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Reportaje:ESCAPADAS

Vanguardia entre bellotas

Una ruta de instalaciones en la finca boscosa de Montenmedio, en Cádiz

ESTHER GARCÍA LLOVET 6 ABR 2012 - 07:00 CET

La sabina es un arbusto espeso y fuerte, de madera maleable, que soporta el fuego sin apenas quemarse y resiste temperaturas de muchos grados bajo cero sin sufrir el menor daño. La sabina es sufrida, extraña y torturada. La sabina es la Marina Abramovic de la dehesa de Montenmedio, un enorme bosque de pinos mediterráneos, acebuches, alcornoques y monte bajo situado entre Barbate y el vergel de Vejer de la Frontera, en Cádiz, a poco más de media hora de la infinita playa del Palmar. Montenmedio ocupa desde hace poco más de diez años unos antiguos terrenos militares de los que aún quedan vestigios, como los barracones que reciben al visitante a la entrada del museo, varias instalaciones de metal corrugado en forma de bóveda que dan paso a la dehesa. Una vez dentro de la dehesa, no hay más que dejarse guiar por los indicadores en forma de seta que conducen al visitante a cada instalación, perdida entre pinos y olivares, apareciendo por sorpresa como si las setas, en vez de metálicas, fueran alucinógenas: en las próximas dos horas vamos a visitar una de las mejores colecciones del arte contemporáneo actual en el más cautivador de los paisajes del sur de Europa, con la participación especial de algún corzo alerta entre los árboles.

La primera sorpresa es el Transplant de Roxy Paine, un árbol de metal de cerca de diez metros de altura casi idéntico al recientemente instalado en la azotea del Metropolitan de Nueva York, aunque aquí se encuentra al borde de una barranca, vigilando el horizonte. Algo más adelante encontramos la Pared de ladrillos Quasi, una instalación del danés Olafur Eliasson construida con falso ladrillo hueco y superficie metálica muy similar a la fachada del Centro de Conferencias de Reikiavik, con la misma retícula trapezoidal que recoge la luz solar y las sombras del entorno reflejándolo como un caleidoscopio, una particularidad de los módulos Eliasson, la de fragmentar o reproducir la luz natural, que recuerda a los cristales de hielo de su Islandia materna. Recordemos que es conocido como el hombre del tiempo del arte contemporáneo, fabricando superficies de hielo o el falso sol que calentó la Sala de Turbinas de la Tate Modern.

Seguimos caminando. Es fácil cruzarse con alguna ardilla, que se nos queda mirando antes de salir disparada tronco arriba, llevándose una piña del suelo siempre mullido por las miles de agujas de pino y la tierra gruesa del acebuchal. Llegamos a un camino de tierra donde no crece nada y el suelo se encuentra viscoso, como un surco de humedad que atravesara la dehesa. Algo sombrío nos espera. Kafkiano. Fuera de lugar. El Bloque de cenizas (Cinderblock) de Sol LeWitt sobrecoge por su dimensión, la fría aspereza que desprende, gris, mortuorio, enorme. Es un muro en forma de cruz formado por bloques falsamente infantiles, como una construcción equivocada que nadie debería tocar, la falsa ruina en el corazón del bosque; Sol LeWitt siempre aprovechando la cualidad impenetrable del cemento, que atrae y repele y que en este lugar idílico provoca doblemente. Invita a espiarlo como al ogro dormido, a tocarlo y marcharse sin mirar atrás.

La estupa de Turrell

Más adelante, perdido entre los pinos, se eleva una pequeña colina con un corto túnel horadado en piedra lisa y rojiza, como oxidada, que invita a entrar. Dentro: luz. La colina está abierta en la cima, y aquí abajo, a la altura de los mortales, se levanta una construcción circular, una estupa rodeada de agua azulísima que contrasta vivamente contra el rojo de las paredes. Al rodearla encontramos una abertura, y dentro, más luz. La estupa es blanca, desnuda, vacía, con un enorme ojo abierto al cielo. Aquí es donde se fabrica el silencio. La estela de un avión cruza el cielo, un avión como los que pilota James Turrell, el autor californiano de Second wind, este skyspace (espacio con apertura al cielo) similar al Roden crater de Arizona, lugares donde la experiencia de la luz o de lo interior y lo exterior provocan un estado de ánimo irrepetible.

Afuera todo sigue inexplicablemente en su lugar, una liebre cruza el camino a todo correr, las gotas de resina se desprenden de los árboles. Llegamos a la cantera. Es ancha y profunda. Los pájaros que anidan en las paredes atraviesan el vacío en bandadas negras. Al otro lado, a unos doscientos metros y en la caída en picado de la cantera, descubrimos siete escalas de cuerda suspendidas en el aire. Son los Human nests de Marina Abramovic; pequeños nichos de apenas metro y medio excavados en la pura roca. A uno de estos nidos se subió Abramovic, su altísima figura negra de pájaro escalando la cuerda hasta el nicho donde permaneció durante tres horas como un estilita del siglo XXI, en total quietud. Un movimiento en falso y la caída es mortal. Hace frío ahí en la roca. El viento silba en los oídos.

De vuelta al acceso de la dehesa, entramos a los barracones donde se exponen fotografías de Sara Lucas, Santiago Sierra y una serie de Pilar Albarracín, con coches atestados de colchones, maletas y bolsas de plástico que replican a aquellos interminables viajes de ocho horas en que comprábamos pachulí en el paso de Despeñaperros, allá por los setenta. Al salir, The hero, de Marina Abramovic, una imagen ya icónica del arte contemporáneo en la que se muestra sobre un caballo blanco como el que montó su padre cuando rescató a su madre herida. Otros caballos, estos de verdad, trotan por la carretera de la dehesa. Cuando el sol se ponga, oiremos el ulular de las lechuzas y la carrera de los corzos contra la maleza.

» Esther García Llovet es autora de la novela Las crudas (Ediciones del Viento).

Guía

Dormir

» El Montenmedio Golf & Country Club (www.montenmedio.es; 956 45 50 04) se alza en una finca de 500 hectáreas en las dehesas gaditanas, a 15 minutos en coche de las playas de Zahara de los Atunes, Barbate, Conil y Sancti Petri. A través de la Fundación Montenmedio Arte Contemporáneo (NMAC), invita a diferentes artistas cada año para la creación de proyectos artísticos, inspirados por la historia, el paisaje y los materiales de la zona. El hotel cuenta con un campo de golf (6.260 metros cuadrados, 18 hoyos y par 72) y un centro ecuestre, en un bosque mediterráneo de acebuches, sabinas, pinos, encinas, alcornoques y lentiscos. También se organizan cursos de golf para principiantes y jugadores experimentados, batallas de paint-ball para grupos y excursiones en quads y bicicletas. Alojamiento (de dos a siete noches) más golf, entre 170 y 460 euros por persona.

Otras noticias

El árbol metálico Transplant, obra de Roxy Paine, mide 10 metros. / E. HIRSCH

Cinderblock, de Sol Lewitt. / E. HIRSCH

Mapa de Cádiz. / JAVIER BELLOSO

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