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São Paulo, querido gigante

La avenida Paulista, el barrio de los restaurantes japoneses y el bar de la terraza del edificio Italia. Sorpresas en el centro financiero de Brasil

El perfil urbano de São Paulo, con el edificio Copan, de Oscar Niemeyer, en primer plano. Ampliar foto
El perfil urbano de São Paulo, con el edificio Copan, de Oscar Niemeyer, en primer plano.

São Paulo, la ciudad más grande de América Latina, puede resultar un misterio hasta para un viajero curtido en mil países. Este monstruo de 1.500 kilómetros cuadrados y 12 millones de habitantes, esencialmente una jungla de rascacielos y helicópteros, apenas tiene espacios públicos. Es un sitio muy brasileño a pesar de que no tenga playas ni selvas; lo es en el sentido de que es un lugar de ricos lleno de pobres y porque encarna la frase “Brasil no es para principiantes”, de Tom Jobim, que aquí repiten con orgullo y no poca arrogancia. También su inaccesibilidad es inherentemente brasileña: la zona se colonizó no creando comunidades, sino a base de haciendas aisladas donde los empresarios fabricaban azúcar con sus esclavos y apenas salían al peligroso exterior. “São Paulo es la cultura de la fazenda llevada a su extremo lógico”, explica Benjamin Moser, el estadounidense autor de Autoimperialismo: três ensaios sobre o Brasil, sobre las psicosis brasileñas. “Aunque parece un lugar moderno, en realidad es el resultado más extremo de la economía esclavista rural, en el que el deseo individual de enriquecerse es el único imperativo social”. Pero no es imposible encontrarle lógica a la ciudad y, así, no solo verle un cierto encanto por ser ajena a la disneyficación del turismo, sino admirarla. Cuando uno se da cuenta, está en un lugar que ha logrado lo imposible en 2017: no parecerse a absolutamente nada.

Terraza del bar Balsa, en el centro de São Paulo. ampliar foto
Terraza del bar Balsa, en el centro de São Paulo.

01 La arquitectura

São Paulo no tiene atracciones turísticas, pero es lo opuesto a un paisaje desolado: las calles están abarrotadas de edificios. Donde debería haber horizonte lo que hay es una construcción tremenda tras otra, un rascacielos, una urbanización, una vivienda, todo grande, fruto de una especulación desaforada y una vocación nacional por la grandilocuencia. Su perfil arquitectónico podría compararse con el neoyorquino si no fuera porque cuando uno lo intenta, y mira desde lejos, comprueba que sigue en todas direcciones.

Para hacerse una idea rápida del paisaje arquitectónico de la ciudad nada mejor que ir a la avenida Paulista, la arteria central, y recorrer sus tres kilómetros de edificaciones de hormigón, acero y cristal. Ahí hay auténticas obras maestras, como el Conjunto Nacional, en el número 2073, obra del arquitecto brasileño David Libeskind (1928-2014), que realizó el proyecto en 1958 con menos de 30 años.

Una segunda forma de ver la arquitectura es plantarse en la Praça da República, el antiguo centro y hoy hogar de numerosos drogadictos, mafiosos y familias de indigentes. Allí los edificios del Estilo Internacional están oxidados, ocupados y llenos de grafitis. Ese paisaje posapocalíptico, de Blade Runner con palmeras, no existe en ningún otro lado, y entender que encierra belleza —trágica y nada obvia— lo cambia todo. Más que ningún territorio, São Paulo es esa lección.

El centro de São Paulo.
El centro de São Paulo.

También está lo más parecido a una vista icónica que hay aquí: el cruce del jaleado, sinuoso y magistral Copan (avenida Ipiranga, 200), del arquitecto Oscar Niemeyer (1907-2012), con el precioso Edificio Italia (avenida Ipiranga, 344), del germanobrasileño Adolf Franz Heep (1902-1978). Ambos destacan por la depurada utilización del brise-soleil o parasol (las lamas fijadas a la fachada para reducir la incidencia solar) como elementos de la composición arquitectónica.

02 Dueños del futuro

El centro hoy representa el pasado, un concepto no muy valorado en el país. “Brasil siempre ha estado obsesionado con el futuro, pero a quien esto le suene optimista, no lo es: es lo contrario; de hecho, es una manera de escapar del pasado”, cuenta Moser. “Existe la idea de que Brasil no es todo lo que debería ser (un país rico y moderno) y por eso los brasileños parten de un sentimiento de vergüenza muy profundo y muy personal. Cada generación cree que las cosas van mal ahora, pero que irán bien luego. Y en cada generación esta creencia se acaba viendo terrible y brutalmente frustrada”.

Detalle del bar Riviera, en São Paulo.
Detalle del bar Riviera, en São Paulo.

São Paulo está compuesta por incontables intentos de adueñarse del futuro, apuestas por una apoteosis que luego se quedan herrumbrosas. Como Higienópolis, un barrio cercano al centro fundado para ser aristócrata y directamente bautizado por lo que los demás no tenían. En los años cincuenta sus pudientes vecinos comenzaron a competir por el edificio más ostentoso y moderno, y un paseo por sus calles, empezando por el Domus de la Rua Sabará, 47 —una residencia con forma de tarta de boda que no por ello deja de valer la pena—, es una experiencia memorable. En la avenida Higienópolis se mezcla lo grecorromano con lo futurista, lo alto con lo curviquebrado, el Hollywood clásico imaginado por un personaje de Los Supersónicos. En realidad, quien lo imaginó fue Artacho Jurado (1907-1983), quien quiso ser arquitecto pero no pudo estudiar porque para entrar en la escuela había que jurar bandera, y su padre, un anarquista malagueño, no se lo permitía. Alejándose lo más posible del progenitor, logró que los promotores pudientes de Higienópolis le pagasen el diseño de las casas —que luego eran firmadas por arquitectos licenciados—. De su imaginación salieron fantasías de la arquitectura del racionalismo como el Edificio Cinderela, de 1956 (Rua Maranhão, 163). Y para refrescar el ojo puede uno buscar el refinado clasicismo de los edificios Itamarati (avenida Higienópolis, 147) y uno de los portales más bonitos de la ciudad: el del edificio Piauí (Rua Piauí, 428).

Ambiente de fiesta en las calles de São Paulo durante el festival de Tanabata, celebrado a mediados del pasado mes de julio.  ampliar foto
Ambiente de fiesta en las calles de São Paulo durante el festival de Tanabata, celebrado a mediados del pasado mes de julio. 

La obsesión por el futuro a veces provoca traumas. Uno de los más famosos es el Minhocão. A finales de los sesenta, se decidió que el futuro era de los coches y se planeó una autopista elevada, para que los vehículos circulasen majestuosamente sobre los hombres. Se inauguró en 1969 y en 1976 se tuvo que cerrar al menos los fines de semana: los coches pasaban a cinco metros de las ventanas de algunas viviendas y el ruido era insoportable. Ahora, el Minhocão se llena los domingos de jóvenes que, partiendo de la Praça Roosevelt, ocupan sus 3,5 kilómetros para tocar bossa nova, hacerse fotos, beber cerveza o sencillamente ver el atardecer. Les acompaña la gente en las ventanas a cinco metros y los que majestuosamente pasean por debajo. Gracias a Dios, a veces el futuro sale mal.

03 A vueltas con el pasado

El céntrico Vale do Anhangabaú sigue siendo uno de los pocos sitios donde uno puede palpar la historia de la ciudad. Ahí está el Edificio Martinelli (São Bento, 405; www.prediomartinelli.com.br), el primer rascacielos de la urbe (y de toda América Latina), de 1929, diseñado por el empresario italiano que le da nombre y que quería dejar su huella. También está el impresionante Mirante do Vale (avenida Prestes Maia, 241), de 1966, obra de Waldomiro Zarzur, el siguiente edificio más alto de Brasil (170 metros) hasta que fue desbancado en 2014.

Parte del problema narrativo de São Paulo es que es una capital financiera y su historia la conforman aburridos éxitos empresariales. Los intentos de remediar esto no han sido exactamente acertados. Si uno va al parque de Ibirapuera se encontrará con un monumento a unos bandeirantes. “Es un grupo un poco raro para rendirle homenaje, porque fueron los crueles y despiadados colonizadores del interior de Brasil”, dice Moser. São Paulo es la única ciudad que celebra la existencia de estos hombres, odiados en el resto del país por haber esclavizado o asesinado a los nativos. “Parecen querer celebrar un ideal elevado que la ciudad no tiene, un valor o una conciencia nacional más allá de ser un sitio donde ganar dinero”. Hay monumentos por toda la ciudad, pero en el Ibirapuera al menos hay edificios de Niemeyer que mirar.

El Museo de Arte de São Paulo, de Lina Bo Bardi, en la avenida Paulista. ampliar foto
El Museo de Arte de São Paulo, de Lina Bo Bardi, en la avenida Paulista.

04 Otra forma de ver el arte

No se puede visitar São Paulo sin rendir un fervoroso homenaje a la que el crítico Martin Filler calificó como “la Anna Magnani de la arquitectura”, la italobrasileña Lina Bo Bardi (1914-1992). En la avenida Paulista, número 1578, a nadie le pasa inadvertido uno de los iconos de la ciudad y ya un clásico de la arquitectura contemporánea. El Museo de Arte de São Paulo (masp.art.br), de 1958, es en sí mismo una obra de arte, enmarcado en pilares pintados de rojo y apoyado y suspendido entre ellos con 74 metros de luz a ocho metros del suelo. El museo, además, ha recuperado felizmente, en diciembre de 2015, la original presentación de las obras de la colección en caballetes de cristal sobre bases de hormigón repartidos por toda la sala. De tal forma que las obras no se ven colgadas en las paredes, sino en una especie de bosque transparente en el que parecen levitar. Esta disposición, que en los años sesenta rompió con la visión jerárquica tradicional en busca de una organización no lineal, fue suprimida en 1996 y recuperada gracias al prestigioso comisario Adriano Pedrosa, responsable del museo desde 2014, y al equipo Metro Arquitetos, que ideó los nuevos caballetes. Una iniciativa que convierte al MASP en uno de los museos más originales del mundo.

El centro cultural SESC de Pompéia, de la arquitecta Lina Bo Bardi, en São Paulo. ampliar foto
El centro cultural SESC de Pompéia, de la arquitecta Lina Bo Bardi, en São Paulo.

La admiración que produce la nitidez estructural de este edificio de Lina Bo Bardi se acrecienta con la visita a otra obra suya, el SESC Pompéia (calle Clélia, 93), de 1977-1986. Se trata de la obra más experimental, innovadora e inclasificable de la arquitecta: una vieja fábrica que ella decide no demoler y que transforma en un centro comunitario para la cultura, el deporte y el ocio poniendo en el empeño toda su vehemencia y pasión. La Casa de Vidro, de 1951, y el teatro Oficina, de 1990, son otras de las obras de la arquitecta en la ciudad.

Entre los centros culturales, destaca el del Banco do Brasil (Álvares Penteado, 112; bb.com.br/cultura), y entre las galerías de arte, una de las mejores es Mendes Wood DM (Rua da Consolação, 3358). También merece la pena visitar la galería Leme (avenida Valdemar Ferreira, 130), obra del arquitecto Paulo Mendes da Rocha, y la tienda Livraria da Vila, del arquitecto Isay Weinfeld, que se ubica en el Cidade Jardim Mall. Y quien disfrute con el arte callejero, algo que obsesiona a los paulistanos, hay un callejón con obras: Beco do Batman (Rua Gonçalo Afonso).

Uno de los platos del restaurante Carlota, en São Paulo.
Uno de los platos del restaurante Carlota, en São Paulo.

05 Gastronomía de vértigo

Una vez se está en la ciudad, es cuestión de tiempo hasta oír los argumentos favoritos de sus habitantes: que São Paulo es el Nueva York de América Latina, que tiene la mayor colonia de japoneses fuera de Japón y que es una de las capitales gastronómicas del mundo. Lo curioso es la poca cantidad de personas que pueden demostrar esto último recomendando un restaurante. Aquí los establecimientos ganan y pierden credibilidad a velocidad de vértigo. Este año es el del Capivara (Rua Dr. Ribeiro de Almeida, 157), un bar de grafitis, sillas de metal, servilletas de papel y lista de espera. Dada su imparable popularidad, se ha visto obligado a abrir algo más que solo unas horas los jueves por la noche y a aceptar pedidos en lugar de servir lo que decide el chef: para muchos, se ha vendido.

Lo que nunca falla es el barrio de Liberdade, en el centro, porque ahí está la famosa colonia japonesa con los mejores restaurantes nipones del país. En particular está el Izakaya (Rua Thomaz Gonzaga, 20), donde la dueña (reconocible porque hay retratos suyos por las paredes, junto a los de actrices niponas de hace décadas) sí dicta lo que se puede comer o lo que no (el tori karaage es espectacular, y el sake nacional, una idea pésima). Para conocer la gastronomía brasileña, lo mejor es el Carlota (Rua Sergipe, 753), el favorito del expresidente Fernando Henrique Cardoso. Una opción más barata pero también sobresaliente es el Tordesilhas (Alameda Tietê, 489).

Fiesta en el local Cesta Ácida, en São Paulo. ampliar foto
Fiesta en el local Cesta Ácida, en São Paulo.

06 La noche fulgurante

Cualquier plan nocturno depende de si es jueves o no. Es cuando abre el Balsa (Rua Capitão Salomão, 26) y no hay discusión: este bar escondido en un destartalado edificio del centro tiene un ático con las mejores vistas de la ciudad, al Vale do Anhangabaú. Si no es jueves, hay que resignarse con uno de los mejores bares de la ciudad, el Riviera (avenida Paulista, 2584), donde se reunían los intelectuales de izquierdas durante la dictadura militar. Acaba de volver a abrir, con el diseño original de 1949. Pasado el primer cóctel, cada uno sabrá qué le llama más: si es la música, el bareto Ó do Borogodó (Rua Horácio Lane, 21) ofrece en directo el samba más melancólico de la ciudad. A partir de medianoche se abre la veda en Lourdes (Rua da Consolação, 247), sede nocturna del mundillo del arte paulistano y punto de unión de diletantes y jóvenes gafapastas. Es posible que el Autódromo Interlagos ofrezca algún festival (São Paulo alberga ediciones propias del australiano Milkshake y de Lollapalooza): de ser así, es ahí donde va a estar todo el mundo. Si se quiere algo más lisérgico, la Cesta Ácida (Praça da Sé, 156) genera un culto casi religioso.

La zona de restaurante del Paribar, en São Paulo.
La zona de restaurante del Paribar, en São Paulo.

07 Las multitudes

Es común ver en las puertas de ciertos bares hasta cientos de personas, bebiendo lo que le puedan comprar a vendedores ambulantes: es gente que nunca entra en el establecimiento y es una parte fundamental de la vida paulistana. El tumulto principal está a las afueras del Paribar (Praça Dom José Gaspar, 42): gente de todos los colores, edades y clases. El público LGBTQ debe ir a la Praça Roosevelt, aunque sea por respeto a la cantidad de horas que sus asiduos le han dedicado al culto al cuerpo en el gimnasio. Y, sin embargo, si es domingo y uno es joven, la visita es por la tarde a las puertas del Museo de Arte Contemporánea (parque de Ibirapuera), donde estudiantes de instituto apuran un último botellón. Luego, se supone, vuelven a la realidad.

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