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escapadas

Caballitos de mar en Costa Nova

Ruta en torno a Aveiro, al sur de Oporto, por una plácida costa de pescadores

Un barco pesquero en la costa de Aveiro, en Portugal. Ampliar foto
Un barco pesquero en la costa de Aveiro, en Portugal.

Costa Nova es conocida por los palheiros, alegres casas listadas. Antiguamente las usaban los pescadores para guardar las redes, y acabaron convirtiéndose en viviendas. Una de ellas la ocupó Eça de Queiroz, cuyo recuerdo perdura en el callejero. El paseo de la ría es una delicia. A un lado quedan esas casas, con sus restaurantes en los que sirven marisco y pescado, tiendas de souvenirs, pastelerías y heladerías, y al otro, la ancha ría; en medio, el empedrado, con sus dibujos de caballitos de mar y peces, una amplia zona de césped y un camino para las bicicletas. Añadamos los puestos de tripas (dulces típicos, como los ovos moles, que sientan mejor al paladar que a la línea) y las palmeras, unas canchas de tenis y un campo de fútbol indoor de libre uso, en el que se pueden improvisar partidos amistosos e internacionales, y se tiene un escenario perfecto para unas vacaciones tranquilas en un marco muy hermoso. También ayudan los portugueses: las dos veces en las que se equivocaron en la cuenta hube de reconvenirles, pues fue a mi favor.

Típicas casas de colores de Costa Nova. ampliar foto
Típicas casas de colores de Costa Nova.

La playa de Barra es larguísima, con poca gente. Se accede a través de caminos de gastados tablones de madera que mueren en la abundante arena. Al fondo, al norte, se distingue el faro de Aveiro, el más alto de Portugal. Miro el océano, de donde le vino al país la gloria y la riqueza, o más bien, adonde sus marineros fueron a buscarlas. Aunque el mar está movido, la bandera es amarilla. Me animo, las olas me revuelcan y salgo con el bañador lleno de arena. Es como si, en el equilibrio universal, a la placidez de esta villa le correspondiera un mar salvaje. Pensando eso recorro la orilla recolectando gruesas conchas.

En Ilhavo está el Museo Marítimo, de Nuno y Pedro Mateus, merecidamente nominado en 2003 al Premio Mies van der Rohe, con una llamativa colección de conchas, otra de maquetas de barcos y una reproducción de un bacaladero, al que se puede subir, lo que se agradece si se va con niños. El museo está dedicado al bacalao. Los portugueses empezaron a pescarlo en Terra Nova en el siglo XVI. Me entero de que hay diez familias y doscientas especies, y de que apenas han variado en 120 millones de años. Cambias menos que un bacalao, podría decirse. Hay además un acuario de estos peces. Observándolos, admiro profundamente a los portugueses, por saber hacer de algo tan feo platos tan exquisitos. Al ver la gran colección de conchas, las que he recogido con cierto entusiasmo en la playa recuperan sus justas proporciones. Una de ellas es —según reza el letrero— una Amphipheras ovum Linné,blanca, brillante, como un huevo de porcelana.

Guía

Cómo ir

» Aveiro se sitúa a 78 kilómetros al sur de Oporto. En coche se tarda unos 50 minutos. También se puede ir en tren.

» Información sobre ferris y otros transportes: www.moveaveiro.pt.

Información

» Turismo de Portugal (www.visitportugal.com).

» www.cm-aveiro.pt.

Quizá haya sido esa concha la que me decide a visitar, también en Ilhavo, la fábrica de porcelanas de Vista Alegre, de fama mundial. La fundó en 1824 José Ferreira Pinto Basto, un político y empresario ilustrado que quiso levantar no sólo una fábrica, sino una ciudad para sus trabajadores. Contaba con capilla del siglo XVII, clínica, bomberos, teatro, guardería… El museo está cerrado por remodelación, pero hago la visita guiada, en la que se explican los diferentes pasos de la elaboración de las porcelanas, que sigue siendo muy artesanal. Una Virgen de Fátima de un palmo requiere quince moldes, uno de ellos sólo para el pulgar. Un operario hace dos al día. Las piezas necesitan dos cocciones de 22 horas, una a 1.000 grados y otra a 1.400, y se revisan una a una para comprobar que no tengan defectos. Seguiré sin comprarlas, pero al menos ya no diré alegremente que su precio es excesivo.

Los ‘moliçeiros’

Aveiro, a unos 12 kilómetros de Costa Nova, se vende como la Venecia de Portugal, lo que constituye una especie de insulto, no sé si para Venecia, para Portugal o para ambos. Es una ciudad bonita, pero la comparación es especialmente odiosa, pues sus pocos canales no merecen tal humillación. A falta de góndolas, hay moliçeiros, estilizados barcos de proa levantada y decorados con coloridas escenas, generalmente protagonizadas por un hombre mirando el trasero de una mujer.

Museo Marítimo de Ilhavo. ampliar foto
Museo Marítimo de Ilhavo.

Dicho esto, Aveiro merece una visita, para comer en la zona antigua, ver las casas de piedra al borde de sus canales o la antigua fábrica de cerámica, de 1896, hoy escuela de formación profesional, de ladrillo y con una enorme chimenea, o visitar el museo, antiguo convento de Jesús, llamado de Santa Joana, pues allí vivió la hija beata de Alfonso V. Me detengo ante un retrato de la princesa, encargado al taller de Nuno Gonçalves para ser mostrado en las cortes europeas y encontrarle novio. Queda la duda de si la desagradable mueca de hastío de la princesa tenía como fin evitar el casamiento, o si era de fábrica y condujo a ese resultado.

Ya de noche, vuelvo a recorrer el paseo de Costa Nova, que tanto me gusta. Sentado en el muro de contención de la ría, escuchando el sonido de las pequeñas olas que lo golpean incesantemente, viendo los palheiros y las palmeras, se tiene la sensación de que el mundo es un lugar limpio, apacible, bonito y ordenado. Me viene a la mente entonces una imagen de la catedral de Aveiro: la escultura, algo mayor que el natural, de un Cristo con túnica de nazareno, caído, con la cruz encima, doliente. Impresiona, no por su calidad artística, que tampoco niego, sino por su simbolismo. La dureza del camino de la vida. Y se me ocurre que las dos visiones, la idílica y la sufriente, son igual de ciertas, igual de falsas.

» Martín Casariego es autor de la novela El juego sigue sin mí, con la que acaba de ganar el premio Café Gijón.

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