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Islandia, en la hora mágica

El fotógrafo Alberto Hidalgo recuerda su viaje de nueve días recorriendo parte del clásico circuito Círculo Dorado

Alberto Hidalgo, fotógrafo y director de Madrid Photo Fest. Ampliar foto
Alberto Hidalgo, fotógrafo y director de Madrid Photo Fest.

A punto de comenzar la segunda edición del festival internacional de fotografía que dirige, el Madrid Photo Fest (del 4 al 7 de abril), el fotógrafo Alberto Hidalgo saca tiempo para recordar su viaje a Islandia durante el invierno pasado.

¿Por qué eligió la estación más fría para viajar a Islandia?

Para ver auroras boreales y paisajes bajo el hielo. Había estado en otras épocas del año y visto cataratas. Esta vez quería fotografiarlas congeladas.

¿Y lo logró?

Sí, pero con ayuda de la gente de allí. Por ejemplo, el todoterreno que alquilé para recorrer la isla patinaba a menudo porque las carreteras estaban congeladas. Los que conducían el quitanieves me dejaron ir justo detrás de él, y llevaban un gancho que apoyaban en el suelo y con eso iban rompiendo el hielo.

Así que dio la vuelta a la isla…

Esta vez sí, durante nueve días. Hice una parte del clásico circuito Círculo Dorado, una ruta turística al sur del país. Comienza y acaba en Reikiavik y es la que pilla más cerca de la capital. Puedes ver géiseres, cataratas, volcanes… Y seguí luego hacia otras zonas.

Visitaría la célebre Laguna Azul.

Sí, visualmente es muy poderosa por ese color azul que tiene debido a los sedimentos. Me bañé en sus aguas termales mientras fuera estábamos bajo cero.

¿Algún pueblo que le cautivase?

Del norte de la isla me gustó Húsavík. Y del sur, Vík, desde cuya playa se ven unas islitas que hay en medio del mar.

¿Quedó contento con sus fotos?

Sí, porque cuando había luz, a pesar de que fuesen solo cuatro horas al día, era siempre la que los fotógrafos llamamos la luz dorada. Es como la del atardecer y funciona muy bien fotográficamente.

Y al caer la noche, ¿qué hacía?

Preparaba los itinerarios para el día siguiente y descargaba las fotos que había hecho. Cada día dormía en un pueblo distinto y por la tarde solía ir al bar local. Yo bebía cerveza islandesa y muchos de los de allí pedían brennivín, un aguardiente de patata fermentada que lleva comino y angélica. Lo llaman “la muerte negra”.

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