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Teruel, entre torres mudéjares e historias de amor

De la plaza del Torico al mausoleo de los famosos amantes y la gran escalinata, un paseo entre casas modernistas y bares de jamón por la ciudad aragonesa

La plaza del Torico, en Teruel. A la izquierda, la casa azul El Torico, proyectada por Pablo Monguió en 1912. Ampliar foto
La plaza del Torico, en Teruel. A la izquierda, la casa azul El Torico, proyectada por Pablo Monguió en 1912.

Hace casi dos décadas una plataforma ciudadana lanzó un eslogan tan potente que aún hoy es una coletilla que sigue al nombre de Teruel. Y aunque no han conseguido todas sus reivindicaciones (es de las pocas capitales de provincia sin conexión directa vía tren con Madrid, por ejemplo), Teruel existe por muchos motivos. Situado sobre una muela a unos 900 metros de altitud, merece una visita por su arquitectura mudéjar, sus casas modernistas, por ser lugar de trágicas historias de amor y por su jamón.

10.00 La arquitectura de Monguió

Una buena manera de tomar el pulso a una ciudad que adquirió su esplendor en tiempos de conquistas es empezar el día en la triangular plaza de Carlos Castel. Todos la llaman la plaza del Torico (1), por el pequeño animal de bronce macizo —pesa 55 kilos— que corona una fuente del siglo XIX. Epicentro de la localidad aragonesa, se puede desayunar en alguna de sus múltiples terrazas o, si se es goloso, probar el chocolate a la taza o la trenza mudéjar de la confitería Muñoz, fundada en 1855 y una de las tiendas más antiguas de Teruel. Aquí también se encuentra la casa El Torico, construcción modernista de 1912 del arquitecto Pablo Monguió. Su tono azulado y las elaboradas forjas de los balcones firmadas por Matías Abad destacan junto a otra de las obras modernistas que dejó el tarraconense en la ciudad, la casa La Madrileña. La plaza también se visita bajo tierra: se puede entrar en los aljibes medievales que abastecieron de agua la ciudad.

La escultura de Juan de Ávalos de los amantes de Teruel representa la muerte de Isabel junto al cuerpo de Diego. Él tiene los pies tapados con la mortaja que ella retiró para darle el beso que en vida le negó. Un amor imposible, porque sus manos no llegan a tocarse. ampliar foto
La escultura de Juan de Ávalos de los amantes de Teruel representa la muerte de Isabel junto al cuerpo de Diego. Él tiene los pies tapados con la mortaja que ella retiró para darle el beso que en vida le negó. Un amor imposible, porque sus manos no llegan a tocarse.

11.00 Pinturas islámicas en la catedral

A cinco minutos a pie se llega a la torre de San Pedro (2), una construcción de mediados del siglo XIII que hacía las veces de puerta, puesto de vigilancia y campanario. Decorada con unas características cerámicas vidriadas de color verde, es el ejemplo más sobrio y antiguo del mudéjar turolense. Al lado está la iglesia de San Pedro (calle de Hartzenbusch, 7). Aquí se encontraron las momias, en 1555, de los amantes de Teruel, protagonistas de la versión española de Romeo y Julieta, cuya historia se recrea cada febrero atrayendo a centenares de visitantes. En el Mausoleo de los Amantes (3), la escultura de mármol de Juan de Ávalos bajo la que reposan los restos de Diego e Isabel precede la entrada al colorido templo y su claustro. Merece la pena subir los 76 escalones de la torre y pasear por el ándito exterior que rodea la iglesia.

Siguiendo el orden cronológico de las cuatro torres mudéjares, toca visitar la catedral (4). Antes, un pequeño desvío para admirar la modernista Casa Ferrán (5), primera obra de Monguió en la ciudad, encajada entre las angostas calles de El Salvador, del Pozo y Nueva. Ya en la catedral, ejemplo de la arquitectura gótico-mudéjar, impresiona su torre de 35 metros, la trabajada portada sur —también de Monguió— y las elaboradas pinturas de influencia islámica en la techumbre de madera de la nave central.

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13.30 Sabor autóctono

Cerca de la catedral está el convento de Santa Teresa. Aquí se resguardaron las momias de los amantes de Teruel mientras la ciudad padecía una de las batallas más cruentas de la Guerra Civil. A estas alturas del día y con la mente puesta en un buen plato de jamón, a pocos metros espera Rokelin (6) (Ramón y Cajal, 7), una opción para degustar el jamón de Teruel y que luego lleva a más de uno hasta su tienda (San Juan, 17) para comprar este sabroso manjar —el primer jamón español en conseguir denominación de origen, en 1984— y otros productos de la zona. Buenas opciones para comer en el centro histórico son Yain (7), con una carta refinada, y el cercano asador La Vaquilla (8) (Judería, 3), más económico, donde se puede probar el cerdo o el cordero, protagonistas de la gastronomía turolense.

15.00 Los pretendientes de Zoraida

Cuenta la leyenda que en el siglo XIV dos artesanos mudéjares (musulmanes que se quedaron en territorio reconquistado pero mantenían su fe) se disputaron el amor de Zoraida construyendo cada uno una torre. Según dispuso el padre de la joven, quien hiciera la más bella se casaría con ella. Confiado en su maestría, Omar, responsable de la de San Martín (9) (San Martín, 1), la desveló primero para descubrir en ese instante que estaba ligeramente inclinada. Ante tal humillación, cuentan que subió sus 40 metros de altura y se arrojó al vacío. Al poco tiempo, Abdalá terminó la torre de El Salvador (10), una construcción de exuberante belleza que le valió casarse con Zoraida. Hoy esta última es un centro de interpretación del arte mudéjar turolense, declarado patrimonio mundial en 1986. Tras subir los 122 escalones hasta su campanario (esperen al repicar de las campanas), se obtiene una maravillosa panorámica, incluida la visión de la construcción de su rival y la próxima parada de este recorrido.

La Escalinata, en el paseo del Óvalo de Teruel. ampliar foto
La Escalinata, en el paseo del Óvalo de Teruel. getty images

17.00 Un paseo junto al Turia

En el paseo del Óvalo, renovado en 2002 por el arquitecto David Chipperfield, se despliega la espléndida Escalinata (11), ejemplo de la arquitectura neomudéjar, construida en 1921 por José Torán. Su decoración resume todo lo que hace único a Teruel. Dos torres la abrazan, las escaleras se embellecen con cerámicas vidriadas verdes, las farolas imitan la estética modernista, se representa el toro y la estrella (símbolos de la fundación de la ciudad en 1171) y en el centro hay un altorre­lieve del beso final de los amantes.

Bajando las escaleras, uno puede acercarse al río Turia (12) y dar un paseo por su ribera. Luego se puede subir por la Ronda de Ambeles para ir al encuentro del viaducto peatonal de Fernando Hué (13), construido a principios del siglo XX. Siguiendo la muralla aparece el acueducto-viaducto de los Arcos (14), iniciado en 1537 para llevar el agua a la ciudad y una de las obras más destacadas del arquitecto Quinto Pierres Vedel.

20.30 Para cenar, más jamón

La cena pueden ser unos pinchos y vinos de la zona en La Barrica (15) (Abadía, 5) o, para aquellos que nunca comen suficiente jamón, se puede optar por el jamón-bar Ambigú (16), en la plaza de San Juan. Para terminar el día, la copa y música en directo esperan en el Espacio Luvitien (17) (Abadía, 16). Y siempre es buena idea un último paseo nocturno por la ciudad de los amantes.

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