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Rutas del vino

De copas con Sancho Panza

Una gran ruta del vino manchego, de Argamasilla de Alba a Manzanares, entre viñedos en vendimia y grandes bodegas, como El Vínculo, de Alejandro Fernández

Paisaje manchego de viñas y molinos al sur de la provincia de Toledo. Ampliar foto
Paisaje manchego de viñas y molinos al sur de la provincia de Toledo.

Este año cervantino, en el que se celebran los cuatro siglos de la aparición de la segunda parte del Quijote, puede ser un buen pretexto para echarse a la carretera, recorrer los campos de La Mancha, una de las mayores extensiones de viñedo del mundo, visitar alguna de sus mejores bodegas, acercarse a las vendimias que aún no hayan terminado, conocer los procesos de elaboración, participar en degustaciones comentadas por los enólogos, alojarse en un entorno rural o en la propia bodega, tomar unas copas del mejor vino en vinotecas o adquirirlos en tiendas especializadas, y conocer la mejor gastronomía regional, inseparable del mejor vino. Un viaje con olor a parra y mosto, que compite con los balsámicos de las hierbas aromáticas. Luego, en la bodega, los aromas intensamente frutales de la fermentación nos embriagan de sereno gozo.

Las posibilidades son muchas, pero estaría bien realizar una ruta en compañía de Don Quijote y su inseparable y sagaz escudero Sancho, ducho en el arte de beber, para comprobar la calidad de los vinos que se elaboran en unas tierras donde los gigantes son gigantes y los molinos, molinos. Así que, empecemos por Argamasilla de Alba (Ciudad Real), donde la tradición sitúa el lugar donde Cervantes empieza su obra maestra. Todo aquí es muy quijotesco: desde la piedra molinera que marca el kilómetro cero de la ruta hasta la cueva de Medrano, prisión donde dicen que Cervantes soñó el libro. Pero también hay castillo, el de Peñarroya, que guarda interesantes muestras de arte barroco y churrigueresco. Y un pantano que nos recuerda La Mancha lacustre, el Guadiana y sus lagunas de Ruidera. En los campos, los viejos tombos y majanos, elementales construcciones rústicas, a modo de refugio, hechas amontonando las piedras que el arado remueve al labrar los viñedos.

Desde aquí hacia Tomelloso, ciudad donde, hasta hace poco, se salía a bodega por casa. Aún más: a tinaja por habitante, y son 30.000. La plaza Mayor tiene un encanto mercantil y popular. En ella se encuentra la Posada de los Portales, hoy oficina de turismo, con un museo de carros y aperos y pinturas de sus hijos más ilustres, Antonio López, tío y sobrino. Antes de partir hay que acercarse a la bodega Vinícola de Tomelloso para degustar su tinto Finca Cerrada. O a la cooperativa Virgen de la Viñas, el gigante vitivinícola, con 19.000 hectáreas de viñedo.

Una tradicional tinaja de barro en Villarrobledo (Albacete). ampliar foto
Una tradicional tinaja de barro en Villarrobledo (Albacete).

Tinajas de barro

Y ahora, directos a Villarrobledo (Albacete), donde todavía se cuecen gigantescas tinajas de barro, a visitar Bodegas Ayuso y sus Estola, el primer tinto gran reserva. Y si aprieta el hambre, subir a Las Pedroñeras (Cuenca), capital del ajo morado, para comer en Las Rejas y saludar al genial chef Manuel de la Osa, que también hace vino, y muy bueno. Seguimos hacia Los Hinojosos, donde se establecieron en 1998 los riojanos Martínez Bujanda. Su bodega Finca Antigua es uno de los mejores exponentes de la nueva Mancha vitivinícola, con el tinto Clavis como mejor demostración. En El Toboso (Toledo) Dulcinea es nombre de vino; lo elabora el enólogo Isidro Gómez. Cerca, el viticultor José Fernando Pérez ha levantado bodega: Venta de Don Quijote.

Un racimo de uvas en un viñedo de la bodega El Vínculo, en Campo de Criptana (Ciuda Real). ampliar foto
Un racimo de uvas en un viñedo de la bodega El Vínculo, en Campo de Criptana (Ciuda Real).

Llegamos a Campo de Criptana (Ciudad Real), población típicamente manchega. Cal y callejas, cuestecillas limpias. De ella se enamoró el bodeguero Alejandro Fernández y montó la bodega El Vínculo. Seguimos hasta Alcázar de San Juan y sus molinos, que ya no muelen nada. Son viviendas restauradas, refugios de artistas. Una visita a la sede del consejo regulador de la denominación de origen La Mancha, la mayor del mundo, para asombrarse con los datos de este mar de cepas en tierras de secano. Y ahora puede venir bien un alto. Así que, hasta Puerto Lápice y sus ventas, como la Venta de Don Quijote, una construcción del siglo XVIII. Un descanso y a gozar con su cocina: gachas, duelos y quebrantos. Buen tinto elaboran también en Daimiel, villa grande y próspera rodeada de cooperativas. Y cerca, las famosas Tablas, felizmente recuperadas.

Guía

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Rojo otoñal

Ya hemos hecho la mayor parte del camino. Pero antes de finalizar, demos un largo paseo entre los viñedos que tapizan la planicie de una amplia gama de verdes con retazos de rojo otoñal. Y luego nos acercarnos a Valdepeñas. Allí se encuentra una de las bodegas más innovadoras de la zona, Bodegas Arúspide, empeñada en renovar los vinos de una denominación de origen con mucha historia, mucho vino —mucha exportación a bajo precio—, y poca imagen de calidad. Un trago del tinto joven Ágora es la mejor demostración. No nos olvidamos de visitar el Museo del Vino en la bodega de Leocadio Morales.

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Ha llegado el momento de finalizar. Ningún sitio mejor que Manzanares, donde los viejos molinos de viento son hoy centrales eólicas y solares. Aquí, la bodega Vinícola de Castilla, tan moderna e informatizada, pionera en el vino manchego de calidad, cuenta con el asesoramiento del enólogo Pepe Hidalgo; no hay mejor garantía para sus renovados vinos Señorío de Guadianeja y Olimpo, este último con vocación de grande. También elaboran excelentes quesos. Molinos, queso, vino. Contar y no parar.

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