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ESCAPADAS

Irlanda, un baño de verde

De la montaña de san Patricio al 'pub' del poeta Yeats y los imponentes acantilados de Sliabh Liag, una escenográfica ruta por los dominios de la pirata O’Malley rumbo a la costa noroeste irlandesa

La abadía de Kylemore, una construcción neogótica rodeada de jardines victorianos a orillas del lago de Connemara, al oeste de Irlanda. 
La abadía de Kylemore, una construcción neogótica rodeada de jardines victorianos a orillas del lago de Connemara, al oeste de Irlanda. 

Llueve en Dublín. A medida que el avión se acerca a tierra, el verde de los campos sustituye el gris plomizo de las nubes, compañeras de vuelo durante buena parte del trayecto. Este tiempo desapacible que en otra época del año pesaría como una losa, en pleno verano se convierte en una bendición. Viniendo del secarral, una dosis de verde intenso es un regalo para el alma. “Esto ha mejorado mucho”, dice el taxista en el trayecto de 15 kilómetros hasta el centro de Dublín. “Ahora llueve la mitad de lo que llovía antes. Nos ha tocado lo mejor del calentamiento global. Ahora ya no hay mejor sitio para vivir que Irlanda”. En tres frases el taxista condensa tres características de los irlandeses que acompañan todo el viaje: su simpatía, su sentido del humor y el amor por su país.

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Dublín es una de esas capitales que te atrapa. Lo suficientemente pequeña para que las piernas sean el único medio de transporte necesario para explorarla y lo suficientemente grande para que su cultura y su gastronomía te llene y su noche te pierda. Coqueta, moderna y acogedora, la ciudad invita a tomárselo con calma, desayunando en algunos de los cafés a orillas del río Liffey, deambulando entre millones de libros en la majestuosa biblioteca del Trinity College, admirando la solemne arquitectura de O’Connell Street, escuchando a los músicos callejeros en la calle de Grafton o apurando la noche entre pintas en el mítico barrio canalla de Temple Bar.

Hacia la montaña cónica

Aunque la tentación de quedarse en la ciudad más tiempo es grande, en esta ocasión el plan es perderse por acantilados, montañas y valles y contar cada uno de esos 40 tonos de verde que aseguran existen en esta isla. Buscar rincones y caminos poco explorados. Con 2.600 kilómetros recorriendo toda la costa oeste de Irlanda de punta a punta, The Wild Atlantic Way es una de las carreteras costeras más largas del mundo. Imposible recorrerla entera, así que nos dirigimos a los Northern Headlands, la región más septentrional frontera con Irlanda del Norte. Cada decisión implica una renuncia y en este caso supone dejar de lado uno de los high­lights del país, los famosos acantilados de Moher, y cambiarlos por los igualmente espectaculares y menos conocidos acantilados de Sliabh Liag. Con más de un millón y medio de visitantes al año, las posibilidades de capturar una foto en Moher sin un fondo de anoraks de colores chillones haciéndose selfis en sus cornisas es prácticamente nula. En Sliabh Liag, sin embargo, con un número de visitantes 10 veces menor, es posible asomarse al mar y contemplar la grandeza de sus paredes de roca negra desde sus 600 metros de altura (son los acantilados más altos de Irlanda) y ser parte de ese paisaje majestuoso.

Un puesto de bocadillos de langosta a los pies de los acantilados de Sliabh Liag. ampliar foto
Un puesto de bocadillos de langosta a los pies de los acantilados de Sliabh Liag.

El recorrido empieza dejando atrás Dublín y cruzando la isla de este a oeste hasta el condado de Mayo, a tres horas de carretera. La montaña cónica de Croagh Patrick se eleva en el horizonte. Es uno de los lugares más sagrados de Irlanda y el último domingo de julio se convierte en lugar de peregrinación para miles de personas que ascienden caminando, algunas descalzas, los 750 metros de altura hasta la cima donde san Patricio pasó 40 días ayunando. A pocos kilómetros de aquí espera la pintoresca ciudad de West­port, con sus casas de colores, la bella plaza Octogon y la torre del reloj, lugar de encuentro donde la puntualidad depende de la cara del reloj elegida (las cuatro marcan horas distintas).

Melodías nocturnas

En las calles del Westport alternan casas de té, tiendas de regalos y pubs. El aire tiene un aroma dulzón muy peculiar. Olor a pueblo y a tierra, aroma de turba, uno de los combustibles caseros más usados en Irlanda. Para completar la postal, el paseo arbolado a ambos lados del río Carrowbeg y los robustos puentes de piedra que lo cruzan dan pistas de por qué esta ciudad fue elegida por los irlandeses como su lugar preferido del país.

Este coqueto pueblo de apenas 6.000 habitantes fue creado en parte para alojar a los trabajadores de la impresionante mansión señorial de Westport House, cuyas majestuosas estancias se pueden visitar. En el sótano se encuentran las antiguas mazmorras del castillo de Grace O’Malley sobre el que se levantó la casa. Noble, pirata y guerrera, la fascinante mujer de melena pelirroja —apodada la reina pirata de Connaught— se convirtió en símbolo y estandarte de la resistencia irlandesa contra Inglaterra.

El pub Matt Molloy’s, en Westport. ampliar foto
El pub Matt Molloy’s, en Westport.

Cae la noche y la vida se traslada al pub. En el interior de Matt Molloy’s espera Irlanda en estado puro. “En este lugar no hay extraños, solo amigos a los que aún no has conocido”, reza un viejo cartel. Toda una declaración de principios. Mientras zarandea una pinta de Guinness, un simpático señor de mofletes colorados y gran sonrisa arranca a tocar canciones celtas con su gaita. El resto de parroquianos le acompaña cantando. El olor dulzón a cerveza y a madera, la algarabía del local abarrotado y la música transportan de golpe al corazón mismo de Irlanda. Unas pintas y unas animadas conversaciones con varios de esos “amigos por conocer” más tarde, no extraña que uno mismo se anime a entonar esas canciones. Canciones melancólicas que recuerdan la nostalgia de los emigrantes que tuvieron que abandonar la isla verde, pero también temas alegres que invitan a cantar a viva voz formando un coro espontáneo al que todos, hasta los recién llegados, estamos invitados.

Una de las estancias de la abadía de Kylemore. ampliar foto
Una de las estancias de la abadía de Kylemore.

Amor y turberas

A la mañana siguiente, el camino sigue hasta la abadía de Kylemore, en el condado de Galway. Construida a las orillas del lago de Connemara, flanqueada por montañas y jardines victorianos, la mansión neogótica fue un regalo de amor del terrateniente ilustrado Mitchell Henry a su esposa, Margaret. Una historia que se volvió tragedia al poco de terminarse el edificio con la repentina muerte de Margaret primero y de la hija menor de ambos después. El marido, roto de dolor, abandonó para siempre las tierras de Connemara y más tarde el edificio pasó a convertirse en abadía regentada por las monjas benedictinas. Todo un drama que se supera con un desayuno reparador de scones, nata y mermelada en el café de la abadía.

Unos kilómetros más adelante, en el fiordo de Killary, un perfecto espejo líquido refleja las montañas en sus aguas serenas. Luego aparecen las turberas, antiguos terrenos pantanosos transformados por la putrefacción de miles de años en carbón vegetal. Un hombre corta con una afilada pala secciones del terreno húmedo. Los trozos cortados se dejan secar al aire libre para recogerlos luego convertidos en combustible para la chimenea. Pero las turberas, de donde se sacan más de tres millones de toneladas de turba al año, tienen sus días contados. Menos ecológicas que el carbón por su alta producción de gases de efecto invernadero, las 45 que aún están en activo serán clausuradas en los próximos años.

Ovejas en la granja de Glen Keen, en Louisburgh. ampliar foto
Ovejas en la granja de Glen Keen, en Louisburgh.

Momento oveja

El camino sigue por carreteras estrechas apenas transitadas donde las únicas miradas son las de las ovejas que pastan a ambos lados y que se plantan en medio de la carretera como si quisieran dejar claro quién es el forastero en este territorio (no en vano son más de tres millones y medio de ellas en Irlanda). En granjas como la de Glen Keen es posible ver demostraciones de pastoreo en las que border collies separan con gran precisión grupos de ovejas en distintos rediles. En otoño este es precisamente el trabajo de estos perros, que suben al monte a recoger a su rebaño mezclado con las ovejas de varias granjas en el monte.

El condado de Donegal

Por el río Eske navega una trainera en dirección a la bahía de Donegal. Los rayos oblicuos del sol se filtran entre las nubes y abren la tarde tiñendo de naranja las lápidas y restos de piedra del cementerio. A lo largo del viaje serán muchos los camposantos que uno encuentra ubicados en los mejores lugares. Mientras en otros países se entierra a los muertos en lugares anodinos, los irlandeses entienden que aquí los paisajes son parte de la vida y también de la muerte. La mejor manera para alcanzar la paz eterna es tener vistas.

Dos bares en la ciudad irlandesa de Donegal. ampliar foto
Dos bares en la ciudad irlandesa de Donegal.

Palabra de Yeats

La próxima parada es el pueblo de Sligo, lugar de peregrinación para los amantes del genial poeta William Butler Yeats (1865-1939), uno de los cuatro magníficos de las letras irlandesas que recibieron el Nobel de Literatura (él lo ganó en 1923). La fachada de una casa cubierta con un mural con su cara avisa de que aquí el recuerdo del poeta está aún muy vivo. Como también lo está en el Hargadons Pub, el templo agnóstico de Yeats donde la cerveza negra se marida con sus poemas. En 2015, cuando se cumplió el 150º aniversario de su nacimiento, se leyó aquí un poema de Yeats cada día del año. En el cementerio de Drumcliff, a pocos kilómetros de Sligo, se encuentra su tumba. Como no podía ser de otra forma en el caso del poeta de los paisajes, se trata de una tumba con vistas, situada en las faldas de la montaña de Ben Bulben, que se erige en el horizonte como si fuera un altar de piedra. En su modesta lápida uno de sus versos le sirve de epitafio: “Vuelve los ojos fríos a la muerte, a la vida. No te detengas, jinete”. De forma mucho más prosaica —y sin caballo—, yo tampoco me detengo y continúo rumbo a los acantilados de Sliabh Liag siguiendo el cartel con un zigzag en color azul que indica The Wild Atlantic Way.

Dos perritos en una casa de la localidad de Letterkenny. ampliar foto
Dos perritos en una casa de la localidad de Letterkenny.

Roca granítica

La carretera se va haciendo más dramática a medida que uno se acerca a la línea de costa. Paisajes evocadores y épicos que han enamorado a urbanitas como Sarah Jessica Parker y su marido, Matthew Broderick, con casa de verano en Kilcar, en el condado de Donegal. Inútil preguntar dónde está su propiedad porque nadie del pueblo revela su ubicación. Dicen que quieren proteger la intimidad de la famosa pareja, pero se intuye que lo que de verdad están protegiendo es la suya propia. Demasiado felices con su localidad tal y como ha sido siempre como para arriesgar que cambie.

El clima típicamente incierto de la isla alterna momentos de sol intenso con nubarrones amenazantes. A punto de comenzar la subida por los senderos recientemente acondicionados hasta el punto más alto de los acantilados se desata la tormenta. Muchos se dan la vuelta. Solo cinco personas siguen subiendo la ladera empujados por la fe de que ese cielo cubierto vuelva a regalar un resquicio. Arriba llega el deseado premio, el cielo se abre y la bruma se disipa ofreciendo un espectáculo majestuoso de roca granítica, laderas escarpadas y hasta una inesperada cala de piedra blanca 600 metros más abajo, que saca los colores (verdes por supuesto) a las oscuras aguas del Atlántico.

La costa de la península irlandesa de Fanad. ampliar foto
La costa de la península irlandesa de Fanad.

El valle de los cisnes

La ruta avanza hacia Ardara, uno de los pueblos con más encanto del condado de Donegal y famoso por sus pequeños negocios textiles donde se teje de forma artesanal el famoso tweed irlandés. Si el pueblo es bonito, casi lo es más la ruta hasta llegar allí: 25 kilómetros de una estrecha carretera que cruza el impresionante Glengesh (el valle de los cisnes). Cerca se sitúa también la playa casi virgen de Maghera Strand, con cuevas que aparecen cuando se retira la marea y las espectaculares cataratas de Assaranca. Es hora de recargar baterías y ningún sitio mejor que el Nancy’s Pub, en Ardara, lo más parecido a adentrarte en el comedor de tu abuela, en esta antigua casa reconvertida en bar y con habitaciones repletas de porcelanas y objetos antiguos, tal y como los dejó Nancy, la dueña de este local abierto hace dos siglos. Hoy, Ann y Charles McHugh y cinco de sus siete hijos siguen al frente de este maravilloso pub en el que nada ha cambiado desde los tiempos de su tatarabuela Nancy. Después de unos mejillones al vapor y un delicioso fish chowder (sopa cremosa de pescado), estamos listos para seguir hasta el destino final de este viaje, situado en el punto más occidental de la península de Fanad. Allí, entre el lago Swilly y la bahía de Mulroy se levanta el faro de Fanad Head. La H mayúscula del helipuerto recibe al visitante mientras camina hacia la baliza al borde de los acantilados. Hoy ya no hay farero, pero uno puede revivir el espíritu del enclave quedándose a dormir en las habitaciones del faro y desayunando en la terraza armado con prismáticos para avistar ballenas, delfines y focas. Las antiguas banderas náuticas para describir emergencias y los viejos artilugios de control recuerdan otros tiempos en los que este faro era la diferencia entre la vida y la muerte para los barcos que en medio de feroces tormentas se acercaban peligrosamente a estas costas. Bordeando la península por su lado oriental camino de Letterkenny, una última parada para ver desde lo alto la espectacular bahía de Ballymastocker.

El faro de Fanad Head. ampliar foto
El faro de Fanad Head.

Vuelta a Dublín

Iniciado el camino de vuelta a Dublín para coger el avión de regreso, es difícil resistirse a las invitaciones que aparecen a lo largo de la ruta. Es imposible no parar en el asentamiento del siglo V de Monasterboice (o Mainistir Bhuithe), con su monumental cruz de Muiredach, quizás la más importante del mundo celta. Un poco más al sur, un desvío lleva al sobrecogedor túmulo funerario de Newgrange, 500 años anterior a las pirámides de Egipto. Si pierdo el avión siempre puedo quedarme otra noche en Dublín, donde en cada pub esperan muchos amigos aún por conocer.

Guía

  • Westport House, la visita a la mansión y los jardines cuesta 13,50 euros (westporthouse.ie)

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