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FUERA DE RUTA

Baobabs y ‘babalawos’ en Benín

La ajetreada Cotonú, las tribus de la sierra de Atakora y la Puerta de no Retorno, desde la que zarpaban los barcos esclavistas. Un aventurero viaje etnográfico

Un 'tata', casa típica de adobe, en la sierra de Atakora, al norte de Benín. Ampliar foto
Un 'tata', casa típica de adobe, en la sierra de Atakora, al norte de Benín.

Dónde has dicho qué vas de vacaciones? A Benín. ¿Y dónde está eso? En el golfo de Guinea, en África occidental. ¿Y es peligroso? Estas son las preguntas que tendrá que contestar una y otra vez cualquiera que decida viajar a un territorio poco explorado aún por el turismo, donde los rituales y costumbres que en otros lugares se representan para los visitantes son aún auténticos. Allá nos fuimos cuatro amigas. Como siempre, hay que tener claro adonde uno viaja: Benín ocupa el puesto 163º en la lista del índice de desarrollo humano de Naciones Unidas (que incluye a 189 países). Es un país pobre, pero hospitalario. Y aunque pide algunas precauciones propias de este tipo de destinos (el Ministerio de Asuntos Exteriores español recomienda, por ejemplo, evitar desplazamientos nocturnos y ciertas zonas fronterizas, sobre todo del norte), recorrer el país en vehículo con guía local es una auténtica aventura que llevará al viajero curioso, armado de una sonrisa y buenas dosis de paciencia, a sentirse uno más entre los habitantes de un lugar con una naturaleza exuberante y una cultura que parece formar parte del pasado. Palacios de adobe con magníficas puertas de madera llenas de simbólicos bajo relieves, templos, baobabs o coloristas ceremonias, todo son sorpresas en este país joven, con cerca de 11 millones de habitantes, que se mantiene casi exclusivamente de la agricultura.

Baobabs y ‘babalawos’ en Benín

Aunque se trata de una república presidencialista, el Gobierno mantiene a los antiguos reyes, que tienen funciones honoríficas y representativas. Sus majestades reciben en sus tronos, previa petición de audiencia, para impartir justicia en asuntos menores entre los vecinos o representar a la región. Y son un atractivo más para los visitantes.

Los tatas se asemejan a castillos de adobe decorados con dibujos geométricos propios de cada tribu

Entre las distintas etnias (fon, yoruba, adja, houeda, fulani, somba…) que habitan la que fue colonia francesa de Dahomey hasta 1960, hay católicos, musulmanes y protestantes. Pero independientemente de que profesen una de estas religiones, todos suelen también ser hermanos de un templo vudú y su vida se rige por los preceptos que marca el brujo. “Si quieres algo, tienes que dar algo a cambio”, dicen convencidos de que sus antepasados intercederán ante los dioses en su beneficio si les colman de ofrendas. El vudú, que poco tiene que ver aquí con la idea de magia negra que ha difundido Hollywood, es omnipresente en Benín. Ya sea en un poblado, en una tribu nómada en plena selva o en la bulliciosa ciudad de Cotonú, muchos acuden al babalawo (brujo o consultor espiritual) antes de tomar una decisión importante. Es una religión que permanece viva y que arraigó también en América (especialmente en Brasil y Cuba) de la mano de los esclavos que, durante más de dos siglos, capturaron los traficantes en el golfo de Guinea y embarcaron en Ouidah, en un lugar ahora llamado la Puerta de no Retorno.

Cotonú, ciudad portuaria y capital económica de Benín, es el habitual punto de partida para adentrarse en un viaje etnográfico inolvidable. Si se cuenta con un buen guía local, el viajero podrá sumarse, casi como uno más, a ceremonias que giran alrededor del baile, la música y las coloridas telas de sus atuendos. Un paseo por el inmenso mercado de Dantokpa, uno de los más importantes del África occidental, es una experiencia fascinante en la que se descubre desde ingeniosas formas de venta ambulante hasta el macabro mercado de fetiches en el que los hermanos del vudú adquieren los animales muertos recetados por el brujo.

Cotonú es también el punto de partida para llegar en barca a Ganvié, un poblado que se yergue sobre palafitos en medio del lago Nokoué, donde la etnia tofí vive desde el siglo XVII, cuando sus antepasados se refugiaron en el lago huyendo de sus enemigos, los belicosos fon, una tribu que tenía prohibido adentrarse en el lago. En Ganvié, que ahora tiene unos 20.000 habitantes, todo se hace en barca.

Aldea tradicional en la región de Atakora, al norte de Benín. ampliar foto
Aldea tradicional en la región de Atakora, al norte de Benín. Getty

Para moverse por Benín no sirven las previsiones europeas para los traslados y hay que contar con que a algunos lugares, como los poblados de los fulani en el monte Agonlín, solo se llega andando o en moto con conductor. Aunque antes eran nómadas, este pueblo islamizado que vive del ganado solo cambia de campamento dos veces al año. Las mujeres —altas, delgadas y muy coquetas— son las encargadas de construir las chozas —redondas y con cubierta vegetal— y de hacer el famoso queso tierno que es una de las delicias de la gastronomía local.

Tierra rojiza

Hay muchas opciones para recorrer el país, pero el viajero no debería perderse la villa de Savalou, con sus ritos animistas y su palacio real repleto de grandes figuras donde puede ser recibido por el rey, ni la sierra de Atakora, donde habitan los ditamarí —a los que todo el mundo llama somba, aunque a ellos no les hace ninguna gracia porque significa salvaje—. Una de las sorpresas más placenteras del viaje es llegar al atardecer a un poblado de esa etnia, cuando el sol acentúa el color rojizo de la tierra, y visitar sus tatas, casas de adobe de dos pisos. Son construcciones que se asemejan a castillos adornadas con dibujos geométricos que indican la pertenencia a una tribu y que también marcan el rostro y el cuerpo de sus miembros. Rinde culto a sus antepasados y a las puertas de los tatas, como si de guardianes se tratase, se alzan fetiches de adobe. Figuras fálicas con restos de plumas de gallinas de Guinea, sangre y conchas de cauri que parecen vigilar estos castillos de adobe, declarados patrimonio mundial por la Unesco. Los tatas, rodeados de enormes baobabs, mangos e irokos, solían dar refugio al ganado, mientras que arriba se encuentran los dormitorios y los graneros.

Las ceremonias salen al encuentro del viajero: bautizos, bodas, procesiones, funerales…, pero ninguna tan impactante como los rituales que organizan los guardianes de los templos vudú. Cerca de Abomey, en Bopa, un pueblo de pescadores, vive el guardián de Shangó, el dios del trueno, y si su visita le coincide con alguna de las celebraciones no lo dude. Tendrá que pellizcarse para darse cuenta de que no está viendo un documental de National Geographic.

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