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El encanto de la lluvia en París

El compositor Iván Palomares nos cuenta sus rincones y planes favoritos en la capital francesa

El compositor Iván Palomares.
El compositor Iván Palomares.

Este sábado puede ganar el Goya en la categoría de mejor música original por su trabajo en la película En las estrellas, de Zoe Berriatúa. Mientras espera que llegue la noche del cine español, Iván Palomares nos cuenta sus andanzas por París, ciudad que conoce bien.

¿Viaja a menudo a París?

Es que soy mitad francés. Me encantaría vivir allí. Por ejemplo, me sorprende que en el metro casi todos los anuncios estén relacionados con la promoción de la cultura. Que se le dé tanta importancia a las artes no ocurre en ninguna otra ciudad. Notas que hay un gran respeto por los creadores.

¿Se mueve sobre todo en metro?

Lo que más me gusta es andar, adelgazo cinco o seis kilos cuando voy de tanto caminar. Más de una vez he ido a pie desde el Campo de Marte, donde está la Torre Eiffel, hasta la isla de San Luis, y después he bordeado todo el Sena. Cuando paseo me viene mucha música a la mente; es una manera de componer dentro de mi cabeza. Aunque París sea a veces muy gris, la grisaille a mí me inspira.

No teme la lluvia parisiense…

Me calma mucho. Con un buen chubasquero y sin demasiado frío, salgo a pasear: es una excentricidad, pero creo que va con el ambiente. Pasear bajo la lluvia en París es una estampa típica.

¿Qué más zonas suele visitar?

Me encanta volver al barrio de Le Marais y recorrer la zona de la Bastilla, con su teatro de ópera. Por allí también he escuchado conciertos de ­jazz o música indie en locales curiosos medio clandestinos.

¿Se refugia en los museos?

Cada vez que voy visito varios, y nunca me dejo el Musée d’Orsay. Me fascina como si lo viese por primera vez. También recomiendo mucho el Quai Branly, un museo etnológico, de arte de Oceanía, Asia y África.

¿Qué lugar visitaría de día y cuál de noche?

Es un tópico, pero la Torre Eiffel iluminada es maravillosa. Y de día, los jardines de Luxemburgo, porque siguen allí los mismos tiovivos que me gustaban cuando era pequeño. Son mi magdalena de Proust.

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