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ESCAPADAS

Umbría, el corazón secreto de Italia

En ruta por la exquisita y montaraz comarca del interior del país en busca de los maravillosos frescos de Giotto en Asís, preciosos pueblos como Todi y una gastronomía en la que reina la trufa

La plaza del Duomo de Orvieto, municipio de la región italiana de Umbría. 
La plaza del Duomo de Orvieto, municipio de la región italiana de Umbría.  SIME

Hace por lo menos mil años que el proverbial sol de la Toscana hace sombra a la contigua Umbría, la región más agreste y quizá la más secreta de Italia, su corazón verde: por algo es la única del país sin salida al mar ni frontera internacional. Aunque el nombre parezca disuasorio, no se llama así por ser triste o sombría, sino por frondosa y asilvestrada, con grandes bosques solitarios y un aire rural y a ratos casi ensimismado. Más que renacentista, Umbría es medieval, y más pensativa que risueña: el paisaje memorioso parece recordar como si fuese ayer mismo los siglos durante los que Perugia, Asís u Orvieto marcaron el paso de la política, la religión y el arte italianos, y se miraron de tú a tú con ciudades como Florencia, Siena o Pisa.

Los viñedos, olivares y cipreses de las amenas colinas toscanas le han robado desde siglos atrás el protagonismo. Quizá, a estas alturas, para bien. A ese paisaje densamente humanizado, donde los pueblos y ciudades casi se rozan, aquí lo sustituyen laderas más escarpadas cubiertas de robles, castaños y fresnos, fortalezas y borgos amurallados: los Montes Sibilinos le dan alturas de casi 2.500 metros y nevadas frecuentes hasta bien entrada la primavera, y lo relativamente asalvajado se nota también incluso en las recetas de un país culinariamente ultracivilizado, pues aquí abundan los asados pantagruélicos, las truchas de río y los platos de caza, mandan los funghi porcini y reina su majestad la trufa.

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Todos estos rasgos de carácter se acentúan contemplados desde las aspilleras, matacanes, caminos de ronda y almenas de alguno de sus castillos medievales, y yo tuve la suerte de poder verlos durante el mes largo que pasé alojado en el castillo de Civitella Ranieri, a unos cinco kilómetros de Umbertide, el mejor conservado de Umbría. Su historia es muy italiana: la medieval, llena de luchas feudales y condotieros como el temido Ruggero Cane; y la más reciente, porque a mediados del siglo XX un descendiente de los Ranieri, de ilustrísimo abolengo, acabó casándose con una rica heredera americana, Ursula Corning —la calle en la que se encuentra el castillo lleva su nombre—. Su historia fue como una de esas novelas de “situación internacional” de Henry James en las que se encuentran (y chocan, a veces trágicamente) sofisticados y decadentes europeos con voluntariosos e ingenuos americanos. Pero esta acabó bien: a su muerte, la señora Corning dispuso generosamente que su amado castillo, que restauró y habitó con mimo, se transformase en una fundación cultural que becase y albergase durante varias sesiones anuales a escritores, artistas visuales y compositores de todo el mundo. Por el castillo de Civitella Ranieri han pasado el director de cine Atom Egoyan, el artista William Kentridge o la escritora Rachel Kushner. A la elegancia simple y sin esfuerzo de sus muros y salones (y la sabrosura de sus refecciones) se suma la eficiencia americana en la gestión, y hace ya 25 años que muchos creadores han aprovechado una ocasión única para trabajar y dialogar durante algunas semanas entre pares (y entre los muros de cuatro metros de espesor que albergan los estudios, dormitorios y salones). Ojo, Civitella no es exactamente una atracción turística, y su prioridad es ofrecer tranquilidad y concentración a sus becados. Pero hace un esfuerzo por abrirse a la comunidad local que la rodea y al contexto cultural italiano. Con esa intención, organiza visitas guiadas y actividades culturales que se anuncian con tiempo en su web  y su newsletter, y vale la pena estar al tanto si se pasa por la zona y coinciden las fechas: son una estupenda ocasión de conocer el ambiente creativo de la zona, su fabulosa biblioteca de varios pisos (contiene, entre otros, los fondos donados por el poeta Mark Strand), sus jardines secretos o la capilla desafectada donde a veces algún artista o compositor invitado organiza instalaciones o conciertos.

El castillo de Civitella Ranieri, cerca de Umbertide (Italia). ampliar foto
El castillo de Civitella Ranieri, cerca de Umbertide (Italia).

Luego se pueden reponer fuerzas en alguno de los excelentes restaurantes, locandas y albergues locales, perdidos en carreteritas de irás y no volverás, frecuentados por más comensales locales que turistas. Los umbros disfrutan saliendo y comiendo fuera y con sobremesas eternas tanto como los italianos (y los españoles): cerca de Umbertide y Civitella, Il Nuovo Appennino o el Ristoro in Campagna ofrecían en el otoño que yo estuve, al anochecer, verdaderos refugios y puertos seguros de camaradería y gusto por la buena mesa, con sus chimeneas encendidas, sus platos de corzo o cinghiale humeante y sus mesas bulliciosas con varias generaciones de las mismas familias riendo al unísono con bromas y chistes que se remontan tal vez al Cinquecento.

Civitella es hoy la más seria institución de su género en un país en el que desde hace dos siglos abunda una tradición de hospitalidad como destino de escritores y artistas, pero durante muchos otros fue más bien el más serio bastión de defensa y vigilancia del valle del Alto Tíber, que se abre a sus pies y funciona como gran avenida y espina dorsal de Umbría. Este es un eje de circulación llano y fértil y muy bienvenido en una región por lo demás accidentada, y puede usarse para recorrer en coche la región de norte a sur. La ruta seguirá en eso la tónica de toda Italia: será difícil no pararse cada 10 kilómetros para visitar una obra maestra, recorrer un pueblo lleno de sabor o degustar una locanda de platos más sabrosos aún. En Umbría, en realidad, el mejor consejo de viaje es dejarse llevar por la curiosidad. Y tener el ojo atento a lo que depara cada curva del camino y el pie más tiempo sobre el freno que sobre el acelerador.

Fascinante Città di Castello

Muy cerca de Umbertide, unos 25 kilómetros hacia el norte, está Città di Castello, un ejemplo de libro de esos pequeños borgos medievales y renacentistas que conservan en Italia toda su vitalidad, sus bancos, ambulatorios y escuelas, pequeñas tiendas, sus mercados y cafés en corsos (avenidas) que se animan al caer la tarde y por los que circulan, para envidia de nuestra España vaciada, umbros de todas las edades. En esta localidad, aparte del puro placer del paseo vespertino, se pueden visitar su catedral románica, su imponente recinto amurallado, su pinacoteca con obras del primer Rafael o de Domenico Ghirlandaio (así, como quien no quiere la cosa) y, ya en lo contemporáneo, un lugar fascinante que de nuevo recuerda la vitalidad de la Italia interior: la Fondazione Burri , instalada por el artista Alberto Burri —que tuvo su momento de éxito internacional en la segunda mitad del siglo XX— en los inmensos secaderos de tabaco de las afueras. Sus naves diáfanas y colosales le van como anillo al dedo a sus paneles coloridos e inmensos, y ofrecen una impresión estética muy distinta de las callejuelas medievales del centro.

El pueblo de Preci, en la provincia de Perugia.
El pueblo de Preci, en la provincia de Perugia. GETTY IMAGES

Città di Castello se mira ya de frente, frontera regional por medio, con el bastión toscano de Arezzo, pero tampoco hay que ser más papista que el Papa ni purista en exceso de lo umbro: merece la pena acercarse a ver la ciudad de tamaño medio menos masificada de turistas de la región vecina. Y eso que debería estarlo, porque el ciclo de frescos sublimes de la Leyenda de la Vera Cruz pintado por Piero della Francesca en la capilla mayor de la basílica de San Francesco no es que sea una obra maestra: es uno de esos momentos redentores de tantas infamias de la historia de la humanidad, que reconcilia con nuestra especie doliente y se debería visitar con reverencia. Mis amigos compositores buscaron allí la estatua de Guido d’Arezzo, el benedictino que allá por el cambio de milenio inventó y codificó la notación musical moderna. Los artistas y escritores más rebuscados dieron en el número 55 de la Via XX Settembre con la casa manierista de Giorgio Vasari, biógrafo de artistas ilustres, mediocre pintor y arquitecto, pero cultísimo y sofisticado, que tuvo a bien decorar las paredes de complicadísimas alegorías, fascinantes aunque nos falten herramientas para descifrarlas (o precisamente por eso: a veces no entender algo es también un placer y un acicate).

El Palazzo dei Priori, en Perugia.
El Palazzo dei Priori, en Perugia. Getty Images

Otro ciclo monumental e inolvidable de frescos, en este caso de El Perugino, maestro de Rafael y campeón de la escuela umbra de pintura en el Quattrocento, espera río Tíber abajo, en Perugia, la pequeña capital de Umbría. Es una ciudad muy hermosa, renacentista y medieval, llena de palacios y plazas nobles, donde disfrutar de gratísimos paseos y visitas, de nuevo con el aliciente de la ausencia de hordas del turismo descontrolado que asuela Florencia o Venecia. Perugia se muestra tan culta y vital como Bolonia gracias a su universidad y a iniciativas anuales legendarias como el Umbria ­Jazz Festival; se celebra desde 1973 y no hay que perdérselo si se pasa por allí en la época (este año, del 28 de diciembre al 1 de enero). Y Perugia está tan llena de arte como otras ciudades toscanas, con su plaza irregular y en pendiente que los vecinos de la ciudad tuvieron a gala adornar en la Edad Media con una bellísima fuente alegórica de Giovanni Pisano. A ella se asoma la catedral y el Palazzo dei Priori, que tiene dentro todas las joyas de escuela umbra de su pinacoteca, y sobre todo los frescos de El Perugino en las dos salas contiguas y a pie de calle del Colegio del Cambio, quizá la primera Bolsa de comercio del mundo.

De buena mañana se pueden recorrer a solas, observando hasta el último detalle de su flora minuciosa, sus cuerpos esbeltos de héroes y dioses de la Antigüedad, sus bóvedas regidas por el Sol/Leo y la Luna/Cáncer y el resto de los astros de un zodiaco que ya en pleno siglo XV disputaba a la omnipresente y agobiante teología católica medieval su lugar bajo un sol que alumbrase a hombres y mujeres nuevos, reflejados en un arte clásico que en Italia nunca se olvidó del todo.

La basílica de San Francisco en Asís, en la región italiana de Umbría. ampliar foto
La basílica de San Francisco en Asís, en la región italiana de Umbría. SIME

No muy lejos, en Asís, otro de los corazones de la muy católica (pero también muy pagana) Italia, está la prueba definitiva de todo esto. En forma, de nuevo, de monumental serie de frescos: en este caso, los de Giotto, ni más ni menos, que ya en el siglo XIV sentó en los muros de la basílica Superior las bases de la pintura moderna occidental: en su ciclo de La vida de San Francisco recuperó las leyes de la perspectiva, el interés por lo narrativo, las proporciones y escalas de nuevo a medida humana. Un arte humanísimo para un santo patrón a la vez muy de la tierra y universal, también humanísimo, muy lejos de las vilezas vaticanas. Por Asís, también es justo decirlo, sí nos topamos de nuevo con esa otra Italia de los autobuses abarrotados, las colas eternas, las pizzas gomosas o los imanes de nevera en forma de David en calzoncillos (al final, quien más y quien menos, todos acabamos masticándolas y llevándonos uno a casa).

Cuatro visitas más

Una calle del pueblo italiano de Todi. ampliar foto
Una calle del pueblo italiano de Todi. sime

Pero el baño de multitudes más o menos fervorosas o espesas es pasajero. Quedan en Umbría muchos otros sitios semisecretos que en cualquier otro país del mundo, con menos competencia, serían meca de miles de visitantes diarios. En el precioso pueblo de Todi, sobre una ladera boscosa, se dan el lujo de rematar sus tesoros con una soberbia iglesia de planta central del mismísimo Bramante, que ensayó en el templo de Santa María de la Consolación (La Consolazione) soluciones que luego aplicaría a sus diseños para San Pedro del Vaticano. En Orvieto, inexpugnable y plantada desde hace siglos sobre un altozano, la equilibradísima y polícroma fachada de su catedral medieval es una prueba de que a los artífices italianos, empapados del pasado clásico, no les acababa de salir eso de ponerse góticos por mucho que lo intentaran. Dentro del templo, de propina, el maestro Luca Signorelli decoró en el Quattrocento los vastos muros de la capilla de San Brizio con escenas del apocalipsis y el juicio final: ángeles, santos y demonios semidesnudos, de glúteos y muslos musculosos y bastante paganos, que son además imprescindibles para entender los frescos que Miguel Ángel, su discípulo, pintaría décadas más tarde en la Capilla Sixtina.

Frescos del juicio final de Luca Signorelli en la catedral de Orvieto.
Frescos del juicio final de Luca Signorelli en la catedral de Orvieto. AGE

Los que ya conozcan el cercano Sacro Bosco de Bomarzo, con sus monstruosidades manieristas, pueden subir nota en el jardín esotérico, surreal y con un punto perverso de La Scarzuola, levantado en Montegabbione durante la segunda mitad del siglo XX por el refinadísimo arquitecto Tommaso Buzzi. Y en Umbría también puede encontrarse intacto y soñoliento el bellísimo conjunto urbano de ­Gubbio, a media ladera, bajo un castillo soberbio y con el espléndido florón de una gran plaza abierta al horizonte por uno de sus extremos y rematada por el orgulloso Palazzo dei Consoli, que recuerda los tiempos en los que la villa se medía orgullosa con Siena o Pienza. Aquí lo mejor es hacer parada y fonda en el deliciosamente anticuado hotel Bosone, con sus techos afrescados, y cenar al amor de la lumbre en la no menos venerable Taverna del Lupo. Ambos conservan la textura y la atmósfera de eso que Henry James, patrón laico de la legión de enamorados de Italia, llamó el Old World, y nos sentiremos por un rato protagonistas aventureros y misteriosos de alguna de sus novelas.

Javier Montes es autor de ‘Varados en Río’ (editorial Anagrama).

Pozo de San Patricio, en Orvieto.
Pozo de San Patricio, en Orvieto. AWL

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