Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
RUTA DE LOS EXPLORADORES OLVIDADOS / 11

Calcuta, el viaje más delirante

Tráfico embravecido en la autovía, un banquete de boda estrictamente vegetariano y visita a la casa de la Madre Teresa en la capital del estado indio de Bengala

De Madrás a Katmandú hay más de 2500 kilómetros. Elijo la ruta que pasa por Calcuta. Todavía estoy en la India tropical. Las palmeras escoltan mi viaje. Palmeras y arrozales que espejean. Sería delicioso si no fuera porque no me puedo distraer un momento. Se suceden los sobresaltos, los filibusteros, los que salen sin mirar, los peatones que cruzan confiados en Vishnu, los conductores que invaden mi carril, las vacas sagradas, los perros sarnosos, los camiones asesinos...

Todo el litoral del Oriente está roto por la desembocadura de grandes ríos que abren estuarios arenosos enormes. Sobre esta arena fluvial de anchísimas playas caminan las vacas hacia el agua. Afortunadamente, hay construidos largos puentes que salvan estos accidentes. De otro modo, sería completamente imposible este viaje.

A 250 kilómetros de Calcuta estoy harto, hambriento, sueño con una cerveza y un buen plato de comida caliente. Pero solo me rodea la nada y un tráfico embravecido que en la oscuridad se revela demencial, delirante, imposible. Pero estos tipos sobreviven, así que yo también. Mis ojos se achinan, mi cerebro se afila, solo pienso en conducir, en esquivar, en atisbar reacciones y amenazas. Vamos ganando la partida a la muerte. Tras un par de angustiosas horas en las que estoy en trance, aparece el cartel de cien kilómetros. Los últimos cien. Los más largos. Con el tráfico más espeso y la gente más impaciente. Pero allá vamos, lanzados a tumba abierta hacia la famosa ciudad de la alegría.

Chile verde para mascar

Calcuta, rebautizada como Kolkata, es enorme, la divide el río Hugli. Tengo que cruzar un inmenso puente y pagar un peaje de 5 rupias. Localizo un hotel barato y voy a cenar a un restaurante donde sirven cerveza. Me atiende un camarero grande, de pelo corto y cortado a cepillo, con aspecto limpio y pulcro. Parece casi alemán. Acierto al pensar que es católico, "católico romano y no sirio", precisa, porque hay una antigua y numerosa comunidad de sirios en los Ghats Occidentales; he visto sus iglesias en la ruta de Mangalores a Bangalore. Es anglo indio, descendiente de los británicos que dejaron el país en 1947. Adora a la madre Teresa. "Todos la adoraban, era muy sencilla."

La comida que me sirve arde. Protesto, pero contesta sonriendo que él adora el picante, que masca chile verde. Lo dice con orgullo, como si fuera un signo de virilidad, como si eso lo hiciera diferente. ¿Diferente a quién? Todos aquí aman el picante. El picante y el azúcar. Al final de toda comida, sirven granos de anís. En los buenos establecimientos están recubiertos de azúcar. En los mejores, lo que se sirve son los granos secos y pedruscos de azúcar cristalizada. Se meten grandes puñados en la boca y los mastican con los dientes que les quedan. Entre esta dieta, el tabaco de mascar y el betel, no se puede decir que las dentaduras que me rodean sean las más perfectas de planeta.

En la mesa de enfrente hay un grupo de jóvenes indios. Su acento revela que son de la diáspora. Son segunda o tercera generación nacida en Estados Unidos. Ademanes yanquis pretendidamente cool. Me dan algo de lástima. En América son solo indios, en la India resultan algo necios en sus gestos importados e impostados. Me miran de soslayo. Ellos también observan al raro espécimen. Una piel blanca es siempre llamativa. De hecho es mi mejor pasaporte. Entro en cualquier sitio sin dar explicaciones. No me cachean ni me registran. Soy un "mister" y eso es suficiente.

El porqué de las bodas bengalíes

Vuelvo al hotel algo embriagado de cerveza Kingfisher y me pongo a pelar la pava con el recepcionista, un tipo de unos treinta años y cara espabilada. Hablamos sobre las bodas bengalíes pues en mi pasillo están alojados los ruidosos invitados de una. Me informa de que la celebración dura doce horas por lo menos.

- Menuda fiesta- comento-, se pondrán morados.

- Oh, no señor- explica casi con horror-. Durante ese tiempo los novios no pueden comer ni beber. Después de esas doce horas están autorizados a tomar una comida completamente vegetariana, y ya entonces pueden tener sexo. Es duro, pero casarse es el único modo de tener sexo. Calcuta es una ciudad muy conservadora. Si una pareja se besa por la calle la policía le puede poner una multa. Esas cosas solo se pueden hacer en Mumbay o en Deli.

Recuerdo las escenas de efusivo afecto vistas en el paseo marítimo de Bombay, donde se citan las parejas jóvenes, y convengo con él en que eso es impensable en el resto de este raro país de tradiciones ancestrales y desbocada ansia por el consumo de juguetes modernos.

Al amanecer descubro que mi calle, Shambu nath Pandit, es un retrato perfecto de Calcuta. En doscientos metros tengo todo lo que esta ciudad puede ofrecer: gente durmiendo en el suelo, bellos edificios coloniales, comercios, restaurantes, un mercado de fruta, pastelerías, templos y tráfico. Es un caos. No me hace falta moverme de aquí. Puedo ver la ciudad entera con solo salir a la puerta del hotel. Además, cerca tengo el parque de los ciudadanos y el monumento a la reina Victoria. Es un magnífico pulmón dentro de este caos polucionado. El palacio blanco se refleja en las aguas del estanque y la impresión es de decorado virtual de tan perfecto como resulta.

La casa de la madre Teresa

La casa de las Hermanas de la Caridad es un modesto edificio al que se accede por un estrecho callejón. Dentro hay un patio pequeño y una sala donde está la tumba de la madre Teresa, un rectángulo de mármol blanco de extrema sencillez. Un cartel advierte de que se está entrando en un lugar sagrado y que hay que descalzarse, pero más abajo han añadido otro que informa que se han producido robos de zapatos y que es mejor que nadie se los quite.

El aviso me causa una impresión contradictoria. Hay que ser mamón para robar aquí, pero también hay que estar muy necesitado para robar calzado usado. En cualquier caso, a grandes males grandes remedios. Por muy sagrado que sea el suelo, las caritativas hermanas han reconocido que no se profana un lugar por traer polvo y microbios de la calle, sino por otro tipo de miasmas quizá de carácter más moral.

Me recuerda esta sabia decisión a la no menos sabia contestación que dio Diógenes de Sínope, el cínico que vivía en un tonel ateniense, el día que le reprocharon que un filosofo como él frecuentara los burdeles. "También el sol visita las letrinas y no se mancha."

Miquel Silvestre (Twitter: @miquelsilvestre) acaba de publicar el libro de viajes en moto 'Europa Lowcost sin dejar de trabajar' (Editorial Comanegra) y es autor del blog La ruta de los exploradores olvidados.

Guía

» Victoria Memorial Garden (Casa Madre Teresa ‪Bose Road, 54 A). Telf.: ‪+91 33 2452277‬. www.victoriamemorial-cal.org

Dormir

» Hotel Viterrace International (Shambu Nath Pandit Street, Sarat Bose Road 700020, Calcuta).

Comer

» Restaurante Lazeez (Shambu Nath Pandit St., Calcuta). Telf.:‪ ‪+91 33 2223 3254 ‬‎

Encuentra inspiración para tus próximos viajes en nuestro Facebook y Twitter e Instragram o suscríbete aquí a la Newsletter de El Viajero.

Más información