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Fuera de ruta

La magia del sur de India

Los fabulosos templos de Madurai, con sus miles de tallas de colores, son una de las maravillas que el escritor José Luis de Juan encontró en un asombroso viaje

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Participantes en el festival de Alappuzha, en Kerala.

Fui a India para quedarme cuatro meses, si podía soportarlo. Llegué a Bombay (Mumbai) con la idea de ir al sur, porque me dijeron que allí anida la verdadera esencia de la civilización hindú. De Maharashtra a Tamil Nadu, recorrí los Estados del sur y las islas Andamán. A la vuelta todos querían saber mis impresiones después de tan largo viaje. Qué podía contar: India se había encarnado en mí y yo era en cierto modo otra persona. Todo me acabó siendo familiar. India apela como ninguna otra tierra a los sentidos y se enseñorea de ellos. Olores, sabores, colores, música: todo junto crea incluso en el espíritu menos sensible una emoción compleja que ya no te abandonará nunca.

Los tres rostros de Bombay

El centro de Bombay. ampliar foto
El centro de Bombay.

Familias acampadas en las calles y un fondo de afilados rascacielos. Trenes con las puertas abiertas en los que no cabe un alfiler, algunos exclusivos para ladies. El barrio de lavaderos de Mahalaxmi con miles de sábanas ondeando. En los muelles de Fort, el laberinto de callejuelas minúsculas, antiguo hogar de los peones, los coolies. Cierto frenesí apaciguado, como todo lo indio, hasta que explota en motines y enajenado fervor espiritual. En Colaba, la primera dosa (crepe) con Amin, que fue niño perdido en Bombay y ahora ayuda a salir de la mugre a otros huérfanos. Este taxista que aprendió inglés en la calle me dice mientras paseamos por el mercado de los ladrones que las lacras de la sociedad india son la religión hindú y el régimen de castas, aún presente desde Bollywood hasta una aldea perdida de la llanura. Me recomienda que vaya a Hampi, un lugar divino.

Bombay, primitiva y cosmopolita, sigue siendo su hogar, un espejismo que atrae a millones de desheredados que viven sin un quejido de la basura. La Puerta de la India se va difuminando en el smog de la vieja Bombay mientras navego hacia Elefanta para ver el triple rostro de Sadashiva tallado en la cueva. Como le pasa al personaje de Somerset Maugham en El filo de la navaja, me quedo prendado de la indiferencia y la paz que desprende su mirada interior.

La costa Malabar

Mapa de la India. ampliar foto
Mapa de la India.

En los trenes se entiende la vida real de este país si uno se aventura a viajar en la general class, poco visitada por los revisores y los turistas. En Bombay casi no había visto foráneos, pero en Panaji solo estaba yo. Era septiembre. El monzón daba sus últimos coletazos. Desde el rickshaw las blancas iglesias de Velha Goa parecían suspendidas en un lecho de cocoteros. Nehru tuvo que enviarles el Ejército a los portugueses para que abandonaran su plácido arzobispado, fue la primera victoria moderna de la casta guerrera (katriyas).

En el alma de cada indio hay un centinela, un aduanero fiel. Las preguntas mil veces respondidas: de qué país eres, de dónde vienes, adónde te diriges. He sido de tantos países en India, y apenas sabía mi destino. Por eso acabé en la brahmánica Gokarna, que reúne todo lo que iría encontrando al ahondar en el sur: la atracción centrífuga del templo, la gente noble y despreocupada, el latido sanador de la jungla. Llegué a Gokarna para pasar unos días y me quedé tres semanas. Bajo el mosquitero del bungaló la oscuridad era un estallido de insectos y roedores desconocidos. Por la mañana, los pescadores en la playa. El atardecer abrupto junto a los bueyes en la playa de Om. Y un alegre santón que vivía en el bosque.

Hampi

Las ruinas de Vijayanagar, en Hampi. ampliar foto
Las ruinas de Vijayanagar, en Hampi.

Todo viajero anda buscando el paisaje que lleva dentro incluso antes de nacer. En la infancia lo vislumbré en parte, como por el ojo de una cerradura: un cañaveral, el vuelo de seda de las libélulas, la otra vida en una perfecta frase de Kipling. Allí estaba la semilla de India. Gracias al amigo Amin hallé mi paisaje en Hampi, el campamento caído del cielo en medio de las ruinas más maravillosas. Se llamó Vijayanagara, capital de un imperio vasto y poderoso. Peñascos redondos, como esculpidos por cíclopes, un río manso serpenteando para los ojos, palacios y templos saqueados por los sultanes hace siglos, el brillante verdor de los arrozales.

Hampi es un lugar mitológico hecho realidad, como tantas cosas en la vida india. El Ramayana lo señala como el lugar donde Sagriva y su ejército de monos se unen a Rama para rescatar a Sita, raptada por el demonio Ravana. Si hubiera sido más joven me habría quedado en Hampi escalando peñascos, como los chicos que acababan el día conmigo en el Mango Tree Café. O meditando con la mente llena de libélulas. Al menos ascendí el Hanuman Temple y crucé cada día a nado el río Tungabhadra hasta que volvieron las lluvias y oí que algunos chicos estaban en el hospital con dengue o malaria.

Verduras y elefantes

Montañas de especias en el mercado de Devaraja, en Mysore. ampliar foto
Montañas de especias en el mercado de Devaraja, en Mysore.

Alguien me habló de los tigres de Bengala y los elefantes libres de Madumalai. Subí a un autobús en Mysore, una ciudad con el mercado mejor abastecido que he visto en mi vida: montañas de cebollas, patatas, coles, tomates y otras verduras desconocidas, un monumento a la tierra esforzada, el mercado Devaraja convierte en patraña el cliché del hambre en India, al menos en el sur. El enorme palacio del Maharajá me aburrió comparado con el mercado. Estaba hipnotizado por los variopintos minaretes de especias, las columnas de bananas, los arabescos de jazmines para las trenzas de las mujeres. Pensaba en ellas en el autobús, que más bien parecía una ambulancia por la urgencia suicida del conductor, tras ver un perro despanzurrado, rodeado de cuervos, en medio de una ajetreada estación.

Un puesto en el mercado de Deravaja de Mysore. ampliar foto
Un puesto en el mercado de Deravaja de Mysore.

La subida a las montañas, los míticos árboles, la furtiva presencia de los tigres rayados: Kipling de nuevo. En Theppakkadu un inglés me contó su infancia en Pakistán y su retiro a estas montañas salvajes, lejos de las ciudades asfixiantes. Su chófer nos llevó en el jeep a un recodo del río a ver el baño de los elefantes. Shere Khan, el tigre de El libro de la selva, permaneció en la espesura.

El agua de Kerala

En Kerala no había tantos hombres durmiendo en la calle a todas horas, tantos perros sin dueño echados por doquier. En Kerala todos los hombres gastan mostacho y llevan dhoti, la falda hecha con una tela blanca que acortan o alargan con femenino gesto varonil. Pasé por Thrissur y Trivandrum, ciudades más limpias y ordenadas que en los Estados vecinos. En Kochi llovía sobre las obras del metro. Vi las redes chinas de Fort-Kochi en un mar verdoso de algas. Pasé una noche en una larga función de Kathakali, el teatro pantomímico de Kerala. Por fin llegué a Alleppey a descansar en una pensión familiar (memorable el plato de kingfish masala) oyendo toda la noche el batido de las olas.

Pescadores en la playa de Kollam. ampliar foto
Pescadores en la playa de Kollam.

Al amanecer los hombres y las mujeres se acuclillaban en la orilla, esos defecantes que sublevaban a Gandhi. En Alleppey tomé un barco que navega en las aguas interiores (backwaters) hacia Kollam. Las escenas de la ribera, las mujeres de vistosos saris portando ladrillos, cántaros o fardos enormes en la cabeza. Y las palmas de los cocoteros peinando el aire, las nubes que pasan hacia el horizonte. Arundhati Roy escribió su novela inspirada en ese dios de las cosas pequeñas que anida en el agua de Kerala.

Madurai, una crisis

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El templo de Meenakshi Amman, en Madurai (India).

Una pareja acaba el thali y arroja las sobras de su almuerzo al suelo del paseo. Estoy ante el cabo donde el mar de Bengala y el Índico se juntan, la punta de India. Las mujeres se remojan vestidas y los hombres se hacen selfies. Aquí, ante la roca vigía del gurú Vivekananda, murieron miles de personas en el tsunami de 2004. Kanyakumari, donde paso unos días tranquilos, tiene un aire terminal, una luz que anuncia otro continente. Madurai, en cambio, me recibe de noche. El calor es sofocante. Los templos, el único lugar fresco donde paso el día. La gente recita una oración (puja) ante las pequeñas imágenes oscuras uncidas con polvos amarillos y collares de flores. A un costado del vasto complejo de pirámides esculpidas con miles de tallas pintadas visito la casa donde Sri Ramana despertó al ser. Es curioso que su doctrina basada en la autoindagación naciese donde hay tanto ajetreo y estruendo. Quién no se cansa de las bocinas continuas, de esquivar motos, rickshaws y vacas.

En Madurai y en tantos otros lugares del sur es fácil hartarse de esas gentes tercas y entrometidas para quienes el otro es parte del sí mismo y la intimidad o la compasión simples absurdos. Hay viajeros que renuncian. Si se pasa la crisis uno acaba por acostumbrarse, aceptarlo o incluso no verlo. Yo la pasé meditando en las montañas Nilgiri, donde disfruté como antaño los ingleses del Raj del frescor de Kodaikanal, que recuerda Escocia.

Fervor y cantos

Los rostros se vuelven al lingam (símbolo fálico) de fuego encendido en la cúspide de Arunachala, la montaña sagrada de Tiruvannamalai. Shiva en su esplendor. Las manos juntas, los devotos rezan. Voy dando vueltas al altar en el ashram (lugar de enseñanza hinduista) de Ramana coreando los vedas en tamil. Me siento con los hombres mientras las mujeres al otro lado cantan. Como en el suelo en hojas de bananero el excelente thali. La cueva del santo Ramana y el ambiente iluminado del ashram llegan a calar hondo. El quién soy yo está en cada paso descalzo que damos por aquí. No es extraño que mi siguiente paso esté guiado por una idea peregrina.

Decido ir a Tirupati, al sur de Andhra Pradesh. La montaña de Tirumala atrae a más peregrinos que la Meca o Roma, según dicen. Convoyes de autobuses abarrotados acometen las curvas en una exhalación. Soy el único extraño, el que no sabe adónde va. Cinco peregrinos de Erode me adoptan y me guían en las colas interminables. Unido carne con carne al río fanático de la multitud alcanzo el templo recubierto de oro. Al entrar allí es el paroxismo. Los devotos tocan las paredes con unción temblorosa y alzan los brazos y gritan enloquecidos: “Go go Govindaaa!”. Tengo dos segundos para ver el rostro vendado de Balaji, el dios negro, antes de recibir un empujón. Mis protectores me dicen luego emocionados: “Ya puedes volver a casa, has visto a Dios”.

El tiempo detenido

Guía

Cómo ir e información

» No hay vuelos directos entre Madrid y Bombay, pero sí muchas opciones para volar con una escala. También existe la posibilidad de volar a otros aeropuertos del sur de India como Bangalore o Thiruvananthapuram. Turkish Airlines (www.turkishairlines.com) vuela de Madrid a Bombay con una escala en Estambul desde 469 euros ida y vuelta. Iberia (www.iberia.com) con escala en Londres a Bombay a partir de 604 euros ida y vuelta. Emirates (www.emirates.com) y Qatar Airways (www.qatarairways.com) son otras opciones que ofrecen varios destinos en la zona.

» Turismo de India (incredibleindia.org).

» Turismo de Kerala (www.keralatourism.org).

En el festival literario de Bangalore oigo recitar a Usha, mi amiga escritora (en inglés, la única lengua común en un país con tantas y diversas), versos del poeta tamil Bharati. Bangalore, enclave de la tecnología digital india, fue una ciudad reputada por su clima benigno y sus jardines, y ahora por sus sofisticados restaurantes. Todas las urbes indias acaban agobiando. Son fiel reflejo del ímpetu ciclotímico de India, que suele acabar (como Hampi) en una fascinante mezcla de ruinas, polvo y orgullo. El tren que me lleva a Badami atraviesa la llanura brumosa de Karnataka. Me reciben los graznidos de las invasivas cornejas, el primer saludo de esta tierra. En las vías, un mono manco va recogiendo con sus muñones la comida que tiran los pasajeros. Un perro con tres piernas se aleja aullando de una vieja jorobada que le pega con su paraguas roto. La injusticia, el dolor, el fracaso por doquier, pero nada es vulgar en India.

Me gusta Badami, sus templos en torno a la laguna verde donde nado cada tarde, las callejuelas blancas de atmósfera bíblica. La luz rojiza de los desfiladeros y las colinas. Recalo varios días en Bijapur, mi último destino. Remota, polvorienta ciudad anclada en un pretérito islámico, en Bijapur ocupo una amplia habitación colonial con porche y jardín. Desde la cúpula de la gigantesca mezquita Gol Gumbaz veo amanecer en el tiempo detenido de India y pienso ya con nostalgia que volveré. La razón del viaje, en palabras del peregrino Lanza del Vasto, es el regreso.

José Luis de Juan es autor de la novela La llama danzante (Minúscula).

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