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Guía para perderse en los míticos mares del sur

De las islas Cook a Vanuatu, pasando por la turística Tahití y Pitcairn, la del motín del 'Bounty', remotos paraísos insulares en el océano Pacífico para auténticos robinsones

Playa del atolón Nokanhui, en la Isla de los Pinos (Nueva Caledonia), en el Pacífico Sur.
Playa del atolón Nokanhui, en la Isla de los Pinos (Nueva Caledonia), en el Pacífico Sur. getty

De Aitutaki, en las islas Cook, a Vanuatu, el Pacífico Sur está salpicado por más de 25.000 islas, en su mayoría con nombres que suenan lejanos y exóticos (o, directamente, que no nos suenan de nada). Son los paraísos insulares que sedujeron a Robert Louis Stevenson, Daniel Defoe, Herman Melville o Paul Gauguin. Están lejos, muy lejos. Y aunque no resulta fácil (ni barato) llegar hasta ellas, ¿quién no ha soñado alguna vez con encontrar la isla de Robinson Crusoe?

1. Islas Cook, auténtico espíritu polinesio

Quince pedazos de tierra firme diseminados en dos millones de kilómetros cuadrados de océano. Las islas Cook son, a un tiempo, remotas y accesibles, modernas y tradicionales. En la de Rarotonga, capital de aire contemporáneo, se vive plenamente el siglo XXI —no faltan buenos restaurantes y cafés de moda—, pero más allá de los enclaves turísticos los valores tradicionales polinesios se conservan en todo el archipiélago.

Y es que participar de las tradiciones locales puede ser tan divertido como elaborar cerveza casera en un tumunu (club de bebedores de cerveza), explorar antiguos makatea (arrecifes de coral), contemplar los campos de taro (planta muy usada en la gastronomía local) en Mangaia o nadar en pozas subterráneas de Mitiaro y Mauke. También acudir al mercado de Punanga Nui, en Avarua, un sábado por la mañana, entre pareos de colores, ukekeles hechos a mano, maravillosa fruta fresca y deliciosas especialidades locales como el rukau (hojas de taro al vapor) o el ika mata (pescado crudo marinado).

Playa de la isla de Aitutaki, en las Islas Cook. ampliar foto
Playa de la isla de Aitutaki, en las Islas Cook.

Aituaki es la segunda isla más visitada de las Cook, y una de las más impresionantes del Pacífico Sur. Su laguna interior, jalonada por islitas desiertas y anchas playas de arena compone la imagen idílica que todos tenemos de los mares del sur. Atiu es la capital eco del archipiélago y un paraíso para naturalistas y aventureros; aquí se puede escoger entre un circuito de observación de aves extrañas o descender a las profundidades históricas y espirituales de la cueva de Anatakitaki y darse un chapuzón a la luz de las velas en una poza subterránea. Con sus cuatro motu (islotes), Muri es el lugar más bonito de la laguna que rodea la isla de Rarotonga: arenas blancas y aguas perfectas para nadar, practicar surf con remo o kite surf. Y en la costa norte, pecios bien conservados para el submarinismo, como el de SS Maitai. Otras zonas de buceo conocidas son Black Rock, en el norte; Sandriver y Matavera Wall, en la costa oriental, y los corredores de Avaavaroa, Papua y Rutaki del sur. Por último, Mangaia cuenta con la orografía más espectacular de las Islas Cook: un anillo coralino de dos niveles que oculta una enorme caldera volcánica sumergida a ambos lados del macizo de Rangimotia (169 metros). También es la isla más antigua del Pacífico, escarpada y con una densa vegetación que esconde las cuevas calizas que antaño sirvieron como enterramientos sagrados durante las luchas tribales.

Sendero hacia la cueva de Naihehe Cannibal, en el valle de Sigatoka, en la isla de Viti Levu (Fiyi). ampliar foto
Sendero hacia la cueva de Naihehe Cannibal, en el valle de Sigatoka, en la isla de Viti Levu (Fiyi). getty

2. Fiyi, surf y playas más accesibles

Es, probablemente, el destino más fácil para viajar al Pacífico Sur. Arenales ribeteados con palmeras, arrecifes llenos de peces y lugareños sonrientes: Fiyi es una visión del nirvana para los amantes de las playas. Solo hay que echar el bañador en la maleta y dejarse seducir por su belleza: con más de 300 islas para elegir, lo más complicado es decidir en qué playa extender la toalla.

Eso sí, más allá de la tumbona hay lugares sorprendentes para el senderismo y el surf. También para empaparse de la sociedad fiyiana, que se concentra mayoritariamente en dos centros urbanos de Viti Levu: Suva, la capital, de animada vida nocturna y aire más juvenil, y Lautoka, población portuaria que vive de las plantaciones de azúcar de caña de sus alrededores. En esta isla está también Navala, tal vez el mejor lugar para descubrir la auténtica y ancestral vida indígena, y último bastión de arquitectura tradicional del país: conserva 200 edificios con muros de bambú tejido, techos de paja y cuerdas de fibras de los bosques. Los visitantes son recibidos con una ceremonia kava y comida cocinada en un fuego abierto. Por último, las tierras altas de Namosi esconden escarpados cañones y espectaculares cortinas rocosas que componen el decorado perfecto para una travesía a remo a bordo de una balsa de bambú.

En las muchas islas restantes de este archipiélago, uno encuentra lugares tan curiosos como la cueva de Sawa-i-Lau, en una solitaria isla calcárea, que encierra un misterio: relieves, pinturas e inscripciones de edad y significado desconocido, así como una piscina natural bajo la bóveda de la cueva en la que se puede remar tranquilamente. Y, por supuesto, queda por conocer el salvaje oeste de Fiyi en Levuka, la antigua capital colonial y patrimonio mundial. Aquí no resulta difícil imaginar a marineros en el bullicio de sus coloridos locales de madera, que en otro tiempo albergaron tabernas y hoy son, sobre todo, tiendas de baratijas.

Acantilados Two Lovers Point, en la isla de Guam. ampliar foto
Acantilados Two Lovers Point, en la isla de Guam.

3. Guam, la base de la cultura chamorro

Como una de las últimas colonias del Imperio Español en el Pacífico (hasta finales del siglo XIX), fue una escala importante para los barcos que hacían la ruta entre Filipinas y Perú. Actualmente pertenece a Estados Unidos —la base militar Andersen ocupa el norte del territorio— y el idioma chamorro (de influencia española) se habla menos, pero el sur conserva un caleidoscopio rural de pueblos históricos, bellas cascadas e impolutas playas.

Guam es isla más poblada (y cosmopolita) de Micronesia, pero cuando el viajero se aleja de Tumon Bay —rutilante núcleo de alo­jamientos y tiendas duty free— se descubre que hay otra isla más auténtica. De hecho, existe la voluntad de las autoridades turísticas de recuperar la cultura chamorro, especial­mente en el aspecto gastronómico y en la conservación de los fascinantes relatos que persisten en muchos pueblos.

Entre los lugares por los que merece la pena viajar hasta Guam aparece la Punta Ritidian, una reserva nacional de fauna y flora al norte de la isla, cuyo mayor reclamo es su tentadora e impoluta playa: arena dorada, mar celeste y ondulantes palmeras en un marco idílico. Otro lugar muy visitado, sobre todo por americanos, es el parque histórico Nacional de la Guerra del Pacífico, que invita a una reflexión sobre la tur­bulenta ocupación de la isla durante la II Guerra Mundial, con antiguos campos de batalla convertidos en territorios históricos. La unidad de Asan Beach incluye el llamado Asan Point, un amplio y apacible parque costero que conserva armas, torpedos y monumentos. Y para los amantes de la diversión en el agua, las cataratas de Talofofo, una popular zona de baño y picnic rodeada por una bella cascada en dos niveles, con piscinas debajo de cada salto.

Panorámica de la Isla de Navidad, en Kiribati. ampliar foto
Panorámica de la Isla de Navidad, en Kiribati. getty

4. Kiribati, vida de náufrago

Representa una diminuta mota de tierra en el Pacífico (811 kilómetros cuadrados), pero sus 33 atolones se esparcen por un área de 3,5 millones de kilómetros cuadrados donde hallaremos la verdadera cultura de los mares del sur. Trazando una curva a ambos lados de la línea del Ecuador, la República de Kiribati engloba la isla Tarawa y los grupos de Gilbert y Ellice, Fénix y La Línea. Su reciente historia colonial apenas se refleja en las más alejadas, donde la población subsiste desde hace siglos a base de cocos, pescado y el fruto del árbol del pan. Incluso en la isla principal (Tarawa) la mayor parte de la población vive en cabañas tradicionales de paja. Las huellas de la II Guerra Mundial (Kiribati fue ocupada por los japoneses en 1942) son visibles en lugares como Betio (Tarawa Sur), isla que conserva una colección de cañones, búnkeres y una batería de artillería. En 1943, 20.000 marines desembarcaron en sus playas y expulsaron a las tropas japonesas, batalla que recuerdan un cementerio y un monumento conmemorativo.

Los turistas que llegan a Kiribati van sobre todo a la Isla de Navidad, paraíso para amantes del submarinismo y la pesca deportiva con interminables marismas repletas de enormes peces piedra. Pero si se busca una experiencia de un auténtico náufrago hay que poner rumbo a las Islas Gilbert exteriores, vírgenes y bastión de la vida tradicional kiribatiana, con apenas un puñado de camiones y motos. Aquí la población vive de la pesca y la venta de almejas y coco.

Submarinismo en Saipán, en las Islas Marianas. ampliar foto
Submarinismo en Saipán, en las Islas Marianas. getty

5. Islas Marianas, herencia hispana

Antigua posesión española en el Pacífico, las Islas Marianas acogen hoy turismo norteamericano, pero más allá de la isla principal (y los viajes organizados) es posible conocer una versión menos abarrotada de este paraíso de aguas turquesa y playas níveas. La joya del grupo es la hermosa Rota, isla de interior montañoso, pequeñas granjas, agua pura de manantial y ciervos. Y cada tarde, puestas de sol que incendian los cielos con un naranja intenso. Otro lugar con muchos visitantes, sobre todo budeadores, es La Gruta, una enorme caverna de piedra caliza submarina en Saipán, con una charca de agua de mar azul cobalto y tres corredores. Aunque una inmersión mejor aguarda en la isla de Mañagaha, con aguas claras y muchos peces tropicales de colores.

Para acercarse a la cultura local chamorra, de herencia prehispánica y española (su lengua incluye la ñ y un 50% de palabras de origen español), podemos ir a Tinián, un apacible pueblito a cinco kilómetros al sur de Saipán, con antiguas piedras latte (pilares coronados con capiteles de piedra semiesférica), fincas ganaderas y algunos edificios tan preciosos como deteriorados. Y una curiosidad final, la comida local mezcla platos españoles, filipinos y del Pacífico.

6. Islas Marshall, tiburones en el atolón

Atolones coralinos tan rodeados de mar tropical que en todo lugar y en todo momento se ve, se huele y se siente el agua y la brisa salina. Unas mil islas coralinas integran la República de las Islas Marshall, en cuyas estrechas franjas de tierra habitan los marshaleses, pescadores y navegantes expertos que llevan mucho tiempo viviendo del océano. Las caras de los nativos reflejan la historia de estas islas de la Micronesia, que durante un tiempo fueron también parte del Imperio Español, aunque nunca ejerció un poder muy activo y desde finales del siglo XVIII fueron ocupadas por británicos, rusos, alemanes, japoneses y estadounidenses. Hoy, los atolones más desarrollados reflejan todas estas influencias: tiendas de comestibles internacionales, restaurantes con recetas de diferentes países y hasta canchas de baloncesto.

El encanto de las Marshall reside en sus islas exteriores, que conservan el aire virginal de un paraíso en el Pacífico. Por ejemplo, Laura, en el extremo occidental del atolón Majuro, es famosa por sus playas tranquilas de arena blanca y sus aguas transparentes para bucear con tubo en el arrecife. O en el Atolón Arno, donde se practica la pesca de altura. En su día esta isla era famosa por su escuela del amor, donde se enseñaba a las jóvenes a perfeccionar sus técnicas sexuales. Pero si hay una isla famosa en las Marshall esa es el Atolón Bikini. Aquí se hizo explotar la primera bomba atómica en tiempos de paz, y actualmente es una de las principales zonas de buceo de la Micronesia; es un sitio magnífico para bucear con tiburones y no es raro verlos entre los pecios. Una de sus atracciones estelares es el Saratoga, el único portaviones del mundo donde se puede bucear y que aún conserva dispositivos para bombas.

Ruta en kayak en la isla de Yap (Micronesia). ampliar foto
Ruta en kayak en la isla de Yap (Micronesia). getty

7. Micronesia

Las antiguas Islas Carolinas españolas, lejos de todo y de acceso complicado, conforman hoy cuatro Estados —Kosrae, Pohnpei, Chuuk y Yap—  agrupados en la Federación de Estados de Micronesia, aunque sin vínculo alguno que ha permitido conservar sus diferentes estilos de vida. Kosrae es quizá la isla más bella. Un pueblo entregado a la religión (aquí los domingos cierra todo), cuyas ceremonias de animados cantos y bailes de ambiente isleño son el principal atractivo. El islote de Lelu conserva las ruinas de la ciudad amurallada construida por la realeza de Kosrae hace unos cinco siglos; ocultas tras la espesa vegetación, dejan entrever las moradas de los jefes, túmulos funerarios y complejos sagrados.

Pohnpei alberga misteriosas ruinas y mantiene también su sistema tradicional tribal. El rincón más curioso es el complejo de Nan Madol, la llamada Venecia de Micronesia, sobre la que se ha especulado de todo, hasta que la construyeron los extraterrestres. Leyendas aparte, sorprende las dimensiones del complejo compuesto por 92 islotes artificiales en las llanuras de marea y los arrecifes frente a la costa sureste de Pohnpei. Alrededor de ellos se dispusieron gruesos pilares de basalto como muros de contención, creando retorcidos canales, entre los que se distinguen templos, tumbas, centros de reunión y zonas de baño y estanques.

La isla de Yap es otro mundo: la diminuta capital, Colonia, se extiende en torno a la bahía de Chamorro con vistas al mar desde cualquier punto. Se puede caminar hasta las monedas de piedra gigantes que sirvieron en otros tiempos para medir la riqueza o visitar algunas aldeas con arte indígena.

8. Nauru, una isla a punto del colapso

A pesar de contar con buenos enclaves para nadar, bucear o contemplar la puesta de sol sobre los cocoteros en su costa, esta no es una isla turística. Pero quien llegue hasta ella se adentrará en un escalofriante paisaje de pináculos calizos deforestados a raíz de la explotación de fosfato. La riqueza que en su día generó la minería —en la década de 1980 Nauru tenía la segunda renta per cápita más alta del mundo— se agotó, llevando al país al borde del colapso. El turismo puede ayudar a su recuperación; aunque carece de buena hostelería y buen transporte, permite descubrir lugares curiosos, como las enormes grúas que en su día se levantaron para cargar los fosfatos en los barcos o la Command Ridge, la montaña desde donde se vigiló a Japón en los años cuarenta del siglo pasado y que conserva algunas armas oxidadas de la II Guerra Mundial.

Vista aérea del Corazón de Voh, en Nueva Caledonia. ampliar foto
Vista aérea del Corazón de Voh, en Nueva Caledonia.

9. Nueva Caledonia, Melanesia a la francesa

Elegancia europea, complejos turísticos, bungalós y un colorido mercado junto al muelle (donde comprar paté y aceitunas) aguardan en Nueva Caledonia, una versión de los mares del sur con un toque francés. Aquí se habla el idioma galo y en Numea, la capital, se puede disfrutar de comida gourmet bajo las palmeras. Pero más allá de eso, Nueva Caledonia es Pacífico Sur en estado puro. Visita obligada es el Corazón de Voh, un manglar con formaciones naturales poco corrientes y cuya llamativa forma de corazón vista desde el cielo compone una de las fotografías aéreas más famosas del mundo. Se trata de una laguna que en realidad es un agujero azul, rodeado de verde. Por toda la isla grande hay otras formaciones rocosas curiosas, muy visitadas por los turistas.

La costa norte es la parte más salvaje y sorprendente, con vegetación tropical, cascadas y acuíferos que bajan de las montañas al mar, mientras que la pequeña Isla de los Pinos es un lugar ideal para bucear o dejar que los peces tropicales se acerquen hasta la orilla en unas exquisitas aguas turquesas. Y en el extremo sur de la isla principal, nos propondrán todo tipo de aventuras, desde viajes en canoa a la luz de la luna por un bosque de kauris hasta visitar la antigua prisión colonial de Prony.

Vista aérea de las Islas Rocosas, en Palaos. ampliar foto
Vista aérea de las Islas Rocosas, en Palaos. getty

10. Palaos, maravillas naturales y recuerdos de guerra

Esta diminuta nación insular al oeste del Pacífico es uno de los destinos para bucear más espectaculares del mundo. Un archipiélago compuesto por 200 islas volcánicas y calcáreas repletas de maravillas naturales, cubiertas por una selva color esmeralda y sumergidas en una laguna turquesa. Por sus excelentes condiciones para el buceo y un paisaje marino difícil de superar, con fascinantes pecios y una fauna marina variadísima, se la conoce como el Serengueti submarino. También se pueden realizar travesías en kayak, adentrarse con todoterrenos por pistas sin asfaltar y visitar restos de la II Guerra Mundial, tanto en el interior selvático y como en museos en Koror, la mayor población de Palaos.

Tres lugares especiales que no habría que perderse son el Blue Corner, famoso por su abundancia de vida submarina y las formaciones de su arrecife; las Islas Rocosas, únicas en el mundo y el mayor reclamo turístico de Palaos (islotes calizos rodeados de aguas cristalinas turquesa), y la pequeña isla de coral de Peleliu, un lugar tan idílico que cuesta imaginarlo como escenario de una de las más sangrientas batallas de la II Guerra Mundial.

Una pareja de loris de Stephen, especie endémica de la isla Henderson, perteneciente a las Pitcairn. ampliar foto
Una pareja de loris de Stephen, especie endémica de la isla Henderson, perteneciente a las Pitcairn.

11. Pitcairn, las islas del motín

Claustrofóbica e interesante, esta isla pasa por ser el territorio más pequeño del mundo (4,5 kilómetros cuadrados de superficie) y uno de los más remotos. También es famosa por la célebre historia del Bounty y su motín, que dejó en la isla a unos cuantos náufragos que decidieron instalarse en ella (hoy se cree que unos 65 residentes descienden de los amotinados). Lo que no se suele destacar, sin embargo, es su increíble belleza natural: desde yermos acantilados hasta exuberantes laderas tropicales.

Para comer, beber y conocer a los isleños se puede ir al Christian’s Café. También subir por un precipicio hasta la cueva de Christian e imaginarse, al contemplar Adamstown, lo que debió sentir Fletcher Christian cuando se sentó allí hace cientos de años. Visitar la deshabitada isla Henderson, la más grande de las Pitcairn, permite observar cuatro especies endémicas de aves terrestres: por su estado virgen y su rara avifauna es patrimonio mundial.

Snorkel en la laguna de Marovo, en las Islas Salomón. ampliar foto
Snorkel en la laguna de Marovo, en las Islas Salomón. getty

12. Islas Salomón, apuesta ecoturista

Este grupo de islas volcánicas no son un destino de playa, resorts y animación nocturna. Al contrario, apuestan por el ecoturismo, pensiones tradicionales y alojamientos en la naturaleza. Emergiendo de un océano azul cobalto, ofrecen aventura y maravillas naturales a los amantes del aire libre: subir a un volcán (extinto), surfear con poca gente, bucear con tubo en arrecifes vírgenes o remar en kayak por una laguna.

Las Salomón cuentan con enclaves maravillosos como la laguna de Marovo, cercada por una doble barrera: hay fondos coralinos, playas cubiertas de cocoteros, aldeas tranquilas y sitios tambu (sagrados). En la isla de Kolombangara emerge un volcán de forma cónica perfecta y 1.770 metros de altura que se puede ascender y descender en un par de días. Los aficionados a la historia encontrarán vestigios japoneses de la II Guerra Mundial como Vila Point, y los buceadores pecios en las aguas de la isla de Tulagi como el USS Kanawha, petrolero de 150 metros de eslora que yace en posición vertical, y el USS AaronWard, un destructor famoso por su arsenal de armas pesadas (ambos a 45 y 65 metros, respectivamente, aptos solo para submarinistas experimentados), así como los Bonegi, dos cargueros japoneses hundidos frente a la costa el 13 de noviembre de 1942. Y, finalmente, la Isla Tetepare es un sueño para los ecoturistas. La Asociación de Descendientes de los Tetepare recibe a los visitantes en sus casas de hojas de palma y les ofrece actividades relacionadas con la naturaleza, como bucear con dugongos, avistar cocodrilos, observar aves y marcar tortugas.

13. Samoa, la isla de Stevenson

Los amantes de los viajes literarios conocen bien Samoa: refugio y paraíso personal de Robert Louis Stevenson. Su casa, Villa Vailima —pasó los últimos cuatro años de su vida en Upolu—, está a seis kilómetros de la capital, Apia, y ha sido convertida en un museo. Bien restaurada y conservada, guarda objetos curiosos como una piel de leona (trofeo de caza de aventuras anteriores) y la chimenea que el escritor mandó construir para que le recordara a su Escocia natal (y que nunca necesitó encender). Samoa es el corazón geográfico y cultural de Polinesia. Aunque la influencia de los misioneros del siglo XIX fue enorme, el país siguió fiel a Fa’a Samoa (estilo de vida samoano), con una de las sociedades más auténticas y tradicionales del Pacífico.

El icono de Samoa es la fosa de To Sua, una poza gigante con paredes de roca revestidas de vegetación entre las que se puede nadar tras bajar una empinada escala. Otro lugar increíble es la cueva de Dwarf, en Paia, un inquietante conducto de lava subterráneo que parece adentrarse en el centro de la tierra y se puede recorrer. El Cabo Mulinuu es el punto más occidental del país, y además de ser espectacular alberga yacimientos culturales y arqueológicos que nos remontan a enclaves sagrados y leyendas previas a la llegada del cristianismo. Y por supuesto, nada como escaparse a un lugar que parece fuera del mundo como las playas de Aleipata, en el extremo sureste de la isla de Upolu.

Senderista contemplando el monte Rotui, en la isla de Morea, en la Polinesia Francesa. ampliar foto
Senderista contemplando el monte Rotui, en la isla de Morea, en la Polinesia Francesa. getty

14. Tahití y la Polinesia Francesa

Son las islas más turísticas de los inabordables mares del sur. El nombre de Tahití, o el de Bora Bora, evocan a bailarinas con faltas de hojas y flores de hibisco en forma de collares o coronas. Y la realidad resulta idéntica. Las estrechas playas de arena blanca, rosa y negra son el preámbulo de lagunas increíbles. La mayoría de las islas altas están rodeadas por barreras de arrecife que forman piscinas naturales protegidas del color turquesa intenso. Hay peces, delfines, rayas, tiburones, tortugas y otras especies nadando entre estos jardines de coral perfectos para nadar y bucear.

Destino predilecto de lunas de miel, el país escode una gran diversidad insular, con auténticas maravillas, más allá de exóticos bungalós, los cócteles en la terraza y otros tópicos. Bora Bora es un anillo perfecto de islotes (motu) cubiertos de palmeras, que separan el azul intenso del océano de la paleta de turquesas de sus lagunas interiores. Senderismo, submarinismo y buceo son algunas de las opciones de aventura que ofrece. Moorea, de aspecto completamente diferente, presenta playas de coral pero también altas montañas y exuberantes paisajes verdes; el marco perfecto para una película de robinsones. En Huanine destaca, además de sus arenales, el relajado encanto polinesio y el predominio de propuestas de turismo sostenible (de ahí su creciente popularidad). Maupiti, una Bora Bora en miniatura pero sin aglomeraciones, anima a la pausa pero en hoteles íntimos y pensiones familiares. Y todavía quedan las Islas Marquesas, de picos volcánicos, gargantas profundas, cascadas majestuosas, bahías secretas y varios yacimientos anteriores a la colonización europea. Lo mejor es reservar plaza a bordo del crucero Aranui, barco de mercancías que navega entre las seis islas habitadas del archipiélago.

Sea cual sea la isla escogida, la Polinesia Francesa es una de las mejores zonas del mundo para avistar ballenas jorobadas, que migran a estas aguas entre julio y octubre para aparearse. Bajo el agua continúa el espectáculo: se puede bucear entre tiburones grises, mantas raya, delfines de nariz de botella y tiburones martillo, así como peces de arrecife, pargos y carángidos. Para ello hay que poner rumbo a Fakarava, uno de los atolones más espectaculares del archipiélago Tuamotu.

Una ballena jorobada y su cría en aguas de Tonga, un reino insular en el el Pacífico Sur. ampliar foto
Una ballena jorobada y su cría en aguas de Tonga, un reino insular en el el Pacífico Sur. getty

15. Tonga, un reino insular nunca colonizado

Exuberantes y rodeadas de arrecifes, estas islas no son un destino de moda, de ahí su encanto. Sin cruceros ni resorts de lujo, ajenas a la colonización turística, aquí la religión lo invade todo y no es preciso esforzarse por conocer la cultura local porque solo hay cultura local; basta desechar ideas preconcebidas y adaptarse al (lento) ritmo isleño para que Tonga sea una delicia. Vacaciones de sol y playa, un lugar para nadar con ballenas grises en aguas abrigadas por el arrecife donde se aparean, caminar por un bosque pluvial o recorrer las islas de Vavau y Haapai en un circuito guiado de kayak —resulta casi imposible llegar por otros medios– y bucear en sus aguas con ballenas jorobadas.

La parte más histórica se concentra en el trilito de Haamonga a Maui, equivalente a Stonehenge en el Pacífico Sur y uno de los monumentos más singulares de la antigua Polinesia: tres grandes piedras coralinas de unas 40 toneladas de peso formando una puerta trilítica. Nukualofa, en la isla de Tongatapu, es la sede del Gobierno y de la familia real, cuyo palacio, de 1867, no está abierto al público pero se ve bien desde la zona marítima. Otra escapada curiosa es la remota Niuafoou, atolón conocido como la isla de la Lata y es legendaria por su antiguo servicio postal: hasta la década de 1930, el correo se metía en latas de galletas selladas, se lanzaba por la borda desde los barcos y era recogido por un nadador de la isla (que falleció en acto de servicio tras el ataque de un tiburón). Las templadas aguas de Tonga, bordeadas por arrecifes coralinos, invitan al submarinismo en los taludes de la isla Eua, donde se encuentra la legendaria cueva conocida como la Catedral.

Vista aérea del atolón de Funafuti, en Tuvalu. ampliar foto
Vista aérea del atolón de Funafuti, en Tuvalu. getty

16. Tuvalu, paraíso amenazado

Al acercarse en avión aparece una deslumbrante mancha turquesa orlada de coral y tachonada por islotes con palmeras: un vulnerable paraíso en el Pacífico. Y es que la masa terrestre de Fongafale, isla principal de Tuvalu, es tan estrecha que cuando el avión se aproxima a la pista parece que va a caer al océano. Tuvalu es una nación de atolones amenazada por el calentamiento global y vaticinado aumento del nivel del mar. En los últimos años, las llamadas mareas rey han sido más altas que nunca, y si el océano continúa subiendo en sus costas este grupo de islas podría desaparecer (Nueva Zelanda acoge a 75 inmigrantes al año actualmente y ha prometido hacerlo con toda la población si llegara el caso).

Mientras tanto, se pueden descubrir un archipiélago casi desierto, con aguas claras e islotes cubiertos de palmeras en el Área de Conservación de Funafuti, adonde se llega cruzando la laguna en una travesía de media hora. Hay que visitar también el islote de Funafala, al sur, bordeado de playas con arena que parece talco y alojamientos sencillos junto al mar, y animarse a una sesión de fatele, la danza nacional. Tampoco faltan aquí reliquias de la II Guerra Mundial.

Al borde del cráter del volcán Yasur, en la isla de Tanna (Vanuatu). ampliar foto
Al borde del cráter del volcán Yasur, en la isla de Tanna (Vanuatu). getty

17. Vanuatu, los inventores del jumping

Los vanuatenses se toman la vida con tanta calma y tantas sonrisas que el viajero occidental termina cuestionándose por qué ha vivido siempre tan deprisa. Entre las casas de tejado de paja de las islas exteriores y los resorts de Éfaté y Santo, en Vanuatu aguardan algunas de las mejores experiencias del planeta. Como acampar cerca del monte Marum, un volcán activo rodeado de jungla en Ambrym, y ascender (con un guía) a su cima o al monte Benbow, su humeante gemelo. Bucear en Luganville (isla Espíritu Santo) entre los restos del naufragio de un transatlántico de lujo y el amplio catálogo de pecios estadounidenses fruto la II Guerra Mundial. Y, por supuesto, contemplar los saltos al vacío en la isla de Pentecostés, donde de abril a junio se celebra la temporada de naghol (salto al vacío), una especie de bunji autóctono que dio origen al fenómeno mundial del puénting. No hay que alarmarse al ver la altura desde la que se lanzan: hay varios niveles de dificultad, en función de los metros de vacío (y la valentía) que escojan los turistas.

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