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10 rincones inesperados en La Rioja

Es la comunidad más pequeña de la Península, pero reúne, como un catálogo muy selecto, un poco de todo en muy poco espacio

La Rioja
Viñedo y pueblo de Briñas en la comarca de Haro, al noroeste de La Rioja. Getty

Es la comunidad más pequeña de la Península, pero en La Rioja hay mucho más que viñedos y buenos vinos. La comunidad concentra maravillas artísticas, castillos y palacios, iglesias íntimas y monasterios milenarios, que conviven con las huellas de los dinosaurios que vivieron por aquí hace cientos de millones de años y con montañas y valles en las que se esconden tradiciones y pueblos con encanto.

1. Castillos, pozas y dinosaurios en el valle del Cidacos

Arnedo, Arnedillo y Enciso son los puntos fuertes de un paseo por el valle del río Cidacos, que deja en el camino otros rincones inesperados entre castillos, grandes iglesias y el remoto recuerdo de los dinosaurios que dejaron por aquí sus huellas. Como el Picuezo y la Picueza, que no son dos personajes riojanos, sino unos curiosos monolitos de roca que presiden Autol, a la entrada este valle. O como las casas-cueva del cercano Quel, un pueblo coronado por un castillo musulmán sobre la pared rocosa bajo la cual los habitantes han cavado desde hace siglos sus casas.

Mirador de Arnedillo, en La Rioja. ampliar foto
Mirador de Arnedillo, en La Rioja. Alamy

Son pueblos pequeños, que nada tienen que ver con Arnedo, la villa más importante de la zona, dominada por un fotogénico castillo árabe en la cumbre y. bajo él, llamativos palacios señoriales e iglesias que hablan de su próspero pasado. En sus calles hay iglesias con impresionantes retablos, como el de San Cosme y Damián o la gótica de Santa Eulalia. Y en las afueras, más cuevas: la de los Cien Pilares, que en otro tiempo formaron parte de un convento medieval excavado en la roca.

Encontramos también muchos paseos para practicar el senderismo tranquilo, como la vía verde del Cidacos que parte de Préjano, un pueblo de larga tradición minera, bajo un castillo medieval y reconvertido por el turismo rural. Este camino nos lleva hasta Arnedillo, siguiendo las vías del antiguo trenecillo que transportaba el carbón. Es una oportunidad de disfrutar del paisaje del valle del Cidacos, entre bosques de ribera y las Peñas de Arnedillo.

Podemos refrescarnos en Arnedillo, en un meandro del Cidacos, que es un lugar muy buscado por los aficionados al senderismo, pero también por los que quieren darse un chapuzón incluso en pleno invierno. En su balneario las aguas brotan a más de 50 grados, y a orillas de río, hay tres pozas termales gratuitas donde es una gozada sumergirse y disfrutar del entorno. El pueblo también merece una visita: tiene un interesante casco antiguo y tradiciones muy sugerentes, como la llamada Procesión del Humo, que se celebra el 30 de noviembre entre nubes de humo de plantas aromáticas.

Réplica de brontosaurio en Enciso. ampliar foto
Réplica de brontosaurio en Enciso. Alamy

Para ver a los dinosaurios (o, mejor dicho, su rastro) habrá que seguir hasta Munilla, una deliciosa aldea de casas blancas conocida por las numerosas huellas de estos animales prehistóricos que se han encontrado a unos tres kilómetros del pueblo. Aunque donde están realmente los dinosaurios más famosos es en Enciso, considerada la capital paleontológica de La Rioja: se han hallado miles de huellas de dinosaurios de hace hasta 120 millones de años. Los niños pueden disfrutar muchísimo en el Centro Paleontológico de Enciso, un museo muy dinámico, y el parque de aventuras El Barranco Perdido. Y para visitar todos los yacimientos de la zona: la Ruta de los Dinosaurios, desde Enciso a Cornago por carreteras y pistas de tierra. 

2. Descubrir el Camero Nuevo por el valle del Iregua

En La Rioja todo sigue el curso de los ríos: el Oja, el Ebro, el Cidacos... Es este valle del Iregua el que lleva desde Logroño hasta el corazón del Camero Nuevo, entre castillos y grandes iglesias que se alzan en medio de silenciosas aldeas. En el camino de esta zona se encuentran también fortalezas medievales, como las de Viguera y Nieva, un parque natural de lo más interesante (el de la Sierra Cebollera), e incluso algunas huellas de dinosaurios en Villanueva de Cameros.

Interior de la ermita visigoda de San Esteban, en Viguera. ampliar foto
Interior de la ermita visigoda de San Esteban, en Viguera. Alamy

Viguera está justo encima del curso del río Iregua, y es una interesante localidad de aires serranos a la que se entra por lo que queda de la antigua muralla. No le falta una gran iglesia renacentista y barroca, o un mirador, el de Peñueco, para contemplar las vistas del valle a sus pies. Pero sus dos lugares más llamativos están en las afueras: la ermita visigoda de San Esteban y la cueva de los Moros, una fortificación del siglo XII construida aprovechando una gran cavidad natural en la pared de un escarpado barranco.

Paradas inevitables en esta sierra son Nestares, con una típica arquitectura de casas bajas de mampostería, y sobre todo su vecina Torrecilla en Cameros, una de las villas más importantes de la comarca, que mantiene dos barrios conectados por un pintoresco puente medieval del siglo XV. Hay iglesias renacentistas, ermitas, casonas tradicionales y palacios nobiliarios con escudos, y, si sobra tiempo, podremos dedicarnos a recorrer los senderos que parten del pueblo o curiosear en sus museos: uno dedicado a la Emigración Riojana y otro a Sagasta, el político del siglo XIX que era oriundo de la villa.

Los riojanos aprecian especialmente Nieva de Cameros por su entorno natural, sus pintorescos rincones y por su imagen, que se divisa a lo lejos gracias a las ruinas de un castillo medieval. Pero para muchos, la joya de la comarca es Ortigosa, asomada al embalse del mismo nombre. Sus dos barrios, unidos por dos vertiginosos puentes que salvan el río Albercos conservan interesantes palacetes e iglesias renacentistas, aunque la atracción más popular de la zona son las cuevas de la Paz y de la Viña, de extravagantes formaciones geológicas y las únicas visitables de La Rioja.

En el Camero Nuevo quedarían aún otros muchos rincones por ver, como Villanueva, que presume de tener el templo más importante de la comarca, conocido como “la catedral de los Cameros”, con una sola nave, techos con bóvedas estrelladas e increíbles retablos. O Villoslada de Cameros, ya en pleno parque natural de la Sierra de Cebollera, único espacio protegido de La Rioja, un paraíso para el senderismo. 

El cañón del río Leza. ampliar foto
El cañón del río Leza. getty images

3. El Camero Viejo, la vida tranquila del valle del Leza

En los pintorescos pueblecitos del valle del Leza viven muy pocos habitantes. Es parte de esa llamada España vacía donde la vida transcurre tranquila, envuelta en una naturaleza áspera pero bellísima. El Leza articula el Camero Viejo, una comarca perfecta para senderistas y amantes de la tranquilidad, que pueden seguir el curso del río descubriendo aldeas y sorprendentes monumentos góticos y barrocos.

Desde Agoncillo hasta Lumbreras, en el corazón de la sierra de Cebollera, el recorrido por el Camero Viejo es un continuo descubrimiento que se transforma en sorpresa cuando se sube hasta Soto en Cameros y se observa el profundo cañón excavado por el Leza, una de las maravillas de la región.

En Camero Viejo se puede entrar desde Agoncillo, un rincón muy poco visitado, donde recibe al viajero un sorprendente museo de arte contemporáneo, en un edificio futurista con techo acristalado: el Museo Würth La Rioja, con una impresionante colección de obras de Picasso, Miró, Christo, Andy Warhol, Anish Kapoor y decenas de otros grandes de la pintura y la escultura. Y en el pueblo, en pleno casco antiguo, el castillo de Aguas Mansas, del siglo XII, que es la obra de arquitectura militar más importante de la región y hoy sede del Ayuntamiento. En la cercana Jubera, bajo una fortaleza en ruinas, la sorpresa nos espera en las profundidades: las galerías de las viejas minas de plomo.

Pero para contemplar el Camero auténtico hay que detenerse en sitios como Soto en Cameros, capital histórica de la comarca, un pueblo que ha cambiado muy poco en los últimos siglos, con su típica arquitectura y una sosegada y plácida atmósfera. Una enorme catedral, del siglo XVII, o siete rutas de senderismo señalizadas para subir a las cumbres cercanas son algunos de sus reclamos turísticos, aunque tal vez el mejor incentivo para parar aquí es su dulce tradicional, el mazapán de Soto, que elabora de manera artesanal desde el siglo XVIII el obrador de la Viuda de Manuel Redondo.

Otro pueblo típico es San Román en Cameros, con una majestuosa iglesia en estilo gótico flamenco, calles empedradas y casas tradicionales. O la insólita aldea despoblada de Valdeosera, a unos 10 kilómetros de San Román, que guarda un archivo histórico y una pequeña iglesia gótica sobre un anterior templo románico. Cabezón de Cameros es otra deliciosa parada, de aire antiguo y genuino: casas de sillería, viejos palacetes de indianos, una gran iglesia del siglo XVI y, en los alrededores, muchas huellas de dinosaurios.

Laguna de Cameros no tiene ninguna laguna, pero es otra de las pintorescas villas del alto valle del Leza con casas señoriales de los tiempos en que mantenía una importante industria textil. Ahora es popular por los muchos senderos que cruzan sus alrededores y porque pertenece al proyecto reserva Starlight, que reúne a localidades que, por su baja contaminación lumínica, permiten una excelente observación de las estrellas.

El punto final puede estar en Lumbreras, el techo de la comarca, en el corazón del parque de la sierra de Cebollera. En su día se la conocía como "la Corte de la Sierra", porque aquí era donde residían los grandes terratenientes de la zona. Hoy es un destino turístico para amantes de la naturaleza, que además se pueden asomar a su iglesia de traza gótica con portentosos muros o a la torre medieval del siglo XI. 

Catedral de Santa María de Calahorra. ampliar foto
Catedral de Santa María de Calahorra. Alamy

4. Festín de verduras junto al Ebro, en Calahorra

La Rioja es famosa por sus verduras, de una calidad excepcional, pero si hay un sitio que ha hecho de su huerta un destino gourmet ha sido Calahorra. A la antigua villa romana de Calagurris, asentada a orillas del Ebro, se la conoce también como “la Huerta de La Rioja” y celebra sus verduras no solo en un inusual museo de la Verdura, sino también durante las Jornadas Gastronómicas de la Verdura, cada mes de abril: una semana en la que acuden chefs de todo el mundo para elaborar recetas basadas en las hortalizas locales, que se acompañan de la mejor selección de vinos. Y como postre, el imprescindible pastel de Calagurris, a base de almendras.

Calahorra resulta también muy interesante por sus palacios, iglesias y museos. Es la capital de La Rioja Baja y la segunda ciudad más importante y poblada de la comunidad, pero su centro es muy pequeño, agrupado en la cumbre de un montículo. En su día estuvo rodeada por una muralla, de la que solo queda el Arco de Planillo, puerta de entrada al casco histórico. Dentro, se agrupa una impresionante densidad de monumentos, museos, iglesias y edificios civiles, como la llamada Casa del Millonario, un palacete en pleno centro donde está instalado el museo de la Romanización, que ilustra el pasado romano a través de hallazgos de todo tipo. Muy cerca, en la neoclásica iglesia de Santiago, podremos asomarnos a conocer los pasos de la Semana Santa. Aunque la joya es, sin duda, la catedral, un poco alejada del núcleo primitivo de la localidad, de estilo gótico y con 16 capillas laterales muy decoradas. 

5. Entre viñas y románico por el río Tirón

El río Tirón culebrea entre viñas por el extremo noroeste de La Rioja, en una zona con encantadores pueblos medievales repletos de iglesias interesantes y famosas bodegas. El camino de Briñas a Sajazarra nos lleva por pueblos rodeados de viñedos, villas de larga tradición vinícola como Haro, ejemplos notables de arquitectura románica y aldeas y pueblos de gran encanto como Cuzcurrita de Río Tirón, Treviana o Cellorigo.

Es una zona llena de encanto, como el que se respira en Briñas, una silenciosa aldea de aire medieval rodeada por viñedos y un casco histórico salpicado de palacios nobiliarios y dominado por las líneas imponentes de una iglesia barroca. Pero su imagen más famosa es la de su puente de siete ojos que desde la Edad Media es de paso obligado hacia Haro.

Plaza de la Paz, en la localidad riojana de Haro. ampliar foto
Plaza de la Paz, en la localidad riojana de Haro.

Y Haro es parada obligada, aunque solo fuera por sus bodegas de nombres conocidos internacionalmente, que se concentran en el Barrio de la Estación. La otra visita imprescindible es la plaza de la Paz, centro neurálgico de la ciudad, rodeada de cafés y con un delicioso templete de música. A pocos minutos de Haro sorprende uno de los paisajes naturales más impresionantes de La Rioja: las Conchas de Haro, una antigua hendidura en la roca abierta por las aguas del Ebro en los montes Obarenes, a unos 450 metros de altura. Se cree que en época romana había aquí un faro que servía de guía a los navegantes fluviales.

También resulta interesante Tirgo, con un silencioso casco histórico y rodeado por ordenados viñedos. Es una de las referencias más importantes de La Rioja en arte románico porque aquí se encuentra la iglesia del Salvador, del siglo XII y con magníficos capiteles y columnas esculpidas con figuras míticas y fantásticas de lo más interesante. En Cuzcurrita es obligado detenerse ante el macizo castillo de los Velasco, una de las fortalezas medievales mejor conservadas de La Rioja, hoy transformadas en bodega. En la cercana Treviana, sobre un altozano sobre el Tirón, vuelve a llamar la atención el románico: aquí está el centro de interpretación de La Rioja Románica.

Pueblo de Cellorigo, también conocido como El Púlpito de La Rioja. ampliar foto
Pueblo de Cellorigo, también conocido como El Púlpito de La Rioja. Getty Images

Conocido como el “Púlpito de La Rioja” al abrigo de la Peña Lengua, Cellorigo fue durante siglos una avanzadilla cristiana en tierra musulmana. De aquí los restos de sus castillos, pero también, en el centro, sus palacios señoriales. Y todo culmina en Sajazarra, uno de los pueblos más bonitos de España, con un casco antiguo medieval, un castillo del siglo XV y una iglesia del siglo XIII que fusiona su estilo románico con un campanario barroco.

6. La elegancia de Ezcaray y las villas del río Oja

El río Oja articula una ruta llena de rincones encantadores y lugares emblemáticos, como la espléndida localidad de Santo Domingo de la Calzada (hospedaje para los peregrinos del Camino de Santiago), la coqueta Ezcaray o las silenciosas y plácidas aldeas que se asientan a orillas del Oja.

Casalareina, en la confluencia del Oja con el Tirón, es ya una muestra de lo que nos espera en la comarca. Su casco antiguo es conjunto histórico nacional, presidido por el monasterio de Nuestra Señora de la Piedad, un conjunto monacal con elementos góticos y platerescos muy interesantes. La parada gastronómica la podemos hacer a unos cinco kilómetros, en Castañares de Rioja, famosa por sus gustosos caparrones, una variedad de alubia más redondeada muy típica de la zona.

Peregrinos a Santiago en Santo Domingo de la Calzada. ampliar foto
Peregrinos a Santiago en Santo Domingo de la Calzada. Alamy

La joya está un poco más al sur, en Santo Domingo de la Calzada, fundada en el siglo XI por Santo Domingo García como hospital y albergue de peregrinos de camino hacia Compostela. Su casco antiguo conserva algunos lienzos de la muralla y cobija excelentes ejemplos de arquitectura religiosa y civil, entre ellos la catedral del Salvador. La mayoría de los visitantes entra en sus tres naves para ver el gallinero, una jaula gótica donde viven un gallo y una gallina blancos, en referencia a la famosa leyenda del gallo de Santo Domingo, que cantó después de muerto. Pero tal vez el edificio más célebre sea el convento de San Francisco, un majestuoso cenobio fundado en 1535 que hoy alberga un parador nacional fantástico.

Y siguiendo por el valle, atravesaremos poblaciones como Santurde de Rioja, en las faldas de la sierra de la Demanda, un lugar perfecto como escapada verde. Por allí pasa la vía verde del Oja, una senda ciclo-peatonal que discurre por el antiguo trazado del ferrocarril que unía Casalareina con Ezcaray.

Balcones con flores en Ezcaray. ampliar foto
Balcones con flores en Ezcaray. Getty

Julio es el mejor momento del año para visitar Ezcaray, cuando se celebra su festival de jazz  (ahora suspendido por la pandemia) y las calles y plazas del casco antiguo se llenan de música. La villa tiene un centro medieval muy bien conservado en el que se esconden pintorescas calles y palacios señoriales, además de la Real Fábrica de Paños de Santa Bárbara que dio fama al lugar. En la actualidad acoge las dependencias del Ayuntamiento de la villa de Ezcaray, el albergue La Real Fábrica y del Teatro Real de Ezcaray. Y en invierno, quienes tengan ganas de nieve y esquí, pueden subir a las pistas de la estación de esquí de Valdezcaray

7. Monasterios milenarios que hablan en castellano

El Camino de Santiago atraviesa La Rioja dejando joyas como San Asensio, Nájera, Tricio o Cañas, que no son más que la antesala de la gran joya monacal riojana: San Millán de la Cogolla. Esta zona de La Rioja Alta, engarzada por el Ebro y el Najerilla, esconde impresionantes iglesias y conjuntos monásticos entre bucólicos paisajes como telón de fondo. Los monasterios de Yuso y Suso, de origen visigodo y patrimonio mundial de la Unesco, son el mayor atractivo cultural de La Rioja Alta. El de Suso, en la ladera de una montaña, fue edificado a partir de unas cuevas habitadas hasta el año 574 por san Millán, un ermitaño que adquirió mucho prestigio en su época, y sus discípulos. Siglos después aquellas celdas se convirtieron en el ábside de una iglesia visigoda saqueada, quemada y reconstruida en la primera década del siglo XI con líneas mozárabes. El de Yuso "de abajo”) se remonta a 1053 y es conocido como “El Escorial de La Rioja” por sus enormes dimensiones. Remodelado en el siglo XVI, fusiona arquitectura gótica, renacentista y barroca y alberga un interesante museo de arte sacro.

Monasterio de Yuso, en San Millán de la Cogolla. ampliar foto
Monasterio de Yuso, en San Millán de la Cogolla. Alamy

Al margen de su valor artístico, el monasterio de San Millán tiene una enorme importancia cultural, pues aquí se escribió, en 1040, el primer texto en lengua castellana: algunas notas al margen de un códice eclesiástico conocidas como las Glosas Emilianenses, en las cuales el monje que las apuntó traduce algunas frases del latín a la lengua común hablada en la zona, un castellano primigenio.

El viaje a San Millán puede completarse con paradas muy interesantes, por ejemplo, en la diminuta aldea de Tricio, fundada por los romanos en el siglo II y que presume de tener una de las iglesias más antiguas de la región, levantada sobre un templo funerario paleocristiano. O en Cañas, donde la abadía cisterciense del Monasterio de la Luz nos muestra una obra maestra protogótica. En San Asencio podremos probar sus buenos vinos, pero también a pasearnos por sus monasterios y casonas señoriales. Y en Nájera, que fue importante capital en la Alta Edad Media, la huella del Camino de Santiago se deja ver en rincones magníficos, como el monasterio de Santa María la Real, de monumentales dimensiones, con un panteón donde están enterrados 12 reyes. 

8. Las Siete Villas: danzas, tradiciones y aires serranos

En el sur de La Rioja Alta, los campos de cultivo y las viñas dejan paso a densos bosques de robles y hayas que cubren las laderas de la sierra de la Demanda, con plácidas aldeas de piedra. Son rincones para descubrir, como Ventrosa de la Sierra, Brieva de Cameros, Viniegra de Arriba y Viniegra de Abajo, Mansilla de la Sierra, Villavelayo o Canales de la Sierra.

Ventrosa de la Sierra. ampliar foto
Ventrosa de la Sierra. Getty Images

La comarca de las Siete Villas, que toma su nombre de sus principales centros habitados, ofrece una excelente mezcla de cultura y naturaleza, entre pueblos de raigambre ganadera donde sobreviven antiguas tradiciones pastoriles junto a excelentes muestras de arquitectura popular.

Anguiano, por ejemplo, presume de celebrar la fiesta más antigua de toda La Rioja: la danza de los zancos, de la que hay referencias desde el siglo XVII. En Brieva de Cameros, tras ascender por una tortuosa carretera de montaña, los senderistas tienen un lugar perfecto para descubrir el valle del Brieva, un afluente del Najerilla, y para profundizar en la cultura pastoril de la zona pueden visitar el Rancho de Esquileo, un museo sobre esta práctica y el mundo de la trashumancia. En Viniegra de Abajo descubrimos una tranquila aldea de calles empedradas, de orígenes romanas, que junto con su hermana de Arriba figura en el elenco de los pueblos más bonitos de España. La curiosidad aquí está en las casas de indianos, del siglo XVIII. En Viniegra de Arriba, el techo de la comarca, reina el silencio y se ha mantenido casi inalterado su carácter serrano. Para estirar las piernas, se puede andar hasta la necrópolis romana a unos tres kilómetros del centro, o explorar las ermitas de los alrededores.

Ruinas del pueblo viejo de Mansilla de la Sierra. ampliar foto
Ruinas del pueblo viejo de Mansilla de la Sierra.

Muy curiosa resulta Mansilla de la Sierra, que era una animada villa hasta mediados del siglo XX, cuando se decidió construir un embalse y por desgracia el pueblo estaba justo en el mejor lugar para ello. La población fue realojada en el pueblo nuevo y la vieja localidad quedó sumergida bajo las aguas. Para conocer las dos Mansillas (la nueva y la antigua) hay dos opciones: visitar la Casa de las Siete Villas, donde se exponen fotografías sobre el pueblo de antaño, o visitarla en otoño o invierno, cuando baja el nivel del embalse y deja al descubierto los restos de las casas y la iglesia parroquial.

9. El Bajo Ebro: champiñones, humedales y viejos restos romanos

A pesar de no ser una de las rutas más transitadas de la región, el valle del Bajo Ebro reserva a los viajeros curiosos más de una sorpresa. Siguiendo el curso del río descubrimos ruinas romanas en Alcanadre, oscuras cuevas en Ausejo, extensos cultivos de champiñones en Pradejón y humedales de gran interés natural en Alfaro.

Alcanadre supone el límite con Navarra, muy cerca de Lodosa, y está dedicada a los viñedos y a la agricultura, pero esconde también un interesante puente llamado de Moros, aunque en realidad es el resto de un acueducto romano del siglo I. La ermita de Aradón también se alza en el lugar donde existió una colonia romana misteriosamente desaparecida. En la cercana Ausejo el protagonista es el champiñón: el pueblo está lleno de pequeñas cuevas cavadas en la roca donde se cultivan estas setas o que sirven como bodegas. De aquí parte también el valle de Ocón, uno de los más desconocidos de La Rioja, pero con un gran patrimonio artístico y medioambiental. Pero si hay una auténtica villa del champiñón esa es Pradejón, a pocos kilómetros del Ebro. El mejor momento para visitarla es en mayo, cuando celebra Fungitur, un festival micológico con conciertos, degustaciones, exposiciones… y todo con el champiñón como protagonista. Además, se ha convertido en un destino para los amantes del arte urbano, ya que sus calles esconden grandes murales de importantes artistas.

Cigüeñas en la colegiata de San Miguel de Alfaro. ampliar foto
Cigüeñas en la colegiata de San Miguel de Alfaro. Getty

Alfaro también guarda alguna sorpresa arquitectónica como la colegiata barroca de San Miguel, coronada cada año por más de 250 ejemplares de cigüeña que son una de las principales atracciones de la ciudad. La cercana reserva natural de los Sotos del Ebro, con bosques de ribera del Ebro, es hábitat de miles de aves acuáticas y está atravesado por diferentes rutas de senderismo para todos los públicos. 

10. Por la desconocida sierra de Alcarama: minas misteriosas y pueblos fantasma

Muy poco visitada por viajeros, la sierra de Alcarama promete también descubrimientos interesantes, como huellas de dinosaurios, una sorprendente villa celtíbera fundada en el año 700 antes de Cristo, pueblos abandonados e impresionantes minas de pirita. Hablamos de una Rioja más desconocida, con pueblos como Cornago, Igea, Cervera del Río Alhama, Aguilar o Navajún.

Para descubrir sus secretos podemos asomarnos al pueblo abandonado de Turruncún. Permanecen en pie algunas de sus casas de adobe de color ocre apiñadas alrededor de una iglesia de influencia mozárabe y rodeado de pinos. Cuesta pensar que fue un próspero pueblo hasta la mitad del siglo XX, cuando cerraron las minas cercanas.

Pueblo fantasma de Turruncún. ampliar foto
Pueblo fantasma de Turruncún. Getty

En la cercana Villarroya (a apenas seis kilómetros al sureste) queda algún vecino más, pero se cuentan con los dedos de la mano. Igual que Turruncún, queda en pie su iglesia con una bella torre campanario, una antigua bodega y, sobre todo, mucha naturaleza para pasear. Cornago está algo más poblado. Un paseo por el centro salpicado de palacios y bellas ermitas nos lleva hasta los dos monumentos más relevantes: un castillo medieval de enormes dimensiones y la iglesia de San Pedro, con una recargada decoración barroca en el interior. Pero lo que atrae cada año a miles de viajeros a Cornago son las huellas de icnitas en el yacimiento de Los Cayos. Junto con la cercana Enciso, son las capitales paleontológicas de La Rioja.

Igea, a su vez, se jacta de poseer el edificio civil más grande e importante de la comunidad, el palacio del Marqués de Casa Torre, del siglo XVIII y con una asombrosa fachada de galerías con arcos de medio punto. Y también presume de sus yacimientos de restos de dinosaurios. Y ya de camino a la sierra de Alcarama nos topamos con Cervera del Río Alhama, una pintoresca localidad con un notable patrimonio arquitectónico considerada la cuna de las alpargatas. Quedan varios artesanos que las producen y las venden y un museo dedicado en exclusiva a este tipo de calzado.

En el corazón de la sierra, en Aguilar encontramos uno de los yacimientos arqueológicos más interesantes de La Rioja: Contrebia Leucade, los restos de una ciudad fortificada celtíbera de la Edad del Hierro. Navajún supone el final de un camino, el último pueblo riojano antes de cruzar a Castilla y León, donde la sorpresa está en uno de los lugares más extraños y fascinantes de La Rioja: su mina de piritas, famosa por sus ejemplares con forma de cubo perfecto.

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