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Un trío divino en el interior de A Coruña

Sobrado, Monfero, Caaveiro y sus tres bellos y singulares monasterios trazan una deliciosa ruta que incluye las Fragas del Eume

Cúpula de la sacristía, de Juan de Herrera, en el monasterio de Sobrado dos Monxes, en la provincia de A Coruña. Ampliar foto
Cúpula de la sacristía, de Juan de Herrera, en el monasterio de Sobrado dos Monxes, en la provincia de A Coruña. Getty

Les sucede a menudo a las provincias con mar: el fulgor de las olas y playas eclipsa sus encantos de tierra adentro. Los atractivos de la Costa da Morte o las Rías Altas resultan muy evidentes, y no digamos ya los de los acantilados de Santo André de Teixido. Pocos son los viajeros por tierras coruñesas que reparan en una ruta interior de monasterios de una belleza tan singular que casi produce pudor desentrañarla. Como si los designios divinos le hubieran reservado un velo de misterio a Sobrado, Monfero y Caaveiro, nuestros destinos de la jornada. Da tiempo en un mismo día a visitar los tres, aunque todo dependerá de la capacidad de ensimismamiento del viajero. Porque a veces sus paredes centenarias invitan a enmudecer y prolongar la estancia.

El monasterio de Santa María de Sobrado (A Coruña). ampliar foto
El monasterio de Santa María de Sobrado (A Coruña).

Santa María de Sobrado

A pocos kilómetros del municipio lucense de Guitiriz (el de las tortas de maíz y los balnearios), Sobrado dos Monxes hizo bien en integrar el componente monacal en su propia denominación. Poco más hay que ver en el pueblo que su monasterio, con origen en el año 952 y habitado por los cistercienses desde el siglo XII. Su porte espectacular produce una perplejidad similar a la que podemos sentir en Guadalupe (Cáceres): cómo la devoción o el ingenio derramaron tantos esfuerzos y belleza en un paraje tan recóndito. Sobrado es una parada destacada en el Camino de Santiago y el monasterio dispone de tres estancias acondicionadas como albergues, por lo que el trasiego de chavalería otorga un bullicio y vivacidad inusuales al recinto. Pero el conjunto, dotado de dos claustros, nos abstraerá enseguida de otras consideraciones más mundanas.

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El monasterio de Santa María de Sobrado, patrimonio mundial, dispone de una inmensa pradera de acceso, un espacio siempre concurrido (y propicio para la tertulia de paseantes y lugareños) que comparte con un gran cruceiro y un precioso cementerio con ermita. Quienes se encaminan a Compostela encuentran catre y un plato caliente en el claustro de entrada o de los peregrinos, pero es más espectacular el segundo, el de los medallones. Desde él se puede acceder a la antigua cocina, con arcos góticos y una inmensa chimenea. Y, a continuación, a la monumental iglesia, barroca pero con una sacristía renacentista; espectacular, por mucho que el verdín coloree la piedra de manera incontrolable y propicie que broten ramitas de recovecos impensables.

Sobrado cuenta con hospedería en la Casa del Arco, situada sobre el acceso al recinto. Pero lo mejor es que convenzamos a alguno de los monjes para que nos haga de cicerone, si es que no los pillamos ocupados en la elaboración de su dulce de leche “envasado al silencio”. Hasta hace algunos años, la especialidad era más bien el cabello de ángel.

Debemos poner rumbo a Monfero, del que, acomodando el acelerador a los imperativos de la orografía gallega, nos separan 40 kilómetros hacia el norte. De camino podemos aprovechar que la carretera pasa por Irixoa para orillar el coche y estirar un poco las piernas hasta la Fervenza (cascada) do Zarzo.

Interior de la iglesia de Santa María de Monfero (A Coruña). ampliar foto
Interior de la iglesia de Santa María de Monfero (A Coruña). alamy

Santa María de Monfero

A Monfero le sucede lo que a Sobrado: apenas tiene más reclamos que su monasterio benedictino. Aunque, en el caso que ahora nos ocupa, con la frustración añadida de contemplar su claustro de Juan de Herrera (construido entre 1574 y 1619) semiderruido, con el acceso vedado desde hace años para no ahondar en el deterioro y la promesa por ahora incumplida de su rehabilitación, incluso en calidad de hotel balneario.

Queda el consuelo de la iglesia de Santa María de Monfero, y no es consuelo menor. Se certifica con solo ojear esa fachada pintoresquísima, ajedrezada en pizarra y granito y con una única torre (puesto que a la otra, lo típico, la partió un rayo). Y uno se queda definitivamente de piedra con su elevada bóveda de cañón, que al estar decorada también con geometrías cuadradas transmite al visitante la sensación de que el conjunto está ornamentado a base de jeroglíficos.

Las escaleras conducen al coro, donde yacen apiladas docenas de esculturas religiosas, a menudo amputadas y de interés irregular, que se fueron recuperando durante años. Más interés presentan los sepulcros, hasta cuatro, en los que descansan otros tantos prohombres de los Andrade, la gran estirpe feudal que durante el medievo rigió los destinos de las grandes poblaciones de la comarca: desde Pontedeume a Betanzos e incluso Vilalba, ya en Lugo.

Monasterio de San Xoán de Caaveiro, en el parque natura de las Fragas do Eume (A Coruña). ampliar foto
Monasterio de San Xoán de Caaveiro, en el parque natura de las Fragas do Eume (A Coruña).

San Xoán de Caaveiro

Está relativamente cerca (a unos 15 eternos kilómetros) San Xoán de Caaveiro, la más célebre de estas tres escalas. No en vano lo encontraremos en el corazón de las bellísimas Fragas del Eume, un bosque atlántico de 9.100 hectáreas bañado por las aguas de los ríos Eume y Sesín y que constituye la mayor concentración de variedades de helechos (hasta 28 distintas) de la Península. Caaveiro fue refugio de anacoretas, como es fácil de comprender por su ubicación remota e inverosímil, al final de una cuesta muy empinada y sin una sola casa en varios kilómetros a la redonda. Desde que cuenta con visitas guiadas es muy ameno descubrir en ellas las leyendas en torno a San Rosendo, su fundador en el siglo X, o sus ocho angostas cámaras subterráneas. Servían como despensas para el moscatel y los víveres, aunque la imaginación popular las haya convertido a menudo en celdas para doncellas desdichadas.

De Monfero a Caaveiro median tres horas de sendero forestal, para los que se sientan fornidos o valientes. Y para cualquiera, la recompensa de un buen avituallamiento para rematar el día. Con tortilla de Betanzos (muy poco cuajada) en esta villa interior, por ejemplo. O la abrumadora, por rica y contundente, empanada costrada de Pontedeume. Ya se sabe: en Galicia es casi tan difícil aburrirse como conservar la silueta.

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