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Lituania: ¡Tanto dolor y tanta belleza!

Vilnius recuerda a sus artistas más ilustres y el turbulento pasado del país en numerosos museos. De la casa del poeta Mickiewicz a la antigua sede del KGB

Vista aérea del casco histórico de la ciudad de Vilnius (Lituania), patrimonio mundial de la Unesco desde el año 1994.
Vista aérea del casco histórico de la ciudad de Vilnius (Lituania), patrimonio mundial de la Unesco desde el año 1994. getty images

Uno de los más grandes poetas y ensayistas, Czeslaw Milosz, premio Nobel de Literatura en el año 1980, nació en la localidad lituana de Szetejnie, pero vivió su juventud en Vilnius. Su familia pertenecía a la clase alta polaca. Por aquel entonces, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, en Lituania, el mayor de los países bálticos, se hablaban habitualmente cinco lenguas: polaco, ruso, bielorruso, yidis y el propio lituano, una lengua emparentada con el sánscrito. Este país siempre disfrutó de una naturaleza extraordinaria: bosques, playas con dunas inmensas, ríos, colinas escarpadas y el mar. En el poema Lituania, cincuenta y dos años después (Milosz dejó el servicio diplomático polaco a finales de los años cuarenta, y se refugió primero en París y luego en Estados Unidos, denunciando el totalitarismo soviético) escribe: “Te damos las gracias en nuestro nombre y en el de nuestros antepasados / Por los robles y por la áspera piel de su dignidad / Por los pinos cuyos troncos encandecen al sol / Por las nubes verde claro de los bosques de abedules en primavera / Y por los candeleros del bosque otoñal, del álamo temblor…”. El autor de Ciudad sin nombre (1969) continuaba refiriéndose a las innumerables especies de árboles frutales.

En su discurso de recepción del Nobel rememoró el espacio de su infancia: “Es maravilloso haber nacido en un pequeño país en el que la naturaleza se nos aparecía a escala humana y en donde las lenguas y religiones coexistían desde siglos”. Y aunque Milosz siempre escribió en polaco —por eso no se le consideraba un poeta lituano—, los paisajes y el espíritu de su país natal fueron fundamentales en su percepción del mundo.

Una pareja, en un parque de Vilnius. ampliar foto
Una pareja, en un parque de Vilnius. getty images

La historia de Lituania es de las más convulsas de Europa. Durante la Edad Media fue ocupada por invasores alemanes, los cruzados crearon un ducado independiente, luego perteneció a Rusia y a finales del siglo XVIII se la repartieron Rusia, Prusia y Austria. En 1918 quedó bajo control de Polonia y de 1926 a 1940 volvió a ser independiente. Tras la II Guerra Mundial, pasó a formar parte de la Unión Soviética. Su independencia definitiva la obtuvo en el año 1991. Durante el nazismo, Lituania sufrió la masacre de una de las mayores comunidades judías. Ahora es un país católico (como Polonia), a diferencia de Estonia y Letonia, ambas protestantes, debido a la influencia alemana. Es miembro de la Unión Europea y de la OTAN.

La capital, Vilnius, con un magnífico casco histórico, fue declarada en 1994 patrimonio mundial. Sus edificios góticos, renacentistas, neoclásicos y sobre todo barrocos son de una gran originalidad. En su poema Ciudad de la juventud, Czeslaw Milosz confiesa que “sería más decoroso no vivir. Vivir no es decoroso / Así lo dice quien vuelve después de muchos años / A la ciudad de su juventud. No queda nadie / De los que antes pasaban por estas calles / Y ahora no tienen nada excepto los ojos de él /Tropezando, iba avanzando y miraba, en lugar de ellos…”. Curiosamente, el Nobel no tiene aquí ningún museo. Lo cierto es que cuando regresó del exilio, a finales de los años ochenta, se fue a vivir a Cracovia. Y allí permaneció hasta su muerte en 2004, a los 93 años. Sin embargo, el poeta nacional polaco Adam Mickiewicz (1798-1855) sí tiene un interesante museo en el número 11 de la calle de Bernardinų. “Lituania, mi país, mi salud / Nunca se sabe cuánto se las ama hasta que se pierden”, escribió al comienzo de su gran epopeya Pan Tadeusz.

Este gran poeta romántico había nacido en el seno de una familia de nobles polacos, en Nowogrodek (hoy Bielorrusia), poco tiempo después de que hubiera desaparecido la unión entre Polonia y Lituania. En Vilnius, Mickiewicz se alojó en la casa que hoy es su museo en el año 1822. Su propietario era un profesor universitario. Los muebles que vemos, como los de la casa de Alexandr Pushkin en San Petersburgo, son, supuestamente, los que convivieron con él. Hay infinidad de volúmenes con sus obras y traducciones, reproducciones de manuscritos, pinturas… Este lugar también se utiliza como centro cultural. Además, muy cerca, junto a la franciscana iglesia Bernardina, Mickiewicz tiene una estatua levantada en 1984. En 1987 el monumento sirvió como punto de encuentro a los miles de manifestantes que reclamaban la independencia de la URSS.

Dado que nos referimos a Pushkin, en Vilnius también hay un museo dedicado al gran poeta romántico ruso (puskinas.lt). Se aloja en una bellísima casa de madera pintada en un tenue color amarillento. Pushkin jamás vivió en la capital lituana, pero sí uno de sus hijos, Grigorij, y su esposa, Natalia. Fundado en la década de los años cuarenta del pasado siglo, contiene volúmenes de las obras del autor, traducciones, muebles que se utilizaron desde mediados del siglo XIX y diversos objetos de la vida cotidiana. Al lado hay una estatua de Pushkin. El poeta ruso quizás nunca conoció estos paisajes, pero la siguiente historia vinculaba sus raíces con Lituania. La iglesia de San Paraskeva, de rito ortodoxo, fue levantada por el duque Algirdas como regalo para su esposa, que era de esta fe. El zar Pedro el Grande, en el siglo XVIII, bautizó en ella a un esclavo africano de nueve años con el nombre de Hannibal. Este infante llegaría a ser general y fue el bisabuelo de Pushkin.

Monumento de granito a Adam Mickiewicz junto a la iglesia de Santa Ana, en Vilnius. ampliar foto
Monumento de granito a Adam Mickiewicz junto a la iglesia de Santa Ana, en Vilnius. getty images

Vilnius tuvo museos curiosos como el del Ateísmo. Se encontraba en la iglesia de San Casimiro —el primer templo barroco levantado por los jesuitas en el siglo XVII— a partir de la década de los sesenta, pero desapareció en 1991 cuando fue de nuevo consagrada. Pero hoy quedan otros muchos. El del KGB, también conocido como el museo de las víctimas del totalitarismo soviético, muestra el horror que llevó a cabo esta policía semejante a las SS (genocid.lt). Al estar ubicado en la misma sede de la represión, se pueden ver las celdas, la maquinaria de tortura, la sala de ejecuciones… Sobrecoge.

En Kaunas, la segunda ciudad de Lituania, hay un museo dedicado al diablo (ciurlionis.lt). Un coleccionista privado reunió hasta 3.000 representaciones pictóricas y escultóricas referentes a este símbolo del mal. Un lugar preferente lo ocupan los bustos y retratos de Hitler y Stalin.

Las huellas del Holocausto

Regresando a Vilnius, también son muy interesantes y tristes los del Holocausto y el Museo Estatal Judío (jmuseum. lt). La sinagoga Coral fue la única que sobrevivió a la II Guerra Mundial; inaugurada en 1903, sigue en uso y es bellísima. Pero lo era aún más la Gran Sinagoga construida a finales del siglo XVI como un edificio renacentista. Nazis y soviéticos acabaron con ella. Tampoco queda nada del antiguo barrio judío. En el Centro de Arte Contemporáneo, donde se exhiben obras fundamentalmente de autores lituanos, se encuentra la Sala Fluxus (cac.lt). Está dedicada a este movimiento artístico radical que nació en Nueva York en la década de 1960, en la que el artista, empresario y galerista George Maciunas (1931-1978) tiene un espacio independiente como homenaje. Era de Kaunas. Otro artista lituano-norteamericano, Kazys Varnelis, cuenta también con museo dedicado a él en la capital. Se hizo famoso por sus cuadros de ilusiones ópticas basadas en formas geométricas. El Museo del Teatro, la Música y el Cine está en un palacio del siglo XVII (ltmkm.lt).

A todo ello se suman las visitas obligadas en la capital lituana: la bellísimas iglesias, la universidad, el Palacio Presidencial, los castillos y bastiones, el Ayuntamiento y la calle de Pilies repleta de terrazas. Milosz, al regresar a Vilnius, no encontró su casa familiar ni los antiguos árboles, que habían sido talados. “¡Tanta culpa y tanta belleza!”, escribió en Biografía del artista. Sí, ¡tanto dolor y tanta belleza!

César Antonio Molina, exministro de Cultura, es autor de Todo se arregla caminando (editorial Destino).

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