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RUTAS URBANAS

Los mejores cafés de Viena

Clásicos, modernos, templos del 'Apfelstrudel', de los periódicos en papel y las charlas delante de una taza humeante. Pistas para sucumbir a la cultura cafetera en la capital austriaca

El famoso Café Central de Viena, con su sala de bóvedas y columnas, abrió en 1876.
El famoso Café Central de Viena, con su sala de bóvedas y columnas, abrió en 1876.

Viajar a Viena y no entrar en ninguno de sus muchos cafés sería tan alocado como negarse a visitar ruinas romanas en Italia, ya que desde 2011 los cafés vieneses son patrimonio inmaterial de la humanidad por su aportación a la construcción de la identidad cultural de Viena. Está claro entonces que cualquier visitante de la antigua capital del Imperio Austrohúngaro se sentará a la mesa de alguno de ellos y acompañará su café con una porción de Apfelstrudel (pastel de manzana) o de Sachertorte (la famosa tarta). Para orientarse mejor en la Amazonia de cafés vieneses, aquí van algunos apuntes.

Si queremos comenzar por el más antiguo, se impone entonces acudir al Café Frauenhuber. Amplio y tranquilo —en su día se llenaba de jugadores de ajedrez que echaban infinitas partidas—, aún se enorgullece de que Mozart y Beethoven participasen en las veladas musicales que se organizaban. Ahora ya no sirven su famoso ponche de huevo, pero sí otras delicias de la cocina austriaca.

Mesas del Landtmann, café de la capital austriaca. ampliar foto
Mesas del Landtmann, café de la capital austriaca.

La mitomanía es sin duda una de las excusas mejores para entrar en los cafés de la ciudad. Los que vayan siguiendo las huellas de personalidades como Marlene Dietrich o Gustav Mahler han de visitar el Café Landtmann, junto al Burgtheater. Su Apfelstrudel es muy aplaudido, de ahí que la factoría Landtmann surta de pasteles de manzana a otros cafés de la ciudad. Que nadie crea que allí solo se puede acudir a merendar: sus escalopes vieneses (Wienerschnitzel), cuya regla de oro consiste en que el filete sea extremadamente fino, son muy exitosos. También lo es el Tafelspitz, carne de ternera hervida “tan tierna como un poema de amor” (eso afirman en Landtmann), acompañada de puré de manzana y salsa de cebollinos.

El Café Museum, proyectado por Adolf Loos y redecorado por Josef Zotti. ampliar foto
El Café Museum, proyectado por Adolf Loos y redecorado por Josef Zotti.

La ruta de los cafés en los que suele formarse cola para entrar estaría encabezada por el Café Central, cercano a la Michaelerplatz. Su interior de columnas y sus techos abovedados lo hacen muy distinto de cualquier otro local de la ciudad, y allí deben ir los seguidores acérrimos de Karl Kraus, Stefan Zweig y Adolf Loos, pues ellos lo frecuentaban. En el número 3 de la propia Michaelerplatz se encuentra la Looshaus, un fabuloso edificio del arquitecto precursor del funcionalismo, que hoy es la sucursal de una entidad bancaria. Otro proyecto decorativo del mismo arquitecto antihistoricista fue el interior del Café Museum, cercano al edificio de la Staatsoper (ópera estatal), inaugurado en 1899. Como a los clientes no les convencía el estilo desnudo del arquitecto (apodaron al local Café Nihilismus) y encontraban algo incómodas sus sillas —en las que se sentaban pintores como Gustav Klimt y Oskar Kokoschka—, en 1931 Josef Zotti se encargó de redecorarlo. Tras volver primero a la sobriedad de Loos a principios del siglo XXI, el Museum luce hoy finalmente de nuevo la estética cálida pensada por Zotti.

Muy cerca de Graben, la calle más animada de Viena, en una bocacalle de Dorotheergasse se encuentra el Café Bräunerhof. En él no suele haber cola, pues no son tantos quienes veneran la figura del malhumorado escritor Thomas Bernhard, que pasaba allí horas leyendo y escribiendo, tal como prueba su retrato expuesto a la entrada, donde aparece sentado en el café. El lugar es tranquilo y apropiado para leer periódicos sujetos por una clásica barra de madera, como manda la tradición. A la vuelta de la esquina se encuentra el Café Hawelka, encantadoramente mugriento y siempre a rebosar. Tras colgar el abrigo en uno de sus percheros de madera, habrá que pedir una de las variantes de café más solicitadas por los vieneses: el melange (pronunciado “melonsh”), un café largo servido en taza grande con leche y espuma.

La entrada al Café Sperl, que cuenta con mesas de billar. ampliar foto
La entrada al Café Sperl, que cuenta con mesas de billar. SIME

Los desayunos vieneses son célebres, y más aún los del Café Jelinek, que se presentan en inmensos platos y suelen incluir huevos pasados por agua siempre en su punto. El café, de los más acogedores de la ciudad gracias a sus sillones y su tradicional estufa de hierro, no está vinculado a la premio Nobel de Literatura Elfriede Jelinek en ninguna medida, así que no vayan allí buscando sus objetos personales o presencia. En cambio sí es posible encontrar a la escritora austriaca en alguna lectura de las que se celebran en el Café Korb, que se desmarca de la estética imperial con su interiorismo más bien años cincuenta. Allí acudían los miembros de la sociedad psicoanalítica de Viena (incluyendo al insigne Freud) a debatir sobre sus hallazgos. Desde el año 2000, lo regenta Susanne Widl, una performer y actriz de culto tan activa como excéntrica que organiza encuentros artísticos en su sótano. El Korb es hoy un santuario iconográfico de Widl, que además presume de servir un excelente Apfelstrudel tibio.

Por último, un café librería que en algún momento del siglo XXII se convertirá en cafetería histórica es Phil, frente al Café Sperl, otro clásico de la ciudad que presume de mesas de billar. La librería cuenta con una cuidada sección de arte contemporáneo y es el lugar perfecto para tirarse en uno de sus sofás y beber a sorbitos un Heisse Zitrone, la infusión de limón caliente con miel más adecuada para los otoños vieneses.

Las 10 direcciones

El café y librería Phil, en Viena. ampliar foto
El café y librería Phil, en Viena.

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