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Astorga, entre maragatos y chocolateros

Pistas gastronómicas para degustar el cocido típico y la repostería de la ciudad leonesa que invita a recorrer su apasionante pasado romano y medieval

La catedral de Astorga. Ampliar foto
La catedral de Astorga. getty images

No es raro que la patrona de Astorga sea santa Marta porque Marta, además de ejemplo de laboriosidad doméstica, es a su vez patrona de la hostelería. Y de hostelería en esta ciudad de León de poco más de 11.000 habitantes saben mucho, bueno y abundante.

Astorga, entre maragatos y chocolateros

Algunos viajeros llegan aquí para comer en La Peseta, donde antiguamente los platos costaban ese precio; o para degustar un cocido maragato en Casa Maragata o en cualquiera de los restaurantes que lo preparan cada día. Tres vuelcos al revés: primero la carne, luego el garbanzo, lo último la sopa. “Porque si hay que dejar algo, que no sean las buenas viandas”, dice el propietario de El Capricho, a quien le gusta bromear con la palabra “duro” aplicada al pan y al solomillo: él se jacta de que en su casa ni lo uno ni lo otro lo estarán jamás. Enfrente queda el restaurante Las Termas, y al lado de este, la posada Casa de Tepa, uno de los alojamientos con encanto de esta ciudad que forma parte del Camino de Santiago y es cabecera de la Vía de la Plata. Por ello, en cada bar-restaurante se ofrece un menú del peregrino de entre 9 y 11 euros. No tan asequibles son el laboratorio y las cocinas de Serrano, que merecen una visita por parte del viajero gourmet.

Las calles huelen a carne y azúcar. Dos murales adornan las medianeras del centro: uno, en color, está dedicado a la cecina; otro, en blanco y negro, recreado a partir de una foto, reproduce ese instante cotidiano en el que las astorganas confeccionaban las cajillas para verter la masa de los mantecados. El mural parece la pantalla de un viejo cine: aquí, a diferencia de otros lugares más poblados, sigue habiendo cine y un festival que se celebra a finales de septiembre. El escaparate de la entrañable boutique Tiffany’s se adorna con retratos de Audrey Hepburn y Marilyn Monroe.

Las reposterías, con sus hojaldres y pastelitos merles, provocan rugidos en el estómago. Se pueden degustar en La Flor y Nata o en La Mallorquina, que en 2016 cumplió un siglo. La relación de esta ciudad con el chocolate es fascinante. Se dice que llegó aquí porque una hija de Hernán Cortés se prometió con el marqués de Astorga. De estos orígenes, los antiguos instrumentos para preparar el vigorizante manjar o sus anuncios y envoltorios obtenemos cumplida información en el Museo del Chocolate, un palacete modernista que, por su colorismo, podría confundirse con La casita de chocolate de Hansel y Gretel.

La fachada principal, de estilo barroco, de la catedral de Astorga (León).  ampliar foto
La fachada principal, de estilo barroco, de la catedral de Astorga (León). 

También la confitería Alonso está especializada en chocolate artesanal. Se encuentra bajo los soportales de la animada plaza de España, cuyas vistas desde algunas habitaciones del hotel Astur Plaza son inmejorables. Allí el monumental edificio del Ayuntamiento sobresale por sus gárgolas, balcones y por los autómatas del reloj, Colasa y Juan Zancuda, que vestidos de maragatos marcan las horas desde 1748. Las alturas de Astorga están pobladas por réplicas de maragatos, como Colasa, Juan y Pedro Mato, que desde lo alto de la catedral recuerdan que esta fue la primera ciudad en resistirse a los franceses durante la guerra de la Independencia. Dice la leyenda que un soldado del ejército napoleónico disparó a Pedro y le dio en un dedo, que se le cayó de la mano para ir a parar sobre el tirador enemigo: el francés murió en el acto. En la parte interna de la balaustrada de la catedral quedan los decimonónicos grafitis de los franceses allí apostados. La parcial destrucción de la muralla data de aquella época.

Junto a la Astorga de la guerra de la Independencia quedan restos de la Astorga romana, de la que se conserva la Ergástula —un pórtico abovedado— que alberga el Museo Romano. La Astorga medieval sale a la luz, entre otros lugares, con un hito siniestro: la Celda de las Emparedadas, entre la iglesia de Santa Marta y la capilla de San Esteban. Allí eran encerradas para hacer penitencia las mujeres de mala vida. Los vecinos piadosos las alimentaban a través del ventanuco enrejado que da a la calle. Estos emparedamientos remiten a ese pasado negro y literario que organiza otro festival a finales de junio en el teatro Gullón. En la Casa-Museo de Leopoldo Panero se guardan otras fantasmagorías literarias que tan bien atrapó Jaime Chávarri en El desencanto (1976).

También queda una Astorga llena de luz: la que se irradia desde la catedral, con elementos góticos, renacentistas y barrocos, a toda la ciudad. La fachada churrigueresca está flanqueada por dos torres: la de la derecha sufrió los daños del terremoto de Lisboa de 1755; la de la izquierda es la imponente torre rosada que cumple con el debido tópico de hacerle sentirse a una pequeñita. Sobre todo, si se contempla al lado de la Celda de las Emparedadas, que, por efecto de la libre (o no tanto) asociación de ideas, me hace reparar en el palacio arzobispal, cuya construcción fue encargada a Gaudí. El arquitecto no llegó a acabarlo y el edificio neogótico me trae a la cabeza los dibujos de La bella durmiente. Ciudad de cuentos y maravillas. Los ángeles que adornan el jardín del palacio deberían haberse alzado sobre la techumbre. Pero descansan en el suelo y no vuelan por las noches en compañía de Pedro Mato, Colasa y Juan Zancuda, los aéreos maragatos.

Marta Sanz es autora de la novela ‘Clavícula’ (Anagrama).

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