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Guincho, la playa vivificante

Un espectacular enclave portugués en el que se rodó una secuencia mítica de James Bond

Vista panorámica de la playa de Gincho, en la costa de Estoril. Ampliar foto
Vista panorámica de la playa de Gincho, en la costa de Estoril.

"Esta playa no es para débiles”. Una afirmación así, contundente y algo arriesgada, se te puede venir a la cabeza al contemplar la playa de Guincho en toda su amplitud, con perspectiva, desde lo alto. Guincho no entra en la tipología de playa mediterránea, donde los movimientos de los veraneantes se ralentizan por el calor aplastante, o en aquellas del norte, a menudo cubiertas de nubes y recorridas de una punta a la otra por sosegados andarines. Aquí sopla un aire feroz, que hace que la finísima arena te ametralle la piel, y el agua fría del océano Atlántico pone tus músculos, e incluso tu cerebro, en acción. Esta playa salvaje, agreste y vivísima, donde el viento manda, es una de las favoritas de los amantes del surf y de todos sus prefijos posibles—wind, kite, ­paddle…—, y también de aquellos a los que les gusta sentir la energía que proporciona un entorno natural indómito.

Surfistas en Gincho, con la piscina del hotel Muchaxo al fondo. ampliar foto
Surfistas en Gincho, con la piscina del hotel Muchaxo al fondo.

Los cinéfilos tienen una preciosa prueba en YouTube de cómo era la playa allá por 1969. Igual de bravía que ahora, ideal para ubicar en ella a personajes en conflicto consigo mismos. Ese año se estrenó la película 007 al servicio de Su Majestad, la única de James Bond interpretada por George Lazenby y, según algunos, la mejor de la serie. Dirigida por Peter Hunt, la secuencia inicial incluye una violenta pelea en Guincho, después de que el famoso agente secreto haya salvado del suicidio en las frías aguas atlánticas a una bella mujer (Diana Rigg). El espectacular vestido de sirena marina estampado con lentejuelas y con amplias mangas de campana que lleva la actriz anuncia ya el esplendor de los años setenta.

La playa se extiende más de un kilómetro y medio y está situada a cinco de Cascais, siguiendo la carretera panorámica que bordea la costa. Forma parte de una gran duna de nombre épico, Cresmina, y el espacio natural está incluido en un programa especial del parque natural de Sintra-Cascais para proteger el entorno y darlo a conocer. Se ha diseñado un formidable paseo, a modo de pasarela de listones de madera, para recorrer la duna y poder observar su flora y fauna. Recorrerla caminando o corriendo es muy agradable a cualquier hora del día, y merece la pena una visita al Centro de Interpretación de la Naturaleza, situado en lo alto, donde es posible tomar un zumo natural mientras se contemplan con calma los juegos de luces y de sombras de este fiero paisaje.

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El motor de la vida

Alojarse en el hotel Muchaxo y disfrutar de sus miradores es una buena opción para tener al alcance de la mano una vista espectacu­lar de la playa. Su dueño, don Antonio, cuyo físico recuerda al del arquitecto Niemeyer, representa el espíritu de Guincho. Es un hombre elegante, con una energía desbordante, hospitalario y con una mirada sagaz. “El motor de mi vida es el trabajo, contemplar el bienestar de los demás es alimentar el mío propio”, afirma con una enorme y contagiosa sonrisa. Lleva más de 50 años al mando de este barco anclado en Guincho. De él es la primera afirmación del artículo, y hace años decidió que su hotel pasase de ser del máximo nivel y coste a albergar a los deportistas del agua y el viento.

En el siglo XX, el hotel estaba en la agenda cosmopolita de famosos de todo el mundo. Según me comenta un amigo, el joven príncipe Juan Carlos le pidió aquí la mano a doña Sofía. Ahora tan solo quedan unas fotos ajadas de grandes fiestas y de personajes del siglo XX. El tiempo ha pasado por los retratos y también por las instalaciones, pero el hotel guarda la huella de los lugares fascinantes, que no son tantos. Especialmente en la piscina, extraordinaria, donde el océano rompe contra sus muros de contención. Desde aquí se puede observar el panorama a través de unos ojos, ventanas para contemplar la fuerza del viento y su efecto sobre el agua y las rocas. Es el momento de despertar, evitando cualquier atisbo de nostalgia, y vivir el presente.

Curso de surf en la playa del Guincho, en Portugal. ampliar foto
Curso de surf en la playa del Guincho, en Portugal. iStock

Para los más tranquilos, lo mejor es ir al extremo opuesto de la playa, donde se reúnen las familias portuguesas que llevan frecuentándola desde siempre. Los ágiles hamaqueros, en un eficiente baile, van cambiando la posición de las sombrillas para proteger a los clientes del viento. Allí se encuentra el Bar do Guincho, un chiringuito con servicio impecable donde se puede comer una sabrosa ensalada de pulpo y unos excelentes mejillones.

En Guincho se tiene la sensación de que allí solo hay cuerpos fibrosos, moldeados a golpe de viento, y amantes de la adrenalina estimulados por lo agreste. La arena te fustiga y el agua te hiela una y otra vez, sin contemplaciones. Pero no importa, pues Guincho es, en definitiva, una playa tonificante, verdaderamente viva.

Marisa Santamaría es periodista y directora de relaciones institucionales del Istituto Europeo di Design (IED) de Madrid.

Guía

Cómo ir

» La playa de Guincho se encuentra a cinco kilómetros de Cascais y a 33 kilómetros en coche al oeste de Lisboa (media hora).

Información

» Hotel Muchaxo (www.muchaxo.com; +351 21 487 02 21). La habitación doble, desde 44 euros.

» Oficina de turismo de Cascais (www.visitcascais.com/es).

» Turismo de Portugal (www.visitportugal.com/es).

» lisbonbeaches.com.

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