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Noche en el Amazonas

El actor y escritor Sergio Villanueva nos cuenta su viaje y aventuras por la brasileña Manaos

El actor y escritor Sergio Villanueva. Ampliar foto
El actor y escritor Sergio Villanueva.

Se siente como pez en el agua tanto escribiendo como actuando. Acaba de publicar la novela El secreto de los nocturnos (Ediciones B), aunque en esta ocasión Sergio Villanueva nos cuenta el viaje a Manaos (Brasil) que le inspiró otra narración, Laberinto de celuloides (Alupa Editorial).

¿Qué le llevó a esa región?

El rodaje de La selva, de Leonel Vieira. Era una coproducción de Portugal, Brasil y España. Rodamos literalmente en medio de la jungla.

¿Y vivían en ella?

No, dormíamos en el hotel Tropical de Manaos, y cada día nos recogían para acompañarnos a las localizaciones. Para llegar hasta ellas navegábamos en lanchas por el río Negro. La película era un wéstern amazónico sobre los empresarios del caucho de finales del siglo XIX.

Me recuerda a la película Fitzcarraldo, de Werner Herzog…

Ambas están ambientadas en esa época y lugar. Y en Manaos aún funciona el teatro Amazonas, cuya construcción recrea Herzog. Lo encargaron para que el tenor Caruso fuese a cantar y está hecho a imagen de los teatros de la Italia del XIX.

Resúmame Manaos.

Allí se juntan el río Negro con el Solimões. Ese encuentro da lugar al río Amazonas, por eso la ciudad es un puerto fluvial importante. Su ambiente es también un poco canalla, muy portuario. Tiene una zona que parece Hong Kong, con un entramado de callejuelas donde se come pescado en unos puestecitos y venden artesanía. Todo huele a pescado y a petróleo.

¿La selva también está concurrida?

Apenas vive gente por allí. De vez en cuando nos topábamos con un poblado de caboclos, indígenas que están muy conectados con la ciudad. Sí había yacarés (caimanes) y pirañas. No podíamos ir a nuestro aire porque era peligroso, especialmente en los rodajes nocturnos; usábamos generadores para iluminar y nos acompañaban militares con machetes. Vi cómo mataron a una serpiente a la que llaman “la dos minutos” porque ese es el tiempo máximo para que te neutralice el veneno tras su picadura.

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