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Escapadas

Cafés de Tánger entre minaretes verdes

Del mar a la medina, una ruta que incluye el hotel Minzah y las terrazas del Hafa que bajan hacia el océano, con el recuerdo de visitantes como Tennessee Williams o Farrah Fawcett

Terrazas del café Hafa, en Tánger, fundado en 1921. Ampliar foto
Terrazas del café Hafa, en Tánger, fundado en 1921.

Las ciudades son fascinantes: todas ocultan mil historias, mil aventuras, mil alegrías y mil desgracias. Y más si tienen detrás una leyenda, como Tánger, esa “ciudad blanca, muy blanca, tatuada de minaretes verdes”, según Rubén Darío. Aunque el tangerino más ilustre sea Ibn Battuta, su leyenda nació en el siglo XIX, y se acentuó entre 1925 y 1956, cuando fue un protectorado internacional. Un lugar en el que se podía encontrar de todo, y se mezclaban mezquitas, iglesias y sinagogas, ricos y miserables, magrebíes, europeos y judíos. En el teatro Cervantes, hoy en pie aunque en ruinas, actuó Caruso.

Los turistas escasean, pues es entre semana, y octubre. Llueve. No es raro: en Tánger caen anualmente 750 milímetros, frente a los 970 de Gijón y los 450 de Madrid. Pienso en ese Tánger mítico. “Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. O mejor, de recorrer la ciudad. Y como no puedo hacerlo a golpe de talonario, lo haré a golpe de cafés.

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Con El pan a secas de Mohamed Chukri, me refugio en el De París, en la Place de France, frente al palacete y los jardines del consulado francés. Abierto en 1920, fue un nido de escritores (Jane y Paul Bowles, Genet, Capote, Tennessee Williams, Burro­ughs), y de espías durante la II Guerra Mundial. En realidad, todos los cafés tangerinos han sido “nidos de espías”. Les encanta, supongo, el té o el café. En buena lógica, el hombre que parece leer el periódico igual no lo está leyendo, solo se tapa con él. El De París, con sus espejos y ventanales, sus paredes y columnas forradas de madera, sus sillas de escay, es tan decadente como Tánger. El café con leche cuesta 10 dírhams, poco menos de un euro. Espabilado, bajo por la Rue de la Liberté al lujoso hotel Minzah, pasando ante la Pastelería Española (“Hacemos pequeñas cosas con mucho amor”). Por suerte, uno se puede manejar bien con el español.

En la librería Des Colonnes están las novelas 'La vida perra de Juanita Narboni' y 'El año que viene en Tánger'

Una tórtola en la piscina

En el piano-bar del Minzah no hay marroquíes: el café es igual, pero cuesta 40 dírhams. En el borde de la piscina se posa una tórtola. Chillan unas gaviotas. Los camareros llevan fez rojo, camisa blanca, bombachos negros: los que desentonamos, perdida nuestra ancestral elegancia, somos los occidentales. Saco un cigarrillo de un paquete que guardo desde hace años, porque no fumo. Leer a Chukri y fumar en el Minzah me hacen sentirme un poco aventurero, y recuerdo unos versos de mi hermano Pedro, de Te quiero porque tu corazón es barato: “Estar plagado de hongos / y no comprar un tubo de pomada en la farmacia / hace que me sienta como un salvaje”. Veo en el patio fotografías de huéspedes famosos. Timothy Dalton, Cruyff, Coppola, Van Damme, Zapatero, Farrah Fawcett, Jaime de Mora y Aragón... Quien no encuentre alguien de su gusto es porque no quiere.

Camino viendo los edificios españoles, de corte neocolonial, con sus balaustradas y balcones, y los franceses, racionalistas y art déco. Todos, con los rasguños del viento, la lluvia y la sal. Entro en la librería Des Colonnes, fundada en 1947, frecuentada por la generación beat. Veo novelas como La vida perra de Juanita Narboni, de Ángel Vázquez, o El año que viene en Tánger, de Ramón Buenaventura; las más recientes, como El tiempo entre costuras, de María Dueñas, y la última de Pérez Reverte, Eva, indican que la ciudad sigue inspirando historias.

Terraza del hotel Continental, en Tánger (Marruecos).
Terraza del hotel Continental, en Tánger (Marruecos). Getty

Decido ir en taxi al Continental. Los pequeños, celestes con raya amarilla, se paran en la calle, se comparten, y según la dirección que llevan te acercan o no. Los grandes, de color crema, se pueden pedir por teléfono y son cuatro veces más caros. Tras infructuosos intentos con los baratos, acabo cogiendo uno de los caros. El hotel no desmerece del barrio árabe, con patios y estancias laberínticos, con bancos corridos con cojines y pegados a las paredes (mtarbas), azulejos con dibujos geométricos, arcos lobulados. Tomo mi café con leche, 20 dírhams, con vistas al puerto, y empiezo Eva. Parte de la acción transcurre allí mismo.

A la mañana siguiente consigo un petit taxi para ir al Hafa, fundado en 1921, con El cielo protector en mano. Las terrazas, con muros encalados, bajan hacia el mar. La lluvia, a ratos filipina, oculta España. Soy el único extranjero y la gente es más joven que en otros cafés. Aquí cuesta 12 dírhams. Una mosca se posa en mi nariz. Lo considero parte del atrezzo de la novela de Bowles, que arranca, sin nombrarla, en Tánger.

Guía

En mi ruta no puede faltar la medina. Entro por Bab el-Fahs y camino hasta el Zoco Chico, nido de cafés: el Tingis, el Almanara, el Café-Pensión Fuentes, con paredes de azulejos y suelo de baldosa hidráulica, en un primer piso. Elijo el Central, y al entrar piso la fecha de su fundación como cabaret, 1813. Tomo el café, 12 dírhams, en la terraza. Tras la Guerra Civil, los franquistas del Central y los republicanos del Fuentes se peleaban a pedradas y a botellazos.

Pregunto a un anciano por Ibn Battuta. Me guía por unas callejuelas, escaleras, muros azules y rosas, olores a fruta podrida, pescado, orines, cuero, basura y especias, hasta la tumba, un mazacote pegado a las casas. Añoro el hogar. Y reconociéndome turista y no viajero, me consuela el propio Ibn Battuta, el viajero del islam, quien, tras recorrer en el siglo XIV unos 120.000 kilómetros, concluyó que, como en su país, en ningún sitio.

Martín Casariego es autor del libro sobre grandes viajeros Con las suelas al viento (La Línea del Horizonte).

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