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Mi viaje más alucinante

Doce aventuras de los lectores de ‘El Viajero’ que nos transportan a Mongolia o Torremolinos

  • Los espacios abiertos de la Ruta 66 rumbo a California a bordo de un Dodge. Una casita donde la hospitalidad se revela a 4.200 metros de altura en las montañas peruanas. El percance con final feliz de unos viajeros confiados en el desierto de Mauritania. Las estepas inacabables de Mongolia. Una mujer camino de Torremolinos con su amado Antonio... Historias que quizá nos sirvan para verificar la frase que Bruce Chatwin, el apasionado escritor trotamundos, incluyó en '¿Qué hago yo aquí?:' “El hogar verdadero del hombre no es una casa, sino el camino. Más de 200 lectores respondieron al concurso convocado por 'El Viajero' y la agencia 'online' Logitravel bajo un reclamo: “Tu viaje más sorprendente”. De sus experiencias hemos seleccionado doce. Tres han sido los premiados: Sandra Barbero Rubio, Miguel Ángel Gómez y Astrid Ramos Cardona, ganadores, respectivamente, de una semana para dos personas en Isla Mauricio, tres noches para dos personas en Ámsterdam y tres noches para dos en Tenerife. Y a seguir viajando.
    1El Fotoplastikon y otros misterios Los espacios abiertos de la Ruta 66 rumbo a California a bordo de un Dodge. Una casita donde la hospitalidad se revela a 4.200 metros de altura en las montañas peruanas. El percance con final feliz de unos viajeros confiados en el desierto de Mauritania. Las estepas inacabables de Mongolia. Una mujer camino de Torremolinos con su amado Antonio... Historias que quizá nos sirvan para verificar la frase que Bruce Chatwin, el apasionado escritor trotamundos, incluyó en '¿Qué hago yo aquí?:' “El hogar verdadero del hombre no es una casa, sino el camino. Más de 200 lectores respondieron al concurso convocado por 'El Viajero' y la agencia 'online' Logitravel bajo un reclamo: “Tu viaje más sorprendente”. De sus experiencias hemos seleccionado doce. Tres han sido los premiados: Sandra Barbero Rubio, Miguel Ángel Gómez y Astrid Ramos Cardona, ganadores, respectivamente, de una semana para dos personas en Isla Mauricio, tres noches para dos personas en Ámsterdam y tres noches para dos en Tenerife. Y a seguir viajando.
  • En Las Vegas se nos unió un Dodge azul con el que avanzar el camino. Para entonces ya habíamos venerado el célebre Strip de aquella ciudad sin límites y sobrevolado el Gran Cañón, estremecidos ante un horizonte árido y rojizo, inigualable. Aceleramos y pusimos rumbo a Los Ángeles. Millas y millas de rectas a través del desierto, las emisoras locales haciéndonos aún más vibrante el trayecto. Y entre guitarra y guitarra de The Doors o Van Halen alcanzamos Hollywood y sus estrellas, nos deleitamos con los atardeceres de Venice y Santa Mónica, conmovidos ante los decorados de 'Tiburón' o de 'Psicosis'. Y de nuevo el asfalto, y tras él, San Francisco. Y allí, su neblina, sus cuestas y tranvías, un puente mágico y dorado, muelles atestados de leones marinos. El Dodge acercándonos a Sausalito, Carmel y Monterey, a playas salvajes e inmensos bosques de secuoyas. En la retina, un sueño cumplido y una carretera. En el paladar, la huella imborrable de una experiencia tan excitante, tan intensa.
    2En Dodge por la ruta 66

    Sandra Barbero Rubio (primer premio) En Las Vegas se nos unió un Dodge azul con el que avanzar el camino. Para entonces ya habíamos venerado el célebre Strip de aquella ciudad sin límites y sobrevolado el Gran Cañón, estremecidos ante un horizonte árido y rojizo, inigualable. Aceleramos y pusimos rumbo a Los Ángeles. Millas y millas de rectas a través del desierto, las emisoras locales haciéndonos aún más vibrante el trayecto. Y entre guitarra y guitarra de The Doors o Van Halen alcanzamos Hollywood y sus estrellas, nos deleitamos con los atardeceres de Venice y Santa Mónica, conmovidos ante los decorados de 'Tiburón' o de 'Psicosis'. Y de nuevo el asfalto, y tras él, San Francisco. Y allí, su neblina, sus cuestas y tranvías, un puente mágico y dorado, muelles atestados de leones marinos. El Dodge acercándonos a Sausalito, Carmel y Monterey, a playas salvajes e inmensos bosques de secuoyas. En la retina, un sueño cumplido y una carretera. En el paladar, la huella imborrable de una experiencia tan excitante, tan intensa.

  • Tras 32 días de periplo peruano-boliviano, el último pueblo había quedado atrás 30 kilómetros antes. Sólo algunas llamas miraban de reojo al escuchar mi resuello mientras me peleaba con el camino. Me había quedado sin agua y sin comida a 4.200 metros y sin poblaciones por delante. Una sencilla casa de adobe humeaba al doblar la curva, quizá mi última oportunidad de conseguir agua y comida en la cordillera de Andahuaylas. En la puerta, dos niñas casi idénticas de unos cuatro años jugaban sentadas. Caras curtidas y quemadas por el sol, la altura y el frío seco de los Andes peruanos. —¡Hola! Por respuesta, sonrisas y miradas cómplices. —¿Están vuestros padres? —¡Ji ji ji! Las niñas observaban asombradas mi enorme montura a pedales con grandes alforjas rojas. Su abuela salió y me invitó a pasar a la vivienda. Una sopa de verduras de caldero de leña y pan recién hecho eran una bendición para reponer fuerzas y seguir mi camino hacia el lago Titicaca. Agradecido enormemente, quise pagar por la hospitalidad, pero la mujer negó con la cabeza y me despidió con una sonrisa.
    3Sopa de verduras

    Miguel Ángel Gómez (segundo premio) Tras 32 días de periplo peruano-boliviano, el último pueblo había quedado atrás 30 kilómetros antes. Sólo algunas llamas miraban de reojo al escuchar mi resuello mientras me peleaba con el camino. Me había quedado sin agua y sin comida a 4.200 metros y sin poblaciones por delante. Una sencilla casa de adobe humeaba al doblar la curva, quizá mi última oportunidad de conseguir agua y comida en la cordillera de Andahuaylas. En la puerta, dos niñas casi idénticas de unos cuatro años jugaban sentadas. Caras curtidas y quemadas por el sol, la altura y el frío seco de los Andes peruanos. —¡Hola! Por respuesta, sonrisas y miradas cómplices. —¿Están vuestros padres? —¡Ji ji ji! Las niñas observaban asombradas mi enorme montura a pedales con grandes alforjas rojas. Su abuela salió y me invitó a pasar a la vivienda. Una sopa de verduras de caldero de leña y pan recién hecho eran una bendición para reponer fuerzas y seguir mi camino hacia el lago Titicaca. Agradecido enormemente, quise pagar por la hospitalidad, pero la mujer negó con la cabeza y me despidió con una sonrisa.

  • Esta historia no es otra que la de una imprudencia, vamos, de lo que se viene a llamar una estupidez como una casa. Hace ahora 10 años, íbamos en pareja conduciendo un 'jeep' desde Nuadibú a Nuakchot por el recién inaugurado tramo de la Transahariana. Son 500 kilómetros atravesando dunas. Era abril y hacía un calor de mil 'djins' (demonios). Se nos ocurrió meternos campo a través para llegar a la costa y darnos un baño. En lo alto de una duna paramos a ver si quedaba tanto como parecía (luego supimos que el mar estaba a unos veinte kilómetros). Cuando quisimos regresar, el 'jeep' se había hundido y no hubo forma de sacarlo a pesar de los desesperados intentos. Tuvimos que hacer noche allí mismo. A la mañana siguiente, con el agua restante y un melón, nos dirigimos en silencio al asfalto. Horas después, unos obreros de la carretera, casi sin mediar palabra, nos rescataron. Al otro lado de la estupidez a veces se encuentra una gran bondad. Solo por eso quizá valió la pena.
    4Espejismo

    Astrid Ramos Cardona (tercer premio) Esta historia no es otra que la de una imprudencia, vamos, de lo que se viene a llamar una estupidez como una casa. Hace ahora 10 años, íbamos en pareja conduciendo un 'jeep' desde Nuadibú a Nuakchot por el recién inaugurado tramo de la Transahariana. Son 500 kilómetros atravesando dunas. Era abril y hacía un calor de mil 'djins' (demonios). Se nos ocurrió meternos campo a través para llegar a la costa y darnos un baño. En lo alto de una duna paramos a ver si quedaba tanto como parecía (luego supimos que el mar estaba a unos veinte kilómetros). Cuando quisimos regresar, el 'jeep' se había hundido y no hubo forma de sacarlo a pesar de los desesperados intentos. Tuvimos que hacer noche allí mismo. A la mañana siguiente, con el agua restante y un melón, nos dirigimos en silencio al asfalto. Horas después, unos obreros de la carretera, casi sin mediar palabra, nos rescataron. Al otro lado de la estupidez a veces se encuentra una gran bondad. Solo por eso quizá valió la pena.

  • Mi viaje más sorprendente ocurrió el año pasado cuando, por primera vez en 11 años, mi suegra no se acopló a nuestras vacaciones de verano en la playa. La primera vez en todos esos años que no cargábamos con esa tele pequeñita suya y cenábamos con horas y horas de sus programas de tertulianos de fondo. A ese tal señor Antonio que la enamoró y la llevó a Torremolinos de veranito le tengo puesto un altar en mi casa.
    5Suegra enamorada

    David García Almeida Mi viaje más sorprendente ocurrió el año pasado cuando, por primera vez en 11 años, mi suegra no se acopló a nuestras vacaciones de verano en la playa. La primera vez en todos esos años que no cargábamos con esa tele pequeñita suya y cenábamos con horas y horas de sus programas de tertulianos de fondo. A ese tal señor Antonio que la enamoró y la llevó a Torremolinos de veranito le tengo puesto un altar en mi casa.

  •   Ya de pequeña me atraían algunos destinos que, por lejanos, parecían mucho más fascinantes. Ulan Bator era uno de ellos. Hace un par de años cumplí ese sueño y un día de finales de primavera aterricé en el aeropuerto de la capital de Mongolia con una amiga y nuestras dos mochilas. Al día siguiente de nuestra llegada iniciamos una ruta de 10 días con Gansering, nuestro chófer, guía y cocinero, que apareció flamante con su gorra blanca de capitán de barco y su coche 4 4. Recorrimos cientos de kilómetros de estepa a ritmo de música de Abba, y compartimos yurtas con hombres y mujeres nómadas y con una chamán que vivía entre tarros con serpientes y escarabajos disecados en vodka. Pasamos veladas con las mujeres de la comunidad a la luz de nuestra linterna y les regalamos bisuterías. Y dormimos en la tienda del anciano que vivía solo con sus gatos y sus dos cabras.
    6Mongolia sideral

    Dolors Banus Ya de pequeña me atraían algunos destinos que, por lejanos, parecían mucho más fascinantes. Ulan Bator era uno de ellos. Hace un par de años cumplí ese sueño y un día de finales de primavera aterricé en el aeropuerto de la capital de Mongolia con una amiga y nuestras dos mochilas. Al día siguiente de nuestra llegada iniciamos una ruta de 10 días con Gansering, nuestro chófer, guía y cocinero, que apareció flamante con su gorra blanca de capitán de barco y su coche 44. Recorrimos cientos de kilómetros de estepa a ritmo de música de Abba, y compartimos yurtas con hombres y mujeres nómadas y con una chamán que vivía entre tarros con serpientes y escarabajos disecados en vodka. Pasamos veladas con las mujeres de la comunidad a la luz de nuestra linterna y les regalamos bisuterías. Y dormimos en la tienda del anciano que vivía solo con sus gatos y sus dos cabras.

  • Desembarcamos a las 11.30. Hacía mucho calor y la isla estaba repleta de lagartijas. Con la moto recorrimos cada pedacito de aquel paraíso mediterráneo. La arena era la más blanca que podías encontrar, y las aguas, las más cristalinas en las que pudieras nadar. Hicimos un alto en el camino para degustar pescaditos, ensaladilla y una cerveza bien fresquita. Seguimos la ruta hasta toparnos con el faro, el famoso faro de aquella película. Justo debajo había una cueva donde unos personajes, cuando menos peculiares, vendían sus tesoros más artesanales en una atmósfera ambientada por la música. Un día, un intenso día lleno de sol, playas, kilómetros en moto, helados y mi amado. Era lo más parecido a unas vacaciones. Unas momentáneas vacaciones que nos dejarían un bonito moreno, unas fotos increíbles y un recuerdo inolvidable de Formentera.
    7Moreno de la isla

    Cristina Raimundo Desembarcamos a las 11.30. Hacía mucho calor y la isla estaba repleta de lagartijas. Con la moto recorrimos cada pedacito de aquel paraíso mediterráneo. La arena era la más blanca que podías encontrar, y las aguas, las más cristalinas en las que pudieras nadar. Hicimos un alto en el camino para degustar pescaditos, ensaladilla y una cerveza bien fresquita. Seguimos la ruta hasta toparnos con el faro, el famoso faro de aquella película. Justo debajo había una cueva donde unos personajes, cuando menos peculiares, vendían sus tesoros más artesanales en una atmósfera ambientada por la música. Un día, un intenso día lleno de sol, playas, kilómetros en moto, helados y mi amado. Era lo más parecido a unas vacaciones. Unas momentáneas vacaciones que nos dejarían un bonito moreno, unas fotos increíbles y un recuerdo inolvidable de Formentera.

  • En Varsovia, la capital polaca, iba en busca de un sitio muy concreto: el Fotoplastikon. Ni idea de lo que era. En esta ciudad cuesta mucho encontrar los lugares. Los números de las calles no son siempre consecutivos, los sitios están escondidos o poco señalizados. Además, está en obras y es un poco caótica. Hacía un día como para quedarse en el hotel. Llovía a cántaros. Pero yo salí a la búsqueda del Fotoplastikon. Entro en el patio trasero de un edificio, paso por un barrizal sobre unos tablones, entro en un cuarto oscuro, descorro una cortina y entro a un sitio donde no hay absolutamente nadie. Pienso: de esta no salgo viva. Me encuentro con un sitio fantástico. Una especie de protocine que aún se conserva de los que había a principios del siglo XX. La gente se sienta en unos taburetes alrededor de una estructura con forma de tambor y ve, a través de los visores, fotos estereoscópicas que producen un efecto tridimensional. Fotos de una Varsovia que ya no existe porque fue totalmente destruida en la II Guerra Mundial. Descubrí la auténtica máquina del tiempo.
    8Varsovia, a través del visor

    Icíar Rodríguez Miranda En Varsovia, la capital polaca, iba en busca de un sitio muy concreto: el Fotoplastikon. Ni idea de lo que era. En esta ciudad cuesta mucho encontrar los lugares. Los números de las calles no son siempre consecutivos, los sitios están escondidos o poco señalizados. Además, está en obras y es un poco caótica. Hacía un día como para quedarse en el hotel. Llovía a cántaros. Pero yo salí a la búsqueda del Fotoplastikon. Entro en el patio trasero de un edificio, paso por un barrizal sobre unos tablones, entro en un cuarto oscuro, descorro una cortina y entro a un sitio donde no hay absolutamente nadie. Pienso: de esta no salgo viva. Me encuentro con un sitio fantástico. Una especie de protocine que aún se conserva de los que había a principios del siglo XX. La gente se sienta en unos taburetes alrededor de una estructura con forma de tambor y ve, a través de los visores, fotos estereoscópicas que producen un efecto tridimensional. Fotos de una Varsovia que ya no existe porque fue totalmente destruida en la II Guerra Mundial. Descubrí la auténtica máquina del tiempo.

  • Comenzó en Santiago de Chile en verano de 2005, invierno allá. Pero realmente comenzó o empezó a contar desde que tropecé con Ciudad Abierta. Algo hace especiales algunos viajes, lo inesperado, lo que no está en la ruta, y acaba convirtiéndose en uno de los mejores recuerdos de tu vida, por lo que tiene de catalizador en tu existencia. Recorriendo la costa chilena desde Valparaíso, Iván y yo tratamos de encontrar una ciudad utópica que habíamos visto en una revista de arquitectura. Ciudad Abierta, aunque casi sea un secreto, se encuentra a unos pocos kilómetros de Ritoque. Fundada en los años setenta por profesores y alumnos de arquitectura, se trata de un campo de innovación y libertad, no sólo arquitectónica, sino también social. Durante tres días disfrutamos de la hospitalidad de su pequeña sociedad, hicimos amigos, participamos en sus vidas. Aquellas personas que habían vivido escondidas durante la dictadura y sus historias silenciadas cambiaron mi manera de ver el mundo.
    9Impulso creativo

    Patricia Munte Comenzó en Santiago de Chile en verano de 2005, invierno allá. Pero realmente comenzó o empezó a contar desde que tropecé con Ciudad Abierta. Algo hace especiales algunos viajes, lo inesperado, lo que no está en la ruta, y acaba convirtiéndose en uno de los mejores recuerdos de tu vida, por lo que tiene de catalizador en tu existencia. Recorriendo la costa chilena desde Valparaíso, Iván y yo tratamos de encontrar una ciudad utópica que habíamos visto en una revista de arquitectura. Ciudad Abierta, aunque casi sea un secreto, se encuentra a unos pocos kilómetros de Ritoque. Fundada en los años setenta por profesores y alumnos de arquitectura, se trata de un campo de innovación y libertad, no sólo arquitectónica, sino también social. Durante tres días disfrutamos de la hospitalidad de su pequeña sociedad, hicimos amigos, participamos en sus vidas. Aquellas personas que habían vivido escondidas durante la dictadura y sus historias silenciadas cambiaron mi manera de ver el mundo.

  • La abuela Mbarkalina nos recibió en su jaima el primer día de nuestra visita. Se sintió cohibida por nuestros efusivos abrazos y, en vez de besos, nos ofreció un poco de colonia de baño con un bote de litro, indicándonos por señas que pusiéramos las manos. Ella misma se roció un poco y luego estuvo todo el tiempo cogiendo de vez en cuando el bote y soltando unas gotitas para perfumar el ambiente mientras tomábamos nuestro primer té. Fuera, el viento y la arena azotaban el campamento de refugiados saharauis de Smara, en el desierto argelino, y el polvo rojo impregnaba permanentemente un aire para nosotros casi irrespirable. Nuestro primer viaje al Sáhara nos deparó el más importante descubrimiento de nuestras vidas: no vimos monumentos ni museos, pero los saharauis nos revelaron el valor de las pequeñas cosas y la belleza que anida en el corazón de las personas. Ninguna de las experiencias de nuestras vacaciones puede compararse con aquel viaje interior.
    10En la jaima

    Francisca Godoy La abuela Mbarkalina nos recibió en su jaima el primer día de nuestra visita. Se sintió cohibida por nuestros efusivos abrazos y, en vez de besos, nos ofreció un poco de colonia de baño con un bote de litro, indicándonos por señas que pusiéramos las manos. Ella misma se roció un poco y luego estuvo todo el tiempo cogiendo de vez en cuando el bote y soltando unas gotitas para perfumar el ambiente mientras tomábamos nuestro primer té. Fuera, el viento y la arena azotaban el campamento de refugiados saharauis de Smara, en el desierto argelino, y el polvo rojo impregnaba permanentemente un aire para nosotros casi irrespirable. Nuestro primer viaje al Sáhara nos deparó el más importante descubrimiento de nuestras vidas: no vimos monumentos ni museos, pero los saharauis nos revelaron el valor de las pequeñas cosas y la belleza que anida en el corazón de las personas. Ninguna de las experiencias de nuestras vacaciones puede compararse con aquel viaje interior.

  • El aguacero caía con persistencia germánica, el cielo se oscureció de un portazo y no llegamos a ver la luna. A izquierda y derecha de la autopista, que parecía elevarse sobre el horizonte, no se veía ni una luz. Nos aventuramos por un camino de tierra que serpenteaba entre silenciosas tierras de labor y fachadas con blasones de piedra. Con el pelo empapado, atisbamos por la ventana de un pequeño hotel-restaurante. Entre luz cálida de velas y brillo de cristalería de Bohemia, un anciano camarero servía las mesas con parsimonia siguiendo la cadencia que le marcaba el violinista. Contamos los últimos billetes y nos concedimos cena con vino afrutado del país, que creó turbulencias en las losetas ajedrezadas de la habitación, bajo la cama con dosel y la bañera de patas doradas. Imaginamos mil y una historias aquella noche. ¿Sería el escondite de un perverso conde? ¿Quizá era un espejismo y nos despertaríamos al raso? Llegó la mañana, había escampado y teníamos que seguir camino.
    11Noche de lluvia

    Belén Sáenz El aguacero caía con persistencia germánica, el cielo se oscureció de un portazo y no llegamos a ver la luna. A izquierda y derecha de la autopista, que parecía elevarse sobre el horizonte, no se veía ni una luz. Nos aventuramos por un camino de tierra que serpenteaba entre silenciosas tierras de labor y fachadas con blasones de piedra. Con el pelo empapado, atisbamos por la ventana de un pequeño hotel-restaurante. Entre luz cálida de velas y brillo de cristalería de Bohemia, un anciano camarero servía las mesas con parsimonia siguiendo la cadencia que le marcaba el violinista. Contamos los últimos billetes y nos concedimos cena con vino afrutado del país, que creó turbulencias en las losetas ajedrezadas de la habitación, bajo la cama con dosel y la bañera de patas doradas. Imaginamos mil y una historias aquella noche. ¿Sería el escondite de un perverso conde? ¿Quizá era un espejismo y nos despertaríamos al raso? Llegó la mañana, había escampado y teníamos que seguir camino.

  • "Cogemos tu Fiat Punto", le digo, "y salimos de Barcelona por la costa hasta donde lleguemos, sin planes ni reservas". La zona de Antibes nos enamoró. Nos alojamos en una ¿pensión?, no sé muy bien lo que era. Una habitación con un colchón de gomaespuma y una ducha en la propia habitación tan pequeña y con una cortina indescriptible de plástico grueso que se te pegaba al cuerpo a cada momento. Pero tenía un balcón genial que daba a un patio lleno de buganvillas… y eran tan simpáticos que nos planteamos seriamente quedarnos ahí el resto de los días. La noche posterior triplicó el precio, pero quién se podía resistir a las 10 de la noche; una especie de castillo-palacete-casa solariega, o vete tú a saber qué, que existen por todas partes. Lo tenía todo: habitación genial de peli serie B, con su cama con dosel, un porche con vistas al mar y un servicio-familia dispuesto a contarte su vida tipo saga y a llenar de conversación los largos atardeceres del Mediterráneo. Volvimos por el interior: la Provenza, y el Pirineo francés, que son increíbles. Recuerdo la sensación de libertad, las risas y un combinado de vodka con zumo de limón natural. Luego nos separamos, más tarde nos divorciamos, pero cuando me quiero reconciliar mentalmente con él siempre lo recuerdo en ese viaje a ninguna parte.
    12El viaje a ninguna parte

    Cristina Muñoz "Cogemos tu Fiat Punto", le digo, "y salimos de Barcelona por la costa hasta donde lleguemos, sin planes ni reservas". La zona de Antibes nos enamoró. Nos alojamos en una ¿pensión?, no sé muy bien lo que era. Una habitación con un colchón de gomaespuma y una ducha en la propia habitación tan pequeña y con una cortina indescriptible de plástico grueso que se te pegaba al cuerpo a cada momento. Pero tenía un balcón genial que daba a un patio lleno de buganvillas… y eran tan simpáticos que nos planteamos seriamente quedarnos ahí el resto de los días. La noche posterior triplicó el precio, pero quién se podía resistir a las 10 de la noche; una especie de castillo-palacete-casa solariega, o vete tú a saber qué, que existen por todas partes. Lo tenía todo: habitación genial de peli serie B, con su cama con dosel, un porche con vistas al mar y un servicio-familia dispuesto a contarte su vida tipo saga y a llenar de conversación los largos atardeceres del Mediterráneo. Volvimos por el interior: la Provenza, y el Pirineo francés, que son increíbles. Recuerdo la sensación de libertad, las risas y un combinado de vodka con zumo de limón natural. Luego nos separamos, más tarde nos divorciamos, pero cuando me quiero reconciliar mentalmente con él siempre lo recuerdo en ese viaje a ninguna parte.

  • Nos encontrábamos en Hue, la antigua ciudad imperial vietnamita, dispuestos a comer en algún restaurante típico. Entramos en el primero que vimos y nos recibió el propietario, un hombre encantador que era sordomudo pero hacía por entenderse con los perdidos turistas mediante signos. Tanto él como sus cuatro hijas compartieron mesa con nosotros. Sentían curiosidad por nuestro país y les hacía gracia que mi novio fuera más joven que yo. "Chica lista", decían entre risas mientras el hombre mudo creaba un abridor artesanal para nosotros. Era sencillo, pero práctico, compuesto por un tornillo y un trozo de madera. Tan solo nos pidió un favor, que le mandáramos una foto desde nuestro país con el abridor casero. Nuestro amigo tenía álbumes enteros con cientos de personas repartidas por todo el mundo. Prometimos mandarle la foto de una forma original. Al año siguiente un amigo viajó a Vietnam y le hizo entrega de la estampa de los dos viajeros que conoció un año atrás. Volveremos, amigo.
    13Una foto muy viajera

    Jacob Escobar Nos encontrábamos en Hue, la antigua ciudad imperial vietnamita, dispuestos a comer en algún restaurante típico. Entramos en el primero que vimos y nos recibió el propietario, un hombre encantador que era sordomudo pero hacía por entenderse con los perdidos turistas mediante signos. Tanto él como sus cuatro hijas compartieron mesa con nosotros. Sentían curiosidad por nuestro país y les hacía gracia que mi novio fuera más joven que yo. "Chica lista", decían entre risas mientras el hombre mudo creaba un abridor artesanal para nosotros. Era sencillo, pero práctico, compuesto por un tornillo y un trozo de madera. Tan solo nos pidió un favor, que le mandáramos una foto desde nuestro país con el abridor casero. Nuestro amigo tenía álbumes enteros con cientos de personas repartidas por todo el mundo. Prometimos mandarle la foto de una forma original. Al año siguiente un amigo viajó a Vietnam y le hizo entrega de la estampa de los dos viajeros que conoció un año atrás. Volveremos, amigo.