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24 horas en Yecla, entre pinturas rupestres y bodegas

Las mejores vistas desde el castillo, los tesoros arqueológicos del cercano monte Arabí y la ruta del vino en la ciudad murciana donde creció y estudió Azorín

Interior de la cueva de la Horadada, en el monte Arabí, cerca de Yecla (Murcia). Ampliar foto
Interior de la cueva de la Horadada, en el monte Arabí, cerca de Yecla (Murcia). Getty Images

Ubicada entre las provincias de Alicante y Albacete, Yecla parece haberse escapado a gatas a la comarca del altiplano, al norte de Murcia, región a la que pertenece. Esta ciudad, que roza los 35.000 habitantes, se prodiga en su escudo como “muy noble, muy leal y fidelísima”. Y lo es, sobre todo, a sí misma: quizás por esta descarnada ubicación, atesora una gastronomía, unas costumbres e incluso un lenguaje genuinos. Conocida por su sector del mueble, atrae al turista invernal durante sus fiestas de la Virgen del Castillo (del 5 al 8 de diciembre), y en primavera por San Isidro, celebrado con una cabalgata de carrozas decoradas a mano con millones de papelicos. Además, presume de un rico legado cultural encabezado por las pinturas rupestres del monte Arabí, patrimonio mundial, y por la elaboración de un vino con denominación de origen.

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8.00 ¿Dulce o salado?

No importa que se levante con cuerpo de dulce o de salado. En Yecla, la diversidad culinaria es una seña de identidad. Para desayunar, lo típico son las tortas fritas. Una masa de harina de trigo y levadura que acepta tanto una capa de azúcar como una fila de anchoas. Se pueden degustar casi en cualquier lugar: en la céntrica Taberna del Garrudo (1) (Corredera, 10) o en el Ideal Gastrobar (2), a las afueras. Los más golosos pueden optar por unos libricos de oblea y miel. En Libricos Yecla (3) (Martínez Corbalán, 4), tienda abierta en 1850 para la venta exclusiva de este producto, no podrán resistirse.

La cúpula semiesférica con revestimiento de tejas vidriadas dispuestas en bandas azules y blancas de la basílica de la Purísima, del siglo XIX, define la panorámica de Yecla. ampliar foto
La cúpula semiesférica con revestimiento de tejas vidriadas dispuestas en bandas azules y blancas de la basílica de la Purísima, del siglo XIX, define la panorámica de Yecla.

9.00 Una cúpula pintoresca

Lo idóneo es pasear sin prisas por el casco histórico. La panorámica de esta localidad viene determinada por la basílica de la Purísima (4) (plaza de la Purísima, 1) y su cúpula de tejas blancas y azules. Construida entre 1775 y 1868, presenta rasgos de neoclasicismo y una planta neomudéjar. Dedicada a la patrona de Yecla, la Purísima Concepción de Nuestra Señora, se aloja en su interior cuando es trasladada desde el santuario del Castillo (5) durante las fiestas de la Virgen. La subida a esta antigua fortaleza también merece la pena: desde sus alturas hay las mejores vistas. Un camino de 20 minutos que arranca en Santa María de la Asunción (6), llamada la iglesia vieja (Iglesia, 2), cuya nave gótica alberga el Museo de Semana Santa. Aquí merece detenerse en la plaza del Ayuntamiento, con el Arco de los Reyes Católicos y los soportales del auditorio enfrente. Cerca está el teatro Concha Segura (7), que mantiene los frescos y palcos de 1886, cuando se abrió.

12.00 El busto de Adriano

Es el momento de observar uno de los grandes tesoros de Yecla. En el Museo Arqueológico (8) (España, 37) se erige un enorme busto del emperador Adriano. Proviene del yacimiento romano de Los Torrejones (9), a 3 kilómetros, y se calcula que es del siglo II. Cincelado en mármol blanco, supera el medio metro de altura y se conserva casi intacto. Existen pocas piezas de tal magnitud, y es preferible una visita guiada para entender su importancia entre objetos íberos y medievales.

A unos 20 kilómetros se encuentra un yacimiento milenario que se recorre en una visita de 90 minutos

13.30 Gachasmigas y gazpacho

Para comer aquí se estila la tradición mesetaria, como las pelotas yeclanas, una especie de albóndiga de pan y magro o carne picada servidas en caldo de cocido, o el queso de cabra frito con una manta de tomate confitado. Las gachasmigas surgen de la receta básica de harina y agua y se acompañan con longaniza o tocino. Y el cénit de esta alimentación labriega se alcanza en los antológicos gazpachos manchegos o galianos, nada que ver con la sopa fría. Su composición: pan (ácimo), espinacas, pimientos y productos de caza como el conejo o la perdiz. El restaurante Los Chispos (10) alardea de hacer los mejores de España, según un concurso de 2006.

16.00 Pinturas de 10.000 años de antigüedad

A unos 20 kilómetros de Yecla está el monte Arabí (11), enclave natural y arqueológico milenario. Sus 1.065 metros se alzan en medio de este altiplano ocre, como un oasis de pinos y encinas. La roca kárstica ha permitido que el viento y el agua modelen su figura, horadando cuevas. Planean sobre ellas leyendas de milagros y ovnis, pero lo real se plasma en una de las paredes de la cara oriental: aparte de petroglifos, muestra pinturas de arte rupestre levantino de hasta 10.000 años de antigüedad. Manadas de animales impresos en piedra por tribus prehistóricas. Una ruta de 1,5 horas permite rodear esta elevación y vislumbrar aquellas “rojizas lomas” o aquellas “atalayas amarillentas salpicadas con los puntitos simétricos de los olivos” que describió el vecino más ilustre de Yecla: el escritor Azorín.

Un viñedo de la ruta del vino de Yecla (Murcia). ampliar foto
Un viñedo de la ruta del vino de Yecla (Murcia).

18.30 La uva monastrell

Azorín, natural de la cercana Monóvar (Alicante), estudió durante siete años (1881-1888) en el colegio de los padres escolapios de Yecla, la ciudad de su padre, y divagó sobre “los sembrados mecidos por suaves ráfagas de aire templado”. Se refería a los viñedos, omnipresentes en la zona. Su fruto más preciado es la uva monastrell. De ella procede una denominación de origen única, y varias bodegas se han unido para conformar la ruta del vino de Yecla, una experiencia enológica de alto nivel. Castaño (12), La Purísima (13) o Evine (14) enseñan el proceso desde las cepas hasta las salas de barricas, con degustación final de un vino áspero, con cuerpo. El trayecto puede terminar en Barahonda, bodega con un restaurante de cocina de autor y una terraza con tapas gourmet para las noches estivales.

22.00 Para trasnochadores

Si quedan ganas de seguir, se recomienda una parada en los bares más trasnochadores de Yecla. La Bodega (15) (San Ramón, 85), de finales del siglo XIX, despacha raciones de caracoles o sus famosos pajaritos (pan con sobrasada y huevo de codorniz). En el número 180 de la misma calle, el Café Glamour (16) está decorado como un salón vienés. Los amantes del rock tienen copas y tercios en el Balmoral (17) (Trinquete, 43), cuyo nombre homenajea el disco homónimo de Loquillo, compañero de mili del dueño. La última se sirve en la discoteca Mannix (18) (Maestro Polo, 4), de aroma añejo tras sus más de 50 años de existencia.

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