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ESCAPADAS

Tartu, pulsión creativa

Su universidad, fundada en el siglo XVII, ha convertido esta ciudad en el epicentro cultural de Estonia y en uno de los enclaves más atractivos del Báltico

La fuente de la plaza del Ayuntamiento de Tartu (Estonia). Ampliar foto
La fuente de la plaza del Ayuntamiento de Tartu (Estonia). age

En los cafés que circundan la Universidad de Tartu, grupos de estudiantes de todas las procedencias charlan animadamente en los más variados idiomas a la vez que toman bollos: de los 93.000 habitantes de la ciudad estonia, un 20% son estudiantes, y entre ellos, un 10% son extranjeros. Este ambiente estudiantil y cosmopolita le da alegría a una población que no es solo la segunda del país tras la capital, Tallin —a unos 200 kilómetros al noroeste—, sino mucho más. Una ciudad, por ejemplo, que reivindica el título de asentamiento perenne más antiguo del Báltico. Se fundó en el siglo VII, y existen menciones escritas de ella desde 1030, cuando la conquistó el rey ucranio Yaroslav I el Sabio.

Es, asimismo, el centro de la cultura y la lengua de Estonia, donde mejor resistieron en los duros tiempos de los avasallamientos por potencias foráneas: es aquí donde nacieron la primera imprenta, el primer periódico, la primera biblioteca. Y es también, gracias al impulso de las cofradías universitarias, el baluarte del nacionalismo estonio: aquí se firmó en 1920 el tratado que reconocía, tras dos años de guerra, la primera independencia del país de lo que estaba a punto de transformarse en el imperio soviético. La enorme mesa en la que se firmó el texto se puede ver todavía en el Museo de la Historia de la Ciudad, así como documentos fotográficos de la ceremonia. Y Tartu es, por último, uno de los sitios más atractivos y desconocidos del Báltico.

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Empecemos la visita por el centro neurálgico de la ciudad: la plaza Raekoja o plaza del Ayuntamiento, bordeada por una armoniosa hilera de fachadas neoclásicas. El edificio municipal actual, también neoclásico, el tercero en este mismo emplazamiento, se erigió a finales del siglo XVIII por un arquitecto alemán inspirado por los ayuntamientos holandeses. Justo delante del Consistorio, una pequeña estatua en medio de una fuente de una pareja de estudiantes besándose, que data de 1998, se ha convertido en el símbolo de Tartu.

Casi al lado, andando se llega al edificio de la Universidad, con su imponente fachada de 28 columnas jónicas. Es una de las más antiguas del norte de Europa: la fundó en 1632 el rey sueco Gustavo Adolfo II sobre el modelo de la Universidad de Uppsala. Inicialmente destinada a formar funcionarios, se convirtió rápidamente en referencia internacional en las disciplinas científicas y médicas. Cambió muchas veces de manos a lo largo de los siglos, a merced de la historia turbulenta de un país donde pasaron, y pelearon, suecos, alemanes, rusos, polacos, y donde se enfrentaron luteranos, ortodoxos, católicos. La lengua de enseñanza, inicialmente el latín, se modificó conforme cambiaba el poder dominante. Hasta que adoptara, a partir de la efímera independencia que duró de 1920 a 1940, el estonio —un idioma próximo al finlandés—, en cuyo resurgimiento jugó un papel fundamental.

El edificio principal de la Universidad de Tartu (Estonia). ampliar foto
El edificio principal de la Universidad de Tartu (Estonia). alamy

El cerro de Toome

El edificio de la universidad está al pie del cerro de Toome. Es en este sitio estratégico donde se instalaron los primeros moradores de Tartu. El cerro, inicialmente sede de un castillo en torno al cual residían los nobles, también cambió muchas veces de manos. Allí se erigió, en el siglo XIII, una imponente catedral cuyas ruinas, bien conservadas, se pueden visitar. El cerro entero pasó a ser, a principios del siglo XIX, propiedad de la tentacular universidad, que trasladó allí su librería y, posteriormente, instaló un museo que describe sus aportaciones a la historia de las ciencia. Hoy, Toome es uno de los sitios más pintorescos de Tartu, donde las bonitas casas de madera lindan con aulas y facultades. También se puede visitar aquí el observatorio, con un espec­tacular telescopio, que relata la historia de la astronomía y la conquista del espacio.

En la iglesia de San Juan hay un millar de figuras de terracota que representan personajes de la vida local

Al volver hacia el centro, el visitante podrá deambular por el apacible casco antiguo, donde edificios neoclásicos y modernistas coexisten en armonía. Se agrupa en torno a la iglesia de San Juan, construida en el siglo XIV con ladrillos rojos y famosa por sus múltiples figuras de terracota, que representan supuestamente personajes de la ciudad. Se cree que había inicialmente unas 2.000, de las cuales en torno a la mitad se han conservado.

Tartu abunda en museos varios. Pero si hay uno cuya visita es imprescindible, es, sin duda, el Estonian National Museum, al otro lado del río Emajõgi. Renovado por completo en 2016, exhibe instalaciones ultramodernas y en él abundan las pantallas digitales: muestran, por ejemplo, el trazado en tiempo real de los tuits enviados en todo el país y los movimientos de población en Estonia en un año dado sobre la base de los mensajes de los móviles. Las salas, por las que desfilan sin cesar grupos de colegiales, empiezan con el presente y las perspectivas de futuro del país, antes de retroceder progresivamente a través de los siglos. Con un marcado sesgo nacionalista, el mensaje que subyace es el de un lugar que vive estos últimos años, tras el torpor de la época soviética, una explosión de creatividad e innovación, centrada en la digitalización, un sector en el que Estonia es efectivamente pionera. El museo glosa ampliamente el balance en esta materia: aquí, el voto se realiza por Internet desde 2007, como el 94% de las declaraciones del IRPF y el 99% de las transacciones bancarias, mientras los Consejos de Ministros se realizan sin un solo papel sobre la mesa.

Y en esta aventura digital futurista, la universidad que fundó en Tartu hace casi cuatro siglos un rey sueco está jugando, como a lo largo de los siglos, su papel dinamizador.

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