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escapadas

Cerezas rojas de Portugal

Por tierras de Guarda, Belmonte y Fundão entre cantigas, pinturas rupestres y un castaño de más de 500 años

Centro de la localidad de Belmonte, en Portugal. Ampliar foto
Centro de la localidad de Belmonte, en Portugal.

Cuando no estoy suficientemente melancólico y me preocupo por ello, atravieso la “raya” por Ciudad Rodrigo y me introduzco furtivamente en la tierra de la saudade. Portugal se abre con una luz espléndida y el ritmo del tiempo cambia fluyendo a favor del ser humano. A pocos kilómetros de la antigua frontera está Guarda, la ciudad más alta de nuestro país vecino. La descubrí, hace años, de manos de Eduardo Lourenço, uno de los hijos más ilustres de esta ciudad. Ensayista, catedrático universitario, escritor y con toda seguridad el más grande conocedor hoy de la cultura de la península Ibérica. Gracias a su impulso funciona el Centro de Estudios Ibéricos.

Guarda ostenta el título de ciudad desde el mes de noviembre del año 1199. Se lo dio el rey Sancho I, el segundo rey de Portugal. Guarda tiene edificios históricos excepcionales, comenzando por la catedral. La inició, en el año 1390, Juan I, pero no se concluyó hasta dos siglos después. La finalizó Juan III. Es una bellísima mole de granito, fundamentalmente de estilo gótico. Está repleta de agujas, pináculos y gárgolas. Las dos torres con sus campanarios son octogonales. Ventanas, torres que aún conservan su pasado románico anterior e indicios del estilo manuelino. Las bellísimas esculturas del retablo del altar mayor son de João de Ruão. Ciento diez obras renacentistas representando a personajes del Antiguo y el Nuevo Testamento.

Fachada de la catedral de Guarda, en Portugal. ampliar foto
Fachada de la catedral de Guarda, en Portugal.

Castillo y fortaleza

Paseo por la antigua plaza Vieja, ahora denominada Luís de Camões. Allí se encuentra el palacio donde estuvo el ayuntamiento. Palacio de tres arcos y tres balcones entre dos escudos señoriales, el de la propia ciudad y el del reino. Palacio renacentista del siglo XVI. Pero lo que más me admira de él son los pináculos con las esferas armilares. En la misma plaza, el solar de los Póvoas, del siglo XVIII. El casco antiguo de Guarda tiene casas e iglesias decoradas con hermosos azulejos. Fue un castillo y fortaleza antes que ciudad y todavía se conservan fragmentos de murallas, la torre del homenaje, las ruinas del antiguo castillo románico, la Puerta del Rey, la Puerta de la Hierba o de la Estrella, la Puerta y Torre de los Herreros. La gran fuente monumental de San Andrés es una obra maestra del barroco. Y por la Rua do Amparo estuvo la judería y la sinagoga.

Pero en Guarda tengo siempre una sensación única que no comparto con ningún otro lugar del mundo. Y es por este motivo por el cual procuro venir con cierta frecuencia. En medio de tanta piedra de cantera, siempre estoy seguro de que alguien, en otro lugar, en ese mismo instante, está pensando en mí. “¡Pobre de mí / cómo vivo en gran cuidado / por mi amigo que está tan lejos! / ¡Mucho me tarda / mi amigo en Guarda! / ¡Pobre de mí! / ¡Cómo vivo en gran deseo / por mi amigo que tarda y no veo! / Mucho me tarda / mi amigo en Guarda!”. Estos maravillosos versos no los escribió una mujer, sino un hombre haciéndose pasar por su amada. Fue el rey Sancho I, que dedicó esta cantiga de amigo a su amante Maria Pais de Ribeira, conocida como Ribeirinha. La supuesta casa de esta dama está, precisamente, en la Rua del Rey Don Sancho I. El rey no fue el único que le dedicó versos a su concubina. En el año 1198, Paio Soares de Taveirós escribió una Cantiga da Ribeirinha, el primer texto literario en lengua gallego-portuguesa que hasta el día de hoy se conoce.

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Guarda fue en otras épocas lugar de altos acontecimientos amatorios. Gil Cabral, obispo de la ciudad, juró haber casado a don Pedro I y a nuestra malograda gallega Inés de Castro. Este regicidio fue cantado por Camões. El rey Don Dinis (1261-1325) y doña Isabel de Aragón (la reina santa) pasaron en Guarda su luna de miel. Parece ser que fue en una casa de la plaza Vieja (ahora Luís de Camões). Es la que tiene en el balcón una cruz de Malta esculpida en granito. Don João I (1357-1433), fundador de la dinastía de Avis, conoció a Inés Fernandes, una judía hija de Mem o Mendo el de Barbadâo, que, parece ser, también vivió en la calle de Sancho I. Recorriendo las calles me encuentro con un monumento dedicado al poeta Augusto Gil (1873-1929), autor de una popular Balada da neve.

“¡Ay! Mucho me tarda / mi amigo en Guarda”.

Vale la pena desviarse a alguno de los pueblos cercanos a Guarda, por ejemplo a Soares o a Vila Soeiro, donde el río Mondego hacía mover los molinos de agua junto a pazos señoriales.Tierra de dólmenes, petroglifos y piedras funerarias. En el Museo del Côa, entre los ríos Côa y Duero, está el parque arqueológico del Valle del Côa. El museo explica este patrimonio a través de las nuevas tecnologías. Pero en Guilhafonso me abrazo a uno de los mayores castaños de Europa. Tiene más de 500 años, 20 metros de altura y 26 de copa. Es un monumento creado por la tierra misma, es un ancestro nuestro, es un anciano todavía en su esplendor. Pienso que si ardiese en algún momento quemado por un rayo o por la acción de destrucción que en su primitivismo aún tiene el ser humano, sería como si ardiese de nuevo la biblioteca de Alejandría. Hace poco leí un poema de un poeta hasta entonces desconocido para mí. El noruego Jan Erik Vold (1939). Un fragmento, traducido por Uriz, dice así: “¿No has visto que han talado el haya roja de delante de la Biblioteca Nacional? / ¿El haya roja de la Biblioteca Nacional? / ¡Sí, esa! / Sandeces. Ayer pasé por la Biblioteca, y allí estaba. / Ayer, sí”. ¡Que viva hasta la eternidad el castaño de Guilhafonso, un familiar! ¡Que viva!, pues así nosotros también viviremos en su memoria. “Ser uno con todo lo viviente, volver, en un feliz olvido de sí mismo, al todo de la naturaleza”. Comparto este pensamiento de Hölderlin en el Hyperion. Cuidando de este castaño, cuidamos del mundo. Este castaño de Guilhafonso es una esperanza de vida.

En Belmonte paro apenas unos instantes para subir al castillo. Pocos lugares tan pequeños con tantos interesantes museos: el de los judíos, el de los descubrimientos, el antropológico-ecológico y el del aceite.

Un arqueólogo explica los petroglifos del valle de Côa, en Portugal. ampliar foto
Un arqueólogo explica los petroglifos del valle de Côa, en Portugal.

Fundão está en medio de la sierra de la Gardunha. Es una ciudad menos monumental que Guarda o Belmonte, pero muy agradable. La iglesia parroquial tiene un altar barroco que recuerda a los templos budistas. La plaza del ayuntamiento es señorial, así como las calles adyacentes, con buenas casas de piedra muy bien cuidadas. El pequeño museo arqueológico es muy digno, así como el centro cultural y la biblioteca, que lleva el nombre de Eugénio de Andrade, uno de los más grandes poetas portugueses del siglo XX, a quien conocí y traté mucho. Su traductor y amigo, el también gran poeta Ángel Crespo, me lo presentó. Eugénio (cuyo verdadero nombre era José Fontinhas) nació muy cerca de Fundão, en Póvoa de Atalaia, en el año 1923. Fernando Paulouro Neves me da su libro A materna casa da poesía, en el que recorre, paso a paso, cada uno de los lugares en donde se crio Eugénio de Andrade. Fernando Paulouro es un gran periodista y escritor. Dirigió el Jornal do Fundão desde el año 2002 al 2012. Ahora también se encarga de sacar adelante el Festival Literario Internacional da Gardunha, dedicado a asuntos relacionados con la literatura de viajes, el paisaje y la naturaleza. El libro de Fernando Paulouro sobre Eugénio de Andrade y su tierra natal se inscribe en una colección de volúmenes dedicados a escritores que o bien nacieron en esta Região Centro o tuvieron una estrecha relación con la misma. Es el caso de Miguel Torga, Vergílio Ferreira, Fernando Namora o el propio Eugénio.

Ni cálido, ni frío

Paseo por Fundão. Calles empedradas, casas empedradas. Nada ostentoso, todo humilde y bien cuidado. Da gusto esta paz, esta tranquilidad del tiempo detenido en las semanas de las cerezas. Ni cálido, ni frío. Y alejándome un poco del centro histórico alcanzo el edificio del seminario. Un gran caserón donde estuvo Vergílio Ferreira, uno de los grandes novelistas portugueses del siglo XX. La novela Manhã submersa fue publicada en el año 1954, dando lugar a la pe­lícula del mismo título dirigida por Lauro António. Recibió el Premio Femina extranjero en el año 1930, al ser traducida al francés.

Al regresar a España, veo los campos rojos de cerezas y los primeros racimos frescos en las mesas de los mercados al aire libre. Las muchachas que las venden me invitan a probarlas. Las arranco, las muerdo y su roja sangre se desliza por mis labios como la herida que nos causa cada primavera perdida. Solo un instante a la vista, en los sentidos y, de nuevo, volver a esperar el regreso del tiempo de las cerezas, tan corto. Cerezas rojas. ¡Qué bellas estarán coloreando las lápidas blancas de mármol!

César Antonio Molina, exministro de Cultura, dirige la Casa del Lector.

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