de la fortaleza que, a un paso de la frontera, flaquea los ríos Bug y Mujavéts. Hasta allí se llega paseando desde la céntrica Vul Sovetskaya, una agradable calle peatonal llena de bares y restaurantes. La fortaleza conmemora la resistencia, mucho más larga de lo que esperaban, que mantuvieron los soldados soviéticos ante el avance nazi en junio de 1941. La guarnición soviética logró resistir heroicamente durante un mes, y su hazaña pasó a la historia. Preside el complejo Valentia, una cabeza esculpida de soldado, que surge de una enorme roca, flanqueada por un altísimo obelisco conmemorativo. A su alrededor hay varios museos relacionados con este asedio.

En los alrededores de Brest está el parque nacional Belovezhskaya Pushcha, la reserva de fauna más antigua de Europa y el orgullo de Bielorrusia. Este bosque primitivo, que al otro lado de la frontera continúa extendiéndose, ya bajo administración polaca bajo el nombre de Bialowieza, es famoso por ser el hogar de unos 300 bisontes europeos. La posibilidad de ver a estos ungulados en estado salvaje es posible si se realiza un circuito por el parque, aunque siempre habrá que tener algo de suerte.

La otra gran ciudad fronteriza con Polonia es Grodno, una relajada localidad en la que se conserva bastante arquitectura que no sufrió los daños de la guerra. Sus hitos turísticos son el Castillo Viejo y el Castillo Nuevo, uno junto a otro, a orillas del río Niemen. El Castillo Viejo se encuentra en gran parte en ruinas pero tiene un ala restaurada donde está instalado el Museo de Arqueología e Historia. El Castillo Nuevo, de estilo rococó, fue levantado en el siglo XVIII por los gobernantes polaco-lituanos para sustituir al viejo y hoy es un ecléctico museo de arte con bonitos cuadros del siglo XIX.

Una turista contempla el castillo medieval de la ciudad de Mir, en la región bielorrusa de Grodno.
Una turista contempla el castillo medieval de la ciudad de Mir, en la región bielorrusa de Grodno. ALAMY

Mir, Nesvizh y Vitebsk, la esencia de Bielorrusia

Quizá para empaparse realmente de un país haya que salir de sus grandes metrópolis y conocer sus ciudades de provincia, más pequeñas y auténticas. En Bielorrusia estas ciudades podrían ser Nesvizh, Mir y Vitebsk. La primera está a solo 120 kilómetros al suroeste de Minsk. Escaparse hasta allí merece la pena solo por ver el espléndido castillo de Nesvizh, levantado por los Radziwill, una de las más antiguas y ricas familias de la nobleza polaco-lituana, en 1583, aunque reconstruido y renovado después otras muchas veces. Hoy los visitantes pueden ver más de 30 salas restauradas y un impresionante patio.

La otra excursión desde Minsk es Mir, una pequeña ciudad encantadora, a 85 kilómetros de la capital, presidida por un romántico castillo del siglo XVI que tiene unos fabulosos jardines y unos interiores bien recuperados.

Mucho más lejos, al norte del país y casi en la frontera rusa, está Vitebsk, que fue un importante centro de la cultura judía porque era una de las principales zonas de asentamiento del imperio ruso donde se les permitía vivir. Su hijo más célebre fue el pintor expresionista Marc Chagall (1887 - 1985), que inmortalizó Vitebsk en sus primeras obras. Hoy es una ciudad agradable, con una calle peatonalizada en el centro en torno a la que se concentran los bares y restaurantes, y varias iglesias y museos. Lógicamente, hay varios dedicados a Chagall: el Centro de Arte Marc Chagall, con unas 300 obras del artista ruso, y la Casa Museo de Mark Chagall donde el artista vivió de niño, entre 1897 y 1910, unos años maravillosamente evocados en su autobiografía.

Moldavia, la Europa más olvidada

Igual que hay naciones que figuran siempre en los listados de los países más felices del mundo, hay otros que siempre aparecen entre los más infelices. Uno de ellos es Moldavia, un pequeño territorio entre Rumanía y Ucrania que continúa siendo uno de los más pobres de Europa, aunque poco a poco va ganando en “felicidad” (un concepto abstracto que en este caso hay que traducir como "bienestar” o “calidad de vida”).

Con todo, Moldavia tiene sus encantos y los más viajeros se animan a descubrir su naturaleza virgen y sus fabulosas rutas vinícolas. Las carreteras poco transitadas añaden encanto al viaje, y quienes buscan algo incluso más curioso y desconocido pueden encontrarlo en la llamada república independiente de Transnistria, un país sin ningún tipo de reconocimiento internacional, a excepción de Rusia, enclavado en la frontera oriental de Moldavia con Ucrania.

El campanario de la catedral de la Natividad, en Chisnáu, la capital de Moldavia.
El campanario de la catedral de la Natividad, en Chisnáu, la capital de Moldavia. alamy

Chisináu, el centro de todo

Casi todas las carreteras de Moldavia llevan a su capital, Chisináu, en el centro del país, una ciudad algo aletargada que disfruta con el buen comer y el buen beber, con parques donde los jubilados juegan al ajedrez bajo árboles centenarios y terrazas para tomar un café mientras se contempla el tránsito de personas. El más popular y céntrico es el Parcul Catedralei, muy popular entre las familias que pasan allí el día los fines de semana. En torno a él: la Catedral Metropolitana de la Natividad con un campanario del siglo XIX, el Arco de Triunfo, también llamado “Las Puertas Sagradas”, y, al noroeste, el animado Mercado de las flores.

Aparte de su ambiente provinciano y de la agradable vida en sus parques, la ciudad solo puede ofrecer al visitante algunos museos: el de Historia y Arqueología, el de Etnografía e Historia Natural, el del Ejército (con una emotiva exposición sobre la represión de la época soviética) o el Museo Nacional de Arte, aunque ninguno justificaría por si solo una escapada a Chisináu. Lo que sí es interesante es que la ciudad se encuentra en el centro del país y permite salir a recorrer sus carreteras tranquilas hasta las bodegas de los alrededores, el verdadero reclamo de Moldavia.

Turistas de visita en la bodega de Cricova, la segunda más grande de Moldavia, con más de 120 kilómetros de galerías subterráneas.
Turistas de visita en la bodega de Cricova, la segunda más grande de Moldavia, con más de 120 kilómetros de galerías subterráneas. alamy

Una escapada de vinos… moldavos

Moldavia hizo las veces del valle del Ródano para la Unión Soviética, principal consumidor entonces de sus poderosos vinos. Actualmente, dos de los principales productores de vino del mundo están a 20 kilómetros de Chisináu: Cricova y Milestii Mici, de cuyas barricas salen millones de botellas cada año. En Cricova están una de las bodegas subterráneas más grandes del mundo, a 60 metros bajo tierra y con unos 100 kilómetros de largos pasadizos que se recorren en tren eléctrico. Es una atracción muy visitada tanto por los moldavos como por turistas de países cercanos. También se puede reservar una cata más íntima en alguna de las tiendas especializadas en vinos cerca de Chisináu, como el Castel Mimi, una bodega legendaria 40 kilómetros al sur de la capital, en una casa solariega restaurada; o el Château Purcari, a 115 kilómetros de Chisináu, que produce de los mejores vinos del país.

Dejando a un lado el culto a Baco, muy cerca de allí encontramos otra de las señas de identidad moldavas: el complejo arqueológico y eclesiástico de Orheiul Vechi, el sitio histórico más importante del país y un bonito paraje natural. Está en lo alto de un risco que domina el río Raut y es famoso por su monasterio rupestre excavado por monjes ortodoxos en el siglo XIII, que se completa con baños, fortificaciones y ruinas de hace más de 2.000 años.

Pueblos y granjas del distrito de Soroca, al noreste de Moldavia.
Pueblos y granjas del distrito de Soroca, al noreste de Moldavia. getty images

Soroca y la reserva del Bajo Prut

En ambos extremos del país se ofrecen sendas escapadas. Al sur, en plena naturaleza, la reserva de la biosfera del Bajo Prut es la oportunidad de disfrutar de su principal espacio natural. Aquí se puede practicar kayac, hacer acampada, excursiones de montaña o incluso alguna incursión en la vecina Rumanía. El lago Beleu ocupa las dos terceras partes de la superficie total y el humedal que se extiende por la orilla izquierda del río Prout alberga ricos ecosistemas acuáticos, forestales y de praderas.

Y en el extremo norte, en una situación privilegiada sobre el Dniéster, está Soroca, la capital romaní extraoficial de Moldavia, con sus llamativas y fantásticas mansiones de los “reyes” romaníes en las calles de lo alto de la colina. La fortaleza de Soroca se remonta al siglo XV, cuando reinaba el príncipe moldavo Esteban el Grande, que la construyó sobre las ruinas de una antigua fortaleza de madera con forma circular, con cinco bastiones. Lo mejor de la fortaleza son las fabulosas vistas del río Dniéster con los campos ucranianos al fondo.

La Casa de los Sóviets en Tiraspol, la capital del Estado autoproclamado de Transnistria.
La Casa de los Sóviets en Tiraspol, la capital del Estado autoproclamado de Transnistria. getty images

Transnistria, un Estado que solo existe para sí mismo

Pocos lugres más exóticos dentro de Europa que Transnistria, un territorio que declaró su independencia de Moldavia en 1990 y desde entonces tiene una situación política tan particular que uno no sabe dónde está realmente. Esta autoproclamada república es una estrecha franja en la orilla oriental de río Dniéster que Moldavia considera todavía parte de su territorio nacional, segregado con el amparo y tutela de Rusia. En Transinistria lo ven de otra forma, y consideran que se ganaron su independencia tras una sangrienta guerra civil. Así que el país solo está reconocido como tal por sus propios habitantes y por Rusia, que lo conoce como Pridnestrovie. A pesar de eso, es relativamente sencillo entrar: basta con exhibir un pasaporte válido en la “frontera” (o si se llega en tren, en la propia estación).

En esta pequeña república, con capital en Tiraspol (la segunda ciudad más poblada de Moldavia), reina una tranquilidad inquietante y todo recuerda a la época soviética, desde las señales en las calles a los nombres de los parques. Entre los puntos más interesantes para hacer turismo: el monasterio de Noul Neamt, un sobrio lugar al sur de Tiraspol, presidido por un sorprendente campanario de 70 metros, que permite contemplar un despejado paisaje; el Museo de la Historia de Tiraspol, para conocer la atormentada historia del país, o la fortaleza otomana de Bendery, cerca del puente que enlaza Bendery con Tiraspol, y que fue construida en el siglo XVI. Desde entonces ha sido testigo de muchas luchas entre turcos y rusos. Se puede pasear por las murallas y contemplar las vistas del río Dniéster, hacer un pícnic en uno de los patios o visitar sus museos.

Panorámica de la ciudad de Bratislava, con la catedral de San Martín y el castillo al fondo.
Panorámica de la ciudad de Bratislava, con la catedral de San Martín y el castillo al fondo. alamy

Eslovaquia, el desconocido corazón de Europa

Aunque geográficamente ocupa el centro del Viejo Continente, Eslovaquia forma parte de lo que siempre conocimos como países del Este. Hace ya 25 años de la disolución de la antigua Checoslovaquia y la parte más oriental de aquel país de la órbita soviética se ha afianzado como una nación independiente y segura de sí misma. Su capital, Bratislava es un reclamo turístico incuestionable, pero el país también cuenta con atractivos para los amantes del aire libre: las rutas de senderismo del Alto Tatra discurren por paisajes bellísimos, con lagos que parecen espejos donde se reflejan picos de hasta 2.000 metros.

Su región oriental es mucho menos visitada, a pesar de tener atractivos indiscutibles, como sus iglesias, la encantadora metrópolis de la zona, Zosice, o la región vinícola de Tokay, todo ello en un paisaje rural muy poco poblado.

Lo bueno de Eslovaquia son sus dimensiones, que permiten abarcarlo todo, y terminar con una buena cerveza en cualquiera de sus tabernas. Es también una escapada estupenda para un fin de semana desde República Checa, el sur de Polonia, Budapest o Viena.

Terrazas de los cafés de la calle Panska, en el casco histórico de Bratislava, la capital de Eslovaquia.
Terrazas de los cafés de la calle Panska, en el casco histórico de Bratislava, la capital de Eslovaquia. alamy

Bratislava, elegancia centroeuropea

A orillas del Danubio, y no muy lejos de Viena, Bratislava es la capital desde la independencia del país en 1993. Es una de esas elegantes ciudades europeas, que pueden presumir de cafés, animadas cervecerías y un bonito casco antiguo con palacios barrocos y un castillo medieval y renacentista. A todo eso hay que añadir una contundente arquitectura brutalista de la época soviética. Pese a todo, es mucho menos visitada que otras joyas centroeuropeas, aunque se ha ido haciendo muy popular como escapada de un día desde Viena y como destino de despedidas de soltero desde Austria.

Ya en el siglo XII, Bratislava era una importante ciudad de la Gran Hungría que se desmembró como consecuencia de la Primera Guerra Mundial. Muchos de sus imponentes palacios barrocos se erigieron durante el reinado de la emperatriz María Teresa de Austria, en el siglo XVIII, pero no se convirtió oficialmente como segunda ciudad del Estado checoslovaco hasta después de la Segunda Guerra Mundial, cuando las grandes potencias se repartieron Europa. Bratislava era codiciada sobre todo por Austria, ya que la mayoría de su población era germanoparlante.

Tras la guerra, los comunistas demolieron gran parte del casco antiguo, sinagoga incluida, para abrir paso a una carretera. Aún así, queda mucho por ver: el reconstruido castillo de Bratislava, que parece sacado de un cuento infantil y con unos cuidados jardines barrocos; la plaza Mayor, centro de la historia, de los festivales y de su sofisticada cultura de café, y las diversas casas que la rodean, como el antiguo ayuntamiento o los palacios góticos y neobarrocos. Gótica es también la catedral, que ha acogido 19 coronaciones reales. Y el Museo de la Cultura Judía nos revelará cómo era la floreciente comunidad hebrea de Bratislava y la impresionante arquitectura judía de la ciudad que se perdió durante y después de la Segunda Guerra Mundial.

Bratislava tiene también una cara modernista y guarda una excelente colección de edificios estilo art nouveau. Como la villa en tonos verde pastel de la calle Jesenského, en forma de palacio, y otras casas señoriales y hoteles que uno casi podría imaginar en Barcelona, sin olvidar la joya del modernismo en Bratislava: la Iglesia Azul. Está algo alejada del casco histórico pero el paseo merece la pena para ver el templo de Santa Isabel, de principios del XX, obra de Ödön Lechner, uno de los mejores arquitectos modernistas húngaros (Bratislava formaba entonces parte del imperio Austrohúngaro).

Una forma de visitar el centro es fijarse en las pequeñas coronas doradas que hay en el suelo, la ruta de la coronación, y que siguen el recorrido que hizo la emperatriz María Teresa el día de su coronación, el 25 de junio 1740. Se descubren así los rincones con más encanto de la capital eslovaca.

La localidad eslovaca de Banská Štiavnica bajo la bruma.
La localidad eslovaca de Banská Štiavnica bajo la bruma. getty images

Rumbo al este: Banská Stiavnica, Bojnice y Vikolínec

En la Eslovaquia central, y camino de las maravillas naturales del Alto Tatra, hay tres paradas que merecen la pena. Por un lado, tenemos la ciudad de la plata, Banská Stiavnica, considerada la ciudad más bonita del país, y desde 1993 patrimonio mundial por la Unesco. Las minas de oro, plata y otros 140 minerales proporcionaron enormes riquezas a este lugar en una región agreste, y llenaron sus calles de mansiones lujosas, palacetes e iglesias. Gran parte de su esplendor arquitectónico está en la plaza de la Santísima Trinidad (Nám xv Trojice) y en sus alrededores, en el casco antiguo. Sus calles van trepando hacia la parte más alta donde encontramos los dos imprescindibles de la ciudad: el Castillo Viejo, una fascinante lección de historia, y el excepcional Calvario, en lo alto de una colina a dos kilómetros del casco antiguo, un lugar de peregrinaje y culmen del barroco en el país.

Otra parada imprescindible en esta región central es el castillo de Bojnice, con sus torres y torrecillas almenadas de piedra rosada. Es la fortificación más visitada de Eslovaquia. A principios del siglo XX, la familia Palffy la reconstruyó inspirándose en los castillos franceses del Loira, elevando Bojnice a su esplendor neobarroco actual. Está considerado uno de los 10 castillos más bonitos de Europa y ha servido de escenario para muchos rodajes cinematográficos.

Es también interesante acercarse a Vikolínec, un pueblo de casas de colores achaparradas que evocan la Europa medieval con un toque al Hobbit del escritor británico J. R. R. Tolkien. Esta aldea de montaña está declarada patrimonio mundial y conserva 45 construcciones tradicionales de troncos, que incluyen un campanario de madera, del siglo XVIII, una capilla católica barroca y muchas casitas pintadas de color melocotón y celeste.

El lago glacial de Szczyrbske Pleso, en el Alto Tatra (Eslovaquia).
El lago glacial de Szczyrbske Pleso, en el Alto Tatra (Eslovaquia). ALAMY

Los Tatra, los Cárpatos más salvajes

Todo lo que se diga sobre la majestuosidad de estos montes es poco: sus más de 300 picos forman el sector más alto de los Cárpatos centrales. El Alto Tatra, la sierra más alta de los Cárpatos, es un lugar casi mítico para los eslovacos. Su emblema es el pico torcido del monte Krivan (2.495 metros sobre el nivel del mar), que es además un símbolo en la cultura popular y la literatura, pero hay otros muchos montes que atraen a los excursionistas. Junto con el parque nacional polaco del mismo nombre, el eslovaco parque nacional de los Tatra está protegido como reserva de la biosfera de la Unesco.

La puerta de entrada al Alto Tatra es Poprad, una base estupenda para excusiones de senderismo o esquí en el día. Hay multitud de sitios donde caminar por lagos y gargantas o esquiar. Y Propad tiene además sus propios atractivos, como el barrio de Spisská Sobota, con edificios renacentistas muy bien conservados.

Los pueblos turísticos de Smokovec son también un acceso cómodo al Alto Tatra, una zona con larga tradición vacacional desde finales del siglo XVIII que conserva todavía un cierto aire nostálgico. Una buena senda para recorrer la zona es la ruta Tatranská Magistrála, que sigue la vertiente sur del Alto Tatra a lo largo de 65 kilómetros, de inicio a fin. Y entre las imágenes más bellas que nos depara esta aventura, la del lago glacial de Strbské Pleso, que recibe una gran cantidad de visitantes durante todo el año, gracias también a los esquiadores que aprovechan la temporada más larga del año para visitar el país.

El castillo de Spis (Eslovaquia).
El castillo de Spis (Eslovaquia). getty images

El Este eslovaco, tierra de vinos

La parte más oriental de Eslovaquia es tierra de misteriosas iglesias, bodegas medievales y una de las mejores regiones vinícolas de Europa. Entre los hitos de la zona está la antigua ciudad real de Levoca, con un casco antiguo medieval, protegido por la Unesco, y una plaza principal que reúne casonas burguesas con gabletes y un Ayuntamiento maravillosamente reconstruido. Otra parada que merece la pena es Spisské Podhradie, coronada por el castillo más espectacular de Eslovaquia, que ha lanzado al estrellato turístico a este pueblo. El castillo de Spis es patrimonio mundial y uno de los complejos fortificados más grandes de Centroeuropa.

El parque nacional Slovensky Raj, al este de Eslovaquia, tiene un poco de todo: cuevas, cañones y cascadas en las que se trepa, se gatea y se acaba empapado. Es un paraíso para senderistas, que pueden hacer una pausa en monasterios en ruinas o aventurarse en cuevas de hielo.

Y queda aún una parada más al este, para conocer la llamada Tierra del Vino. La localidad de Kosice, cercana a la frontera húngara y cuyos orígenes se remontan al Medievo, tiene un tesoro en forma de torres góticas, bastiones medievales y escultura barroca, incluyendo una monumental catedral gótica. El centro de todo es su alargada plaza principal, Hlavné Nám, con el teatro estatal, una fuente musical, fuentes, jardines y cafés. Al sur de Kosice se extiende la región de vinos más famosa de Eslovaquia, Tokay, que con el mismo nombre se introduce en Hungría, donde se produce un popular vino de postres.

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