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El Este del Edén

El devenir entero de la isla se emulsiona en su ángulo oriental: celtas, vikingos, monjes , reyes y guerreros medievales… Lo llaman “el salvaje este” y también “el este ancestral” - pero ¿hay algún rincón de Irlanda que no sea ancestral?

Irlanda amaneció por el este, hace más de 5000 años. El túmulo-tumba de Newgrange da prueba de ello. Podría decirse que el devenir entero de la isla se emulsiona en su ángulo oriental: celtas, vikingos, monjes fundadores, reyes y guerreros medievales… Son sus huellas castillos robustos, abadías desventradas habitadas por los grajos, cruces custodiadas por ovejas en prados de un verdor primigenio. Lo llaman “el salvaje este”, en contrapunto al far west peliculero, y también “el este ancestral” - pero ¿hay algún rincón de Irlanda que no sea ancestral?

Hablamos de ese territorio poliédrico que va de Cork a Dublín, las dos ciudades principales de Irlanda. Dejemos atrás la bulliciosa Cork y sus muchos reclamos y sigámosle la corriente al río Lee, camino del océano. En su estuario está Cobh, una postal idílica de los pueblos marineros de la isla. Azotada sin embargo por la tragedia: de allí partió en abril de 1912 el Titanic, tras recoger a los últimos pasajeros. Las oficinas de la White Star Line son ahora un santuario de emociones, la Titanic Experience. Tres años después de aquel naufragio, el buque Lusitania era hundido por un submarino alemán, y los vecinos de Cobh auxiliaron a cuantos pudieron salvarse, como recuerda un memorial junto al muelle.

Orillando el litoral, siempre hacia levante, abruman los acantilados de Ardmore, suavizados sin embargo por playas muy concurridas. En el pueblo, resisten las ruinas y torre cilíndrica del que dicen fue el primer asentamiento cristiano de la isla. Más adelante, Waterford obliga a cambiar el chip celta: entramos en territorio vikingo. La ciudad, fundada por piratas nórdicos en el fiordo del río Suir, se llamó Vadrefjord, de ahí su actual nombre. El anunciado “triángulo vikingo” lo integran la Torre Reginald, el museo del medioevo instalado en el palacio episcopal y un espectáculo virtual sobre razzias vikingas, que hace sentir el agua al cuello, bajo las gafas 3D. Una placa en una casa humilde, frente al museo, recuerda que allí vivió en el siglo XVIII John Roberts, el arquitecto de las dos catedrales “gemelas” de Waterford, una católica y otra protestante, ambas hermanadas por un elegante clasicismo georgiano.

La península que se recorta frente al fiordo, a escasas millas de Waterford, es la península de Hook. En su cabo, que apunta al Mar Celta, vigila uno de los faros más vetustos en activo, recio y a rayas de presidiario, blancas y negras. Los visitantes pueden ascender hasta la linterna y contemplar como pájaros los acantilados, o apurar un refrigerio en las amplias instalaciones que rodean al faro. En el extremo opuesto de la península, New Ross despierta sentimientos agridulces en los isleños. En los muelles de la ría, el Dumbrody Famine Ship, el “buque del hambre” o “barco de los muertos”, un velero reconstruido de 1840, acoge y entretiene a los turistas con figurantes vestidos de época, evocando la epopeya de millones de irlandeses que iniciaban aquí – también en Cobh – su singladura hacia la América prometida, huyendo de la hambruna. Algunos morían en el trayecto, otros llegaron y triunfaron, vaya si lo hicieron: como los Kennedy; su casa familiar y su finca (aún explotada por parientes lejanos) no queda lejos del pueblo, perdida en el verde opulento que envuelve también la osamenta de dos abadías cistercienses: Dumbrody y Tintern, arrasadas por la onda expansiva de la furia de Enrique VIII.

Hook.
Hook.

Tierra adentro, siguiendo el Valle de Nier, entramos en Tipperary, que es un condado, un pueblo y una canción popular: “It’s a long, long way to Tipperary” se cantaba en las trincheras, y se sigue entonando en las tabernas. En Cahir, un castillo de película (sirvió de plató para rodar “Excalibur”) ve suavizada su mole por el abrazo del río Suir, con cisnes de calidad wagneriana. Y como un iceberg sacro flotando en el Valle Dorado emerge la Roca de Cashel. Una montaña mágica, más que épica, que reúne en su cúspide abigarrada sombras de reyes, santos y matanzas.

No queda lejos la ciudad medieval de Kilkenny, con un castillo que solo conserva de esa época el cascarón, ya que sus salones fueron habitados hasta 1967 por una familia aristócrata que “vendió” al municipio el edificio, sus cuadros y muebles por la módica cantidad de cincuenta libras. Aparte del castillo y sus jardines, Kilkenny tienta al viajero con sus destilerías, catando whiskies, o despachando pintas de cerveza “Kilkenny” en mesones tan añejos como el Kyteler’s Inn, donde se recuerda a Dame Alice, la tabernera que en 1324 quisieron quemar por bruja, y por los jolgorios infernales en su antro (pero escapó, no así su criada).

Antes de llegar a Dublín, otro jalón obligado, lugar fundacional y sagrado para los irlandeses: Glendalough. Allí San Kevin fundó un monasterio en el siglo VI, junto a dos lagos idílicos. Fue y sigue siendo lugar de peregrinaje, de cristianos novicios entonces, de turistas ahora. Las ruinas son ralas y evocadoras, con tal vez la más fotografiada torre cilíndrica, una de esas que podríamos llamar “torres-lápiz”, sin puerta aparente. Más que las ruinas, es el sentimiento, espeso y hondo, de una Irlanda ancestral el que empapa los sentidos y serena la mente. Para luego afrontar, a menos de una hora de asfalto, el microcosmos hirviente de Dublín, con todas sus pompas, tesoros y tentaciones.

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