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Benicasim, un clásico en cualquier época del año

Un arroz con vistas, un paseo en bicicleta, un concierto al aire libre. Bienvenidos a una ciudad con playa que se disfruta de enero a diciembre

En julio llegan los "fibers" (en la imagen), pero julio ofrece el Festival de Blues y, agosto, el Rototom. Ampliar foto
En julio llegan los "fibers" (en la imagen), pero julio ofrece el Festival de Blues y, agosto, el Rototom. FIB

Cuentan las crónicas que además de festivales, paellas y naranjales, Benicasim tiene algo especial que ha atraído a monjes, corsarios, brigadistas internacionales y escritores durante siglos. Se dice que Ernest Hemingway y la corresponsal de guerra estadounidense Martha Gellhorn compartieron una apasionada historia de amor, sol y arena en una de las lujosas villas de esta ciudad. Una ciudad donde se brinda con moscatel o licor carmelitano, que empezaron a destilar los monjes de un monasterio escondido en el interior de la comarca. Con un clima 100% mediterráneo y temperatura agradable de enero a diciembre, Benicasim es un clásico en cualquier época del año para visitar en familia, con amigos o en solitario.

Cinco banderas azules

Si ya tiene mérito que la provincia de Castellón haya conseguido 33 banderas azules en su costa, todavía es más reseñable que Benicasim haya alcanzado cinco banderas azules para sus cinco playas en siete kilómetros. El galardón reconoce que Voramar, l’Almadrava, Torre Sant Vicent, Els Terrers y Heliópolis son los mejores destinos para disfrutar de su arena dorada, agua cristalina, instalaciones para practicar deportes acuáticos y servicios donde se tiene en cuenta la accesibilidad para todos los visitantes. En verano se abre la temporada de actividades para disfrutar en familia, como cine en la playa, clases de gimnasia y animación para pequeños y mayores, que también podrán disfrutar de la lectura bajo la sombrilla, gracias al servicio de la “biblioteca del mar”.

Festivales de música, teatro y danza

Durante las últimas décadas, la ciudad se ha convertido en el epicentro festivalero del país, que atrae a miles de turistas cada año, sea cual sea su gusto musical. Desde los “sanseritos”, que no se pierden el festival SanSan en Semana Santa, a los “fibers” del Festival Internacional de Benicasim (FIB), pasando por los más tranquilos, que prefieren el Festival de Blues en junio, o los amantes del reggae, que acuden al Festival Rototom Sunsplash en agosto. Pero no solo de música se vive. La hiperactiva vida cultural de Benicasim incluye otras propuestas escénicas como el Festival de Teatro con Buen Humor, el Festival de Teatro Reclam, el Festival Nacional de Bailes de Salón o el Flamenco Fusión Gastro Festival.

Cicloturismo y pulmón verde

¿Es posible que un desierto sea un pulmón verde? En Benicasim, todo es posible. Los aventureros y amantes de las actividades al aire libre pueden elegir entre rutas sencillas para visitar con niños, o escaladas de dificultad media. La primera propuesta es la Vía Verde, que se puede transitar en bici o a pie, y une esta población con la cercana Oropesa del Mar: cinco kilómetros y medio de ida y otros tantos de vuelta, que atraviesan breves túneles y miradores sobre el mar. Otro pulmón verde es el Desert de les Palmes, uno de los ocho Parques Naturales de la provincia de Castellón, que en realidad solo se llama “desierto” porque aquí construyeron su retirado Monasterio, hoy en ruinas, los monjes carmelitas descalzos, en el siglo XVII. El Parque consta de 3.000 hectáreas de espacio natural donde se esconden ruinas de castillos, ermitas y una peculiar formación de rodeno, las Agujas de Santa Águeda, cordillera para explorar con ciertos conocimientos de escalada, buena resistencia física y un guía que conozca el terreno.

Saborear una naranja o un arroz con marisco. En Benicàssim el mar se alía con la huerta mediterránea. ampliar foto
Saborear una naranja o un arroz con marisco. En Benicàssim el mar se alía con la huerta mediterránea.

De fortalezas árabes a la Belle Époque

Las ruinas del Castillo de Montornés, que se avistan en las crestas del Desert de les Palmes, son el vestigio de una fortaleza árabe del siglo X, que a su vez se levantaba sobre una construcción romana. Su situación estratégica tiene mucho que ver con los siglos de asaltos corsarios y berberiscos, como muestra la Torre de San Vicente, construida en el año 1597, que hoy custodia la costa desde la playa del mismo nombre. El paseo por el patrimonio histórico y cultural de la ciudad nos lleva a la Ruta de las Villas, que recorre “la Biarritz de Levante”: casonas señoriales de la burguesía benicense, que entre el siglo XIX y principios del XX distinguieron tres barrios: “el infierno” –donde se fraguaban las fiestas más alocadas–, “el cielo” –de vecindario más tranquilo– y “el limbo”, los Jardines de Comín, entre ambos. Durante la Guerra Civil, algunas de estas villas se convirtieron en hospitales de campaña y otras, en refugio de brigadistas internacionales y escritores, como los amantes Hemingway y Gellhorn en Villa Amparo. Ahora se celebra la fiesta Benicasim Belle Époque cada septiembre, entre las playas Voramar y Almadraba, donde se recrean los vestidos, peinados, artesanías, oficios y bailes de los años felices.

Delicatessen benicenses y naranjales

Si compramos una naranja a un agricultor de Benicasim, ya no habrá vuelta atrás. Además de las excelentes frutas y verduras de la huerta mediterránea, la oferta gastronómica de la ciudad destaca por los mariscos, pescados y arroz, en todas sus variables: arròs a banda, arròs del senyoret, arròs amb espardenyes… y por supuesto, paella. El Día de las Paellas, declarada Fiesta de Interés Turístico Autonómico de la Comunitat Valenciana, se celebra cada enero desde 1980 y reúne a más de 25.000 visitantes para degustar alguna de las 2.000 paellas simultáneas, sobre leña y al aire libre, que preparan los vecinos en las calles de la ciudad. Otras delicatessen típicas benicenses son dulces como les coquetes, pastissets de boniato y pilotes de frare. Para cerrar la cata gastronómica no podemos olvidar el licor carmelitano, que comenzó a destilarse en los alambiques del sótano del monasterio en 1896, con una combinación secreta de hierbas aromáticas del Desert de les Palmes.

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