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Las maravillas ocultas de Madrid

De los frescos de Goya en San Antonio de la Florida a los jardines secretos de la ciudad, un paseo en busca de esas joyas tan castizas que no se revelan a primera vista

Las pinturas al fresco de Goya en la ermita de San Antonio de la Florida, en Madrid, datan de 1798. En la bóveda del ábside representó la Adoración de la Trinidad.  Ver fotogalería
Las pinturas al fresco de Goya en la ermita de San Antonio de la Florida, en Madrid, datan de 1798. En la bóveda del ábside representó la Adoración de la Trinidad. 

Para fisgonear entre los rincones de Madrid necesitamos poner en tela de juicio una verdad casi universal que enunció Walter Benjamin: importa poco no saber orientarse en una ciudad; perderse, en cambio, requiere aprendizaje. Madrid le lleva la contraria, sus habitantes han perfeccionado la distancia con alguno de sus tesoros; aquí es preciso callejear con cierto cálculo. Única capital importante de Europa surgida por azar —la decisión artificial de Felipe II en 1561—, durante 150 años nadie le dio crédito. Ni la Iglesia, ni la aristocracia, ni siquiera el pueblo. Con la casa real aislada en sus dominios y sin tomar medidas hasta Carlos III, las órdenes religiosas siguieron prefiriendo otras urbes para edificar los grandes templos, como Toledo, Salamanca o Santiago. Por su parte, la mayoría de los nobles dificultaron construir sus casas señoriales en la capital y cuando decidieron hacerlo, en el siglo XIX, se inclinaron por las afueras. Y el pueblo, sin protección, se defendió burlando las ordenanzas que les exigían alojar a los funcionarios en los pisos altos de sus propiedades con las llamadas casas de malicia.

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La respuesta de los madrileños es la clave. Al desdén con el desdén. Si las clases dominantes ignoraban su ciudad por ser solo villa y los habitantes de las sedes de los viejos reinos españoles miraban con desconsideración la falta de monumentos de Madrid, ellos harían un arte de la altivez frente a lo monumental. Y también de la hospitalidad —quizá para demostrar que no lo hacían por soberbia—, convirtiendo en vecino, en madrileño, a todo aquel que quisiera instalarse en la corte.

Frescos de Luca Giordano en el Casón del Buen Retiro, en Madrid. ampliar foto
Frescos de Luca Giordano en el Casón del Buen Retiro, en Madrid.

Hay varias evidencias. La más clara, en mi opinión, es la actitud ante las pinturas de Goya en San Antonio de la Florida, una obra maestra que Roma, París o Londres calificarían entre sus mejores, algo por lo que allí haríamos cola y pagaríamos entrada cuando en Madrid es gratis y no se nos ocurre enseñarla a los visitantes. El asunto de los frescos es curioso. La pintura española no es pródiga en este formato, pero Madrid conserva las joyas. San Antonio de los Alemanes apenas llama la atención entre las estrechas calles del barrio de Malasaña. Es una iglesia casi circular, elíptica, cubierta por completo de frescos de, entre otros, una de las estrellas del siglo XVII, Luca Giordano. La mejor obra de este autor en la capital es la Alegoría del Toisón de Oro, que ilumina el techo del inmenso Salón de Baile del Palacio del Buen Retiro, convertido en sala de lecturas y único espacio accesible al público —¡Madrid nos mata!— del Centro de Documentación del Museo del Prado.

El Huerto de las Monjas es un pequeño jardín de hace 300 años en torno a una fuente con querubines de bronce

¿Y qué decir de los extraordinarios frescos de Tiepolo en el Palacio Real? Tiepolo fue, entre los grandes pintores de la historia, justamente el del desdén, el que supo callar y se burlaba amablemente de la vida. No puede ser casual. Roberto Calasso, el mítico editor de Adelphi, define su pintura como el último ejemplo de una cualidad, una palabra, sprezzatura, un término ambiguo que integra varias ideas: una pizca de distancia, una parte de gran estilo y casi dos tercios de esa seguridad, de esa desenvoltura, de quienes se muestran ante los demás disimulando su arte, dando la impresión de que actúan sin esfuerzo. La actitud sprezzante es un cóctel que se manifiesta a través de un aire sutil, leve y desdeñoso, cuyo sabor sorprende por incluir el ingrediente más seductor: estar tocado por la gracia. Pues bien, Tiepolo, a quien Calasso denomina “el último soplo de felicidad en Europa”, vivió sus últimos ocho años en Madrid y murió en la Casa de las Alhajas de la plaza de las Descalzas Reales. Aunque ningún madrileño les presumirá de ellos, no se pierdan sus frescos del Palacio Real.

Fachada del madrileño Museo del Prado. ampliar foto
Fachada del madrileño Museo del Prado.

De modo que Madrid ha respondido a las negligencias de sus gobernantes con su mejor cualidad, la ironía, entre otras cosas porque no cuenta con obras arquitectónicas comparables a las de las grandes capitales europeas. Ahora bien, ¿es cierto? ¿No las hay? Todo lo contrario: Madrid, lo estamos viendo, contiene un buen número de espacios semiocultos donde sentir lo que buscamos, la agitación del gran arte y el encuentro con lo imprevisto. Y además, en la intimidad. Por ejemplo, en una pequeña iglesia gótica que contiene uno de los mejores retablos del Renacimiento español (la capilla del Obispo); o en villas con jardines italianos o románticos (la Quinta del Duque de Arco y El Capricho); museos recoletos y magníficos (Academia de Bellas Artes de San Fernando) o parques plenos de fuentes y perspectivas barrocas apenas visitados (Campo del Moro). Incluso en la gran arquitectura civil, ahora bien, al estilo de la Villa y Corte. No la busquen en los ministerios o en los palacios, sino en lo de menor importancia, en lo popular, en lo castizo, en lugares como la Cárcel de la Villa, el Hospicio o la plaza Mayor.

Frescos de Luca Giordano en el interior de la cúpula de San Antonio de los Alemanes, en el barrio madrileño de Malasaña. ampliar foto
Frescos de Luca Giordano en el interior de la cúpula de San Antonio de los Alemanes, en el barrio madrileño de Malasaña.

Palacio de Godoy

Es hora de iniciar el paseo. Pero antes, un matiz, este callejeo incluye banda sonora escrita en esta ciudad. Bastan dos piezas: Perdido en Madrid, parte 5 (1987), de Miles Davis, y La música nocturna de las calles de Madrid, que compuso Boccherini en 1780. Partimos de la calle de la Encarnación, con la airosa plaza de la Marina y el palacio de Godoy marcando el telón de fondo. La larga tapia del monasterio que da nombre a la calle nos encamina al atrio y nos pone a los pies de la fachada de la iglesia, sintetizando las tramas de la arquitectura madrileña del siglo XVII, la herencia de El Escorial, los escudos nobiliarios, el ajedrezado, los emblemas, la alternancia de frontones, la combinación de piedra y ladrillo, los juegos de luces y sombras.

Unos pasos por delante, en semi­círculo, la plaza de Oriente. El gran salón de Madrid. Solo dos observaciones. Vamos al centro, con la vista puesta en la escultura de Felipe IV a caballo; fue la primera estatua ecuestre de bronce del mundo sostenida exclusivamente por sus patas traseras, lo que obligó a quien diseñó el equilibrio, el mismísimo Galileo Galilei, a un prodigio de cálculos matemáticos para distribuir los vacíos y los rellenos.

Los jardines del Campo del Moro, a los pies del Palacio Real de Madrid. ampliar foto
Los jardines del Campo del Moro, a los pies del Palacio Real de Madrid.

La segunda observación puede verificarse bajo cualquiera de las efigies de piedra caliza entre el Teatro Real y el Palacio Real. Más allá del tamaño, algo nos sorprende: las figuras no están bien acabadas, faltan rasgos por definir. Cuando el viejo Alcázar de los Austrias se incendió en la Nochebuena de 1734, la nueva dinastía borbónica se propuso sustituirlo por un gran palacio. Al consultar al arquitecto, Filippo Juvara, sugirió construirlo en la montaña del Príncipe Pío, donde ahora se asienta el templo egipcio de Debod. La respuesta fue indignada, los Borbones construirían su casa sobre las mismas huellas del Alcázar de los Austrias y de la alcazaba árabe. Y para que nadie pusiera en duda la legitimación, el rey encargó a fray Martín Sarmiento un programa iconográfico que manifestara su lugar entre la grandeza hispánica. El plan detallaba la estatuaria, la pintura y los tapices del nuevo palacio estableciendo una doble vinculación de la monarquía hispana: los reyes godos con el imperio romano, por el matrimonio entre el visigodo Ataúlfo con la emperatriz Gala Placidia; y los reyes bíblicos con los Borbones, equiparando a dos padres y dos hijos: David y Salomón con Felipe V y Fernando VI. Para testimoniar a la nueva dinastía como sostén de todas las Españas, una multitud de estatuas de piedra de los reyes coronaría la cornisa, desde los emperadores hispanos de Roma y Bizancio, Trajano y Arcadio, hasta los actuales, pasando por los godos y por todos los reinos, incluyendo los de ultramar con los soberanos de los imperios inca y azteca, Atahualpa y Moctezuma.

El perfil de la torre mudéjar de San Nicolás, del siglo XII, nos anuncia una plaza minúscula con una fachada singular

Más de un centenar de esculturas. Nunca llegaron a ser colocadas. La leyenda dice que lo impidió un sueño apocalíptico de Isabel de Farnesio, la reina madre de Fernando VI, en el que se hundía el palacio bajo el peso de las estatuas. En realidad lo ordenó Carlos III. Esa muchedumbre le parecía un disparate. Hoy adornan varios parques, entre ellos el Retiro y los jardines de Sabatini, en Madrid, y otros de Burgos o Vitoria. Diseñadas para ser vistas a 50 metros de distancia, ya sabemos el motivo del tosco acabado. Un último detalle: no se hizo ninguna escultura de quienes dominaron la Península durante 800 años, los reyes árabes. La arquitectura como símbolo del poder y espejo de la historia.

Aunque ningún madrileño presumirá de ellos, no se pierda los frescos de Tiepolo en el Palacio Real

Continuamos en dirección a la plaza de Ramales; por el camino haremos un alto para saludar la memoria de don Diego Velázquez: estamos pasando por delante de su casa y fue enterrado en la iglesia que se alzó sobre esa plaza. ¿Saben que los madrileños suelen comentar ante ciertos atardeceres que el cielo tiene colores velazqueños? Lo dicen con naturalidad, sin darse cuenta de la carga de profundidad de la frase: es la naturaleza quien imita a sus pinturas y no al revés. Un poco más adelante, la calle del Biombo y el perfil de la torre mudéjar de la iglesia de San Nicolás (siglo XII) nos anuncian una plaza minúscula con una fachada singular. Dos austeras moles de ladrillo apenas separadas entre sí para dejar lugar a la puerta y al emblema de la arquitectura de los Austrias: la torres estilizadas de pizarra, los chapiteles.

El bar El Anciano Rey de los Vinos, en Madrid. ampliar foto
El bar El Anciano Rey de los Vinos, en Madrid.

Es la hora del aperitivo. Hagamos una pausa en El Anciano Rey de los Vinos, el bar adonde se escapaba Alfonso XIII —está frente a su casa—, que sin el menor problema borró de su nombre la palabra “rey” al día siguiente de la proclamación de la República. Reponemos fuerzas con un vermú de grifo y volvemos a Mayor hasta la calle del Sacramento para entrar en el Huerto de las Monjas. Un pequeño jardín de hace 300 años en torno a una fuente con querubines de bronce, el único resto del viejo convento de las bernardas, las beneméritas monjas cistercienses, sustituido en la década de 1970 por el edificio actual de apartamentos. Crucen con decisión la verja, es un oasis visitable. Salimos por la puerta de la calle del Rollo, donde se alzaba el rollo o picota de Madrid, la columna de piedra sobre la que se exponía a los reos de pequeños delitos y, en ocasiones, la cabeza o los cuerpos ajusticiados por la autoridad civil.

San Antonio de los Alemanes apenas llama la atención entre las estrechas calles de Malasaña

Ahora entremos por unos instantes en la señorial plaza de la Villa. Los chapiteles barrocos del Ayuntamiento parecen conversar con la torre gótico mudéjar del palacio de los Lujanes, mientras que el arco de herradura de la entrada de la casa de Álvaro de Luján se hace lado con las filigranas platerescas de la portada de la de Cisneros. Luego, la calle del Cordón nos encamina ante la fachada convexa de la basílica de San Miguel; tan pomposo nombre incita a subir las gradas y asomar la cabeza; ya no estamos en Madrid, los colores, las capillas, las pinturas, todo se corresponde con las iglesias de Roma. Hecho el alto, volvemos a nuestra senda particular, nos ayuda el nombre de la calle de delante: Puñonrostro. Cruzamos Segovia hasta el palacio del Nuncio y la iglesia de San Pedro, otra torre mudéjar del siglo XIV, en este caso limpia de ornamentos y con perspectiva impecable. En la esquina, el jardín de Winthuysen del palacio del Príncipe de Anglona nos invita a otro lugar fuera del tiempo.

Estamos en el corazón de la ciudad árabe. A nuestra derecha, la plaza del Alamillo, testificando la relevancia del lenguaje. Este lugar albergaba el Alamín, el tribunal de la comunidad musulmana. Cuando en 1083 Alfonso VI conquistó Madrid, vino a presentar sus respetos a las autoridades judiciales. La placita se llamaba naturalmente del Alamín, como la Gran Vía siguió llamándose Gran Vía sin importar que le impusieran otro nombre, excepto que a alguien se le ocurriera una solución, diríamos hoy, creativa. La pensó el mismo rey: plantar un álamo, un alamillo. El Alamín fue transformándose poco a poco en Alamillo.

Terrazas en la plaza de la Paja, en el barrio de La Latina (Madrid). ampliar foto
Terrazas en la plaza de la Paja, en el barrio de La Latina (Madrid).

La costanilla de San Andrés nos vuelve a sumergir en el idioma; la cuesta incorpora el esfuerzo del ascenso más allá de la imagen misma de la plaza de la Paja, un pronunciado desnivel donde se desplegaba el zoco de la morería. En la cumbre estaba la mezquita. Sobre su solar, tres edificios unidos: uno barroco, la capilla de San Isidro; otro mudéjar, la iglesia de San Andrés, y el más íntimo, la capilla del Obispo, de trazas góticas. Contiene un retablo plateresco firmado por Francisco Giralte, con un Cristo en escorzo que nos hará evocar al mejor Berruguete y hasta a Miguel Ángel. Lo flanquean dos sepulcros en alabastro de similar calidad; el de la derecha lo preside, orando, quien pagó la capilla, Gutierre de Vargas y Carvajal, un noble español de manual del Renacimiento: obispo a los 18 años, vida disoluta y pendenciera hasta los 45 y, tras el Concilio de Trento, jesuita de moralidad irreprochable.

Interior de la iglesia de la Orden Tercera, en Madrid. ampliar foto
Interior de la iglesia de la Orden Tercera, en Madrid.

Es la hora del atardecer y nos acercamos a Las Vistillas —la plaza de la Morería—, para contemplar las luces violetas y confrontar, de nuevo, en el centro mismo de la ciudad, a la naturaleza regalándonos visiones. Por encima de las fuentes y los paseos del Campo del Moro se impone la silueta de la sierra de Guadarrama. Teníamos prevista una cita con la mejor iglesia barroca en la capilla de la Orden Tercera y, a su lado, con la fábrica neoclásica de San Francisco el Grande, cuya grandiosa cúpula supera a Santa Sofía. Pero ¡basta de visitas! Vayámonos a cenar a los figones de la Cava Baja.

¡Queda tanto por recorrer! Por ejemplo, pasear las crónicas del mentidero de Madrid, entre la Plaza Mayor, la calle de Alcalá y el palacio de Villamediana; saludar a los insignes de la literatura en sus domicilios: Cervantes, Lope, Quevedo, Góngora; la ruta de los conventos; evocar a las generaciones del 98 y del 27 en los viejos cafés de Carretas y la Puerta del Sol; los jardines famosos, el Botánico, el Retiro y hasta la última obra importante realizada en la capital, Madrid Río; las villas románticas o italianas; los museos; las fuentes; las puertas; el barrio de Justicia con las Salesas Reales; el paseo del Prado, los Jerónimos y el esbelto Observatorio Astronómico… En realidad falta casi todo, pero es natural; ya saben, Madrid no tiene monumentos comparables a los de las grandes capitales europeas. Lo dejó dicho Miguel Hernández antes de morírsenos en la cárcel de Torrijos: “Sólo te nutre tu vívida esencia. / Duermes al borde del hoyo y la espada. / Eres mi casa, Madrid: mi existencia / ¡Qué atravesada!

Pedro Jesús Fernández es autor de la novela Peón de rey.

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