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Sopa de almendras en Montánchez

A la vera de la Vía de la Plata, olivares, ermitas y casonas en un pueblo cuya gastronomía tiene el sabor de la dehesa

Panorámica de Montánchez, en Extremadura. Ampliar foto
Panorámica de Montánchez, en Extremadura.

Hace unos meses se ha declarado el cementerio de Montánchez (pueblo cacereño de unos 1.800 habitantes) como el más bello y singular de España. Y no es extraño porque uno entra en él como se entra en un jardín, como se asoma a un mirador. Escarbado en las piedras que sustentan el castillo, construido en bancales o pareones, a unos 700 metros de altura, tiene la magia de estar en un punto cercano al cielo, como una hermosa metáfora de lo que debe ser la muerte: paz y un horizonte infinito. Su origen se remonta a 1810 y, a pesar de sus posteriores ampliaciones, nunca ha perdido ese aire romántico y misterioso que le es característico.

Y es que Montánchez, para quien lo sepa ver, es un lugar siempre en la frontera de algo. Situado en el cruce de caminos entre la Alta y la Baja Extremadura, fue una tierra de encrucijadas culturales: huellas judías o árabes que el cristianismo sepultó.

Guía

Información

» Montánchez se sitúa a 46 kilómetros por carretera al sur de Cáceres y a 45 al norte de Mérida.

» Ayuntamiento de Montánchez (www.montanchez.es).

» Turismo de la Diputación de Cáceres (www.turismocaceres.org).

Justo es definirlo como un lugar de miradas, de puntos de fuga. Trujillo, Mérida, Cáceres, la sierra de San Pedro hasta Portugal o, al norte, la sierra de Gredos, blanca de nieve en invierno, intentan poner coto a algo más definitivo: los cielos de Montánchez, con sus atardeceres que se demoran y esos inmensos firmamentos estrellados. No se conocerá bien Montánchez si no se han visto sus paisajes nocturnos.

Romántico e impresionista, Montánchez no se deja atrapar en una sola visión, nos muestra siempre múltiples caras. Hay algo irracional aquí, una belleza excesiva e inaprensible.

¿Cómo entrar en Montánchez? Lentamente, habituando los ojos a todo lo que nos espera. Las rutas para andar por estas sierras son, como diría Peter Handke, verdaderos lugares de la duración. Molinos conservados como hace 100 años en medio de los arroyos de El Robleo o La Garganta, los zahurdones que se emparentan con los túmulos megalíticos, las viejas fuentes de piedra a la orilla de las calzadas romanas, los viejos bancales de viñedos y olivares, el bosque de castaños. Durante siglos solo ha perdurado un afán: convertir la sierra en un lugar de civilización.

Un burro en el pueblo extremeño. ampliar foto
Un burro en el pueblo extremeño.

Solo llegar al pueblo, la presencia del castillo, sobre un monte de lanchas de granito, ya nos sitúa en medio de la historia y de la leyenda. Romano, almohade y luego cristiano (de la Orden de Santiago), con sus aljibes, sus túneles y su Virgen, queda patente en él ese carácter de emplazamiento fronterizo, a la vera de la Vía de la Plata. Subir a él, desde la plaza, pasando junto a la iglesia de San Mateo y el campanario, es tener una vista de Montánchez como si el pueblo estuviera en el fondo de un precipicio. Esto le da de por sí una forma de identidad. Dejas caer la mirada y ves allá abajo las casas colgadas de El Canchalejo, los caserones burgueses del centro, la plaza del Altozano con sus fuentes de granito, las ermitas de San Blas, de San Antonio o la de Santo Domingo, en el otro extremo. Pueblo de rincones, de quiebras y de calles angostas, todo en él es espectacularidad, pero a la medida del hombre. Como lo es la iglesia visigoda de Santa Lucía del Trampal, en Alcuéscar.

Los carnavales

Tal vez lo que nos hable más fielmente del carácter de Montánchez sean los carnavales. La figura central es el jurramacho, pero no es solo una figura, es una estética. La estética de convertirse en otro, en un ser amorfo y estrambótico, disparatado y sorprendente. Con ropas viejas y en desuso, a menudo con olor a baúl, tapándose la cara con el paño con el que se envuelven los jamones, el jurramacho posee una belleza expresionista, pero bienhumorada, atrevida y crítica. Tal vez por eso estos carnavales incomodaron tanto al poder, y tal vez por eso, desde la Edad Media en que hunden sus raíces, ningún político ni religioso doctrinario pudieron prohibirlos.

Mapa de Montánchez.
Mapa de Montánchez.

El carácter de Montánchez odia la prohibición, porque en medio de una naturaleza tan desbordante, ¿quién atiende a leyes que no sean las propias? Aquí todo fluye de forma natural: algunos se levantan de madrugada para ir a la tertulia, otros van de vinos hasta que el sol se pone. Hay aventureros austriacos que intentaron descubrir este paraíso para los turistas del centro de Europa, ingleses que buscaron aquí una forma personal de alejamiento. A muchos de ellos los han traído las heridas de esta época feroz. Porque en Montánchez el paganismo y el culto al saber vivir no son anacrónicos. Como no lo es el gusto de saborear algunos de los manjares gastronómicos que ofrecen estos montes. Sobre todo el jamón. Apreciado ya en tiempos de Carlos V o Felipe IV, el jamón de Montánchez es toda una leyenda. Plubio Hurtado llegó a decir que su especial sabor se lograba por la alimentación de los cerdos a base de víboras y alacranes. En él se percibe el olor de la hierba y de la dehesa, de la niebla y de la humedad invernales.

Todo Montánchez es un templo del jamón: un pueblo lleno de bodegas centenarias o de modernos secaderos. Las calles huelen a jamón cuando suda en las calmas suaves de los veranos, o al mosto de la uva en el tiempo de la vendimia. De las casas y de los restaurantes se pueden percibir olores antiguos: de la sopa de tomate o de poleo, del escabeche, del gazpacho de espárragos, o de postres como la sopa de almendras, los muédagos o los escaldones.

No es extraño, por eso, que en un sitio como este nunca se pierda el gusto por la vida. Aquí se sabe vivir, lo demás se deja para mañana.

Diego Doncel es autor del libro de poemas El fin del mundo en las televisiones (Visor).

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