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Volcanes, playas y silencio en las islas Eolias

De la pequeña Alicudi a los baños de lodos de Vulcano. Un viaje en tren desde Roma hasta el cinematográfico archipiélago siciliano

Vista aérea de la isla de Estrómboli (Sicilia). Ampliar foto
Vista aérea de la isla de Estrómboli (Sicilia). getty images

Italia sin Sicilia no deja huella en el alma, advertía Goethe. Vamos al espectáculo natural del archipiélago de las Eolias, situado al norte de Sicilia, siete islas volcánicas entre aguas turquesas y arenas negras. Vistas desde el aire están dispuestas en forma de Y, como la franja de estrellas que rodea la constelación de Orión. Pero no llegamos desde el aire, la cita es a las 19.30 en Roma, estación de Termini. ¿A Sicilia en tren? Ettore, mi amigo, sonríe y te abre paso por el anticuado vagón. En el compartimento, los pies de la litera esconden un orinal de porcelana detrás de un resorte. Durante la madrugada el tren se interna en la quilla de un ferri para cruzar el Mediterráneo. Te levantas a mirar. No es posible. ¡Estamos en el carguero del capitán Haddock! Asciendes las escaleras hasta la cubierta, hay un pequeño bar lleno de camioneros. Hace algo de frío, te subes el cuello de la chaqueta antes de asomarte por el puente. La nave está entrando al puerto de Mesina, pasa por delante de una inmensa escultura con la que Sicilia parece darnos la bienvenida, una mujer, una especie de virgen con vasijas. Desprende ese punto desmesurado y hortera que también solo tiene Italia para lo feo. Vuelves a la cama y el tren sigue su marcha, ya en tierra firme de Sicilia. A las ocho de la mañana, en el puerto de Milazzo, al norte de la isla, esperamos otro barco, un aliscafo, para embarcar a las islas Eolias.

La actriz Ingrid Bergman y el director Roberto Rossellini, bordeando la costa de la isla de Estrómboli, en abril de 1949. ampliar foto
La actriz Ingrid Bergman y el director Roberto Rossellini, bordeando la costa de la isla de Estrómboli, en abril de 1949. getty images

Escenarios de película

Las Eolias se hicieron famosas por la imagen que proyectaron desde el cine: pequeños pueblos en medio de una geografía inhóspita, salvaje; sociedades tradicionales, hostiles a cualquier forma de progreso. Volcanes, playas oscuras entre acantilados, silencio y soledad. En el cine en blanco y negro no hay color más cercano al de la sangre que el azul del mar. “Lo bello”, explica Rilke, “no es más que el comienzo de lo terrible, ese grado que todavía podemos soportar”. Todas aquellas películas tienen el mismo trasfondo: mujeres libres aisladas, acosadas. En 1950, la perseguida fue Anna Magnani, en Vulcano, y después, Ingrid Bergman, en Stromboli, tierra de Dios, la actriz sueca tan fascinada con el cine de Roberto Rossellini que desde Hollywood le escribió para ofrecerle su participación en cualquier película que planeara el director y cuya “adúltera relación” quebrantó en la década de 1950 los tabúes morales de medio mundo. La última película famosa, El cartero (y Pablo Neruda), se rodó en 1994 en la isla de Salina con un tema más amable, las relaciones entre la literatura y la vida.

Viejas como el mismo Mediterráneo, todas las islas conservan restos del Neolítico, de la Edad del Bronce y de las culturas griega y romana. Casi todas tienen su iglesia barroca. Humilde, pero barroca. Los dioses de la mitología griega fueron los primeros dueños de las Eolias. Quien da nombre al archipiélago es Eolo, el dios de los vientos, y su hijo, el mítico rey Líparo, lo hace con la mayor de las islas. Por su parte, el forjador de los rayos de Zeus y del tridente de Poseidón, Hefesto, a quienes los latinos llamaron Vulcano, vivía con los cíclopes en el interior del cráter de la isla a la que da nombre, situada en la extremidad inferior de la Y.

Volcanes, playas y silencio en las islas Eolias

200 habitantes y una tienda

Nosotros vamos a la punta opuesta, a Alicudi, la isla que culmina el archipiélago por el oeste. Con menos de 200 habitantes estables, sin agua ni casi vegetación, está completamente ocupada por un volcán cónico de 700 metros de altura llamado Filo dell’Arpa. Desde el barco, las casas del pueblo de Alicudi no aguardan a lo lejos, se adelantan. Están alineadas sobre una sola calle, sin coches. Visitamos el cementerio en la ladera de la colina, la mayoría de hombres fueron emigrantes a Australia. Muchas tumbas tienen fotografías. Son rostros antiguos, con las cejas grandes y los dientes mal alineados, los rostros del cine de Pasolini. Casi al lado, la escuela, celebrando la vida en la sombra de la muerte. Lo bello y lo terrible, lo vulgar o lo deslumbrante, desafiándose mutuamente.

Acabamos de salir de la única tienda que abastece de enseres a la población, donde, por azar, empujé una botella de vino que se hizo añicos contra el suelo. En la puerta hay cuatro hombres apoyados en un banco de piedra, saludan a Ettore y sonríen. La dimensión orgánica, familiar, el parentesco de la sangre como un designio anterior a la misma Alicudi. Uno te señala y dice: “¿Podría hacerlo de nuevo?”. Y ante tu mirada curiosa: “Tirar otra botella”. Risotada general.

Una piscina natural en Vulcano, en el archipiélago de las Eolias (Sicilia).  ampliar foto
Una piscina natural en Vulcano, en el archipiélago de las Eolias (Sicilia). 

Estrómboli, Panarea y Lípari

Al cabo de unos días nos advierten de que la isla va a quedar incomunicada, se aproxima una tormenta. Abordamos el último barco, va casi vacío y para en todas las islas. Pedimos en el bar una botella de vino de malvasía y un plato de capperi (alcaparras), los tesoros agrícolas del archipiélago. A nuestra izquierda, Estrómboli, un volcán en constante erupción al que es posible asomarse, desde una cota más elevada, para escuchar los ronquidos de las profundidades y mirar los esputos de lava. El camarero nos comenta que Julio Verne situó en este cráter la emersión a la superficie del planeta en su Viaje al centro de la Tierra.

Hacemos una leve parada en otras islas; la más exquisita es Panarea. La mayor es Lípari, tiene unos 12.000 habitantes. A su lado, Vulcano se ha hecho famosa por sus baños termales y las franjas de colores de las rocas, especialmente las de tono yema, causadas por los vapores de azufre de la actividad volcánica. Es verdad, huele un poco a huevo podrido, pero uno lo olvida combinando baños de burbujas ardientes en piscinas naturales de agua y lodo con la inmersión en la transparencia verdeazulada del Mediterráneo.

Pedro Jesús Fernández es autor de la novela ‘Peón de rey’.

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