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Escapadas por amor al arte

Londres y Rothko marcaron a la artista Coco Dávez; en Roma el escritor Javier Reverte siempre va al encuentro de Rafael, y el presentador Juanra Bonet no olvida su inmersión en el universo Banksy

'No. 11 (Untitled)', óleo pintado por Mark Rothko en 1957, expuesto en la casa de subastas londinense Christie’s.
'No. 11 (Untitled)', óleo pintado por Mark Rothko en 1957, expuesto en la casa de subastas londinense Christie’s. Getty Images

Cinco personajes rememoran viajes que emprendieron con el único propósito de encontrarse con una obra de arte ante la que sintieron una especial emoción. Hallazgos que les conmovieron y produjeron sensaciones encontradas: desde un momento místico hasta una experiencia muy provocadora.

 El Banksy más efímero y subversivo en Bristol

El presentador Juanra Bonet.
El presentador Juanra Bonet.

Juanra Bonet, actor y presentador

Juanra Bonet reconoce que no es un experto en arte. Quizá por eso recibió con tanto entusiasmo el regalo que le hizo su pareja en el verano de 2015: dos entradas para Dismaland, la versión satírica y macabra de Disneyland ideada por Banksy en Weston-super-Mare, un plácido balneario a 30 kilómetros al suroeste de Bristol (Inglaterra), localidad natal del misterioso grafitero donde se organizan tours a pie para descubrir por las calles sus murales. Abierto durante solo cinco semanas, “se anunciaba como el parque temático más decepcionante del mundo”, recuerda el presentador de los concursos ¡Boom! y ¿Quién quiere ser millonario? Haciendo cola en la entrada, le sorprendió el paisaje humano: “Te encontrabas tipos con monóculo, meñique en alto y chistera, junto a otros que parecían salidos de un sketch de Little Britain. Disfruté mucho de esa democratización del arte”. También le chocó que la entrada costara solo tres libras, teniendo en cuenta que, además de las obras de Banksy, se exhibían creaciones de artistas como Damien Hirst, Jenny Holzer y Jimmy Cauty. “Era como estar inmerso en una viñeta de El Roto o Joan Cornellà: todas las instalaciones rezumaban humor negro y crítica social”, dice Bonet.

El castillo de Dismaland, el parque temático efímero que abrió Banksy en 2015 en Weston super-Mare (Reino Unido).
El castillo de Dismaland, el parque temático efímero que abrió Banksy en 2015 en Weston super-Mare (Reino Unido). ALAMY

Las atracciones en esta fantasía distópica eran obras de arte en sí mismas. “Había el clásico juego de dirigir con un volante barquitos en un lago artificial, pero en este caso eran pateras cargadas con figuras de inmigrantes mientras sorteabas cadáveres de ahogados. Todo bastante impactante”. Acostumbrado al silencio de los museos, Bonet asegura: “Aquello en Bristol era una fiesta, con instalaciones que te hacían sentir mal, otras que daban que pensar y algunas concebidas para desatar la carcajada”. Como en los coches de choque, donde uno de los vehículos era conducido por la Parca, en representación de la muerte, mientras de fondo sonaba Stayin’ Alive de los Bee Gees.

El mensaje subversivo tenía su punto álgido en la réplica decadente del icónico castillo de Disney, en cuya entrada sorprendía una escultura de la Sirenita distorsionada por efecto de un rebobinado de cinta de VHS. Fue en su interior donde encontró la obra de Banksy que más le impresionó: la carroza recién accidentada de una cenicienta moribunda, cuyo cuerpo sobresalía del amasijo, rodeada de paparazis disparando sus cámaras con flash. Una alusión directa a la trágica muerte de Lady Di en París. “Banksy me reconcilió con el arte y me enseñó que puede y debe ser divertido, no solo pomposo y solemne”.

Una mujer observa las pinturas de Mark Rothko en la Tate Modern de Londres.
Una mujer observa las pinturas de Mark Rothko en la Tate Modern de Londres. GETTY IMAGES

Oscuro Rothko junto al Támesis

La artista e ilustradora Coco Dávez.
La artista e ilustradora Coco Dávez.

Coco Dávez, artista e ilustradora

El motor creativo de la artista madrileña Coco Dávez, autora de la exitosa serie de retratos sin rostro Faceless, es la búsqueda constante del color. Cuando se mudó a Londres en 2010 sin conocer nada de la ciudad, “solo lo que había podido imaginar a través del cine y los libros”, sabía que era un lugar donde predominaba el rojo: en los autobuses, en los buzones, en las cabinas… Y así lo certificó cuando se instaló a vivir en una habitación compartida en una residencia religiosa, algo que para una joven de 21 años como ella, “que venía de una familia atea”, le daba una nota extra de diversión. Y también de color. Una de sus primeras visitas fue a la Tate Modern, el gran museo de arte moderno a orillas del río Támesis. “Fui directa a la sala del pintor letón Mark Rothko, donde esperaba encontrar esas obras de colores intensos y brillantes. Para mi sorpresa, o mi decepción, me topé con un lugar abrumador vestido de gigantes pinturas negras, grises y marrones que generaron en mí una extraña sensación de asfixia”, recuerda. La también ilustradora, cuyo universo de trazos simples y colores vivos se sitúa en las antípodas del tormento cromático de Rothko, sufrió una sacudida en su estado de ánimo. “Era la primera vez que el arte me hacía sentir algo tan potente, volví a casa tan conmovida que me puse a investigar acerca de esas nueve obras que acababa de presenciar. Lo que averigüé me dejó sin palabras. Este giro drástico en su pintura fue la más descarnada plasmación de la profunda depresión que le llevó a quitarse la vida”.

Esas fantasmagóricas alegorías de gran formato que dejaron huella en Dávez habían sido un encargo del mítico, y ya desaparecido, restaurante neoyorquino Four Seasons, que, además de ser el epicentro del lujo y el poder empresarial, acostumbraba a vestir sus paredes de grandes pintores del siglo XX, como Picasso. La atmósfera lúgubre de las piezas de Rothko hizo que el propio autor declinara la oferta y decidiera donarlas a la galería londinense. “Casualidades de la vida, el barco que las transportaba llegó a Londres el mismo día que anunciaron su suicidio, el 25 de febrero de 1970”, cuenta Dávez, que solo pudo apaciguar su desasosiego con el descubrimiento, meses más tarde y también en la Tate Modern, del expresivo imaginario de Joan Miró en una retrospectiva con pinturas, dibujos, carteles y esculturas del genio catalán. Fue su forma de reconciliarse con los colores, por los que siempre había sentido devoción, y de dar carpetazo a la oscuridad inquietante de uno de sus pintores favoritos.

'La escuela de Atenas', pintura de Rafael, en los Museos Vaticanos.
'La escuela de Atenas', pintura de Rafael, en los Museos Vaticanos.

Viaje al interior del alma en Roma

El escritor Javier Reverte.
El escritor Javier Reverte.

Javier Reverte, escritor

Aunque la mayoría de sus novelas están ambientadas en África y Centroamérica, el escritor Javier Reverte se desplaza con frecuencia a Italia, ya que tiene especial predilección por el arte renacentista del siglo XVI. “Si hay un cuadro que me ha movido a viajar en su busca, muy a menudo, sin duda es La escuela de Atenas (1510-1512), de Rafael, expuesto en las stanze de los Museos Vaticanos de Roma”. Encargo directo del papa Julio II al artista de Urbino, el cuadro es una representación coral de filósofos, científicos y matemáticos de la Antigüedad, con Platón y Aristóteles presidiendo la composición. El fresco ocupa una de las paredes del estudio que albergaba la biblioteca del pontífice, la Estancia de la Signatura, frente a La Disputa del Sacramento, también obra de Rafael.

La escuela de Atenas no es la mejor pintura del mundo, pero sí es un trabajo que mueve a la reflexión. Yo veo en su espíritu reflejada esa gran aspiración clásica y del Renacimiento que era unir la estética a la ética. Es un cuadro de hondo sentido moral”. Siempre que visita la capital italiana, Reverte encuentra un hueco para recorrer la suntuosidad del Palacio Apostólico, residencia oficial de los Papas, y las cuatro habitaciones decoradas con frescos del genio renacentista, “pese a las inmensas colas que se forman para admirarlos”, se resigna. “El mío a las Stanze di Raffaello es un viaje al alma”.

Willem de Kooning, en 1982, en su estudio de East Hampton (Nueva York).
Willem de Kooning, en 1982, en su estudio de East Hampton (Nueva York). Getty Images

Expresionismo neoyorquino

Alejandro Vergara, jefe de conservación de pintura flamenca del Museo del Prado.
Alejandro Vergara, jefe de conservación de pintura flamenca del Museo del Prado.

Alejandro Vergara, conservador del Museo del Prado

La armonía y belleza de la naturaleza pueden ser la expresión más genuina del arte. Eso lo percibió precozmente Alejandro Vergara Sharp, jefe de conservación de pintura flamenca del Museo del Prado. “Los viajes por carretera con mi padre agudizaron mi sensibilidad hacia las formas y las texturas. Cuando éramos niños nos animaba a mis hermanos y a mí a mirar los viejos olmos que alineaban la carretera de Ávila al Puerto del Pico, y la textura de los muros de piedra seca”. Esas travesías en coche por la sierra de Gredos le enseñaron muy temprano que mirar es “relacionar unas cosas con otras, creando rimas visuales sin apenas conciencia”. Cuando llegaba a casa miraba de esa misma forma un libro de arte que llamaba poderosamente su atención porque en él aparecía “un cuadro de un azul complejo y profundo” que le atrapó hasta casi convertirse en una obsesión. La obra se titulaba Un árbol en Nápoles (1960) y su autor era Willem De Kooning, uno de los padres del expresionismo abstracto. Un lienzo de gruesas y sugerentes pinceladas inspirado en el paisaje del sur de Italia que conectaba con esos viajes iniciáticos con su padre por la meseta castellana.

“Viajar es abrirse a casualidades distintas de las habituales”, sostiene Vergara, que, sin haber cumplido 20 años, en el verano de 1980, se trasladó a Nueva York, para ahondar en su conversación interior con el arte. Nueva York era entonces una ciudad en efervescencia creativa por el latido rabioso de grafiteros como Jean-Michel Basquiat, admirador confeso de la obra de De Kooning. Y fruto de una casualidad —una amiga de su madre conocía personalmente al pintor neerlandés— tuvo la oportunidad de visitar el estudio del artista en East Hampton, una coqueta localidad a dos horas en coche de Nueva York y actual patio de recreo de las grandes fortunas, aunque por entonces no pasaba de ser un pueblecito de pescadores a orillas del Atlántico en el que comenzaban a instalarse artistas como Jackson Pollock, Mark Rothko o el propio De Kooning. “No recuerdo el exterior de la casa, pero el taller era un espacio grande, con enormes ventanales y una estructura metálica blanca y de madera. Subí a una pasarela elevada que el pintor usaba para contemplar su obra desde lo alto”. Desde allí, Vergara pudo observar a De Kooning, que apenas hablaba, mientras trabajaba sobre un cuadro. Repartidas por el estudio había otras pinturas de un estilo que por entonces Vergara ya conocía muy bien: “Sus cuadros eran pura energía y al mismo tiempo delicados y sabios en su comprensión de la belleza del color y de la pasta con la que se construye la pintura”.

La obra 'Le poème du bien-aimé'.
La obra 'Le poème du bien-aimé'.

Sabrina Amrani, galerista

La galerista Sabrina Amrani.
La galerista Sabrina Amrani.

Un nudo en la garganta por el drama de los naufragios en Benín

La galerista francesa Sabrina Amrani, afincada en Madrid y experta en arte de Oriente Próximo, África y Asia, no tuvo mucho tiempo para pensárselo. “En las Navidades de 2017, irrumpieron en mis redes sociales imágenes de una exposición temporal de arte africano en Benín”. Los entusiastas comentarios la convencieron para hacer las maletas a principios de 2018 y viajar a Cotonú, la principal ciudad de esta antigua colonia francesa, justo antes del cierre de la muestra. Ella conocía bien al autor, el artista malgache Joël Andrianomearisoa, porque en su galería de Carabanchel había exhibido obras suyas. Pero en este caso toda la producción era inédita, piezas concebidas in situ y destinadas a desaparecer. A Amrani le intrigaba sobremanera una que se titulaba Le poème du bien-aimé (poemas del bien amado, en español).

Para llegar hasta ella emprendió un viaje de unos 40 kilómetros por la costa del golfo de Guinea hasta la ciudad de Ouidah. Una ruta en la que se desvió para recorrer mercados, donde escuchó las historias que esconden los tejidos wax de alegres estampados florales tan presentes en vestidos y bolsos en esta zona de África Occidental; visitar los palacios reales de tierra roja de Abomey, patrimonio mundial, y descubrir playas desiertas como la de Fidjorossé.

Al llegar a su destino le esperaba una imponente mansión colonial de estilo afro-brasileño levantada en la década de 1920. “Al subir las escaleras, un hilo musical me condujo hasta una sala con celosías, a través de las cuales se filtraba una luz tamizada, sumergida entre vasijas de barro de distintos tamaños”. Esa sugerente composición era Le poème du bien-aimé. A medida que se acercaba, podía distinguir la voz, familiar para ella, de la francesa Jeanne Moreau cantando junto a la cantautora brasileña Maria Bethânia el Poema dos olhos da amada de Vinícius de Moraes. “La emoción me desbordó y terminé la visita sumida en un hondo silencio y con un nudo en la garganta, pensando en la historia que nos quiso contar Joël Andrianomearisoa, la de los naufragios en las costas de África“. Amrani se recrea a menudo evocando esa composición, “a pesar de que haya desaparecido y que solo pueda reencontrarme con ella en mi recuerdo”.

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