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Chicha de maíz en Sucre

La artista Ana Manghi recuerda sus días en la acogedora ciudad boliviana, donde vivió el Día de los Muertos

Su faceta artística profesional es la vitrofusión, pero Ana Manghi también es pintora y pertenece desde hace décadas a la asociación internacional de viajeros Servas. El arte la ha llevado a lugares de lo más diferentes; entre ellos, a Bolivia en más de una ocasión.

¿Qué encuentra allí que tanto le gusta?

La gente es muy educada. Hablan en diminutivo, y ya eso da ternura. Cuando visito otros países busco aspectos que me conmuevan. En mi último viaje a Bolivia fui a Sucre. Fue mi tercera vez en la ciudad y di una clase sobre arte en vidrio invitada por la universidad de allí.

¿Es muy turística Sucre?

La llaman “la ciudad blanca”, y para mí es la Florencia de Latinoamérica. Como es patrimonio mundial, hay bastantes extranjeros.

¿Le sorprendió algo especialmente en esta ocasión?

El nuevo uso que le dan a lugares industriales o sagrados. Por ejemplo, fui a un cafecito que han abierto en la antigua cisterna de agua de un aljibe y a otro café en la parte de atrás del coro de una iglesia, donde dan clases de yoga.

Su visita coincidió con el día de Todos los Santos.

Fue fascinante ver la preparación de la fiesta. Elaboran panes ornamentados y venden objetos en miniatura como vasitos y jarritas para que los muertos beban. El día de la visita al cementerio me angustié un poco. La gente estaba honrando a sus muertos y yo me sentía una intrusa con la cámara, así que preferí marcharme.

¿Y ahí terminó todo?

Pues no, porque en la calle vi una puerta abierta de donde salía gente. Era una casa particular con un altar gigante donde invitaban a quien quisiera a beber y brindar por sus muertos. Nos dieron chicha de maíz, licor de dátiles… Y sirvieron osobuco, que no es como el italiano, sino que lleva maíz y papas, y pasteles.

¿Se sintió allí como una extraña?

Para nada. Me presenté y conocí al nieto, a la sobrina, a la hija… Todos hablaban y bebían más de la cuenta.

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