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Otoño entre viñedos y catas

Bodegas con firmas de reputados arquitectos en La Rioja, vinos centenarios en Burdeos o Borgoña y las bellas y empinadas colinas del Piamonte. Paisajes vinícolas como inspiración para una escapada otoñal

Los viñedos de los alrededores de la localidad alemana de Bremm, en el valle del Mosela.
Los viñedos de los alrededores de la localidad alemana de Bremm, en el valle del Mosela. Getty Images

Con el comienzo del otoño también arranca la temporada de la vendimia, una buena excusa para viajar dejándose guiar por los sentidos, disfrutar de los singulares paisajes de las zonas vitivinícolas y descubrir qué hay detrás de la elaboración de los vinos más famosos de Europa. La experiencia sensorial del enoturismo se completa, en la mayoría de los casos, con visitas culturales, rutas de senderismo y otras propuestas que suelen organizarse en torno a las bodegas. Aquí van diez propuestas muy tentadoras.

1. Oporto y el Douro (Portugal)

Un crucero embriagador

El valle del Douro (Duero) es uno de los rincones de Europa más íntimamente ligados a la producción de vino. Protegido por la Unesco desde 2001 por su “paisaje cultural de extraordinaria belleza, fiel reflejo de la evolución técnica, social y económica de la región”, es uno de los territorios vinícolas más antiguos del mundo. De hecho, el sistema portugués de Denominaçao de Origem Controlada (DOC) es uno de los más longevos que se conocen: certificaba la procedencia del vino 200 años antes de que los franceses iniciaran su AOC (Appellation d'Origine Contôlée), vigente desde 1935. Una salida en barco por el río más importante del noroeste de la península Ibérica permite admirar los paisajes rurales, fabulosos en otoño, cuando el sol aún calienta y las uvas maduras se tornan doradas. Cada poco irrumpen en la orilla los tradicionales rabelos (barcos de carga que antiguamente transportaban las barricas de vino de Oporto), pueblitos recubiertos de azulejos y muchas quintas (bodegas) que ofrecen catas.

Rabelos, barcos tradicionales de Oporto utilizados antiguamente para transportar barriles de vino, amarrados en Vila Nova de Gaia, frente a la ciudad de Oporto.
Rabelos, barcos tradicionales de Oporto utilizados antiguamente para transportar barriles de vino, amarrados en Vila Nova de Gaia, frente a la ciudad de Oporto. GETTY IMAGES

En las colinas de la desembocadura del Duero se halla la histórica ciudad de Oporto, establecida por los romanos y hoy en día segunda urbe más poblada de Portugal. El antiguo barrio de Ribeira, con sus calles estrechas y sus casas de colores, es de visita obligada, así como el distrito vecino de Vila Nova de Gaia que se asoma en la orilla opuesta, repleto de bodegas donde se elabora y degusta el famoso vino de oporto.

Un plan de viaje irresistible en otoño puede ser pasar unos días en Oporto y después emprender un crucero de una semana hasta culminar en Vega de Terrón, la frontera natural con España, a dos horas en coche de Salamanca. Aunque pueda parecer lo contrario, muchas veces los mejores sitios del valle del Duero portugués no están junto al río: hace falta adentrarse por las carreteras que nacen en los embarcaderos para hallar rincones extraordinarios. Otra forma muy recomendable de explorar la zona es subir a bordo del tren que circula por el valle. Conocida como la Linha do Douro, en la mayoría de su recorrido sigue el curso del río Duero para adentrarse en los viñedos escalonados de la región productora de oporto. Está considerado uno de los viajes en tren más pintorescos de Europa.

Vista panorámica de Orvieto (Umbría).
Vista panorámica de Orvieto (Umbría). ALAMY

2. Umbría (Italia)

Delicias locales entre viñedos

El otoño en la región italiana de Umbría (centro del país) no puede ser más productivo. También conocida como el corazón verde del país transalpino por sus verdes colinas y densos bosques, esta región tranquila limita con la más turística Toscana, siendo igualmente bella y generosa en esta época del año. Y no solo nos permite hacer enoturismo y disfrutar de sus viñedos en plena vendimia, sino también acompañarlo con otros productos gastronómicos de temporada. Sus colinas onduladas y poblaciones amuralladas en lo alto de los cerros, como Orvieto, Amelia y Narni, están bañadas por una luz dorada que cada vez atrae a más turistas. En sus mesas abundan productos locales: lentejas, alubias, setas, castañas, trufas negras, azafrán y olio novello (aceite nuevo). También una variedad de platos de cacciagione (caza) llenan las cartas, incluidos el cinghiale (jabali) y el fagiano (faisán). Y cuando la vendimia está en pleno apogeo llega el momento de seguir los senderos vinícolas de la Strada del Sagrantino (variedad de uva italiana autóctona de Umbría), por terruños y pueblos medievales donde hacer catas.

Otro de los atractivos de esta región agreste y montaraz es el chocolate. Del 16 al 25 de octubre de 2020, la capital de la provincia, Perugia, acogerá el Eurochocolate, una celebración de todo lo relacionado con el cacao, donde la estrella es el Baci o bombón de chocolate y avellanas originario de la ciudad. Nueve intensas jornadas en las que el centro medieval y renacentista, con sus palacios y plazas nobles, se llenará de talleres y degustaciones.

Aunque Perugia cuenta con un pequeño aeropuerto, la mayoría de los turistas que recibe llegan desde otros puntos cercanos, como Florencia y Pisa. Es muy recomendable alquilar un coche si se quiere explorar la zona y visitar lugares como Spoleto, con un anfiteatro romano y exquisitas iglesias con frescos, el medieval Gubbio y Asis, localidad natal del fundador de la Orden Franciscana.

Para disfrutar de la vendimia y del auténtico sabor rural de la zona es necesario alojarse en un agroturismo, alojamientos independientes dentro de granjas en funcionamiento.

La iglesia de la localidad de Ville-Dommange despunta entre los vilñedos de la región francesa de Champagna.
La iglesia de la localidad de Ville-Dommange despunta entre los vilñedos de la región francesa de Champagna. Getty Images

3. Champaña (Francia)

El lujo de los espumosos

Para vivir un otoño efervescente hay que acudir a la Champaña. Esta región del norte de Francia cubierta de viñas exhibe su mejor cara en octubre, cuando se pueden combinar catas de marcas de renombre —Dom Perignon, Moët et Chandon, Krug y Taittinger, entre otras— con visitas a bodegas boutique. En ese momento del año, la vendimia está tocando a su fin, por lo que los enológos independientes de pequeñas explotaciones tienen tiempo para atender las visitas. Además, los colores del paisaje están en constante evolución y tiñen los campos de fabulosos tonos oxido y dorados.

La Champaña consta de cinco regiones principales. La histórica Reims, con su magnífica catedral y basílica, es el mejor punto de partida para adentrarse en el parque natural de la Montagne de Reims, un macizo montañoso recubierto de viñas donde probar champanes con cuerpo. Aquí es donde se encuentra la casa Mumm, fundada en 1827 y que se ha convertido en el tercer productor mundial de champán. Se pueden visitar sus enormes bodegas con más de 25 millones de botellas. Y en la vecina Epernay se puede caminar por la Avenue de Champagne y explorar el Vallée de la Marne y la Côte des Blancs, donde predomina la chardonnay, variedad de uva de piel verde usada para hacer vino blanco. Epernay es una ciudad próspera que se autoproclama capital du champagne. Y no le falta razón, ya que en ella se concentran algunos de los bodegueros más ilustres de la región, como Moët et Chandón y Mercier. Bajo sus calles discurren 110 kilómetros de bodegas subterráneas en las que se acumulan unos 200 millones de botellas de champán.

Desde Troyes, la antigua capital de la Champaña-Ardenas, se accede a los viñedos menos conocidos de Aube y Cote de Sezanne. Otra referencia imprescindible es Hautvillers: fue aquí donde el monje benedictino Dom Pierre Pérignon elaboró champán por primera vez a finales del siglo XVI. Podremos encontrar su tumba en la iglesia que preside el laberinto de callejas y casas de madera del centro del pueblo.

Es fácil llegar a Reims desde París, a tan solo 45 minutos en tren, o a Epernay, un poco mas al sur. Lo que no resulta tan sencillo es conducir entre bodegas, aunque tiene su encanto. La alternativa es un circuito guiado, y puesto que la oferta es casi infinita nunca habrá problema en encontrar uno que encaje con nuestros gustos. Eso sí, conviene desayunar bien para preparar el estómago para una sucesión de catas que se sabe cuándo empiezan (en torno a las 10 de la mañana) pero casi nunca cuándo acaban.

La plaza central de la localidad húngara de Tokaj. ampliar foto
La plaza central de la localidad húngara de Tokaj. ALAMY

4. Tokaj (Hungría)

El vino de los reyes

Esta región vinícola en la esquina noreste de Hungría fue añadida en 2002 a la lista de paisajes culturales históricos de la Unesco, una de las pocas zonas vitivinícolas con esta distinción. Una mezcla de volcanes extintos, laderas boscosas, pequeños pueblos, bodegas de vinos con personalidad y extensos viñedos. Desde el siglo XV se producen en este rincón de Europa del Este vinos dulces y dorados con uvas aszu (secas) y también exquisitos blancos secos amanzanados.

Desde el pintoresco pueblo de Tarcal, puerta de entrada a esta región vinícola, se pueden visitar varias pincék (bodegas privadas). Sorprende el tamaño de la gran bodega Rakoczi, de 600 años; Patricius es uno de los viñedos más bellos de Hungría, donde la degustación va acompañada de magníficas vistas. En las instalaciones de Tokaj-Oremus, en la aldea de Tolcsva, se puede probar el dulcísimo y almibarado Eszencia, de uvas aszu, al que se atribuyen propiedades mágicas. Como complemento a la excursión enológica, la zona ofrece la práctica de ciclismo, senderismo y equitación, así como paseos en barca entre montañas. Desde Budapest hay trenes que en cuatro horas conectan con la ciudad de Tokaj, a orillas del río Tiszaa.

La bodega de Marqués de Riscal sobresale en el horizonte de la localidad alavesa de Elciego.
La bodega de Marqués de Riscal sobresale en el horizonte de la localidad alavesa de Elciego. ALAMY

5. La Rioja

Con el aroma del tempranillo

En una relación de posibles escapadas entre viñedos no puede faltar La Rioja, la comunidad autónoma española con nombre de vino (¿o es el vino el que lleva el nombre de la zona?). Sea como fuere, en los 5.000 kilómetros cuadrados de esta provincia del norte de la península Ibérica se concentran hasta 1.200 bodegas de donde se extrae un vino con gran proyección internacional.

Los viñedos forman franjas en el escarpado valle del Ebro, que florece entre las huellas de antiguos colonos, con yacimientos neolíticos, árabes y medievales. Es un lugar relajado y rico en historia donde imprescindiblemente hay que tomar una copa. En otoño, en plena vendimia, el aire se espesa con la fermentación de la uva, y las vides adquieren un dorado tono ambarino. Es momento de asistir a las catas; en torno a Haro (Rioja Alta) se agrupan venerables bodegas clásicas; La Rioja alavesa es más actual, y el diseño de algunas de sus bodegas es obra de arquitectos como Frank Gehry y Santiago Calatrava. Y en Logroño abundan los bares de pinchos, ideales para saborear los vinos de la tierra.

Un buena ruta puede arrancar con una visita a las bodegas de Haro (Martínez Lacuesta, Ramón Bilbao o Muga) y el castillo de Briones, al este, e ir de pinchos por la calle del Laurel de Logroño, uno de los lugares con mayor concentración de bares de tapas de toda España. Al volver, se puede hacer un alto en la medieval Laguardia, bajo la sierra de Cantabria; la bodega de Ysios, obra de Calatrava y en forma de ola, queda cerca. Con su techo ondulado de aluminio y madera de cedro, imita el de las montañas que se alzan detrás de ella. Otra de las bodegas más visitadas y sorprendentes está en El Ciego: la espectacular bodega de Marqués de Riscal, diseñada por Frank Gehry, una extravagante onda de hojas de titanio en medio de los viñedos. Y una más entre las imprescindibles: la de Vivanco, en Briones, un museo de la cultura del vino en este pintoresco pueblo que forma ya parte del mapa del enoturismo global.

La Abbaye de Fontenay, en Borgoña (Francia).
La Abbaye de Fontenay, en Borgoña (Francia). ALAMY

6. Borgoña (Francia)

Escapada a pedales entre viñas milenarias

Al este de Francia, esta región asociada a su vino presume de ser una de las más fotogénicas del país. Hay una ruta con gran tradición, la Route des Grands Crus, que visita sus bodegas más famosas y permite catar los vinos en su entorno histórico. El otoño es sin duda la mejor época para visitarla, cuando los tonos más diversos colorean sus paisajes.

La vida transcurre placentera entre tintos y blancos en Borgoña; para ser exactos, pinot noir y chardonnay, las dos variedades de uva que predominan en la región vinícola más antigua de Francia, cuya industria empezó a florecer en tiempos de la ocupación romana. La temporada de vendange (vendimia) es perfecta para explorar sus colinas onduladas, momento en el que también se dan las condiciones ideales para pedalear por el Tour de Bourgogne. Esta ruta ciclista comprende unos 800 kilómetros de voies vertes (vías verdes libres de tráfico), caminos de sirga junto a canales y tranquilas pistas rurales que unen los puntos más atractivos de la región: el centro medieval de Dijon; el espectacular Hôtel-Dieu des Hospices de Beaune; el antiguo complejo monástico de la Abbaye de Fontenay y los castillos de Ancy-le-Franc y Tanlay. Si el circuito entero es demasiado largo, se puede elegir una sección: quizá parte del tramo llano de 240 kilómetros junto al canal de Bourgogne, o los 206 del canal du Nivernais, entre Auxerre y Decize. También podemos hacer solo la etapa más centrada en el vino: la ruta Voie des Vignes, entre Beaune y Santenay (22 kilómetros).

Las puertas de entrada a Borgoña son Dijon, Auxerre y Mâcon, que cuentan con estación de trenes. Se necesitan dos semanas para hacer todo el Tour de Bourgogne. Especialmente interesante es la Grande Traversée du Morvan, una aventura de 330 kilómetros para ciclistas experimentados, entre los verdes picos y valles del parque natural regiona de Morvan.

Se vaya en bicicleta o motorizado, hay que hacer un alto obligado en Gevrey-Cambertín, un pueblo pequeño pero famoso porque aquí es donde se producen nueve de los 32 grands crus (los vinos más distinguidos de Borgoña). Y un poco más al sur está el castillo de Clos de Vougeot, considerado la cuna de los vinos de Borgoña. En el siglo XVI surgió asociado a la cercana abadía de Citeaux, y durante siglos los monjes lo usaron para almacenar y elaborar sus vinos. Se puede parar también en Nuits-St-Georges, con docenas de bodegas y un impecable museo interactivo sobre el vino, o en el encantador y minúsculo pueblo de Aloxe-Corton, rodeado de viñedos y bodegas.

La localidad alemana de Cochem, bañada por las aguas del Mosela, afluente del Rin.
La localidad alemana de Cochem, bañada por las aguas del Mosela, afluente del Rin. Getty Images

7. Valle del Mosela (Alemania)

Enoturismo con acento alemán

El Mosela, afluente del Rin, atraviesa Alemania con sus riberas cubiertas de viñedos y crestas coronadas por fortificaciones de cuento de hadas. Este caudaloso río es muy parecido al Rin, pero sin buques de carga y con menos turistas. En Tréveris, una ciudad con restos romanos próxima a la frontera con Luxemburgo, inicia el Mosela su recorrido serpenteando entre ciudades con castillos medievales como Bernkastel-Kues, Traben-Trarbach, Beilstein y Cochem antes de unirse al Rin en Coblenza.

La mejor manera de conocer el Mosela es recorriéndolo en bici. Conforme se pedalea junto al río, se contemplan pueblos de casas con entramado de madera y muchas bodegas antiguas que ofrecen platos contundentes regados con vinos exquisitos. Es un viaje fácil, adecuado para familias, con carriles bici anchos, bien pavimentados y sin tráfico, que siguen el curso del Mosela, a menudo en ambos márgenes. La ruta ciclista completa entre Thionville (ya en Francia) y Coblenza es de 275 kilómetros y los dos extremos son accesibles en tren. Hasta finales de octubre hay barcos regulares que unen localidades a lo largo del Mosela varias veces al día, en los que además pueden embarcarse las bicis pagando un suplemento.

Uno de los grandes atractivos de la ruta es su inicio en Tréveris, al tratarse de la ciudad más antigua de Alemania y patrimonio de la humanidad por su conjunto arqueológico romano, el más importante del país, que incluye unos laberínticos baños imperiales y una basílica del siglo IV.

Entre Lugo y Ourense, irrumpe la Ribeira Sacra, con sus tradicionales bancadas de viñedos sobre el río Miño.
Entre Lugo y Ourense, irrumpe la Ribeira Sacra, con sus tradicionales bancadas de viñedos sobre el río Miño. Getty Images

8. La Ribeira Sacra (Lugo y Ourense)

Una gesta reservada a héroes

El otoño pinta de sugerentes colores la Ribeira Sacra. Los cursos del Miño y del Sil corren a su encuentro, y en ese avance han horadado enormes gargantas navegables de hasta 500 metros de de altura, creando un paisaje frondoso en el que se concentraron muchos monasterios durante la Edad Media (hasta llegar a conocerse como la Rivoira Sacrata). Hoy este paraje está consagrado al vino que se cultiva en sus vertiginosas pendientes. La zona se puede recorrer incluso en catamarán al tratarse de aguas plácidas, ya que el caudal de ambos ríos está regulado por embalses. La ruta que recorre el Miño parte de Belesar (Lugo); las que discurren por el Sil y sus cañones, por su parte, zarpan de Santo Estevo (Ourense) y Doade (Lugo). Para admirar toda la grandiosidad del paisaje, es recomendable completar la ruta de senderismo del cañón del río Mao, 16 kilómetros de ascensión que atraviesan una antigua necrópolis y varios pueblos. 

Pero nada comparable al esfuerzo de los vendimiadores de la Ribeira Sacra, que recolectan a mano las uvas en bancales con pendientes de entre el 30% y el 80% de inclinación, a una altitud de más de 500 metros sobre el nivel del mar. Asistir a la recogida de la uva es un espectáculo: hombres y mujeres trepan por los cañones de los ríos, algunos llegados en barcas, y cargan los cestos que son arrastrados por la ladera sobre inclinados rieles metálicos. La vitivinicultura en esta zona resulta (y así se la denomina) heroica.

Entre los lugares históricos en los que podremos hacer un alto están Castro Caldelas, Monforte de Lemos, Portomarín o Chantada, todos ellos con buenas bodegas donde tomar unos vinos o probar su gastronomía.

Y hay un último atractivo que esconde la Ribeira: sus miradores y pasarelas. A casi todos se puede llegar en coche, aunque lo ideal es completar el último tramo a pie. Las vistas que se contemplan desde los cañones del río Sil son como de otro mundo: kilómetros y kilómetros de paredes escarpadas llenas de viñedos que datan de tiempos romanos y, ahí abajo, como si fuera una pequeña lengua de agua cristalina, el río.

Bodegas de cava de la marca Codorniú en el Penedés (Barcelona).
Bodegas de cava de la marca Codorniú en el Penedés (Barcelona). ALAMY

9. Penedés (Barcelona)

Cava frío y edificios modernistas

Viajar entre colinas cubiertas de viñedos y bodegas, maridar buenos vinos con tapas y queso, y aprender sobre variedades locales y el terruño. Todo ello bajo un cielo azul glorioso y un sol mediterráneo sabe aún mejor. La denominación del Penedés abarca más de 100 productores y bodegas en un área compacta a 30 kilómetros cuadrados al oeste de Barcelona. Famosa por el cava, aquí se concentran grandes firmas como Freixenet y Codorniú, junto con productores más pequeños. Es fácil combinar las catas con el descanso en la arena: Sitges queda a solo 20 kilómetros al sur de la atractiva Vilafranca del Penedès, en el corazón de la región, y hermosas playas como las del Garraf y Castelldefels están a un paso.

Vilafranca es el epicentro de la Denominación de Origen Penedès, una atractiva ciudad histórica de calles estrechas y mansiones medievales. No le falta un museo dedicado a las culturas del vino, ubicado en un edificio gótico, y bodegas tan representativas como Torres, la más relevante de la zona, con una historia que se remonta al siglo XVII. El otro lugar con nombre de vino es Sant Sadurní d’Anoia, de donde proceden algunos de los mejores espumosos del Penedès. Es la capital del cava y sede de firmas históricas de este negocio como Codorniú, que cuenta con una hermosa bodega modernista obra del arquitecto Josep Puig i Cadafalch, o Freixenet, la mayor productora de cava del Penedès, cuya visita incluye un paseo en tren turístico por la propiedad y una cata de sus vinos.

Viñas en Monforte D'Alba, en la región italiana de Piamonte, donde el vino Barolo cuenta con denominación de origen.
Viñas en Monforte D'Alba, en la región italiana de Piamonte, donde el vino Barolo cuenta con denominación de origen. Getty Images

10. Viñedos del Langue (Piamonte, Italia)

Viñedos para 'gourmets'

Una de las regiones más sorprendentes para los amantes del buen beber (y el buen comer) es el Piamonte (noroeste de Italia), y más concretamente la zona de los viñedos de Langue, que se antojan como una escapada perfecta desde Turín, capital de la región. Aquí las colinas son empinadas y están cubiertas de viñedos, huertos y granjas de piedra, con muchas bodegas, grandes y pequeñas, que han ido tejiendo una red para el enoturismo. Por ejemplo, en Barolo y Barbarello, dos pueblos muy próximos entre sí pero con microclimas diferentes que dan lugar a vinos muy distintos. Los podemos probar en la encantadora Enoteca Regionale de Barbaresco, en el interior de una iglesia. O en la cercana localidad de Neive, en la Bottega dei Quatro Vini. Barolo es el centro de esta región y da nombre (pues aquí se cultiva y se elabora) a uno de los mejores tintos italianos. El castelo Faletti domina este pueblo y alberga hoy un museo del vino.

El complemento perfecto de un viaje por los viñedos del Langue es degustar el resto de sus exquisiteces gastronómicas, como los caracoles de Cherasco, que se sirven en muchas especialidades, y sobre todo la trufa blanca, cuya capital es Alba, donde hacen de la famosa feria de la trufa (cada fin de semana de otoño) su gran fiesta. Y en la refinada ciudad de Cuneo (una especie de Turín en miniatura) presumen de sus castañas y de su feria del queso en noviembre. Además, toda la región está llena de osterías donde los gourmets podrán sentirse en el paraíso. El postre, eso sí, mejor reservarlo para Turín, donde se inventó el primer chocolate sólido y es una de las capitales mundiales del cacao.

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