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Érase una vez Dublín...

La literatura es uno de los sellos de identidad de la capital de Irlanda, cuna de grandes autores cuya huella sigue muy presente en sus calles

Estatua de Oscar Wilde.
Estatua de Oscar Wilde.

Muy pocas ciudades en el mundo pueden lucir el título otorgado por la Unesco de “Ciudad Literaria”. Dublín es una de ellas. Se lo merece. Cuatro Nobel de literatura paisanos, dos museos dedicados a escritores en general, amén de casas o centros de autores en particular, estatuas confundidas entre los transeúntes, placas en fachadas o aceras, tours temáticos organizados, hasta pubs y tabernas chorreando literatura. Uno de ellos, el más moderno, es el bar de la fábrica de cerveza Guinness, la atracción más visitada de Dublín. Situado en la última planta, se abarca la ciudad entera a vista de pájaro, a través de grandes cristaleras; eso sí, en ellas hay grabadas frases de escritores. Toda una metáfora: contemplar Dublín a través, materialmente, de las palabras transparentes de sus grandes fabuladores. Y lo mejor, con una pinta de Guinness en la mano.

A un paso de esa ciudad dentro de la ciudad que es el complejo Guinness está el ombligo de Dublín. (En Dublín todo está a un paso. El tamaño no importa. Usamos microchismes capaces de contener una biblioteca o, sin ir más lejos: usamos, no siempre, el cerebro, esa esponja blanduzca que cabe en un cofre óseo de escasos centímetros, pero capaz de albergar mundos infinitos, y dioses eternos). El ombligo sagrado de Dublín es la catedral de San Patricio. Afuera, en los jardines, se puede contemplar una galería singular de efigies de escritores.

Dentro, en la nave derecha, está el cenotafio del que fuera deán de la catedral, Jonathan Swift. Al cual le sobraba tiempo para escribir, con ironía (o sea, con malas pulgas, un poco como nuestro Quevedo, aunque una generación posterior). La gente conoce bien sus Viajes de Gulliver, otra metáfora: al grande pueden derribarlo y amarrarlo enanos liliputienses. Pero tal vez su sátira genial sea Una modesta proposición, una propuesta “económica” para solucionar el problema de los campesinos que no tenían recursos para dar de comer a sus hijos pequeños; la solución, comerse a los hijos.

En cuanto salgamos a la calle nos vamos a topar de continuo con el escritor más difícil, James Joyce, el autor del Ulysses, obra cumbre del siglo XX que todos conocen y pocos han terminado de leer. Si es por casualidad el Bloomsday (el día del protagonista, Leopold Bloom, día que ocupa la novela entera) veremos por las calles figurantes de guardarropía, y en los menús de los restaurantes, riñones a la plancha para desayunar. Cualquier otro día del año podemos acudir al James Joyce Center, conversar con sus estatuas a pie de calle, seguir los episodios del libro en placas de bronce en las aceras. O mejor aún, hacer una excursión a la Torre Martello (donde se inicia el Ulysses), en Sandycove, junto al mar, a unos doce kilómetros del centro. La Torre es un lieu de mémoire joyceano y desde ella se abarca el paisaje luminoso de la Bahía de Dublín – y de camino, tal vez encontremos a Bono, de U2, haciendo running, tiene por allí su guarida, lo mismo que la cantante Enya.

MoLI
MoLI

El sitio para encontrar a todos los escritores juntos es el novísimo MoLI (Museum of Literature Ireland), inaugurado este 22 de septiembre y situado en un edificio histórico del parque St. Stephen’s Green. Un museo interactivo, de última generación, que hasta cuenta con emisora de radio propia. Hay otro Museo de los Escritores más veterano en la rive gauche del río Liffey. Entre ambos museos, o con ayuda de tours guiados, podemos seguir el rastro de los genios locales. De los más populares, como Oscar Wilde o Bernard Shaw, hay pocas pistas, porque hicieron su carrera en Inglaterra. De Oscar Wilde hay una estatua jocunda y colorida, en una esquina de Merrion Square (que es un parque); cruzando la calle, está la casa familiar, convertida en American College. De Bernard Shaw está su casa natal, con una placa, y un pub muy popular con su nombre, en una calle invadida de grafitis.

También hicieron parte de su carrera fuera el poeta (y ocultista) W. B. Yeats, a quien se recuerda en The Abbey Theatre, pues él fue uno de los fundadores, para renovar el género patrio; y el nobel Samuel Becket, a quien se recuerda en el cercano The Gate Theatre, y en un puente que lleva su nombre, próximo al puerto. Cerca también (en Dublín todo está cerca) de otro museo reciente, el EPIC, que recuerda en un tinglado portuario la epopeya, por no decir la manía, o la urgencia de los irlandeses (escritores incluidos) de emigrar de su tierra.

Dublín es un cerebro, ya lo decíamos, caben muchas cosas y enfoques. Pero sería incompleta esta pesquisa literaria sin atender a sitios como la National Gallery, el National Museum, el Trinity College (donde estudiaron muchos de los ilustres citados) o la anexa National Library, que además de sus bustos y obras alberga una joya única, el Book of Kells, códice ilustrado por monjes anónimos hacia el año 800, y algo así como el big bang de las letras irlandesas. También aloja pistas primerizas de la cultura celta, lo cual incluye la música. Esa música “celta” que supo renovar Luke Kelly, fundador del mítico grupo The Dubliners, lo cual le ha valido que le pongan, este mismo año, dos estatuas, así de golpe.

Alumnos del Trinity College.
Alumnos del Trinity College.

La mejor forma de acabar cualquier jornada dublinesa, por muy culta que se quiera, es acudir a un pub con música viva. Como hacían sin cortarse los escritores. The Brazen Head era el pub favorito de Jonathan Swift. Joyce era asiduo del Davy Byrne’s, y lo saca en el Ulysses. Al Toner’s iban Yeats y, antes, Bram Stocker, el autor de Drácula, amigo de Oscar Wilde y que como él (y por iguales causas), acabó pobre, enfermo y solo. El Neary’s era frecuentado por Brendan Beham, autor de la novela autobiográfica Borstal Boy, convertida en una emotiva película… Sería no parar, se acabaría antes la cerveza que el tropel de bebedores ilustres, en Dublín, contada y cantada…

The Long Hall Pub
The Long Hall Pub

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