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FUERA DE RUTA

Felicidad en el cielo de la Capadocia

Conos de piedra caliza perforados, ciudades subterráneas y cuevas. Una mañana en globo para maravillarse con la singular orografía de la región turca

Globos al amanecer sobrevolando los valles de Göreme, en la Capadocia (Turquía). Ampliar foto
Globos al amanecer sobrevolando los valles de Göreme, en la Capadocia (Turquía). getty images

Los globos tienen algo literario porque nunca viajan en ellos otros, sino nuestra fantasía, y cuando es uno mismo quien se monta en un aerostato se produce algo perfecto y rotundo como su forma, casi una levitación largo tiempo anticipada. ¿Quién no ha soñado con volar, aunque sea en lo onírico? ¿Y qué modo puede haber más majestuoso, sereno, contemplativo que en el ingenio de los Montgolfier? Borges cumplió este anhelo ya mayor, en un vuelo en el valle de Napa (California). Tras aquello escribió: “Si alguien ignora la peculiar felicidad de un paseo en globo, es difícil que yo pueda explicársela. He pronunciado la palabra felicidad; creo que es la más adecuada”.

Cinco semanas en globo (1863) es la novela que, sobrevolando África, urdió Julio Verne desde París. Hay vuelos que son mixtificaciones, como mostrara Poe en su relato El camelo del globo, donde escribió que desde las alturas el mar no parece convexo, como podría esperarse de la superficie curva del planeta, sino cóncavo. La óptica parece refrendarlo. Yo, al menos, no hallé motivos para contradecirlo en mi viaje no apócrifo. Fue en la región turca de Capadocia, probablemente la mejor para ello.

Usamos como base el hotel Exedra en Ortahisar, muy cerca de Ürgüp, Göreme y Uchisar, localidades que balizan una comarca que es el centro de esta actividad y donde se reúnen muchos de los atractivos de la zona, que incluyen el Museo al Aire Libre de Göreme, con sus iglesias excavadas en la roca y sus abundantes frescos. Por todas partes hay aquí conos de piedra caliza perforados con forma de caperuzas, ciudades subterráneas que habitaron los primitivos cristianos, pueblos que trepan por las laderas y que, como el alojamiento, están llenos de cuevas y desniveles.

Cuando cae la noche, los agentes de las compañías aerostáticas hacen la ronda de los hoteles a los que han ido llegando los turistas, casi todos desde el aeropuerto de Kayseri — unos 80 kilómetros al este de Ortahisar—. Traen ya las listas de los pasajeros que han contratado el vuelo a la mañana siguiente y les van haciendo soltar el lastre del dinero, ya sea en metálico, ya mediante tarjeta de crédito. Hay que pagar 10 euros más por persona al abonar el importe al contado, cuando ya el precio es elevado como un globo que haya remontado vuelo (son unos 160 euros por cabeza).

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Hora de volar

No ha amanecido cuando a las 4.30 las furgonetas recogen al adormilado pasaje y por calles, carreteras y trochas conducen a los campos donde ya ha comenzado la tarea cotidiana de aparejar los globos, aún desinflados, vacías sus barquillas y con unos grandes aparatos que, acompañados de llamaradas, insuflan aire; inspiran a las poéticas semiesferas de tela que poco a poco se van hinchando en competencia con ese otro globo, el Sol, que aún tardará un rato en surcar el cielo.

Hay algo de demiurgos en los tipos que realizan la operación, con esos ventiladores o más bien sopletes de gran talla con los que sueldan la realidad a los sueños y así consiguen que los aerostatos estén poco después listos para el abordaje. Los pasajeros, una veintena por globo, asisten a la construcción de la nave y a su botadura. En este secarral avista unos cinco o seis, pero en las parcelas próximas hay toda una profusión de ellos que recuerda a la flota innúmera del desembarco de Normandía, aunque aquí por el cielo. Llegada la hora H, un globo sube y, un par de minutos después, otro, y luego otro más. La tela del firmamento se va haciendo un acerico, pronto atravesado por estas cabezas de alfiler, peonzas que se olvidan de girar. Pese a la impaciencia por ser los primeros, conviene quizá formar parte del pelotón; de otra manera, el recorrido se torna insípido, lejos de los otros globos, convertidos en lejanos puntos. Le entra a uno complejo de ave expulsada de la bandada, bien que disfruta más del espacio abierto.

Se pasa sobre las llamadas chimeneas de hadas y formaciones rocosas, se divisa el volcán Erciyes, que domina la región. Se ven viñedos con parras que cuando dan la cosecha también ofrecen sus racimos de globos a diminuta escala. En cierto momento se deja atrás una prisión desde cuyas celdas verán los reclusos la aérea libertad que ellos no tienen.

Guía

Impresiona el silencio a esa hora del incipiente día, solo interrumpido de vez en cuando por el bramar del gas que, manejado por el piloto, hace sus maniobras por el interior de esa otra bóveda celeste: el interior del globo. También algún perro desde alguna casa o camino dice estas fauces son mías y eleva unos ladridos que llegan con la fiereza embotados hasta nosotros, desplazándonos por encima de la singular orografía capadocia.

Para aterrizar, se elige un descampado junto a una carretera, donde se sitúa el remolque. Allí deposita la pericia del piloto la barquilla, en una operación en la que cooperan los viajeros, tirando en la dirección que se les indica. Luego brindamos con champán. También sus burbujas emulan a los globos.

Antonio Rivero Taravillo es autor de la novela ‘El ausente’ (La Esfera).

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