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Ninfas, sabinas y ermitas mágicas en Soria

Una caminata por el cañón del río Lobos hasta San Bartolomé, una excursión al nacimiento del río Abión y visita a la bella iglesia románica de San Baudelio

La ermita de San Bartolomé, en el cañón del río Lobos, en Ucero (Soria).  Ampliar foto
La ermita de San Bartolomé, en el cañón del río Lobos, en Ucero (Soria).  istock
Ninfas, sabinas y ermitas mágicas en Soria

San Baudelio es una de las iglesias más interesantes de Europa y no estaba en mi itinerario. En ese viaje, yo quería ver el horizonte frío del centro de España después de unas semanas muy tristes. Sí, lo tengo que decir, porque ahora sé que el estado de ánimo influye en cómo se perciben las cosas. Nuestro centro de operaciones fue El Burgo de Osma. Desde allí nos lanzamos a un viaje invernal. La primera noche me asomé a la ventanuca del alojamiento y vi la capa de hielo del techo del coche. Por la mañana, la gente tardaba en transitar por los magníficos soportales medievales y renacentistas. Se acercaba el jueves lardero y en la localidad se publicitaba la matanza, convertida en reclamo. Por las tardes, a la vuelta de las excursiones y con la tierra ya caliente por el sol, fuimos conociendo los monumentos. Significativa la atalaya de Uxama al atardecer, erigida por los árabes en relación con la fortaleza califal de Gormaz y las defensas de la línea fronteriza. Desde allí se camina hasta los restos arqueológicos de la Uxama Argaela de los arévacos para contemplar la celtíbera y romana Uxama del cerro Castro, la medieval Osma y la villa episcopal de El Burgo de Osma.

El primer recorrido fue al cañón del río Lobos. Desde Ucero, caminamos hasta la ermita de San Bartolomé. El azul de la malaquita y el cobre del agua del río forman pozas y cuevas en las que se apoya la imagen de la ermita. Desde allí es donde hay que contemplarla. La serenidad es apabullante. Después, adentrarse por los cañones todo lo posible (nunca hay tiempo suficiente en el viaje) hasta que se acercan tanto los buitres leonados que se siente el silencio en el que planean.

Vista de la fortaleza califal de Gormaz. ampliar foto
Vista de la fortaleza califal de Gormaz. getty images

Al día siguiente intentamos ir a la Laguna Negra, pero había nevado y el acceso a la sierra de Urbión estaba cerrado. Quedó para otra ocasión; qué bien, una razón, mientras se está de viaje, para soñar que habrá otro viaje al mismo sitio.

Seguimos la tierra roja hacia Calatañazor y al nacimiento del río Abión en La Fuentona. Una fosa de agua verde y transparente que comunica con las corrientes subterráneas de Calatañazor. Tan sugerente que me hizo enumerar las ninfas que podrían haber surgido de semejante oquedad. Hasta que me fijé en la oscuridad del fondo y descubrí el porqué del amor que le tienen los espeleólogos: una profundidad de 50 metros que se prolonga en cientos más hasta llegar al nivel del río subterráneo. Inquietante. A la vuelta visitamos el sabinar de Calatañazor. Una de las densidades más grandes de sabinas en Europa gracias a la humedad del Abión. Hay que abrir la puerta de la valla y perderse entre los troncos oscuros y la humedad del crujir de las hojas.

Orson Welles

Calatañazor entre semana y en invierno está desierto y por eso retrotrae a 1962 y a la película que Orson Welles rodó allí. Descubrimos una tiendita en el bajo de una casa. Huele a torreznos: el dueño los está friendo. Le decimos si podemos comer algo. No. Pero nos prepara un plato y otro de queso, y nos sienta en un banco al sol en las calles de Campanadas a medianoche (1965). Se hace tarde y no vamos a llegar a la ermita de San Baudelio. Todos en la provincia nos hablan de ella. Aceleramos, pero tarda en aparecer entre la planicie soriana que avanza y avanza. Cuando finalmente llegamos, nos la enseña una mujer culta y entusiasta, y de pronto siento que estoy en el centro del mundo. Que San Baudelio fue el centro del mundo, como lo fue Jerusalén en los mapas de la Edad Media. Porque tiene cosas únicas. La palmera que reparte la altura y el soporte arquitectónico; la doble arcada, para mí, omeya; los dibujos del elefante y el dromedario. Los animales tuvieron que ser conocidos por el pintor o alguien de su entorno, no se pintaba en el siglo XI solo con la imaginación. Y eso que faltan la mayor parte de las pinturas excepcionales que se vendieron a trozos, como se venden las cosas que dan más dinero, y se reparten hoy entre el Museo del Prado, los Cloisters de Nueva York y vete a saber dónde. San Baudelio, centro del románico castellano y estructura arquitectónica de origen taifal, situada en la zona de frontera entre los emergentes reinos cristianos y el califato primero y los reinos de taifas después. No nos queremos ir y contemplamos el horizonte en silencio. Mi pareja, la guía y yo. El frío y la humedad ascienden.

Berlanga de Duero está en el camino de vuelta. El castillo del siglo XV domina la localidad, pero es el estado impoluto de las murallas, construidas según la marca renacentista, lo que más atrae. Bajamos del coche y las seguimos hacia las afueras, cuando se pierden en uno de los típicos paseos de extrarradio que han llenado ciudades y pueblos en los últimos años y que los habitantes caminan entre orgullosos y saludables. Nosotros más, por poder compartirlo.

Una de las calles principales de El Burgo de Osma (Soria). ampliar foto
Una de las calles principales de El Burgo de Osma (Soria). getty images

De vuelta a El Burgo de Osma, cenamos en el único sitio abierto del casco antiguo. El camarero es de Berlanga y ama la comarca. Nos sirve unos torreznos. Pido croquetas de setas, el día anterior estaban buenísimas. La cocinera asoma la cabeza y la felicito. Es búlgara. Lleva el pelo cubierto con un pañuelo. “Soy musulmana. No como cerdo”. “Yo soy vegetariana”, contesto. Acaba de hacer unos pastelitos búlgaros deliciosos y nos los envuelve de regalo.

Patricia Almarcegui es autora de ‘La memoria del cuerpo’.

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