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El viejo cine de Turmero

El artista plástico Javier Téllez revisita el pueblo de su infancia, al norte de Venezuela

El artista Javier Téllez. Ampliar foto
El artista Javier Téllez.

Javier Téllez vive en Nueva York y acaba de volver de Bilbao, donde ha inaugurado su videoinstalación Teatro de sombras en el Museo Guggenheim (se puede ver hasta el 18 de noviembre). Pero sus raíces están en Venezuela, y aquí nos habla de un viaje muy simbólico a Turmero, el pueblo de su niñez.

 ¿Cómo es el paisaje de Turmero?

Es bosque tropical, que abunda en Venezuela. Está en el interior de un valle, a una hora en coche de la localidad de Valencia.

¿Qué hacía cuando iba de niño?

Íbamos con mi madre al cine del pueblo, regentado por mis tías. Fue uno de los primeros del país: lo fundó mi abuela en 1917. Allí vi Tiburón, junto al proyeccionista. Recuerdo que en la cinta de la película veía aparecer al tiburón antes que los espectadores y me moría de miedo. De ahí procede mi fascinación por el cine.

¿Cómo surgió volver de adulto?

Estaba en un bar de Valencia, con un amigo, rememorando la niñez y el pueblo. Él me sugirió irnos conduciendo hacia Turmero en ese mismo momento, a ver qué quedaba de todo aquello. Y eso hicimos.

¿El pueblo estaba muy cambiado?

Sí, ha crecido mucho. Nuestra casa había sido transformada y el cine estaba abandonado. El cartel ya no estaba pero sí el edificio, aunque sin techo, y las butacas rojas. Le expliqué al guardia quién era y me dejó pasar porque conocía a mi familia. Subí al cuarto de proyecciones y solo rescaté un pedazo de cinta: cuatro fotogramas donde aparecen unos policías montados de Canadá. Sueño con encontrar toda la película partiendo de esos fragmentos.

¿Sintió melancolía?

No tanta porque ya sabía que no encontraría el cine en buen estado, aunque condujimos hacia Valencia con banda sonora de boleros. La carretera es muy oscura y siempre se pasa cerca de un árbol histórico: el Samán de Güere. Es monumento nacional desde 1933, porque allí estuvo Bolívar con sus tropas. El naturalista Hum­boldt lo describió en sus viajes por Latinoamérica. Ese árbol es un marcador de identidad, lo que me une a la familia de mi madre.

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