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Escapadas

Festín de cumbres en Chamonix

La localidad francesa ofrece planes para montañeros y curiosos que buscan disfrutar de las mejores vistas del Mont Blanc

El mirador del pico Aiguille du Midi, en los Alpes franceses. Ampliar foto
El mirador del pico Aiguille du Midi, en los Alpes franceses.

Chamonix, población francesa de unos 10.000 habitantes situada en un valle de los Alpes Occidentales, cerca de las fronteras suiza e italiana, es la cuna del montañismo. A partir de la segunda mitad del siglo XVIII, allí se desarrolló la pasión por el riesgo y la belleza indómita que ofrecían las alturas. El foco de aquella nueva moda se puso en el Mont Blanc, con 4.810 metros, la cumbre más alta de Europa Occidental. Jacques Balmat, joven buscador de cristales y guía de montaña, fue el primero en conquistarlo, en 1786. Tras él llegaron viajeros románticos, turistas, empresarios, esquiadores, hosteleros, excursionistas y gente de todo tipo que convirtieron a Chamonix en un lugar en el que se puede hacer cualquier cosa que a uno se le ocurra en relación con una montaña. Chamonix es a la montaña lo que el Kamasutra al sexo.

Está por ver si relacionarse tanto y tan intensamente con la montaña acabará por matarla. Para que se hagan una idea, según he leído en un folleto oficial, en verano hay 300 salidas diarias para subir el Mont Blanc. Recientemente, la suciedad que dejan atrás los montañeros más cochinos ha obligado a las autoridades a prohibir acampar. Y se trata de una actividad de riesgo, aunque muchos no se den cuenta. Es alpinismo, no marcha. En la cima, el aire es la mitad de rico en oxígeno que al nivel del mar. La falta de aclimatación, la mala forma física, los aludes y las tormentas obligan a realizar unos cien rescates al año. Y hay muertes, claro.

Terraza del mirador del pico Aiguille du Midi.
Terraza del mirador del pico Aiguille du Midi.

Tampoco hace falta ponerse dramático. Aparte de las múltiples actividades deportivas, energizantes y adrenalínicas, Chamonix ofrece buenos planes para abuelos, lesionados, vagos, contemplativos, enemigos del esfuerzo físico o gente en baja forma. Es decir, para la mayoría de la población.

El paisaje, ya sea verano o invierno, es espectacular. Para ver el cielo, hay que inclinar la cabeza hacia atrás y mirar hacia arriba. A ambos lados del valle se levantan las moles de granito del macizo: 28 cumbres superan los 4.000 metros de altura. Sus bosques de alerces y pinos, neveros, torrentes, afiladas agujas de piedra y glaciares atraen la vista una y otra vez. Si el mal tiempo no lo impide —la primera vez que estuve allí no pude ver ni una sola vez el mítico Mont Blanc—, contemplar el majestuoso graderío de piedra del anfiteatro en el que nos encontramos es una actividad más que placentera.

Un buen modo de experimentar las alturas es tomar el célebre tren cremallera rojo de Montenvers, que parte de la céntrica estación desde hace más de un siglo. Los trenes cremallera son aquellos que disponen de un tercer riel, dentado, para sujetar bien los vagones y permitir el ascenso cuando hay grandes desniveles. La subida, rodeado de turistas sonrientes y excitados, resulta simpática. Ya en el complejo se disfruta de una espléndida vista del Mar de Glace, el glaciar que recorre seis kilómetros del Vallée Blanche. Al igual que los glaciares vecinos —Argentiére y Bossons—, se encuentra en retroceso. Entre los turistas, los hay que se toman un pedazo de tarta de grosella y un café y cogen el tren de regreso, y los que descienden al glaciar para visitar la cueva de hielo que penetra en su interior.

Cuestión de límites

Mirador de vidrio en el pico Aiguille du Midi.
Mirador de vidrio en el pico Aiguille du Midi.

Aún más alto, hasta casi 4.000 metros, sube el teleférico del Aiguille du Midi. Durante el ascenso, desde la cabina se ve cómo llegan escaladores en una imagen que corta la respiración. Desde la terraza se disfruta de una vista espectacular de 360 grados, un festín de cumbres. Al alcance de la mano está el Mont Blanc, la joya cuya cima se disputan franceses e italianos, que no se han puesto de acuerdo sobre sus fronteras. Todos conocemos algunos de los conflictos, digamos, candentes, pero cuántos más habrá en estado latente escondidos en los lugares más insospechados.

De vuelta al valle, nos esperan planes variados. El pueblo, cruzado por el cristalino río Arve, es agradable. La posibilidad de hacer compras en tiendas semejantes a las que hay en nuestras ciudades de origen no hace falta ni comentarla. Si se trata de comer, parece obligado probar la cocina saboyana en algún restaurante decorado con mucha madera. Lo más solicitado es la raclette o la fondue de queso (beaufort, nuez moscada, vino blanco, ajo, pimienta y ­kirsch) acompañada de una ensalada con vinagreta de nueces y regada con algún vino del área.

Festín de cumbres en Chamonix

Después de una comida saboyana, aun siendo un abuelo, vago redomado o enemigo del esfuerzo físico, es recomendable pasear un rato. Sobre todo si hemos tomado de postre el mejor gofre del mundo, que venden en un puesto callejero que siempre tiene cola. Podemos caminar por alguno de los 17 kilómetros de senderos que recorren el valle o acercarnos a uno de los dos museos. En el del montañismo, algunos podrán descubrir quién fue el tenaz Edward Whymper y qué les ocurrió a sus compañeros en el fatal descenso del monte Cervino o contemplar delicadas acuarelas de paisajes alpinos.

Mi museo favorito es el Musée des Cristaux, el de los minerales. Hay cristales que parecen cerebros, o pepitas de oro, o nieve, o selvas vistas desde el aire, o flores, o pelo de yeti, o cualquier cosa que se te ocurra. El universo está representado en los minerales y pasear entre las vitrinas, en el silencio de las salas, se convierte en un placer maravilloso.

Desde la Edad Media, los pobres y hambrientos aldeanos de los Alpes arriesgaban sus vidas para encontrar minerales que luego vendían a los tallistas milaneses o genoveses. Chamonix no solo está en las repletas pistas de esquí. También está allí, en esos bellísimos cuarzos transparentes y ahumados de los que brotan lo que parecen rascacielos locos, en esas joyas que guardan las montañas en sus entrañas.

Nicolás Casariego es autor de la novela Antón Mallick quiere ser feliz (Destino).

Guía

Información

» El aeropuerto más cercano a la localidad francesa de Chamonix es el de Ginebra (Suiza), a unos 100 kilómetros en coche.

» Oficina de turismo de Chamonix (www.chamonix.com).

» Turismo de Francia (es.france.fr).

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