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10 razones para descubrir Córcega

Un continente en miniatura rodeado por el intenso azul del Mediterráneo donde relajarse en playas paradisíacas o lanzarse al senderismo y el descenso de barrancos

Bañistas en Cala di Achiarina, en las islas Lavezzi, al sur de Córcega. Ampliar foto
Bañistas en Cala di Achiarina, en las islas Lavezzi, al sur de Córcega. agefotostock

Ciudades pintorescas, yacimientos prehistóricos, fortalezas, pueblos genúinamente mediterráneos y unas playas al borde de un mar azul intenso. Como un continente en miniatura, los viajeros llegan a Córcega para tomar el sol en sus arenales, practicar senderismo, travesías en canoa y descenso de barrancos, o dedicarse a explorar, a paso lento, su gastronomía. Un relajado rincón del Mediterráneo marcado por la fuerte personalidad de los corsos, definida por una trilogía sagrada: la comida, el vino y la música.

Panorámica de la bahía de Girolata, en la reserva natural de Scandola (Córcega). ampliar foto
Panorámica de la bahía de Girolata, en la reserva natural de Scandola (Córcega). Getty

1 Aguas azules en Scandola

Scandola es uno de esos lugares mágicos y genuínamente mediterráneos con los que nos sorprende Córcega, siguiendo la espectacular carretera que va desde Porto hasta Ajaccio. Está salpicada de playas, salvajes formaciones rocosas y también, por qué no decirlo, de lugares para los placeres sencillos y básicos; por ejemplo, el irresistible restaurante (y heladería) Geronimi, en el pequeño pueblo de Sagone, que propone sabores tan variopintos como el helado de camembert o el de anchoa. A la reserva natural de Scandola, declarada patrimonio mundial, solo se puede acceder por mar, con la posibilidad de ver parajes salvajes tanto en tierra firme como bajo el agua: el golfo presume de una fantás­tica biodiversidad marina y una asombrosa topografía. Hay muchos operadores que ofrecen excusiones en barco para visitar la reserva (via­mare-promenades.com; portoeivissa.com; corse-emotion.com).

Desde Porto también merece la pena visitar los pintorescos pueblos de Ota y Evisa, tranquilos e impasibles ante el flujo de turistas, así como las gorges de la Spelunca, uno de los cañones naturales más profundos de Córcega, perfecto para hacer senderismo y nadar en aguas frescas en verano.

Pueblo de Nonza, en la península de Cap Corse, en Córcega. ampliar foto
Pueblo de Nonza, en la península de Cap Corse, en Córcega. Getty

2 Carreteras costeras en Cap Corse

Sobre el mapa, Bastia –la segunda ciudad de Córcega– y la península de Cap Corse ocupan una insignificante porción de isla, sin embargo, sorprende su variedad de atractivos. Es fácil pasar una semana de caminatas por la espectacular costa de Cap Corse, explorar pequeñas poblaciones como Non­za, Centuri y Erbalunga o curiosear en los mercados y estrechas calles del barrio Terra Vecchia de Bastia.

Cap Corse, una alargada península en el noreste de Cór­cega, sobresale del resto de la isla como un enorme dedo que señala a Italia. Su costa oeste es conocida por su desnudez, con acantilados de roca y puebleci­tos que resisten los fuertes vientos. El litoral este, sin embargo, ofrece un paisaje más amable, con colinas verdes, hermosas playas y pueblos costeros. Aunque Cap Corse tiene apenas 40 kilómetros de largo, la estrecha carretera que lo rodea (la D80) acumula 120 de recorrido, enlazando curvas cerradas y sobrecogedores precipicios que van directos al mar.

El diminuto puerto de Centuri, lleno de embarca­ciones, es uno de los más impor­tantes de Europa en la pesca de langoust (langosta de roca) y en algunos de sus restaurantes se pueden degustar la legendaria pâtes à la langouste (pasta con langosta), especialidad local de temporada (de agosto a octubre). Pero para muchos la localidad más atraciva de esta zona es Nonza, y su torre vigía genovesa. Casas de piedra y tejados de esquisto que parecen precipitarse sobre su playa de guijarros negros, a la que se accede por un sen­dero rocoso entre campos vallados de limoneros y una antigua mina de amianto, que estuvo operativa entre 1941 y 1965. Por lo abarrotada que está en verano, parece que la contaminación es cosa del pasado.

Vistas desde Calanques de Piana, en Córcega. ampliar foto
Vistas desde Calanques de Piana, en Córcega. Getty

3 Calanques de Piana

Las palabras se quedan cortas para describir la asombrosa belleza de Les Calanques de Piana (“E Calanche”, en corso), son uno de los rincones más sorprendentes y sublimes de la isla: una serie de acantilados de caprichosas formas en el golfo de Porto, que se alzan desde el mar combinando pilares escarlata, titubeantes columnas, torres y peñascos anaranjados, rosa y ocre. De ardiente rojo bajo la luz del sol, es sin duda uno de los parajes naturales más sublimes de Córcega. Los 10 kilómetros entre Porto y el pueblo de Piana regalan, curva tras curva, unas increibles vistas.

Hay dos formas de explorar Les Calanques: en barco o a pie. Numerosas compañías ofrecen salidas en barco desde Porto, pero también la perspectiva pedestre es impresionante: varias rutas senderistas surcan estas espectaculares formaciones rocosas. El complemento perfecto para la excursión es descansar en las idílicas playas de Ficajola o Arone, cinco y  11 kilómetros hacia el sureste, respectivamente. O darlos el lujo de comer en el lujoso hotel Les Roches Rouges, construido en 1912, que ofrece impresionantes vistas y es uno de los lugares más peculiares de la isla.

Senderistas ante el lago de Capitello, en el valle de Restonica (Córcega). ampliar foto
Senderistas ante el lago de Capitello, en el valle de Restonica (Córcega). Getty

4 Senderismo tranquilo en Tavignano

El desfiladero más profundo de Córcega todavía es un lugar poco visita­do, a pesar de su cercanía a la localidad de Corte, capital histórica de la isla. Hacer senderismo por la garganta de Tavignano, sin tráfico, es una auténtica delicia, ya que se puede recorrer a pie –desde Corte hasta la Passerelle de Rossolino– en dos horas y media de caminata.

Los espectaculares paisajes montañosos que ro­dean Corte, paraíso excursionista, invitan a visitar la localidad de montaña de Vizzavona y a recorrer, en una excursión de un día, la garganta del río Restonica; proveniente de las mon­tañas grises-azuladas, la erosión del agua ha formado pequeñas pozas en las rocas donde es posible darse un chapuzón entre pinares.

Vista aéres de la playa de Rondinara, al sur de Porto Vecchio, en Córcega. ampliar foto
Vista aéres de la playa de Rondinara, al sur de Porto Vecchio, en Córcega.

5 La playa más bonita de Córcega

Porto-Vecchio está considerado el Saint-Tropez corso. Ubicado en una maravillosa bahía, sus pintorescas callejuelas repletas de restaurantes con terraza y tiendas de di­seño derrochan encanto a diestro y siniestro, escoltadas por las fotogénicas ruinas de la an­tigua ciudadela genovesa. Aunque la ciudad no tiene playa, cerca quedan algunas de las mejores de la isla. Como Palombaggia.

De aguas color turquesa, rodeada de pinos y con maravillosas vistas a las islas Cerbicale, la gran playa de arena de Palombaggia es una de las más bellas de Córcega. Hacia el sur, Folacca –también conocida como playa de Tamaricciu– es igualmente impresionante, y unos kilómetros más allá, en un paso lla­mado Bocca di L’Oru, aparece otra joya: la ondulante playa de Santa Giulia.

En el norte, la costa está salpicada de calas como Rossa o la bahía de San Ciprianu, cuyas aguas traslúcidas invitan a un baño sublime. Y más al norte todavía se abre el asombroso golfo de Pinarello, con su torre genovesa y hermosas extensiones de arena con aguas poco profundas.

Una visitante en el yacimiento megalítico de Filitosa, en Córcega. ampliar foto
Una visitante en el yacimiento megalítico de Filitosa, en Córcega. Getty

6 Viaje a la prehistoria en Filitosa

El sur de Córcega presume de tener algunos de los yacimientos prehistóricos más asombrosos de la isla, rodeados de asombrosos paisajes, y especialmente atractivos para los interesados en las antiguas civilizacio­nes corsas. Un viaje a la prehistoria a través de los megalitos levantados entre el 4.000 y el 3.000 antes de Cristo por toda la isla. El asentamiento más importante es el de Filitosa, al noroeste de Propriano, cuya colección de extraordinarios menhires fue descubierta en 1946. Son muy inusuales, algunos tienen detalles de rostros, rasgos ana­tómicos (como costillas) e incluso espadas y armaduras, tal vez como conmemoración de ciertos guerreros o líderes.

Diez kilómetros al sur de Sartène, en la desolada meseta de Cauria, encontramos tres curiosidades megalíticas: las alignements (líneas) de Stantari y Renaju, varias de las cuales exhiben detalles anatómicos y armas similares a las de Filitosa, así como el dolmen de Fontanaccia, una de las pocas cámaras funerarias de la isla, con sus pilares y te­jadillos.

Los significados que tuvieron estos extraños yacimientos megalíticos aún son un enigma, a pesar de las incontables teorías actuales (templos rituales, cementerios sagrados, ejércitos míticos o incluso relojes celestiales). Ambos yacimientos pueden visitarse fácilmente desde Sartène. Otra opción es alo­jarse en la U Mulinu di Calzola, en Pont de Calzola, una preciosa posada emplazada justo a orillas del río Taravo, a menos de 10 minutos en coche desde Filitosa. Cenar en su fresca terraza es la recompensa perfecta tras un día de excursión.

Estatua de Napoleon en una plaza de Ajaccio (Córcega). ampliar foto
Estatua de Napoleon en una plaza de Ajaccio (Córcega). Getty

7 La historia de Napoleón en Ajaccio

Junto a su preciosa bahía, esta ciudad, unida para siempre a la figura del general corso, respira confian­za y, en cierto modo, recuerda a la Costa Azul: es un placer pasear por el centro, lleno de edificios de colo­res suaves y animados cafés, así como por su extenso puerto deportivo y la zona moderna de la Rte. des Sanguinaires, unos pocos kilómetros al oeste. La sombra Napoleón se extiende por todo Ajaccio. Aquí nació en 1769, y la ciudad está llena de lugares relacionados con él, desde su casa natal hasta estatuas, museos y nombres de calles. Por ejemplo, en el Palais Fesch-Musée des Beaux-Arts, museo soberbio fundado por el tío de Napoleón, se expone una de las colecciones más amplias (con permiso del Louvre) de pintura italiana en Francia.

El recuerdo de Napoleón está también en la Capilla imperial, donde están enterrados muchos miembros de su familia (sus restos están en Les Invalides, en París); también en la Maison Bonaparte, donde Napoleón vivió hasta los nueve años, o en el Salon Napoléonien, un pequeño espacio en el Ayuntamiento. Lo interesados en el personaje pueden visitar también la catedral, donde fue bautizado, así como la playa de Porticcio, desde la que probablemente Napoléon contemplaba el Mediterráneo y que, actualmente, es la menos concurrida de la zona.

Panorámica del pueblo de Bonifacio, al sur de Córcega. ampliar foto
Panorámica del pueblo de Bonifacio, al sur de Córcega. Getty

8 Los acantilados de Bonifacio

Situado sobre un precipicio, Bonifacio presume de su reluciente puerto y su ciudadela, asomada a las azules aguas del es­trecho del mismo nombre. Frente a la vecina isla de Cerdeña, la localidad tiene un toque italiano: casas blanqueadas con la ropa tendida y oscuras capillas que entretejen la red de callejuelas de la antigua ciudadela. Abajo, en el puerto, las brasseries y los quioscos de bar­cos publicitan su mercancía ante los turistas que acuden, sobre todo, a explorar las playas del sur corso, y las islas Lavezzi.

Desde el puerto deportivo, las cues­tas asfaltadas del Montée du Rastello y el Montée St-Roch conducen hasta la antigua puerta de la ciudadela, la Porte de Gênes, y su puente levadizo del suglo XVI. Dentro se encuentra el Bastion de l’Étendard, del siglo XIII, sede de un pequeño museo de historia que explora el pasado de Bonifacio. Tras subir las cuestas hasta Place du Marché y Place de la Manichella, se obtienen asombrosas vistas del estrecho de Bonifacio.

Al otro lado de la ciudadela, la Escalier du Roi d’Aragon salva la cara sur del acantilado. Al este, en dirección al promontorio de caliza, se halla la iglesia de Ste-Domini­que, una de las pocas iglesias góticas de Córcega, y un poco más lejos topamos con el siniestro pero hermoso cementerio marino. En el extremo occidental de la península, un pasaje subterráneo excavado durante la II Guerra Mundial conduce hasta el Gou­vernail de la Corse, una roca en forma de timón a unos 12 kilómetros de la costa.

Veleros en las islas Lavezzi, frente a la costa sur de Córcega. ampliar foto
Veleros en las islas Lavezzi, frente a la costa sur de Córcega. Getty

9 Rumbo a las Lavezzi

Este paradisíaco conjunto de islotes prote­gidos y despoblados son perfectos para los amantes de las aguas tranquilas y el lapislázu­li. Un archipiélago de 65 hectáreas, fácilmente accesibles de Bonifacio, especialmente en verano, cuando varias compañías organizan viajes en barco.

Los billetes pueden com­prarse en los puestos situados en el puerto deportivo (es posible llevarse la merienda). Los barcos también realizan travesías a la isla de Porto-Vecchio.

Vistas desde el puerto Bavella, en Córcega, con las Aiguilles de Bavella al fondo. ampliar foto
Vistas desde el puerto Bavella, en Córcega, con las Aiguilles de Bavella al fondo. Agefotostock

10 A los pies de las Aiguilles de Bavella

Si llegamos a saturarnos de tantos (y tan magníficos paisajes costeros) una emocionante alternativa aguarda en L’Alta Rocca, al norte de Porto-Vecchio. Encontraremos un mundo ajeno a la ostentación y el bullicio de la costa, ideal para sentir durante algunos días el lado más salvaje de la isla. Al sur de la larga columna montañosa que vertebra la isla, se da una fascinante mezcla de densos bosques de hoja perenne y caduca y pueblos de granito sobre rocosas cornisas.

El puerto de montaña de Bavella (1.218 metros) está presidido por la im­ponente silueta de uno de los paisajes más bellos del sur de Córcega: las afiladas Aigui­lles de Bavella. Con suerte, se verá algún muflón rondado por allí. Estos picos, también conocidos como los Cornes d’Asinao (cuernos de Asinao), se elevan hasta 1.600 metros en una curiosa formación dentada de color gris, ocre o dorado, según la posición del sol. Tras ellas se alza el monte Incudine (2.134 metros), conectado con el Col de Bavella por el GR20. Todo el macizo es un paraíso para practicar la escalada, el senderismo y el descenso de cañones. Y después de la actividad, sa­brán a gloria el cabrito asado, el estofado de jabalí y el resto de delicias corsas del Au­berge du Col de Bavella, alojamiento y restau­rante rústico cerca de la cumbre, junto a la carretera.

El pueblo de Zonza (pronunciado “zonz”) es perfecto para explorar L’Alta Rocca, con una buena oferta de restaurantes y alojamientos. Otro pueblo pequeño con encanto es Quen­za, custodiado por montañas boscosas y con las Aiguilles de Bavella en el horizonte.

Más información en la guía Lonely Planet de Francia y en www.lonelyplanet.es

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