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Diez pistas para ser un turista sostenible y comprometido

Comer en restaurantes locales y no en franquicias, dormir en alojamientos regentados por indígenas o apuntarse a circuitos urbanos ofrecidos por personas sin hogar. Propuestas respetuosas con las comunidades que visitamos

turista sostenible
Una turista atraviesa una calle del Pueblo de Taos, en Nuevo México (Estados Unidos). Getty Images

Alojarnos en casas particulares, participar en experiencias diseñadas por indígenas, comprar productos locales, apuntarnos a un circuito urbano a cargo de personas sin techo, o participar en un proyecto científico mientras viajamos… hay muchas formas de involucrarnos con las comunidades locales y apostar por un turismo sostenible y comprometido. Viajar respetando los lugares que visitamos ya no es una simple opción: se ha convertido en una obligación. Y es más sencillo de lo que parece; solo hay que saber dónde gastar el dinero, porque eso es lo que marca la diferencia.

Una mujer escribe notas a la entrada de una 'ger' en el desierto Gobi (Mongolia).
Una mujer escribe notas a la entrada de una 'ger' en el desierto Gobi (Mongolia). Getty Images

1. Alojarnos en casas particulares junto a los anfitriones

Renunciar a las estancias de hotel y hacerlo en casas privadas hace que nuestro dinero revierta directa­mente en la comunidad del lugar que visitamos al tiempo que nos da un acceso más inmediato a la cultura local. Es lo que intentan fomentar en Europa organizaciones como fairbnb.coop, destinando parte de la comisión que cobran por ponernos en contacto con el anfitrión a proyectos sociales o con un impacto directo en el sitio que visitas.

Más allá del continente europeo, encontramos multitud de propuestas para participar de las tradiciones y costumbres de comunidades milenarias. Las más singulares están en Mongolia, las regiones árticas de Canadá, la isla caribeña de Dominica y en la turística Kenia. Así, Ger Tours nos invita a descubrir la vida nómada de los pastores de la estepa mongola con un circuito con escalas en distintas gers o yurtas, la vivienda tradicional usada en las llanuras de Asia Central. Ensillaremos el caballo, ayudaremos a cargar una cara­vana de camellos y emprenderemos una ruta por los pastos del desierto de Gobi rumbo al siguiente campamento. Otra opción la encontramos en la remota región canadiense de Nunavut, donde podemos alojarnos con los inuits (esquimales) y averiguar cómo han logrado sobrevivir durante mil años en uno de los climas más implacables de la Tierra. No solo fue porque conocían mejor que nadie la nieve y el hielo; la innovación y la colaboración desempeñaron un papel vital, y eso es exactamente lo que hace hoy en día la industria turística Nunavummiut en el extremo septentrional de Quebec.

En otras latitudes más cálidas, en la isla Dominica, podremos descubrir la comida y las medicinas tradi­cionales de los kalinago con una estancia en la Touna Kalinago Heritage Village. Se puede acordar un circuito herbal y admirar su elabora­do conocimiento de las plantas silvestres. En Kenia, podemos tener una experiencia auténtica alojándonos en el Maji Moto Maasai Cultural Camp, para empaparse de la música, la cocina y las danzas de los masái que habitan la reserva natural de sabanas, leones y hipopótamos de Masái Mara, en la frontera con Tanzania. En este campamento de propiedad y gestión masái, el dinero se invierte en proyectos relacionados con la salud y la conservación del entorno.

La carretera que conecta el aeropuerto con el pueblo de Rurrenabaque, en el Parque Nacional Madidi, en Bolivia.
La carretera que conecta el aeropuerto con el pueblo de Rurrenabaque, en el Parque Nacional Madidi, en Bolivia. GETTY IMAGES

2. Practicar el turismo de comunidad

Visitar pequeños pueblos y aldeas alojándose en casas particulares y colaborando con la comunidad es una forma de vivir una experiencia diferente y tal vez volver a casa con otra perspectiva del mundo. En Jamaica, la Rastafari Indigenous Village es una comunidad muy activa que colabora con opera­dores turísticos acogiendo viajeros en visitas de un día. Ofrecen actividades como cocina, arte­sanía, música y explican la importancia que el fuego tiene para la aldea. En Bolivia, Chalalan Ecolodge propone a los visitantes alojarse en casas de aldeanos que ejercen de guías en las rutas por el Parque Nacional Madidi. Los lugareños han dejado de ganarse la vida con la industria maderera para hacerlo con el turismo y la protección del medioam­biente.

 3.  Apostar siempre por los guías locales  

Un guía local puede darnos una visión del destino interesante y, sobre todo, auténtica, proporcionándonos una mayor y mejor conexión con el país. Por norma, la gente que vive en una zona es la que mejor la conoce: su fauna, sus paisajes y leyendas… En Internet hay multitud de páginas que ponen en contacto a turistas con guías de todo el mundo, con la opción de hacer los circuitos que ellos mismos diseñan o crear uno a medida con sus consejos. Una de las más conocidas es Tours by locals, en cuya base de datos figuran 4.000 guías de 159 países diferentes. Pero a veces es más sencillo contratar a los guías indígenas una vez aterricemos en nuestro destino.

En el Centro Rojo de Australia y el Monte Uluru nos ayudarán a maravillarnos ante la relación espiritual que mantenían los aborígenes australianos con la tierra y el cielo. En el desierto, por la noche, un circuito de astronomía indígena permite ver la Vía Láctea con otros ojos. Encontramos una opción similar en el Madidi Jungle Lodge, en Bolivia, en el Parque Nacional Madidi, donde conviven una extraordinaria variedad de ecosistemas. Este lodge ha sido creado y está dirigido por la comunidad indígena de Uchupiamonas. Organizan ecocircuitos de observación de aves y excursiones nocturnas para descubrir este inmenso mundo natural a través de la sabidu­ría y el relato oral de historias tradicionales. Una experiencia parecida podemos vivir en el Pueblo de Taos, en Nuevo México, en el valle del Río Grande. Aquí la comunidad de indios nati­vos americanos ofrece circuitos guiados por los asentamientos originales para descubrir la rica historia de este Hito Histórico Nacional (distinción que otorga el Gobierno de EE UU) que también es Patrimonio Mundial de la Unesco.

Kutnu es un tejido de seda típico de Turquía con una brillante superficie y coloridas rayas verticales.
Kutnu es un tejido de seda típico de Turquía con una brillante superficie y coloridas rayas verticales. GETTY IMAGES

4. Evitar franquicias y comer en restaurantes independientes

El turismo sostenible también implica abstenerse de las cadenas o franquicias de restaurantes internacionales y comer en locales independientes. Es una de las formas más sencillas y fáciles para marcar la diferencia. Y además, ¿qué puede ser más sabroso que descubrir un destino a través del paladar? Es muy importante elegir bien los platos; a menudo las especiali­dades regionales usan ingredientes de la zona en vez de importados, por lo que el dine­ro que pagamos tiene un efecto doble­mente positivo (y la comida suele ser deliciosa). Lo mismo se aplica a las bebidas; las cervecerías y bodegas independientes pueden convertir una buena comida en una excelente experiencia. Gracias a plataformas como Eatwith, anfitriones de más de 130 países dan comi­das en sus casas (y a veces en salas alquiladas). Suelen sentarse junto a los invitados cuando han terminado de cocinar, compartien­do sus conocimientos con nosotros.

Un rastafari pasea por la playa de St. Thomas, en Jamaica.
Un rastafari pasea por la playa de St. Thomas, en Jamaica. Getty Images

5. Comprar artesanía local para evitar su desaparición

Los recuerdos son un pedaci­to de cultura que nos llevamos a casa, y lo más recomendable es comprar artículos hechos en la zona, lo que suele suponer un incentivo económico para mante­ner vivas tradiciones artesanales en peligro de desaparición. Los tejidos kutnu de seda de Turquía, la cerámica de Uzbekistán o las alfombras kunaa tejidas a mano en las Maldivas son ejemplos de piezas únicas, cuya adquisición ayuda a mantener la creatividad de la comunidad de artistas y artesanos. En la Galería Art Factory de Dublín (Irlanda), todo está creado por artistas independientes y locales; en Australia la Association of Northern, Kimberley and Arnhem Aboriginal Artists es un buen sitio para empezar a descubrir el arte aborigen. Tiene más de 500 miembros y 48 centros de arte remotos; y en Mongolia, la organización Mary and Martha de Ulán Bator trabaja con productores locales para producir artículos artesanales y semiartesanales. Son solo tres ejemplos, pero hay propuestas similares en muchísimos países.

Puesto callejero de venta de café en Lima.
Puesto callejero de venta de café en Lima. GETTY IMAGES

6.  Apoyar a productores locales

Ir directo a la fuente de las mejores exquisiteces del mundo es predicar con el ejemplo y apoyar además a los productores locales. Como ejemplo, las cervezas artesanales de Denver han desarrollado la ruta Denver Beer Trail, con el propósito de convertirse en el destino definitivo de la cerveza artesanal en Estados Unidos, con más de 100 cervecerías, bares y pubs que explorar.

En La Ruta del Café de Perú, visitaremos a varios productores entre el espectacular y remoto paisaje de los Andes. La ruta nos permite conocer de primera mano su proceso de elaboración, de la recogida a la taza; alojarse en granjas familia­res y comprar café directamente al productor. La ruta del vino de Dalmacia, por su parte, nos descubre los suaves vinos croatas de gran reputación gracias al benévolo clima del país, pero que apenas se exportan porque la demanda nacional es muy elevada. La mayoría de las bodegas son pequeñas y en ellas se puede conocer personalmente a los viticultores.

Bárbara, una persona sin hogar, ejerce de guía turística en Viena.
Bárbara, una persona sin hogar, ejerce de guía turística en Viena. GETTY IMAGES

7. Pasar a a la acción y unirse a iniciativas sociales

Dar algo a cambio de todo lo que nos llevamos de vuelta en cada viaje es un pequeño paso para lograr que el mundo sea un poco mejor, pero sobre todo para sumergirnos culturalmente en el destino y tomar conciencia medioambiental de sus problemas. Por todo el mundo surgen iniciativas sociales y éticas en las que el dinero que nos gastemos puede ayudar a una persona a empezar una nueva vida. Una de estas propuestas la encontramos en Shades Tours, en Viena, que ofrece circuitos guiados por vagabundos para descubrir los callejones de la capital austriaca. En Sidney, el restaurante Four Brave Women ayuda a familias refugiadas a crear su propio negocio con estancias formati­vas de ocho semanas en la cocina. Otra iniciativa con fuerte compromiso social es la de Layds First, un hotel-boutique en Zúrich, junto al lago, que da trabajo y ayuda a mujeres desfavorecidas a empezar una nueva vida. En el restaurante Emma’s Torch, de Nueva York, los platos proceden de Etiopía, Haití, Marruecos… de sitios tan variados como los refugiados que los elaboran, que se empoderan a través de la formación culinaria. Y en Londres, podemos cambiar los cafés de multinacionales por otros con más significado: las furgonetas cafete­ras de Chage Please, regentadas por vagabundos que se forman como camareros. 

Una tortuga avanza hacia el mar por la arena de la Playa Caleta, en Costa Rica.
Una tortuga avanza hacia el mar por la arena de la Playa Caleta, en Costa Rica. GETTY IMAGES

8. Menos selfis y más altruismo

Si el tiempo no es impedimento, hay un sinfín de opciones para echar una mano, desde ayudar en la conservación de fauna en una reserva africana hasta colaborar reconstru­yendo casas tras una catástrofe natural. Algunas personas no se animan a embarcarse en un viaje de voluntariado precisamente porque tienen pocas vacaciones, pero la verdad es que hay muchas formas, por peque­ñas que sean, de ayudar cuando se viaja. Una opción puede ser entregarse a la limpieza de playas durante un día. Con la misma duración, se puede hacer voluntariado ayudando a las mujeres de Laos, colaborando en un come­dor social en Costa Rica, construyendo casas en Bolivia o reciclando mobiliario en México. También hay propuestas para los que prefieren apostar por la naturaleza, como participar en la conservación de tortugas marinas en Costa Rica o en el cuidado de elefantes en Tailandia. 24 horas dan tiempo de sobra para sentirse útil.   

Varias personas recogen botellas y recipientes de plástico en una playa de Reino Unido.
Varias personas recogen botellas y recipientes de plástico en una playa de Reino Unido. GETTY IMAGES

9. Convertirse en un ciudadano científico 

La investigación científica y medioambiental necesita hoy más voluntarios que nunca. La ciencia ciudadana permite a la gente corriente colaborar con expertos monitorizando, midiendo y regis­trando todo tipo de datos, desde una especie animal rara hasta el cielo nocturno, para comprender y proteger mejor el mundo en el que vivimos. Los viajeros a los que les gusten los animales pueden optar por la alternativa BioBlitz, que permite juntarse con científicos y naturalistas para encontrar e identificar tantas especies como sea posible en una zona concreta en un breve período de tiempo (por lo general, 24 horas), dando lugar a una especie de maratón naturalista.

Además, hay otras iniciativas más modestas pero muy gratificantes, desde observar las estre­llas para medir su luminosidad hasta documen­tar la contaminación lumínica o monitorizar los índices de precipitación en Nepal con un smartphone. Entre las opciones más globales está Ebird, que cartografía especies de aves consignando y compartiendo avistamien­tos, fotografías y grabaciones durante los viajes.  Para los que prefieran los pingüinos, se puede ayudar a marcarlos online y contribuir a su conservación en www.zooniverse.org

Para los que disfrutan observando las estre­llas, el proyecto de ciencia ciudadana Globe at Night con­ciencia sobre los efectos de la contaminación lumínica invitando a sus voluntarios a medir el brillo del cielo nocturno. También podemos compartir observaciones sobre la naturaleza en una app práctica como iNaturalist. Y si queremos ser más activos, podemos participar en Beachwatch, un programa de limpieza de playas de la Marine Conservation Society que lucha contra los residuos en el litoral del Reino Unido. 

Celebración del día de Waitangi, fiesta nacional en Nueva Zelanda. el pasado 6 de febrero, que conmemora la fecha en la que el país pasó a formar parte del Imperio Británico, en 1840.
Celebración del día de Waitangi, fiesta nacional en Nueva Zelanda. el pasado 6 de febrero, que conmemora la fecha en la que el país pasó a formar parte del Imperio Británico, en 1840. GETTY IMAGES

10. Aprender de las culturas indígenas y respetarlas

El respeto por la cultura y las tradiciones ancestrales de los múltiples pueblos que habitan el planeta es una tendencia al alza. Así, a su llegada a Nueva Zelanda, los turistas deben formular la Promesa Tiaki, por la cual juran cuidar de la naturaleza del país durante su estancia (en maorí, tiaki significa “cuidar de la gente y del lugar”). Quizá el argumento más poderoso para experimentar el turismo indígena responsable es que cambia la visión del mundo que suele tener el viajero occidental. A cambio, los viajeros ayudan a los nativos a preservar su arte, su artesanía y antiguas técnicas de su estilo de vida para generaciones futuras. Ahora bien, es esencial asegurarse de que las experiencias sean realmente respetuosas, que involucren a los grupos indígenas y que estos se beneficien de cualquier operación. En Nueva Zelanda, el consejo nacional de turismo y la web Maori Tourism tienen una lista de circuitos guiados por maoríes.

En Canadá, la Aboriginal Tourism Association of Canada ofre­ce experiencias de tres a nueve días, desde estancias en aldeas hasta circuitos de fauna ártica, dirigidas por operadores indígenas. En el vasto estado de Australia Occidental, el Wes­tern Australian Indigenous Tourism Operators Council es un gran recurso para dar con operadores de turismo aborigen. Otra opción es participar de la música, la danza y la narración oral, que nos ponen en contacto directo con las culturas indígenas. Por ejemplo en el Goroka Show, en Papúa- Nueva Guinea, un espectáculo que permite admirar los trajes, tocados y maquillajes más variopintos. Con solo 60 años de historia, este espectáculo anual celebra las tradiciones de 100 tribus distintas de toda Papúa- Nueva Guinea.

Otro ejemplo es la icónica plaza Djemaa El Fna de Marrakech, que aunque se llena de turistas en temporada alta, sigue siendo la apoteosis de una cultura viva donde narradores orales, músicos y actores se congregan a diario en una caótica mezcla de sonidos y olores tradicionales con siglos de historia. Al otro lado del mundo, el Tiehua Music Village de Taiwán es un impresionante centro creativo en la costera ciudad de Taitung, con mercados, exposiciones y actuaciones musicales que muestran la cultura de las 16 tribus tradicionales de la isla, que comparten su cultu­ra, su arte y su música. 

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