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Saint-Nazaire, en busca del oro bretón

Su gran base submarina, kilómetros de playas y sorpresas cercanas como las salinas que le dieron renombre. Una villa marinera con mucha vida cultural junto al francés estuario del Loira

Interior del submarino 'Espadon', el primero en navegar bajo la costra helada del Ártico.
Interior del submarino 'Espadon', el primero en navegar bajo la costra helada del Ártico.

Su situación privilegiada en el estuario del río Loira, de cara al Atlántico, sirvió para que aquel pueblo al oeste de Francia de apenas 1.000 vecinos a mediados del siglo XIX subiera como un suflé hasta convertirse, en pocos años, en una ciudad moderna de 30.000 habitantes. La llamaban entonces la petite Californie bretonne. Y es que, además del oro blanco proveniente de las cercanas salinas, a Saint-Nazarie llegó el ferrocarril en 1867, se construyeron dársenas y astilleros, y, sobre todo, Napoleón III le asignó la primera línea transatlántica que, gracias a los nuevos buques a vapor, enlazaba su puerto con el de Veracruz (México) en poco menos de un mes. El arquitecto Paul Leferme creó, además, un trazado ortogonal que se cubrió de hermosos palacetes.

Pero llegó la guerra. Sobre todo, la II Guerra Mundial, cuando los alemanes construyeron en 1941 una base indestructible para sus submarinos protegida por más de 30.000 soldados. Las bombas acabarían destruyendo el 85% de la ciudad. Hubo que reconstruirla entera. Hoy, con más de 70.000 habitantes, Saint-Nazaire es un hervidero cultural y social. Y, además, un magnífico trampolín para explorar el territorio fascinante y poco conocido que la rodea.

Saint-Nazaire, en busca del oro bretón

9.00 Viaje en paquebote

Los aliados bombardearon Saint-Nazaire para destruir el nido nazi y arrasaron la ciudad entera, salvo la base submarina (9 Boulevard de la Légion d’Honneur). Ni siquiera se pudo demoler aquel monstruo de hormigón una vez acabada la guerra. Así que hubo que buscarle algún provecho. Actualmente, aparte de la oficina de turismo, cafés y centros de arte y música, la antigua base aloja dos reclamos principales. La visita al Escal’Atlantic (1) transporta de forma sensorial a la época dorada de los grandes paquebotes, cuando los 25 o 26 días que duraba la travesía, hacia o desde América, se aliviaban con lujo, banquetes y bailes. Entrar en cambio en el submarino Espadon (2) da un poco de congoja; aquel tubo estrecho de acero que prestó servicio entre 1960 y 1985 fue el primero en navegar bajo la costra helada del Ártico. Fuera de la base, en el puerto, se pueden hacer muchas cosas: visitar el Ecomuseo (3), que narra la historia local en un tinglado portuario; concertar con la oficina de turismo un recorrido por los astilleros (en ellos se construyó el Normandie en 1930 y, más recientemente, colosos como Harmony of the Seas o el Queen Mary 2). También se puede seguir la ruta de Tintín, pues el dibujante Hergé situó aquí la acción de Las 7 bolas de cristal, plasmada ahora en grandes murales por la ciudad que acompañan a otros muchos —uno nuevo cada año— encargados por el municipio a reconocidos grafiteros.

12.00 Por los 20 arenales

La escultura en homenaje al protagonista de 'Las vacaciones de Monsieur Hulot' en una playa de Saint-Nazaire
La escultura en homenaje al protagonista de 'Las vacaciones de Monsieur Hulot' en una playa de Saint-Nazaire

La playa de Saint-Nazaire bordea el front de mer o paseo marítimo, que se anima con terrazas y restaurantes a mediodía, pero también por las noches si hace bueno. Esta playa de tres kilómetros acaba en una punta rocosa y arbolada, con vistas formidables e hileras de palafitos: son las pêcheries, desde las cuales pescan sus dueños, con caña o redes cuadradas (carrelets). A partir de ahí, comienzan las llamadas 20 playas; de todo hay, calas recogidas, amplios arenales familiares, zonas de surfeo (como Courance)… Junto a esta última está la playa de M. Hulot (4), que debe el nombre a la película Las vacaciones de Monsieur Hulot, que Jacques Tati rodó en ella en 1951. La estatua de M. Hulot se asoma al mar desde una amplia terraza a cuyas espaldas se desliza el célebre GR 34, el camino de los aduaneros, que recorre el litoral de toda Bretaña.

15.00 Entre villas belle époque

Palafitos o pêcheries al pie del paseo marítimo de la playa de Saint-Nazaire. ampliar foto
Palafitos o pêcheries al pie del paseo marítimo de la playa de Saint-Nazaire.

Siguiendo esa orilla se llega, en unos 11 kilómetros, a La Baule (5), la gran sorpresa: una ciudad estival y elegante que creció en torno a su Gran Hotel y Casino, con una playa (y festival) de cine. Y un montón de villas belle époque con nombres y guiños españoles que no son casualidad: eran para dar coba a Eugenia de Montijo, esposa de Napoleón III. Pronto el litoral se convierte en un damero inmenso y blancuzco: son las salinas (6), que es posible visitar acudiendo antes a La Maison des Paludiers, bien señalizada. Este oro bretón cobra protagonismo en una de las novelas de Jean-Luc Bannalec, Un crimen bretón (Grijalbo); que no solo interesa por la trama policiaca, sino también por las muchas y sabrosas anotaciones gastronómicas y costumbristas que caracterizan a este escritor de éxito.

17.00 Caramelos y crepes

Fue precisamente la sal la que hizo prosperar a la ciudad medieval que preside la península, Guérande (7). Otra sorpresa mayúscula. Unos 20 kilómetros al oeste de Saint-Nazaire, está ceñida por un cinturón amurallado, cuyo camino de ronda se puede recorrer entero; solo hay que pasar por la oficina de turismo, alojada en la monumental Puerta de Saint Michel. En torno a la calle principal se escalonan tiendas de sal y flor de sal, bonbons típicos y artesanías diversas. Y restaurantes como Le Roc Maria (1, Rue du Vieux Marché aux Grains), donde sirven las auténticas crêpes bretonnes, grandotas como una pizza familiar. Arropada por casas de entramado visto, con puertas y postigos de vivos colores, la iglesia gótica de Saint Aubin parece una catedral. Desde esta ciudad hay que acercarse a La Brière (8), la segunda marisma más extensa de Francia (después de la Camarga); allí se practica un turismo slow, bien sea en carruaje, en bici, en barcas de fondo liso o paseando por el pueblo-museo de Kerhinet (9), habitado solo por unos artesanos-guardas y con un centro de interpretación.

20.00 Noche con aires fin de siècle

De regreso a Saint-Nazaire, tal vez dé tiempo a ir a grandes centros comerciales —Le Paquebot (10), Ruban Bleu (11)— o buscar sitios singulares y céntricos, como Le Garage (12) o Pas que Beau (13), donde creadores locales confeccionan y venden artículos de moda, incluso editan sus propios libros. Le Grand Café (14) es cita obligada, con su ambiente fin de siècle; el mismo que preside La Galerie des Franciscains (15), donde se celebran exposiciones y conciertos. También hace guiños al pasado Le Théâtre (16), que ha incorporado a su moderna arquitectura la fachada de la antigua estación de tren de 1867. Agora (17), la sala J. Tati (18), Cinéville (19), LIFE (20) o Le VIP (21), estos dos últimos locales dentro de la base submarina, llenan la noche de cine, música y buen ambiente.

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