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Sueños nórdicos en Helsinki y Estocolmo

Los países nórdicos comienzan sus meses más luminosos, que culminan con el sol de medianoche en junio

C. Boisvieux Ampliar foto
C. Boisvieux

Helsinki nos recibió con aires risueños, con una luz filtrada por gasas marinas tendidas sobre la ciudad, una atmósfera traspasada también por ocasionales chillidos de gaviotas e incluso por el tamborileo de las embarcaciones amarradas y suavemente movidas por un oleaje de puerto balsámico. ¿Y si la luz pudiera ser el máximo reclamo que ofrece una ciudad al viajero? Pero ¿quién vive solo de luz? Por eso, con esa compañía silenciosa e infinitamente valiosa, el recién llegado, aún aturdido por la escena vivida en la frontera con Rusia, prácticamente de guerra fría, puede adentrarse por los alrededores del puerto de embarcaciones deportivas. Ahí le sorprenderán, además de los barcos durmientes y bamboleantes, la plaza del Mercado, en la que conviven un mercado al aire libre, sencillamente maravilloso, y otro enclaustrado en un edificio de época —el Mercado Viejo—, no menos deslumbrante. En los dos predominan la exquisitez y la naturalidad, el ajetreo y la elegancia, la vistosidad y la sobriedad, en general rasgos característicos del modo de ser nórdico.

Mapas de Helsinki y Estocolmo. ampliar foto
Mapas de Helsinki y Estocolmo.

Helsinki es una ciudad que puede visitarse con la intención de ver algunos edificios memorables, como los del arquitecto Alvar Aalto, uno de los más grandes del siglo XX, especialmente su Finlandia Hall, o el de la sede central de Enso-Gutzeit. La estación de trenes de Eliel Saarinen, con claras reminiscencias ju­gendstil —el modernismo alemán y nórdico—, es una pieza maestra, y también despunta su catedral, de estilo neoclásico, obra de Carl Engel, situada en una cima a la que se accede trepando por unas empinadas escalinatas y desde donde se divisa la plaza del Senado —obra del citado arquitecto— y una ciudad en calma, que sueña consigo misma, sin más perturbaciones que su propia luz, omnipresente, cálida y sencilla.

Un órgano deconstruido

La estación de tren de Eliel Saarinen. ampliar foto
La estación de tren de Eliel Saarinen.

Si nos gusta la música, debemos acudir al monumento dedicado a Jean Sibelius, el compositor finlandés más celebrado, situado en el parque del mismo nombre, una audaz composición de tubos de acero inoxidable, obra de Eila Hiltunen, que hace pensar en un órgano desencajado (o deconstruido), que inicialmente chirrió por su extrañeza y ahora es casi aclamado por todos. La música en vivo nos puede sorprender al final del paseo de la Esplanada, también cerca del puerto, donde en verano suenan orquestas de jazz a lo Tommy Dorsey y el aire se enardece de una emoción jubilosa. Y si amamos la diversión nocturna, no debemos evitar la tentación de visitar los bares de copas en el Barrio Viejo, con una algarabía muy civilizada, muy elegante, igualmente atravesada por sones de músicos callejeros de alta categoría, como la de ese saxofonista anónimo cuya música aún resuena en el aire de la memoria, no como un quejido, sino como una oración nocturna.

Un ferri atestado de bebedores de inmensas jarras de cerveza nos lleva a Estocolmo en un atardecer donde fulge un sol que dora las espumas que dejan las motoras y nuestra propia embarcación. Helsinki va quedando atrás, soñadora, crepuscular, dulce, suave, provinciana, y tras una noche en barco llegamos al amanecer a Estocolmo, que igualmente sueña desde su luz tamizada por nubes que al final desaparecen. Recién desembarcados, varias tentaciones acosan al viajero, muchas de ellas publicitadas por las guías o por los internautas, pero ninguna como pasear la ciudad sin prisas, centrándose en dos objetivos máximos: el paseo marítimo y el barrio viejo (Gamla Stan), sin olvidar los puentes que sobrevuelan ríos que son mares, con oleajes casi temibles y una profundidad casi vertiginosa.

Edificio de la Universidad Politécnica, de Alvar Aalto. ampliar foto
Edificio de la Universidad Politécnica, de Alvar Aalto.

El paseo marítimo corre paralelo a una bahía flanqueada por casas parisienses, pero con colores más atrevidos y risueños, y por embarcaciones que reposan en una multicolor sucesión que hace pensar en múltiples viajes posibles, todos ellos a la espera de un timonel aventurero. Pasear por allí, demorarse, sentarse en una de las múltiples terrazas, mirar pasar el tiempo y a la gente que va y viene, y después, sí, acercarse a esta otra máxima atracción, si es usted amante de los barcos: el Museo Vasa, la embarcación naufragada en el XVII, rescatada en los años sesenta y convertida luego en un museo ciertamente fascinante.

La otra atracción máxima es —como he dicho— recorrer con espíritu parsimonioso el Gamla Stan, el corazón de la ciudad, su máxima riqueza, su interminable fuente de encanto, del que emanan miradas a los interiores donde luce el hechizo del interiorismo sueco. Las tiendas innumerables son una tentación del gusto nórdico por las cosas bien hechas y el anhelo de descansar se puede realizar en una sentada en la plaza Stortorget, donde se encuentra el Museo Nobel, al que se puede entrar para ver los rostros de los escritores agraciados y echar en falta a los que, siendo grandes y aún inmensos, nunca recibieron ese galardón.

Guía

Información

» Oficina de turismo de Helsinki (www.visithelsinki.fi).

» Turismo de Finlandia (www.visitfinland.com).

» Oficina de turismo de Estocolmo (www.visitstockholm.com).

» Museo Vasa (www.vasamuseet.se).

» Museo Nobel (www.nobelmuseum.se).

» Turismo de Suecia (www.visitsweden.com).

El barrio de Södermalm (o Söder, a secas) puede poner fin al recorrido por esta ciudad de ensueño. En él vivió Stieg Larsson, autor de la saga Millennium, cuya leyenda resuena en el viajero, entre otras cosas por la pureza de su trayectoria, y no solo por el clamor de su éxito. El centro de ese barrio está atestado de establecimientos de todo tipo y respira todo él un aire bohemio, cercano a la buena vida y a la discreta y callada felicidad, que ni por asomo haría pensar en que muy cerca de allí escribía por las noches —como Kafka— un escritor desconocido llamado Stieg Larsson, cuyo fin era retratar una sociedad oscura, torturada, corrupta y sucia. Y mientras se toma uno un café en uno de esos bares deliciosos que, como digo, apuntan a la felicidad, la pregunta es: ¿de dónde se sacó Larsson ese mundo sombrío?

Ángel Rupérez es autor de la novela Sensación de vértigo (Izana Editores).

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