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El diente de megalodón en Londres

Divertido aprendizaje en una visita con niños a tres grandes museos de la capital británica

Cabeza gigante de Albert Einstein en el Museo de Historia Natural de Londres. Ampliar foto
Cabeza gigante de Albert Einstein en el Museo de Historia Natural de Londres.

Londres, refugio de millonarios de todo el mundo, se ha convertido en una ciudad poco menos que prohibitiva para el resto. Sin embargo, visitarla sigue siendo apasionante, y hay museos que pueden gustar a niños y adultos por igual… y cuyo precio lo decide uno mismo, en forma de aportación voluntaria. También el tiempo de visita. En mi caso, poco más de una hora por museo, aunque en cada uno se podrían emplear semanas. Ir con niños limita el tiempo de visita si uno no quiere acordarse de la película Rebelión a bordo.

Diplodocus Dippy

El edificio del Museo de Historia Natural es una joya del siglo XIX (con ampliaciones posteriores): techos altísimos, vidrieras, columnas, esculturas… En el inmenso recibidor aguarda Dippy, la famosa réplica de tamaño natural del esqueleto de un diplodocus, exhibida desde 1905.

El diente de megalodón en Londres

En la galería de los dinosaurios, inigualable, vemos, a ras de suelo, y desde una pasarela, triceratops, iguanadones, un velocirraptor que se mueve… Me detengo ante la mandíbula del primer tiranosaurio encontrado (en 1900, en Indiana) y leo algunos datos. Dientes afilados como cuchillos de carnicero, mandíbulas ocho veces más fuertes que las de un león, podría tragarse a una persona de un bocado. En penumbra, una reproducción del angelito se mueve y ruge. Sus bracitos subdesarrollados y su malvada mirada me dan miedo. La galería de los mamíferos, disecados en vitrinas, es también impresionante. Me hace gracia el jergo, una especie de ratón con zancos, y un grizzly de pie, en actitud agresiva, de enorme cabeza, me prepara para ver la película El renacido. Aunque para enormes, la reproducción de una ballena azul, y el esqueleto auténtico, de 10 toneladas métricas de peso. También, a su escala, el fósil de un diente de megalodón, como una mano de grande. El extinto megalodón (“diente gigante”) fue el tiburón más grande que jamás haya existido. Vemos también minerales, y la sala de Biología Humana, con explicaciones sobre el ADN, el cerebro, la procreación… Nos asombran los trucos ópticos, los ejemplos que ilustran cómo el cerebro engaña al ojo. Pero si se trata de reírse más que de aprender, hay que pararse ante los espejos deformantes. Aunque la risa puede fácilmente transformarse en dudas: ¿cómo somos en realidad? ¿Cómo nos ven los demás?

Presto mi cuaderno a mis acompañantes, cuatro niños de entre 9 y 11 años, y les pido que apunten lo que más les ha gustado. Esta es la lista: el diente de megalodón; Human Biology y dinosaurios; Human Biology; el diente de megalodón y los dinosaurios. Empate.

Coches y cohetes

Guía

Información

» Natural History Museum (www.nhm.ac.uk). Cromwell Road. London SW7 5BD. Metro: South Kensington.

» Science Museum (www.sciencemuseum.org.uk). Exhibition Road. London, SW7 2DD. Metro: South Kensington.

» British Museum (www.britishmuseum.org). Great Russell Street. London, WC1B 3DG. Metro: Tottenham Court Road o Holborn.

El Museo de la Ciencia, pegado al de Historia Natural (otra ventaja en una ciudad inabarcable), se inau­guró en 1857, aprovechando objetos de la Exposición Universal de Londres, aunque su actual ubicación data de 1928. Alberga más de 300.000 objetos, entre ellos el primer teléfono, de Graham Bell, un telescopio de Galileo, la primera locomotora o el módulo de mandos del Apolo X, que me recuerda a R2-D2. Paseamos entre coches, aviones e hidroaviones, cohetes, satélites, astronautas, las primeras máquinas de la Revolución Industrial. Dedico un rato al mítico Ford T de 1916, cuya producción en cadena abarató los automóviles. Un biplano de la IGM, de 1918, flota en el aire sostenido por cables. Me devuelven la libreta con esta lista: el coche antiguo de Ford; avión de la guerra mundial; cohetes; la locomotora de tren. Empate, aunque con diversidad de opiniones.

La leona herida

Caminamos hacia el British, también apasionante, desmesurado y gratuito. Atravesamos Hyde Park, donde, para mi desilusión, no veo ninguna ardilla. Pasamos por Picadilly Circus, con sus neones y autobuses rojos. Nos metemos en el pequeño barrio chino del Soho, apenas dos callecitas llenas de dragones, faroles y restaurantitos con patos colgando en los escaparates. Elegimos uno cualquiera, y mientras comemos rollitos, arroz y pato a la pekinesa, vemos cómo se desatan el viento y la lluvia, lo que hace que nuestra comida nos guste aún más. Amaina. Otro paseo, esta vez más corto, y llegamos al apabullante British, orgullo británico desde el siglo XVIII, aunque el edificio actual es del XIX.

Esculturas del Antiguo Egipto en la exposición 'Ciudades sumergidas', abierta en el British Museum hasta el 27 de noviembre. ampliar foto
Esculturas del Antiguo Egipto en la exposición 'Ciudades sumergidas', abierta en el British Museum hasta el 27 de noviembre.

Vemos momias y sarcófagos egipcios, incluidos el hombre de Gebelén, predinástico y momificado por la arena, la sequedad y el calor, y Cleopatra de Tebas (siglo y medio posterior a la de Julio César y Marco Antonio), los relieves asirios, con las cacerías de leones, el león vomitando sangre, la leona herida, las puertas de Balawat, la piedra de Rosetta, la armadura de un samurái, las esculturas del Partenón, los enormes tótems de madera de indios norteamericanos en el patio, la sala azteca, con pocas pero extraordinarias piezas, también alguna maya… Además de las máscaras, hay un cuchillo sacrificial tan precioso como terrible, con mango de madera tallada con la figura de un guerrero-águila sentado, que con los brazos sostiene la hoja de obsidiana. También destaca por su belleza lo que se cree un tocado, formado por una serpiente de mosaico de turquesa de dos cabezas.

Cuando mis cuatro jóvenes acompañantes empiezan a cansarse, salimos. Les tiendo la libreta y un bolígrafo. El señor que se enterró y tiene los músculos; los asirios; la piedra de Rosetta, las momias, los asirios, los indios; asirios, egipcios y japoneses. Variedad con victoria asiria. Los asirios, un pueblo que se imponía por el terror, cegaba a los prisioneros, castigo representado en alguno de los relieves. Una crueldad que se hace aún más evidente en una ciudad y unos museos que acumulan tantísima belleza, apta para todos los públicos.

Martín Casariego es autor de la novela El juego sigue sin mí (Siruela).

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