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FUERA DE RUTA

A la luz malva de las seis en Cartagena de Indias

En busca de los escenarios reales y literarios de Gabriel García Márquez en la ciudad colombiana, cinco años después de su muerte

achada del Museo Naval del Caribe de Cartagena de Indias (Colombia), con la cúpula de la iglesia de Santa María del Mar al fondo.
achada del Museo Naval del Caribe de Cartagena de Indias (Colombia), con la cúpula de la iglesia de Santa María del Mar al fondo. getty images

En el camino al casco histórico, el taxista avisa de que tomará una vía alternativa, ya que en la habitual hay demasiado “caos vehicular”. Y, tras flanquear con ese pretexto un mesón de celebraciones —donde se anuncia en grandes letras de color chillón: “¡Le ponemos todo, menos los invitados!”—, pasamos junto al escaparate de una panadería llamada Don Quijote de la Masa. Aún falta tiempo para revivir el momento clave en el que Gabriel García Márquez llegó por primera vez a Cartagena de Indias, una vivencia que recogió en sus memorias, Vivir para contarla (2002): “Me bastó con dar un paso dentro de la muralla para verla en toda su grandeza a la luz malva de las seis de la tarde, y no pude reprimir el sentimiento de haber vuelto a nacer”.

El escritor llegó a la ciudad un día de abril de 1948, cuando, tras el bogotazo (la insurrección que siguió al asesinato del liberal Jorge Eliécer Gaitán), a sus 21 años, se vio impelido a huir de la capital colombiana con lo puesto, literalmente, con la intención de seguir allí los estudios de Derecho que había iniciado en Bogotá. Ese primer día en Cartagena tuvo que pernoctar en un banco de la plaza de Bolívar, a pocas manzanas de su futura residencia con vistas al mar, en el baluarte de Santa Clara. Desde entonces, la ciudad iba a ser clave en su vida y su literatura, y aquí descansan desde 2016 sus cenizas, junto a un busto suyo, en el claustro de La Merced de la Universidad de Cartagena de Indias. Un viaje en el recuerdo, ahora que se acaban de cumplir los cinco años de la muerte del escritor en Ciudad de México, el 17 de abril de 2014.

No hay, desde luego, ningún lugar con un peso tan específico en los nexos entre la vida y la obra de Gabo como la recoleta y, a un tiempo, desbordante capital del Estado de Bolívar. Bulliciosamente caribeña extramuros y abigarrada, hermosamente colonial en su interior, fue declarada patrimonio mundial en 1984, dos años después de que García Márquez recibiera su Premio Nobel de Literatura. Cartagena de Indias es la única toponimia real capaz de competir con el magicismo de Macondo, donde se hace visible y tangible que su literatura es “la crónica rigurosa de una realidad que parece una aventura de la imaginación”.

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Recién llegado, se fraguó como columnista en el diario El Universal, en un enclave muy próximo a donde se encuentra hoy su fundación, forjando las puertas correderas entre el narrador y el periodista que desarrollará en El Heraldo de Barranquilla, con una entrega vocacional que no eludía la bohemia y el mamagallismo (“nos bebíamos hasta el alcohol de las lámparas”, subraya en sus memorias). Acaso para no eclipsar la invención de Macondo, no sería hasta el segundo tramo de su literatura cuando Cartagena adquiere relevancia expresa: en El general en su laberinto (1989), por ejemplo; en las tribulaciones de Sierva María de Todos los Ángeles, mordida en el mercado por un perro luciferino, en Del amor y otros demonios (1994), y, muy especialmente, en El amor en los tiempos del cólera (1985), la otra voluminosa novela de García Márquez. Los espacios por los que Florentino Ariza persigue como un poseso, hasta la ancianidad, a Fermina Daza, su amor de la adolescencia, son un detenido canto explícito al enjambre de iglesias y viejas casonas y a la cromada arquitectura de adoquines y buganvillas que constituye el cogollo cartagenero. En la Casa de las Ventanas, en la calle del Ladrinal, vivió el paciente amante despechado, cuyas cartas de amor están inspiradas en el emblemático oficio a la intemperie de escribanos por encargo. Extramuros se halla el bucólico atracadero de la bahía de las Ánimas, donde se sitúa la naviera de Florentino Ariza, cuyos antiguos barcos de vapor inspiraron el lecho para el acometimiento erótico con Fermina Daza, con más de medio siglo y casi 500 páginas de demora.

Planchas de hielo

Guía

  • El aeropuerto de Cartagena de Indias cuenta con vuelos directos desde Bogotá, Miami y Ámsterdam, entre otras ciudades. Iberia y Avianca conectan, por ejemplo, España con la ciudad colombiana con una escala
  • Fundación Gabriel García Márquez: fundaciongabo.org
  • Oficina de Turismo de Cartagena de Indias: cartagenadeindias.travel
  • Turismo de Colombia: colombia.travel

Cerca se encuentran también ciertas inspiraciones colaterales de Cien años de soledad (1967), y aún antes, aspectos de la trama de El coronel no tiene quien les escriba (1961). En el actual Centro de Convenciones se hallaba, por ejemplo, el antiguo mercado de la ciudad, donde el joven Gabo contemplaba el acarreo de las gigantescas planchas de hielo para la conservación de los alimentos, y, a su vera, se encuentra la plaza del Camellón de los Mártires, ribeteada por las estatuas de los militares independentistas fusilados. Detalles, ambos —el hielo frente al pelotón de fusilamiento—, que, muchos años después, inspirarían el famoso arranque de su más célebre novela. Y en esa plaza fue, además, donde su padre le llevó a conocer el hielo de su propia biografía, cuando, a los tres años de malvivir como articulista de El Universal, le comunica su decisión de abandonar los estudios de Derecho para entregarse al oficio de su vocación. “¡Comerás papel!”, le espetó su progenitor. No es descabellado pensar que, junto a la rabia por la dilación de los cobros de sus colaboraciones desde Colombia hasta París, donde Gabo escribe El coronel…, aquel episodio le inspirara también el final de la novela: cuando, desesperada, le inquiere la mujer: “Dime, qué comemos”, y, con incontestable laconismo, el coronel le responde: “Mierda”.

El realismo mágico se vuelve a palpar, ya transcurrida la hora malva, en las inmediaciones de la céntrica plaza de Santo Domingo, donde se halla la emblemática Gertrudis de Botero, a la que todo el mundo llama “la gorda”; y, entonces, piensas si no estará ella en el trasunto de la lapidaria sentencia que le arroja a su musa el nonagenario protagonista de Memoria de mis putas tristes (2004), la última novela que escribió Gabo: “Ya lo sabes, Delgadina, la fama es una señora muy gorda que no duerme con uno, pero cuando uno despierta está siempre mirándonos frente a la cama…”.

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