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En la ciudad del rey Minos

La cineasta Anabel Rodríguez Ríos nos lleva al tranquilo y pintoresco pueblo de Arjanes, en la isla griega de Creta

La cineasta Anabel Rodríguez Ríos. Ampliar foto
La cineasta Anabel Rodríguez Ríos.

Su documental, Érase una vez en Venezuela, Congo Mirador (2020), ha sido elegido para representar a Venezuela en los Oscar de 2021 y ha llevado a Anabel Rodríguez Ríos a festivales como los de Sundance o Málaga. Pero el pasado verano la directora prefirió la tranquilidad de un pequeño pueblo de la isla de Creta llamado Arjanes.

¿Quién le habló de Arjanes?

Una amiga cineasta que vive allí y además lleva un cine-club al aire libre. Fui a visitarla para ayudarla porque se mudaba de casa. Es un pueblo pintoresco, poco frecuentado, y menos en 2020, claro.

Así que estaba usted sola con los lugareños.

Algo así. Allí viven muchos artistas, y también acabé conociendo a los señores mayores que se reúnen en las plazas a charlar. Siempre llevan el kombolói entre los dedos, esa especie de rosario al que no paran de dar vueltas. Me encantaba verlos porque son muy rumberos, aunque vayan casi todos vestidos de negro. También acompañé a la gente del lugar a la romería popular que hubo el 6 de agosto: todo el pueblo subió en procesión al cercano monte Juktas.

¿Cómo era su cotidianidad allí?

A mediodía solíamos ir a comer al restaurante de Niko, un amigo griego que sirve un licor casero riquísimo y que cosecha su propio vino. El local se llama Ágora, y allí me aboqué a comer marisco y pescado. A la musaka no le presté tanta atención.

¿Y al caer la tarde?

Solíamos tener la sesión de cine-club bajo las estrellas, así que ayudaba a mi amiga a organizarla en un patio que nos habían cedido. Hacíamos de todo: poner carteles, colocar las sillas y mesitas, presentar la película…

También iría de excursión.

Fui a la ciudad del rey Minos, a Cnosos, situada a unos 10 kilómetros y donde surgió el mito del laberinto de Creta. El paisaje está lleno de olivos, y al llegar al palacio vimos reproducciones de los antiguos frescos. Me encantaron las guías locales: eran señoras mayores, de 70 o más años. Les alegraba mucho que llegaran visitantes en un año tan difícil.

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