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Palacetes de Valencia

En la calle Caballeros está el Palau de la Generalitat y el del marqués de Malferit, que alberga un museo de soldaditos de plomo

Palau de la Generalitat, en la Plaza de la Virgen, en Valencia. Ampliar foto
Palau de la Generalitat, en la Plaza de la Virgen, en Valencia.

“En Valencia hay una calle que tiene geranios y sombras, humedades y oscuridad, saliva y cordura”. En catalán suenan estas palabras con las que la cantante Maria del Mar Bonet define, en su canción Alenar, la calle Caballeros, paseo principal del barrio del Carmen de Valencia. Otrora conocida como calle Mayor –denominación que ahora no posee ninguna vía valenciana–, su nombre actual proviene de la gran cantidad de familias nobles que en ella vivieron en diferentes épocas.

La calle Caballeros se extiende desde la plaza de la Virgen hasta la plaza del Tossal. Atravesándola, el visitante puede recorrer los 23 siglos de historia tanto de Valencia como de la propia calle, que fue el decumanus maximus de los fundadores romanos. Abandonando la primera plaza y pegado al actual Palau de la Generalitat, un jardincillo recuerda el espectro del que fue Ayuntamiento hasta el año 1854, cuando un incendio provocado por los presos de la cárcel contigua obligó a trasladarlo a sus actuales dependencias. Bajo el jardín se esconde un refugio antiaéreo utilizado durante la Guerra Civil.

Además del evidente interés artístico e histórico del Palau de la Generalitat, en la calle Caballeros podemos encontrar multitud de palacetes y casas de marqueses, barones y nobles, que han mantenido casi intacto su espíritu secular. En el número 8, una imponente construcción gótico-mudéjar del arquitecto Cortina de 1897 exhibe sus columnas en unas ventanas que podrían retener a un distinguido joven que ansiase conocer el mundo más allá de sus paredes.

Tanque del Museo de Soldaditos de Plomo.
Tanque del Museo de Soldaditos de Plomo.

En el número 22, enfrente de la antigua Casa de los Obreros (hoy reformada y transformada en el Teatro Talía), surge, sobrio, el Palacio del marqués de Malferit (entregado a éste por Jaime I el Conquistador). Seis siglos de historia han supuesto diversas reformas y distintos usos: si bien en 1939 albergó la sede del Arzobispado de Valencia, hoy contiene el Museo de los Soldaditos de Plomo. El techo de la entrada, salpicado por vigas de mobila, y el portón preparado para el ingreso de caballos, se funden con la imagen del primer patio interior (solo visitable con pase de museo, aunque visible desde la calle) hasta conformar lo que de noche se confunde con una escenografía teatral propia del Siglo de Oro.

Un poco más adelante, en el número 33, la gran portada del Palacio de los Condes de Oliva acoge en su dintel el escudo barroco con las armas de dicha familia noble, que se instaló aquí en el siglo XV. “Sus paredes [las del palacio] paréceme que aún lloran a aquel héroe, el Conde de Oliva”, comentó el humanista Juan Luis Vives al visitar la casa. Aunque las reformas continuas apenas dejan apreciar su estilo gótico, merece la pena asomarse por entre sus verjas e imaginar esas vidas antiguas que arrastraron sus pasos por la casona.

La calle Caballeros acaba en la Plaza del Tossal, cuyo nombre, “colina” en castellano, ha sido transformado por muchos valencianos hasta desembocar en “tros alt”, que significaría “pedazo en alto”. En esta plaza nacen, curiosamente, las únicas vías con un mínimo de desnivel en una ciudad llana y regular como Valencia: la calle Alta y la calle Baja.

Ocupada por aristócratas en las épocas esplendorosas de la ciudad, poblada por diversos ministerios durante la Guerra Civil, preferida después por los intelectuales y más tarde por los valencianos y los turistas que buscan la luna de Valencia en los fondos resecos de sus copas, la calle Caballeros permanece hoy como uno de los testimonios vivos del paso del tiempo por la ciudad.

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