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En la playa del hombre-lapa

El atardecer es la hora mágica del arenal de Lapamán, cuando el sol se esconde por la isla de Ons, que protege la ría de Pontevedra

Puesta de sol, el pasado lunes 24 de junio, en la playa de Lapamán, en Bueu (Pontevedra). Ampliar foto
Puesta de sol, el pasado lunes 24 de junio, en la playa de Lapamán, en Bueu (Pontevedra).

Sobre la línea del horizonte emerge, como un gigantesco lagarto dormido, la isla de Ons para marcar el tiempo con la sosegada cadencia de un enorme reloj de sol. Desde la cresta del acantilado, su faro emite cada atardecer los primeros destellos que guían a los barcos de bajura y señalan el final del día en la playa de Lapamán, como si de un código morse se tratase. Es hora de que los niños se vayan recogiendo.

Ons protege la ría de Pontevedra de los temporales oceánicos al tiempo que se despliega como un atlas para enseñarnos geografía. Gracias a ella aprendimos a distinguir entre solsticios y equinoccios. En la noche de San Juan, el sol se pone entre Punta do Centolo y Cabicastro, a estribor de la isla, con el punto de fuga en el mar abierto. Entre julio y agosto va cabalgando lentamente entre ocasos de derecha a izquierda, unas veces a los lomos de la isla y otras hundiéndose en la inmensidad del océano. Cuando en septiembre el color tintado de las uvas caíñas marca el fin del verano, el sol ya se recuesta hacia la península del Morrazo, cubriendo de sombras de otoño la bahía de Beluso.

En Lapamán la medida del tiempo siempre ha sido algo relativo, especialmente en la ya lejana infancia de eternos estíos. Entonces aún vivía un viejo marinero de chalana y redes clandestinas. Castor surgía tras unas rocas bogando al atardecer, cuando el faro emitía sus primeros destellos, y los chavales que aún quedábamos en la playa salíamos corriendo a echarle una mano. Se calaba la boina tras echar pie a tierra; clavaba en la arena mojada el rizón de la barca, donde amarraba un extremo del aparejo que había soltado en semicírculo sobre el agua, y a unos 20 metros colocaba otro cabo del que tirábamos los chavales para traer a tierra la pesca. Si había un buen lance, podía recoger unas sepias o unos lenguados que vendería de puerta en puerta. Pero cuando el olfato de Castor detectaba un banco de chinchos, los chavales teníamos derecho a un quiñón, un cupo que llevábamos orgullosos a nuestras casas ya de anochecida. Es el pescado predilecto de los turistas que se acercan a las Rías Baixas. En el argot de la zona comenzaron a ser llamados los “­jodechinchos”.

Navegando frente a la isla de Ons, en la provincia de Pontevedra. ampliar foto
Navegando frente a la isla de Ons, en la provincia de Pontevedra. getty

Tres pinchos

La rapeta (la red de Castor) solo tenía un defecto, la gran cantidad de fanecas bravas que dejaba en la orilla. Se enterraban con la marea baja y ahí quedaban agazapadas, respirando del agua que se filtraba entre la arena mojada, a la espera de que la pleamar las liberase, siempre con sus tres pinchos en forma de cuchillas asomando en el lomo. Al día siguiente harían estragos entre los bañistas. Inoculan un veneno tan inofensivo como doloroso que ha hecho llorar a niños y a adultos. Puede que sea un modo de autodefensa de la propia playa ante el aluvión de turistas. La solución era un calzado de goma ideado para tal fin y que bautizamos con el nombre de “fanequeras”. La hombría se medía entonces por el arrojo de bañarse o pasear por la orilla descalzo, sin protección alguna.

Cuando hay luna llena y se alinean los astros, la bajamar deja al descubierto un caminito de arena blanca por el que se llega a un islote, Illa do Santo. De niños buscábamos en el paseo que se abría entre las aguas, como si fuese el paisaje bíblico del mar Rojo, la estela de tinta negra de un choco que huía de nuestros ganapanes o los movimientos de los camarones y los lorchos entre las pozas aisladas de agua salada.

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Con la adolescencia el paseo se convertía ya en ruta de enamorados. En el acantilado exterior del islote, ocultos de las miradas desde la playa, nos distraíamos con caricias inocentes hasta que subía la marea. Fantaseábamos entonces que estábamos atrapados en una isla desierta, aislados del continente hasta la siguiente marea. Amores con cercos de sabor a salitre en la piel.

Por fortuna, aún hoy, a pesar de su masificación en los días centrales del verano, Lapamán sigue conservando la misma estampa de principios de los setenta, cuando la empezamos a colonizar. Una impresionante masa forestal la mantiene a resguardo de miradas ajenas. Las copas de los gigantescos tilos, castaños y abedules se volvían palmeras de una playa caribeña mecidas por el viento cuando las contemplábamos desde las colchonetas con las que desafiábamos las olas.

Guía

La playa de Lapamán pertenece al municipio de Bueu y se sitúa en la península del Morrazo, a 20 minutos en coche desde Pontevedra. 

Oficina de turismo de Rías Baixas.

Turismo de Galicia.

En sus costados, unas rocas en forma de acantilados infranqueables y cubiertas de lapas marcan el perímetro de la playa. Jugábamos a creer que el nombre de Lapamán se lo habían puesto por esos moluscos que utilizábamos para pescar lorchos. En la época de Superman y Spiderman, nadie como Lapamán, el hombre-lapa, que habitaba en la gruta angosta abierta por la erosión del oleaje en las llamadas rocas de Picó.

Si después de leer este relato desean ir, esperen al atardecer. El sol se pondrá sobre el horizonte y el código morse del faro de Ons irá vaciando la playa de sombrillas y toallas. Pidan entonces una cerveza bien fría en el chiringuito de Amelia. Si tienen suerte y hay una atmósfera limpia por la brisa del sur, podrán brindar al trasluz de los últimos rayos del día. Y quizá puedan ver también cómo por la derecha, desde las rocas, surge la gamela a remos de Castor, con la boina calada, la rapeta en la popa y oteando la superficie del mar en busca de un banco de chinchos.

Xabier Fortes es director y presentador de Los desayunos de TVE.

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